Andrea Miller jamás imaginó que una simple noche en una discoteca cambiaría por completo su vida. Después de semanas sintiéndose atrapada en la rutina, acepta salir con su mejor amiga, Viviana Lewis, sin saber que entre las luces, la música y el alcohol cruzaría miradas con el hombre que terminaría destruyendo su corazón.
Sebastián Foster es atractivo, elegante y demasiado encantador para ser real. Desde el instante en que se acerca a Andrea para ofrecerle una copa, la conexión entre ambos se vuelve imposible de ignorar. Las conversaciones fluyen, las miradas arden y el deseo termina convirtiéndose en algo mucho más peligroso: amor.
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Capitulo 24
La recepción había terminado hacía ya varias horas, pero Renata no había podido regresar directamente a su casa. Se había mantenido en las sombras, esperado pacientemente, y había aprovechado la confusión de la salida para seguir a Sebastián discretamente hasta el edificio donde él desaparecía con tanta frecuencia, ese refugio secreto que ella ya conocía de nombre pero que ahora veía confirmado ante sus ojos. No se conformó con la intuición ni con las palabras al vuelo; quería una prueba definitiva, algo que no admitiera interpretaciones, ni excusas, ni medias verdades.
Había contratado a un investigador discreto y eficaz, alguien que no hacía preguntas incómodas y que conocía el valor del silencio entre las clases altas. A la mañana siguiente, cuando llegó a su despacho privado en su casa, lo encontró esperándola, con una carpeta de cuero oscuro sostenida con ambas manos y una expresión que ya lo decía todo: contenía la verdad desnuda, cruda y devastadora.
—Aquí está todo, señora Dawson —dijo el hombre con voz baja y respetuosa, extendiéndole la carpeta—. No quedan cabos sueltos. Lo que sospechaba es mucho más profundo de lo que parece. Es una relación seria, establecida, de hace meses. Se aman, o al menos eso dicen, y él le ha construido un mundo entero de mentiras para mantenerla a su lado.
Renata sintió que el suelo se movía bajo sus pies, pero mantuvo la compostura rígida y fría que siempre la caracterizaba. Tomó la carpeta con dedos que apenas lograron permanecer firmes, la llevó hasta su escritorio y la abrió lentamente, como si temiera que el contenido pudiera quemarla.
Lo primero que vio fue una fotografía tomada la tarde anterior, desde cierta distancia, pero nítida, clara, sin posibilidad de error. En ella, Sebastián estaba en la puerta de aquel edificio, con la joven —Andrea— entre sus brazos. La abrazaba con una ternura absoluta, inclinaba la cabeza para besarla con una pasión y una entrega que dejaban sin aire, con una sonrisa en los labios que Renata jamás había visto dirigida hacia ella en todos los años de matrimonio. Detrás venían más: instantáneas de ellos compartiendo la mesa, riéndose, caminando abrazados, mirándose a los ojos como si solo existieran ellos dos en el universo. Y al final, una copia de mensajes extraídos del teléfono de él, palabras escritas con una devoción que rasgaba el alma: «Eres mi vida entera, mi única verdad. Renunciaría a todo lo demás, incluso a mi propio apellido, solo por quedarme aquí contigo».
Renata dejó caer la carpeta sobre la mesa con un golpe seco y pesado. Una llamarada de rabia, dolor, humillación e impotencia la recorrió entera, abrasadora y violenta. No era solo una aventura pasajera, un desliz sin sentido; era una sustitución completa. Él había trasladado allí todo su cariño, toda su verdad, toda su capacidad de amar, dejándole a ella solo la cáscara vacía, el nombre, la apariencia y la burla cruel de ser llamada esposa ante una sociedad que ignoraba que en realidad ya no tenía nada.
El investigador se retiró en silencio, comprendiendo que no hacían falta más palabras. Pero Renata no estaba sola por mucho tiempo. Minutos después, sonó su teléfono y vio el nombre de Omar Williams en la pantalla. La furia le dio fuerzas para contestar con una voz que parecía tallada en hielo.
—Pasa a verme ahora mismo, Omar. No te atrevas a decirme que estás ocupado ni que no puedes. O vienes por tu propia voluntad, o subo yo misma y arrastro contigo hasta aquí delante de todo el mundo.
Media hora más tarde, Omar entró en el despacho, pálido, inquieto, intuyendo que el desastre era definitivo. Apenas cerró la puerta, Renata se abalanzó hacia él, sosteniendo la fotografía más grande delante de sus ojos, temblando de indignación.
—¡Mírala! ¡Mírala bien! —gritó ella, con una voz quebrada por la furia contenida—. ¡Dime, Omar! ¿Te suena esta imagen? ¿Te suena esta mujer? ¡Porque a mí me parece increíblemente hermosa, increíblemente querida… mucho más de lo que yo he sido en quince años de supuesto matrimonio! ¡Y tú lo sabías! ¡Todos lo sabían!
Omar bajó la mirada, incapaz de sostener sus ojos llenos de fuego y lágrimas de rabia.
