Rachell Takahashi Zhang nunca creyó en el amor, solo en el poder. Pero cuando su boda se derrumba y es obligada a casarse con un desconocido, no imagina que ese hombre perfecto es, en realidad, su peor enemigo. Damien Bloodworth no llegó para amarla... llegó para vengarse. Y mientras ella le entrega su confianza, él se acerca cada vez más al momento de destruirlo todo.
"Se casó con su enemigo...
y terminó entregándole el arma perfecta para destruirla: su corazón."
¿El amor puede vencer el odio?
NovelToon tiene autorización de Leidy Ocampo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Demasiado cerca
Damien
Desperté antes del amanecer.
Como siempre.
El dolor en el costado ya no era tan intenso, aunque la herida seguía tirando cada vez que me movía demasiado rápido. Me levanté lentamente de la cama y observé la habitación en silencio.
Vacía.
Claro.
Rachell había dormido en otra habitación.
La idea no debería importarme.
Y aun así...
Mi mirada se quedó un segundo más de lo necesario en la puerta cerrada.
Molesto conmigo mismo, tomé una camisa negra ligera y bajé.
La mansión estaba silenciosa. Apenas algunos empleados moviéndose a la distancia.
Abrí las puertas traseras y salí al jardín.
Nueva York todavía estaba despertando.
La brisa fría golpeó mi rostro mientras caminaba lentamente entre los senderos de piedra. Bajé la mirada hacia la venda limpia sobre mi costado.
Perfecta.
Precisa.
Demasiado buena para alguien que supuestamente solo "sabía un poco".
Rachell Takahashi siempre escondía más de lo que mostraba.
Me senté en uno de los sillones exteriores observando el jardín vacío.
Silencio.
Por primera vez en semanas tenía unos segundos para pensar.
Y eso era peligroso.
Porque últimamente pensaba demasiado en ella.
En su voz.
En cómo discutía conmigo como si el mundo entero no pudiera tocarla.
En la forma en que me sostuvo anoche mientras cerraba mi herida.
En cómo me miró.
Maldita sea.
La puerta corrediza se abrió detrás de mí.
Giré apenas el rostro.
Rachell salió al jardín como si acabara de escapar de una portada de revista.
Pantalón negro elegante.
Blusa blanca ajustada.
Cabello oscuro cayendo en ondas sobre sus hombros.
Tacones.
Porque claramente esta mujer no entendía el concepto de comodidad.
Sus ojos se movieron directamente hacia mi costado.
—¿Cómo va la herida?
—Bien.
Ella se acercó lentamente.
—Déjame verla.
—Llamaré a mi médico.
Eso le arrancó una pequeña sonrisa sarcástica.
—¿Tu orgullo también necesita doctor?
—Mi orgullo está perfectamente sano.
—Qué lástima.
Se sentó frente a mí cruzando las piernas.
—Traeré algo para limpiarla.
—No hace falta.
—No me importa hacerlo.
—Sorprendente viniendo de alguien que ayer quería dispararme.
Ella inclinó apenas la cabeza.
—Todavía quiero hacerlo.
Sonreí apenas.
—Eso suena más natural.
Silencio.
La tensión entre nosotros nunca desaparecía realmente.
Solo cambiaba de forma.
—¿Dormiste bien en mi humilde posada? —pregunté.
—Lo suficiente.
—Mentira.
Eso hizo que me mirara.
—¿Ahora analizas personas?
—Solo a las problemáticas.
—Entonces debes pasar horas frente al espejo.
Solté una risa baja.
Y ella pareció notarlo demasiado.
Porque apartó la mirada primero.
Interesante.
—Necesito que me acompañes hoy.
Sus ojos volvieron a mí.
—No.
—Ni siquiera sabes a dónde.
—No importa.
—Ayer fuiste a mi empresa. Ya estás expuesta aquí.
Ella colocó los ojos en blanco.
—Odio cuando tienes razón.
—Sucede seguido.
—En tus sueños.
Me incliné apenas hacia adelante.
—Es una conferencia empresarial. Nada complicado.
—Lo dices como si confiar en ti fuera inteligente.
—No lo es.
Eso la hizo quedarse callada un segundo.
Luego suspiró.
—¿Estoy obligada?
—Sí.
Ella volvió a colocar los ojos en blanco mientras se levantaba.
Y maldita sea...
Tuve que contener la sonrisa.
—No hagas esa cara —murmuró.
—¿Cuál?
—La de "gané".
—Pero gané.
—Te odio un poco.
