Novela +18
Mi nombre es Lucia Westton, la hija legítima del Marqués Arturo Westton.
Durante años viví rodeada de amor, lujos y tranquilidad… hasta que mi madre murió en un trágico accidente de carruaje después de una fiesta de té.
Creí que aquella sería la peor tragedia de mi vida.
ME EQUIVOQUÉ.
Poco después descubrí que mi padre había ocultado una amante… y una hija ilegítima: Laura Westton.
Desde el momento en que ellas cruzaron las puertas de la mansión, todo cambió.
Mi hogar dejó de sentirse seguro.
Las miradas se volvieron frías.
Los susurros comenzaron en la oscuridad.
Entonces Laura me convenció de jugar un extraño juego.
Dijo que podría ayudarme a hablar con mi madre una última vez.
PERO ALGO SALIÓ MAL.
Ahora… algo me sigue desde las sombras.
Lo veo en los espejos.
Escucho sus pasos detrás de mí.
Siento sus manos heladas rozando mi cuello mientras duermo.
¡TENGO MIEDO!
Y lo peor de todo…
¡NADIE ME CREE!
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CAPÍTULO 23 — PODER DIVINO
Cuando finalmente los sollozos de Lucia comenzaron a apagarse, la habitación quedó envuelta en un silencio denso, cargado de algo que iba mucho más allá del consuelo.
La joven permanecía arrodillada junto a la silla de ruedas, con los ojos enrojecidos y las mejillas húmedas. Zepharel la observó en silencio. Su expresión seguía siendo fría y seria, casi hierática, como si ni siquiera el llanto de ella pudiera alterar la calma gélida que lo caracterizaba.
Lucia intentó secarse las lágrimas con el dorso de la mano, avergonzada.
Qué vergüenza...
Terminé llorando delante de él otra vez.
Seguramente a sus ojos parezco una niña caprichosa incapaz de resolver sus propios problemas.
Bajó la mirada, avergonzada.
Fue entonces cuando sintió los dedos firmes de él bajo su barbilla, obligándola a levantar el rostro.
Sus miradas se encontraron.
El aire entre ellos se volvió espeso.
—Siéntate —ordenó él con voz baja, ronca y sin una gota de calidez.
Antes de que ella pudiera obedecer del todo, Zepharel la sujetó por la muñeca y tiró de ella con suavidad pero con determinación. Lucia soltó un jadeo cuando terminó sentada sobre sus piernas, el pesado vestido medieval arrugándose entre sus muslos. La tela de brocado y terciopelo, con sus mangas largas y el corpiño ceñido, se amoldaba ahora contra el cuerpo del cardenal.
—¡Cardenal…! —susurró ella, sonrojada hasta las orejas.
Sus manos temblaron sin saber dónde posarse. Zepharel, en cambio, colocó una mano grande y caliente en la parte baja de su espalda, atrayéndola más contra su pecho, mientras la otra se enredaba en su cabello con posesión fría.
—No te muevas —murmuró contra sus labios, tan cerca que ella podía sentir su aliento.
Lucia apenas tuvo tiempo de respirar antes de que Zepharel inclinara la cabeza y la besara.
No fue un beso suave ni sereno.
Fue un beso caliente, hambriento y deliberado.
Al mismo tiempo que sus labios se apoderaban de los de ella con autoridad, Lucia sintió un torrente de energía inyectándose directamente en su boca. Era como fuego líquido y luz pura que fluía desde la lengua de Zepharel hacia su interior, recorriendo su garganta y extendiéndose por sus venas.
El beso se volvió más profundo, más invasivo. La lengua de él exploraba con precisión, mientras el poder divino quemaba y purificaba al mismo tiempo, haciendo que la marca demoníaca en su cuerpo palpitara con violencia antes de calmarse.
Lucia gimió contra él, un sonido ahogado que Zepharel tragó sin piedad. El beso se volvió más húmedo y urgente. Sus dientes rozaron su labio inferior antes de morderlo suavemente, tirando de él y luego calmándolo con la lengua, inyectando otra oleada de aquel poder ardiente.