—Renata… te lo suplico, intenta calmarte, escúchame… esto es mucho más complicado de lo que parece…
—¡¿Complicado?! —repitió ella, con una risa seca y amarga que heló la sangre de él—. ¡¿Qué tiene de complicado ver a tu esposo amando a otra mujer con el alma desnuda, mientras tú cargas con el peso de ser la señora Dawson, la esposa perfecta, la compañera que todos respetan y compadecen sin decirlo?! ¡Lo peor no es solo su traición, Omar! ¡Es saber que tú sabías, que Viviana sabe, que amigos, conocidos y quizás hasta la mitad de la ciudad lo sospechaba… y nadie, absolutamente nadie, tuvo la decencia, la lealtad o el valor para mirarme a la cara y decirme: “Renata, te están haciendo el ridículo más grande de todos”! ¡¿Por qué?! ¡¿Por qué todos estaban dispuestos a guardar el secreto de su felicidad y a callar mi desgracia?!
—Porque Sebastián es mi amigo… —susurró él, desesperado—. Porque creímos que era algo pasajero, que podía manejarse sin hacer daño, que decírselo a ti solo provocaría una guerra que destruiría a todos… Él está ciego, Renata. Nunca había sentido nada parecido, cree que ha encontrado su destino verdadero… y no mide las consecuencias de lo que hace.
—¡Pues yo voy a encargarme de que las mida todas, una por una, hasta que no le quede nada más que dolor para el resto de su vida! —juró ella, apartándose de golpe y caminando de un lado a otro, con las manos apretadas en puños—. Me han tratado como a una tonta, como a un mueble viejo que estorba pero que hay que conservar por decoración. Me han robado mi lugar, mi dignidad y el respeto que me gané por derecho propio y por acuerdo firmado. ¡Y se atreven a llamar amor a esa mentira asquerosa que construyen ocultándose de todos!
—Por favor, Renata, no hagas nada que lamentes —suplicó Omar, intentando razonar—. Si esto sale a la luz, el escándalo arruinará nuestros negocios, nuestro prestigio, el nombre de tu familia también. Piensa en lo que significa para ti también destruirlo todo…
—¡¿Crees que me importa el nombre ahora mismo si tengo que compartirlo con una burla tan grande?! —lo cortó ella, fulminándolo con la mirada—. ¡Prefiero mil veces ver arder todo lo que hemos construido antes que quedarme callada, mirando para otro lado, mientras él le regala a esa mujer lo que solo a mí me corresponde! ¡Se equivocaron al pensar que yo me quedaría quieta, resignada a ser la carga que él quiere dejar atrás! ¡Renata Dawson no pierde nada sin pelear hasta el final, y mucho menos cuando se trata de algo que es suyo por ley, por historia y por derecho!
Se acercó de nuevo a la mesa, tomó la carpeta y la cerró con fuerza, guardándola bajo llave en un cajón, como quien blinda su arma más poderosa. Cuando volvió a mirar a Omar, ya no había lágrimas ni desesperación en su rostro: solo una determinación fría, implacable y aterradora.
—Vete —le ordenó con voz tajante—. Vete ahora mismo y dile a tu querido amigo, tu hermano del alma, que ya no tiene secretos para mí. Dile que ya no soy la esposa distraída que no nota nada. Que tengo pruebas, nombres, fechas, mensajes… todo lo necesario para destruirlo si yo decido hacerlo. Y dile también que el tiempo de la mentira y de la farsa se acabó. Que prepare su mejor defensa, porque pienso luchar con todas mis fuerzas para recuperar mi lugar, para demostrar que nadie, absolutamente nadie, se burla de mí y sale ileso.
Omar quiso decir algo más, pedir clemencia, buscar una salida intermedia… pero ante esa mirada dura, sin rastro de compasión, comprendió que ya no había nada que hacer. La paciencia de Renata se había agotado, y con ella, cualquier posibilidad de arreglo discreto.
Cuando se quedó sola de nuevo, Renata se apoyó en el borde de la mesa, respirando hondo para contener el temblor que amenazaba con delatarla de nuevo. Sentía cómo el dolor seguía ahí, profundo y punzante, pero ahora estaba cubierto, blindado y transformado en una rabia pura y letal. Ya no tenía dudas, ni miedos, ni esperanzas ingenuas. Sabía exactamente lo que pasaba, quién era quién y qué quería ella: justicia, reparación, y sobre todo… venganza.
—Crees que puedes tenerlo todo —susurró al vacío, con una sonrisa fría y cruel—. Crees que puedes jugar a ser el hombre enamorado libre mientras mantienes el privilegio de ser mi esposo ante el mundo. Pero te equivocas, Sebastián. Cuando yo entre en juego, todo tu pequeño mundo de ilusiones se vendrá abajo. Y tú… —añadió pensando en Andrea, a la que ahora veía no como una rival digna, sino como una intrusa que debía ser expulsada—, tú aprenderás muy pronto que lo que te han prestado de prestado, yo puedo quitártelo en un segundo, junto con cualquier resto de inocencia que te quede.
Y por primera vez en mucho tiempo, Renata dejó de mirar a través de la ventana hacia una vida que ya no reconocía, y empezó a planear, paso a paso, cómo desatar la tormenta definitiva que arrasaría con todo aquello que habían construido sobre su traición.