—Solo un poco?
Ella me miró fijamente.
—No te emociones, Bloodworth, aún puedo decirte que no.
—No puedes, eres mi esposa.
-
La conferencia estaba llena de hombres ricos fingiendo ser honorables.
Mi ambiente favorito.
Grandes pantallas.
Luces.
Prensa.
Empresarios.
Políticos corruptos.
Y demasiadas cámaras.
Pierce caminaba detrás de nosotros mientras avanzábamos entre la multitud.
Pero yo apenas prestaba atención.
Porque la sentía a ella al lado mío.
Rachell caminaba con calma absoluta, observándolo todo con esa mirada fría y calculadora.
Peligrosa.
Perfecta.
Uno de mis socios se acercó inmediatamente.
—Bloodworth.
—Miller.
Nos estrechamos la mano.
Sus ojos se deslizaron hacia Rachell.
Como los de todos.
—Tu esposa es aún más impresionante en persona.
Ella sonrió apenas.
Falsa.
Educada.
—Qué comentario tan creativo.
Tuve que disimular la risa.
Miller claramente no supo cómo responder.
Perfecto.
Seguimos avanzando entre saludos y conversaciones hasta que uno de los organizadores se acercó apresurado.
—Señor Bloodworth, las fotos oficiales ya están listas.
Claro.
Las malditas fotos.
Miré a Rachell.
Ella ya parecía arrepentirse de existir.
Excelente.
Nos colocaron frente a las cámaras mientras los flashes comenzaban a explotar.
Mi mano se deslizó automáticamente hacia su cintura.
Caliente.
Suave.
Tensa.
Ella levantó apenas la mirada hacia mí.
—No te emociones.
—Difícil cuando amenazas gente tan elegantemente.
Los fotógrafos seguían disparando imágenes.
—Sonríe —murmuré cerca de su oído.
—Preferiría romperte la nariz.
—Después de las fotos.
Ella sonrió para las cámaras.
Hermosa.
Falsa.
Peligrosa.
—Te gusta molestarme.
—Y a ti reaccionar.
Mi mano apretó apenas su cintura para acomodarla más cerca.
Ella inhaló lento.
Pero no se apartó.
Interesante.
Muy interesante.
—Demasiado pegado, Bloodworth.
—Estamos casados. Supéralo.
Sus ojos oscuros se clavaron en los míos.
Ninguno retrocedió.
Ninguno apartó la mirada.
El fotógrafo sonrió emocionado.
—Perfectos. Más cerca.
Rachell casi lo mata con la mirada.
Yo casi me río.
Y aun así...
Seguíamos ahí.
Demasiado cerca.
Más de lo necesario.
Más de lo seguro.
Hasta que finalmente las fotos terminaron.
Pero apenas dimos unos pasos fuera del escenario, el caos explotó.
Periodistas.
Cámaras.
Preguntas.
Gritos.
—¡Señor Bloodworth!
—¡Rachell!
—¡Miren aquí!
La multitud empezó a cerrarse alrededor de nosotros.
Vi a varios empujarse demasiado cerca de ella.
Y reaccioné antes de pensar.
Mi brazo rodeó su cintura mientras la movía detrás de mí.
—Atrás —gruñí.
Pierce y seguridad inmediatamente bloquearon el paso.
Seguimos avanzando mientras yo mantenía mi mano firme sobre ella.
Protegiéndola.
Cubriéndola.
Como si fuera natural.
Como si mi cuerpo hubiera decidido antes que mi cabeza.
Entramos finalmente a la camioneta y las puertas se cerraron.
Silencio.
Pesado.
Rachell me observó unos segundos.
—No necesitaba ayuda.
—Claro que no.
—Entonces deja de actuar como guardaespaldas.
—Había demasiada gente.
—Puedo manejarlo.
—Lo sé.
Ella frunció apenas el ceño.
Porque probablemente esperaba otra discusión.
Yo también.
Pierce arrancó el vehículo mientras revisaba su teléfono.
—El puerto está listo.
Asentí lentamente.
—Bien.
Rachell cruzó los brazos.
—¿Puerto?
La miré.
—Vamos para allá.
—No preguntaste si quería ir.
—No me interesa especialmente.
Sus ojos se afilaron.
—Eres un imbécil.
—Y tú demasiado curiosa.
—Solo quiero asegurarme de que no destruyas nuestros negocios.
—Nuestros —repetí lentamente.
Ella rodó los ojos.
—No empieces.
Sonreí apenas mirando por la ventana.