Coincidimos Demasiado Tarde es una novela romántica y emocional sobre dos personas que se encuentran en el momento equivocado de sus vidas, cuando ya existen compromisos, heridas y decisiones difíciles de enfrentar. Lo que comienza como una conexión imposible termina convirtiéndose en una historia intensa de amor, culpa, separación y verdad, donde cada decisión tiene consecuencias reales. Entre silencios, pérdidas y reencuentros, ambos deberán descubrir si el amor puede sobrevivir cuando llega demasiado tarde… o si algunas historias simplemente cambian para siempre a quienes las viven.
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El día antes del encuentro
Coincidimos Demasiado Tarde
Capítulo 25:
El día antes del encuentro
Después de aceptar volver a verse, el tiempo comenzó a comportarse de una manera extraña.
Los días parecían más largos.
Las horas avanzaban lentamente.
Y, sin embargo, la fecha del encuentro se acercaba con una rapidez que ninguno de los dos esperaba.
Ya no había marcha atrás.
Esta vez no era una posibilidad.
Era un plan.
Un plan sencillo.
Sin cenas elegantes.
Sin lugares lujosos.
Solo dos personas que querían volver a compartir unas horas lejos de la pantalla que durante tanto tiempo había sido el único puente entre ellas.
Ella miró el calendario al despertar.
Faltaban dos días.
Solo dos.
Sonrió sin darse cuenta y, casi al mismo tiempo, sintió un pequeño nudo en el estómago.
Era una mezcla de ilusión y nervios.
No le preocupaba cómo iba a salir el encuentro.
Le preocupaba descubrir cuánto habían crecido los sentimientos desde la última vez.
Porque después de tantas conversaciones sinceras, ya nada sería igual.
Mientras preparaba el desayuno, recibió un mensaje.
—Buenos días... quedan dos días.
Ella respondió con una sonrisa dibujada en el rostro.
—¿También llevas la cuenta?
Él tardó apenas unos segundos.
—Desde que dijiste que sí.
Ella apoyó el teléfono sobre la mesa y cerró los ojos por un instante.
Aquellas palabras tenían la capacidad de hacerle olvidar el ruido del mundo.
Él, por su parte, tampoco conseguía ocultar la emoción.
Durante la mañana intentó concentrarse en el trabajo, pero sus compañeros notaron algo diferente.
—Hoy estás de buen humor —comentó uno de ellos.
Él sonrió.
—Será que el café estuvo mejor que de costumbre.
Todos rieron.
Nadie imaginó que la verdadera razón no estaba en la taza que tenía sobre el escritorio, sino en una conversación que llevaba semanas cambiando su vida.
Esa tarde comenzaron a organizar algunos detalles del encuentro.
Hablaron del lugar.
De la hora.
De quién llegaría primero.
Todo parecía sencillo.
Pero detrás de cada mensaje existía una emoción que ninguno intentaba ocultar.
—¿Estás nerviosa? —preguntó él.
Ella respondió con sinceridad.
—Mucho.
—Yo también.
—Pensé que solo me pasaba a mí.
—No... creo que hace años no esperaba tanto un día.
Ella sintió que el corazón se aceleraba.
No era una declaración de amor.
Pero era una confesión igual de importante.
La noche llegó lentamente.
Como ya era costumbre, continuaron hablando antes de dormir.
Sin embargo, aquella conversación tuvo un tono diferente.
Más tranquilo.
Más sereno.
Como si ambos estuvieran disfrutando la calma antes de un momento importante.
En medio del silencio, ella escribió:
—¿Sabes qué pensé hoy?
—¿Qué?
—Que si hace unos meses alguien me hubiera dicho que iba a esperar con tanta ilusión volver a ver a una persona de mi pasado... me habría reído.
Él sonrió.
—Yo habría hecho exactamente lo mismo.
Pasaron unos minutos.
Después fue él quien confesó algo.
—Hay una cosa que todavía no te he dicho.
Ella sintió curiosidad.
—¿Cuál?
Él respiró hondo antes de escribir.
—El día que nos vimos por primera vez otra vez... cuando me fui, me quedé sentado dentro del carro casi veinte minutos sin arrancar.
Ella abrió mucho los ojos.
—¿Por qué?
La respuesta llegó despacio.
—Porque necesitaba entender por qué el corazón me latía tan fuerte.
Ella sintió que una sonrisa y unas lágrimas querían aparecer al mismo tiempo.
No respondió enseguida.
Simplemente dejó que esas palabras encontraran su lugar.
Después escribió:
—Yo llegué a mi casa y lo primero que hice fue sentarme en el sofá sin prender el televisor, sin revisar nada... solo pensando en ti.
Él leyó el mensaje una y otra vez.
Y comprendió que aquel encuentro no había cambiado únicamente su vida.
También había cambiado la de ella.
La conversación continuó unos minutos más.
Antes de despedirse, él escribió:
—Prométeme algo.
Ella respondió.
—¿Qué cosa?
—Que cuando nos veamos no vas a esconder esa sonrisa que aparece cuando te pones nerviosa.
Ella soltó una carcajada.
—¿Y tú prométeme que no vas a fingir tranquilidad, porque ya descubrí que también te pones nervioso?
Él respondió riendo.
—Trato hecho.
Cuando ambos apagaron el teléfono, la noche parecía más corta que nunca.
Faltaba solo un día.
Veinticuatro horas para volver a encontrarse.
Veinticuatro horas para descubrir si las emociones que habían crecido entre mensajes serían capaces de sostenerse cuando volvieran a mirarse a los ojos.
Y, sin saberlo, ninguno de los dos imaginaba que aquel encuentro marcaría un antes y un después en sus vidas.
Porque algunas historias cambian con una conversación.
Pero otras...
cambian con un solo abrazo.