Maximiliano Vance es un implacable y atractivo CEO billonario con el corazón blindado por una traición del pasado. Su mayor desafío no es dominar los negocios, sino criar a su retraído hijo, quien ha ahuyentado a docenas de niñeras. Maximiliano juró no volver a confiar en nadie, y menos en las mujeres hermosas.
Mía Thorne, una dulce graduada en psicología infantil, se queda completamente sola tras la muerte de su abuela. Desalojada cruelmente por sus tíos y sin dinero para una renta, acepta desesperada el puesto de niñera residencial en la imponente mansión Vance.
Al usar su empatía para sanar al niño, Mía también agrieta la fría coraza de Maximiliano. Una atracción inevitable y peligrosa surge entre ambos, desafiando las estrictas reglas de su contrato. Sin embargo, secretos del pasado e intrigas corporativas amenazan con destruirlos. ¿Podrá el amor sanar a un hombre herido o ganará la desconfianza?
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La mirada entre la multitud
El gran salón del Hotel Vance International era un hervidero de joyas caras, tintineo de copas de cristal y susurros de alta alcurnia. Desde la esquina apartada que Mía había elegido estratégicamente para proteger a Leo, el mundo de la alta sociedad parecía una obra de teatro coreografiada con una frialdad matemática. Sin embargo, para el pequeño de seis años, aquel entorno seguía siendo un territorio hostil lleno de gigantes que hablaban demasiado alto.
Mía se mantuvo agachada a la altura del niño, ofreciéndole su cuerpo como una barrera física contra las miradas curiosas de los inversionistas. Leo permanecía con los dedos entrelazados alrededor de la tela de la blusa de Mía, pero sus ojos grises ya no transmitían el pánico ciego del vestíbulo. En su lugar, observaba con cautela las bandejas de bocadillos que los camareros paseaban por el lugar.
—¿Ves a ese hombre de corbata verde, Leo? —le susurró Mía, señalando disimuladamente a un ejecutivo que gesticulaba de forma exagerada al fondo—. Se mueve igual que el zorro grande del cuento cuando intenta atrapar una manzana. Creo que tiene miedo de que alguien le quite su copa.
Leo miró al hombre y luego a Mía. Una minúscula e imperceptible curva hacia arriba apareció en las comisuras de sus labios. No emitió sonido, pero el hecho de que buscara el código visual que ella le ofrecía era una victoria inmensa.
—¿Señorita Thorne?
Una voz femenina, empalagosa y cargada de una falsa amabilidad, interrumpió el momento. Mía se incorporó con lentitud y se topó con una mujer de mediana edad, elegantemente vestida con un traje de sastre color crema y una hilera de perlas perfectas en el cuello. A su lado, un hombre mayor de expresión severa la observaba con el mismo aire de superioridad con el que se examina un objeto defectuoso en una subasta.
—Somos los señores Harrison, miembros de la junta directiva del imperio —declaró la mujer, clavando sus ojos en el pequeño Leo, quien inmediatamente se encogió detrás de las piernas de Mía—. Habíamos oído rumores de que Maximiliano había contratado a una nueva... asistente para el niño. Aunque, por lo que vimos en la entrada, parece que sus funciones exceden lo estrictamente profesional.
Mía sintió una punzada de indignación recorriéndole la espina dorsal, pero mantuvo la espalda recta y la voz perfectamente nivelada. Su formación en psicología le había enseñado que la mejor respuesta ante una provocación pasivo-agresiva era la neutralidad absoluta.
—Buenas noches, señores Harrison. Mi nombre es Mía Thorne, y soy la especialista a cargo del desarrollo y bienestar de Leo —respondió Mía, enfatizando deliberadamente su rol profesional—. Si desean discutir algún aspecto de las finanzas de la cadena hotelera, estoy segura de que el señor Vance estará encantado de atenderlos en su despacho. Mi prioridad en este momento es el espacio de confort del niño.