Cuando por fin se separaron apenas unos centímetros, un fino hilo de saliva conectó sus labios hinchados. Los ojos dorados de Zepharel y su expresión seguía siendo fría, casi clínica.
—¿Qué… fue eso? —preguntó ella con voz temblorosa.
—Poder divino —respondió él, la voz grave y serena, sin rastro de emoción—. Lo inyecte directamente a través del beso. Es más eficiente.
Lucia se mordió el labio, todavía temblando sobre él.
Zepharel volvió a besarla. Esta vez el beso fue aún más caliente y exigente. Sujetó su nuca con una mano firme mientras inyectaba otra fuerte dosis de poder divino a través de su lengua, un torrente ardiente que recorría todo el cuerpo de Lucia y calmaba la marca demoníaca en oleadas intensas.
—Car...
—Shh… —susurró él contra sus labios, mordiendo suavemente el inferior sin perder esa frialdad —. Deja que el poder fluya.
Su lengua volvió a invadirla con maestría, inyectando sin pausa más poder divino. Lucia se aferró a sus hombros, arrugando la sotana negra entre sus dedos.
—Estás temblando —susurró él contra su oreja, mordisqueando el lóbulo con posesión fría.
Lucia sintió que el rostro le ardía de pura vergüenza.
No se atrevía a mirarlo.
Sus ojos permanecían bajos, fijos en la sotana negra arrugada bajo sus dedos, mientras su corazón latía desbocado.
¿Qué estoy haciendo?
Dios mío… estoy sentada encima del Cardenal, besándolo como una mujer sin decoro. Esto no puede estar bien…
Pero es poder divino... me está ayudando.
Pensó, mortificada. Intentó girar el rostro, pero la mano de él en su nuca se lo impidió con firmeza controlada.
Zepharel se apartó apenas lo suficiente para observarla. Su expresión seguía siendo seria, casi clínica, como si estuviera realizando un ritual sagrado en lugar de algo tan íntimo.
—Esto es suficiente —dijo Zepharel con voz grave y serena, sin rastro de emoción—. He inyectado suficiente poder divino a través del beso. Debería restringir los ataques del demonio hacia ti por unos días.
Lucia parpadeó, todavía avergonzada, mordiéndose el labio inferior hinchado.
Su cuerpo temblaba ligeramente sobre el regazo de él, el pesado vestido medieval desordenado alrededor de sus caderas.
—Sin embargo —continuó él, sujetándole la barbilla con dos dedos para obligarla suavemente a mirarlo—, aún falta una ocasión más para deshacernos completamente del demonio. No será hoy.
Lucia finalmente levantó la vista. Sus ojos enrojecidos se encontraron con los dorados de él, fríos y controlados.
Solo una sección más...
Solo pudo asentir débilmente.
Zepharel la observó un instante más, imperturbable.
—Ahora retírate —ordenó con calma absoluta—. No puedes desaparecer del banquete por mucho tiempo. Tu ausencia comenzará a llamar la atención.
Con la misma determinación fría con la que la había atraído, la ayudó a incorporarse. Lucia se puso de pie con piernas temblorosas, alisando torpemente las faldas de su vestido. Sentía aún el calor del poder divino recorriendo sus venas, mezclado con la humillación que le quemaba el pecho.
—Cardenal… —murmuró ella, sin saber qué más decir.
—Ve —insistió él, ya recolocando su sotana con precisión, como si nada hubiera ocurrido—. Mantén la compostura y podrás salir de nuevo.
Lucia asintió una vez más, cabizbaja, y se dirigió hacia la puerta con pasos inseguros.
En su mente giraban mil pensamientos: vergüenza, confusión, un extraño alivio por el poder que ahora fluía en ella… y el temor a esa “última ocasión” que aún estaba por venir.
...ΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩ...
Me dicen porfis si ven algún error no he dormido bien y al escribir me andaba durmiendo. Gracias por todo su apoyo.
vamos Lucia a gozar del cardenal, que está es papasito así este en silla de ruedas, lo demás debe responder jajajajajjajajajajajajua
Ho ayy si🤔