Entre secretos prohibidos y un vínculo imposible, ¿será el amor su única salida… o la razón de su caída eterna?
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Dos Invitaciones
La noche había caído sobre la ciudad.
Caleb caminaba por la acera con las manos dentro de los bolsillos de su abrigo. Las luces de los edificios iluminaban el pavimento aún húmedo por la lluvia de la tarde. A su alrededor, la ciudad seguía su ritmo habitual, ajena a los hilos invisibles que comenzaban a entrelazarse alrededor de un simple estudiante universitario.
Al llegar a su apartamento, dejó la mochila sobre el sofá.
El silencio lo recibió como cada noche.
Preparó una taza de té de vainilla y abrió el sobre que la Fundación Helix le había entregado horas antes.
Dentro solo había una hoja.
"Sábado, 19:00 horas. Edificio Helix. Entrada principal."
No había firma.
Ni explicaciones.
Caleb dejó la invitación sobre la mesa.
—Demasiado misterio para una simple fundación... —murmuró.
En ese momento, su teléfono vibró.
Era un mensaje de Ian.
«¿Llegaste bien a casa?»
Una sonrisa discreta apareció en el rostro de Caleb.
Respondió casi de inmediato.
«Sí. Gracias por preguntar.»
Ian leyó el mensaje desde su oficina.
Había pasado toda la tarde revisando expedientes, pero, sin darse cuenta, había mirado el teléfono varias veces esperando una respuesta.
Su compañero de escritorio lo observó con curiosidad.
—¿Buenas noticias?
Ian guardó el teléfono con naturalidad.
—Solo confirmé que un testigo está bien.
El compañero sonrió con cierta picardía.
—Claro... un "testigo".
Ian negó con la cabeza, aunque no respondió.
Ni él mismo entendía por qué aquel estudiante ocupaba cada vez más espacio en sus pensamientos.
En la Torre Black Crown, Draven terminaba una reunión con los líderes de su organización.
Cuando todos abandonaron la sala, tomó una pequeña caja de madera de uno de los cajones de su escritorio.
Dentro había una antigua brújula de plata.
La aguja, que durante años había permanecido inmóvil, comenzó a vibrar lentamente.
Draven la observó en silencio.
La brújula terminó apuntando hacia un único lugar.
La universidad donde estudiaba Caleb.
El Enigma cerró la caja con calma.
—Así que no era una simple intuición...
Un subordinado llamó a la puerta.
—Señor, el automóvil está listo.
Draven tomó su abrigo.
—Cancelen el resto de mis reuniones de mañana.
—¿Tiene otro compromiso?
Draven respondió mientras salía del despacho.
—Sí.
Quiero conocer mejor a un estudiante universitario.
A la mañana siguiente, el campus volvió a llenarse de estudiantes.
Caleb cruzaba el jardín central con un libro entre las manos cuando escuchó una voz conocida.
—Buenos días.
Levantó la vista.
Ian estaba de pie junto al sendero.
No llevaba uniforme.
Vestía ropa informal, algo que lo hacía parecer menos distante que durante los interrogatorios.
—Detective... ¿o debería decir Ian?
El hombre sonrió por primera vez sin reservas.
—Fuera del trabajo puedes llamarme Ian.
Caminaron juntos por el campus.
Hablaron de libros, de la universidad y de los lugares tranquilos de la ciudad.
Por unos minutos, ninguno mencionó investigaciones ni expedientes.
Solo eran dos personas conociéndose.
Sin que ellos lo supieran, desde un vehículo estacionado al otro lado de la avenida, Draven observaba discretamente la escena.
No sentía enojo.
Sentía curiosidad.
Quería descubrir qué hacía que Caleb sonriera de aquella manera.
Apoyó una mano sobre la ventanilla y murmuró para sí:
—Parece que llegué un poco tarde...
En el jardín, Caleb levantó la vista por un instante, como si hubiera percibido una presencia distante.
Sus ojos recorrieron la avenida, pero el vehículo ya se había marchado.
Una ligera brisa movió las hojas de los árboles.
Caleb cerró su libro y sonrió con serenidad.
—Pregunta número once...
Su voz fue tan suave que solo el viento pareció escucharla.
—¿Puede el destino unir caminos distintos... antes de que sus protagonistas comprendan por qué debían encontrarse?
Continuará...