El señor Harrison soltó una risa seca y despectiva. —Una psicóloga con aires de grandeza. Jovencita, este niño ha hecho huir a las mejores terapeutas de Europa. No se encariñe demasiado con el sueldo ni con la mansión. En este entorno, las personas como usted son completamente prescindibles. Solo hace falta un error para que Maximiliano la devuelva al lugar de donde salió.
Antes de que Mía pudiera replicar, el aire a su alrededor pareció enfriarse de golpe. El murmullo de los Harrison se extinguió en un instante cuando una sombra imponente se proyectó sobre el grupo.
Maximiliano Vance había regresado.
El billonario se colocó al lado de Mía, tan cerca que ella pudo sentir la vibración de su respiración y el aroma magnético a madera que parecía seguirlo a todas partes. Su rostro era una máscara de piedra tallada, y sus ojos gris acero se clavaron en los miembros de la junta con una intensidad tan implacable que el señor Harrison dio un paso atrás por puro instinto de supervivencia.
—¿Hay algún problema con la gestión de mis empleados, Harrison? —la voz de Maximiliano era un barítono bajo, espeso y cargado de una amenaza implícita que hizo eco en el espacio—. Creo haber dejado claro que los asuntos relacionados con mi familia están fuera de la jurisdicción de la junta directiva.
—Maximiliano, por favor, solo estábamos conociendo a la señorita —se apresuró a decir la mujer de las perlas, forzando una sonrisa nerviosa—. Nos alegraba ver al pequeño Leo fuera de la casa, eso es todo. Una maravillosa velada. Nos retiramos.
Los dos ejecutivos se alejaron a toda prisa, perdiéndose entre la multitud como dos subordinados que acaban de escapar de las fauces de un depredador.
Mía soltó un suspiro que no sabía que estaba reteniendo y miró de reojo al magnate. Maximiliano seguía con la mirada fija en la dirección en la que se habían ido los Harrison, pero sus hombros se relajaron un milímetro. Luego, bajó la vista hacia su hijo. Leo levantó la cabeza y miró a su padre, sosteniendo el contacto visual durante tres segundos completos antes de volver a refugiarse al lado de Mía. Para un niño que solía encerrarse en el armario ante cualquier interacción, aquello era un milagro silencioso.
—No debió permitir que le hablaran de esa manera, Mía —dijo Maximiliano, su voz perdiendo parte de la dureza corporativa pero manteniendo esa intensidad posesiva que siempre aceleraba el pulso de la joven—. En este mundo, si muestras una sola rendija de duda, te devoran.
—Sé defenderme sola, señor Vance —replicó Mía, clavando sus ojos castaños en las tormentas grises del hombre—. Pero mi trabajo aquí no es pelear con los miembros de su junta directiva, sino asegurarme de que Leo no reciba el impacto de esa hostilidad. Él lo hizo excelente hoy. Cumplimos con la apertura. Creo que es hora de regresar a la mansión antes de que el agotamiento eche a perder el avance.
Maximiliano la observó en silencio, analizando la pureza de sus facciones bajo la luz de las lámparas de cristal del salón. Había una dignidad inquebrantable en Mía Thorne que lo descolocaba por completo. No buscaba su aprobación, no intentaba halagar su inmenso poder, y se mantenía firme frente a las amenazas de la alta sociedad solo por proteger a su hijo.
—El chofer los espera abajo —declaró el billonario tras un largo suspiro, metiendo una mano en el bolsillo de su pantalón de etiqueta—. Yo debo quedarme a cerrar un acuerdo con los inversionistas asiáticos. Mañana revisaremos el informe del día en mi despacho a primera hora.
Mía asintió y tomó la mano de Leo. Mientras caminaban hacia la salida del salón, sintió una extraña quemadura en la nuca. Al girarse levemente, descubrió que Maximiliano no había vuelto a su reunión; permanecía estático en medio del salón, ignorando a los ejecutivos que intentaban hablarle, con los ojos grises fijos exclusivamente en ella hasta que las enormes puertas dobles se cerraron, separando sus mundos una vez más.