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1 Soy Mitad Humana Y Demonio

1 Soy Mitad Humana Y Demonio

Status: Terminada
Genre:Venganza / Demonios / Romance / Completas
Popularitas:1k
Nilai: 5
nombre de autor: cristy182021

Estrella Cloe Pattison Evans siempre supo que era diferente. Mitad humana y mitad demonio, vive ocultando una oscuridad que apenas puede controlar mientras Gabriel, un ángel y amigo de su padre, intenta protegerla del peligro que la rodea. Pero todo cambia cuando conoce a Adrik, un misterioso vampiro ligado al enemigo de su familia.
Su presencia despierta poderes inestables, secretos ocultos y una conexión imposible de ignorar. Mientras fuerzas peligrosas comienzan a buscarla, Estrella descubrirá que su destino podría cambiar el equilibrio entre la luz y la oscuridad.
Ahora deberá decidir si luchar contra lo que es… o aceptar el poder que corre por su sangre.

NovelToon tiene autorización de cristy182021 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capitulo 23

El silencio no la soltó.

Ni cuando salió del cuarto.

Ni cuando bajó las escaleras.

Ni siquiera cuando la casa volvió a parecer… normal.

Porque ya no lo era.

Y ella tampoco.

Estrella avanzó despacio.

No por miedo.

Por cálculo.

Cada paso… medido.

Como si el suelo pudiera responderle de vuelta.

Como si algo… estuviera esperando que hiciera el movimiento equivocado.

—Concéntrate —murmuró.

Su voz sonó distinta.

Más baja.

Más contenida.

Más… controlada de lo que debería.

Error.

Ese pensamiento llegó solo.

Porque no se sentía como control.

Se sentía como… otra cosa.

Algo más frío.

Más exacto.

Como si no fuera solo suyo.

Se detuvo en seco.

No por decisión.

Por instinto.

Ahí.

Otra vez.

Ese punto en el pecho.

El mismo.

Pero ahora—

más claro.

Más presente.

Un pulso.

No fuerte.

No violento.

Peor.

Rítmico.

Con intención.

—No… —susurró.

Su mano subió automáticamente.

Presionó el centro de su pecho.

Como si pudiera empujarlo de vuelta.

Como si pudiera… apagarlo.

No funcionó.

El pulso respondió.

Más firme.

Más consciente.

Y entonces—

no fue pensamiento.

No fue imaginación.

Fue algo más.

“—No hagas eso.”

Estrella se quedó completamente inmóvil.

El aire no se movió.

La casa tampoco.

Pero ella—

sí.

Por dentro.

—…no —murmuró.

No por miedo.

Por negación.

—No eres real.

Silencio.

Un segundo.

Dos.

Y luego—

“—Eso es lo que más te conviene creer.”

El golpe fue directo.

No físico.

Pero igual de fuerte.

Su respiración se desordenó.

—Cállate.

No gritó.

Pero lo dijo con fuerza suficiente para que algo en el aire… reaccionara apenas.

El pulso en su pecho se intensificó.

—No vas a hablar —añadió.

Más firme.

Más urgente.

—No conmigo.

Silencio.

Más largo.

Más pesado.

Por un instante—

pensó que lo había logrado.

Que había sido solo…

—Estás escuchando demasiado fuerte.

Se tensó.

No por la voz.

Por lo que implicaba.

Porque no venía de afuera.

No venía del aire.

Venía de donde ella no podía escapar.

—No… —susurró.

—Eso no es tuyo.

El pulso respondió.

Más fuerte.

Como si hubiera sido llamado.

“—Claro que sí.”

Su respiración se cortó.

—No.

Más firme ahora.

—No eres mío.

Silencio.

Y luego—

más bajo.

Más cerca.

Más… claro.

“—Entonces deja de usarme.”

El mundo se inclinó apenas.

—¿Qué…?

Demasiado tarde.

El pulso cambió.

No intensidad.

Dirección.

Su energía reaccionó.

De inmediato.

Pero no como antes.

No caótica.

No descontrolada.

Respondió.

Como si supiera a qué.

Como si ya hubiera aprendido.

Estrella retrocedió un paso.

—No.

Otro más.

—No voy a hacer esto.

Pero su cuerpo no estaba completamente de acuerdo.

Porque algo dentro de ella—

no quería detenerse.

Quería entender.

Quería probar.

Y eso—

eso era exactamente el problema.

Un ruido leve vino desde la cocina.

Real.

Externo.

Normal.

Pero suficiente.

Su cabeza giró de inmediato.

Instinto.

La voz se apagó.

No desapareció.

Se retiró.

Como si no necesitara seguir hablando.

Como si supiera…

que ya había hecho suficiente.

—…no —susurró otra vez.

Pero esta vez—

no sonó igual.

No fue negación.

Fue advertencia.

Para sí misma.

Porque lo entendía.

Demasiado bien.

Esto no era algo que tenía que controlar.

Era algo que tenía que ocultar.

El ruido en la cocina no se repitió.

Pero tampoco se fue.

Se quedó… presente.

Como todo lo demás.

Estrella no se movió de inmediato.

No por duda.

Por cálculo.

Su respiración volvió a un ritmo controlado.

Demasiado controlado.

Otro error.

Porque no se sentía natural.

Se sentía… asistido.

—No —murmuró.

Más bajo.

Más firme.

No estaba claro si lo decía por lo que escuchó…

o por lo que no quería volver a escuchar.

Dio un paso.

Luego otro.

Hacia la cocina.

Cada movimiento medido.

Como si algo dentro de ella… estuviera marcando el ritmo.

El olor a café la golpeó primero.

Familiar.

Normal.

Seguro.

Mentira.

Nada era seguro ahora.

—¿Estrella?

La voz de su madre la alcanzó antes de verla.

Su cuerpo reaccionó.

Instinto.

Se detuvo apenas en el marco de la puerta.

—Sí.

Su voz salió estable.

Limpia.

Como si nada hubiera pasado.

Eso—

eso fue lo más preocupante.

Su madre estaba de espaldas, sirviendo café.

Movimiento cotidiano.

Preciso.

Real.

—Pensé que seguías arriba —añadió, sin girarse.

—Bajé hace rato.

Mentira.

Demasiado fácil.

No dudó.

No corrigió.

No sintió el impulso de hacerlo.

Y eso—

eso no era normal.

El pulso en su pecho respondió.

Suave.

Como aprobación.

Estrella apretó los dedos.

—¿Dónde está Gabriel?

Cambio de tema.

Rápido.

Necesario.

—Salió temprano —respondió su madre—. Dijo que volvería más tarde.

El aire cambió apenas.

No en la cocina.

Dentro de ella.

—¿Y Gael?

—Escuela.

Silencio.

Corto.

Funcional.

Todo en orden.

Todo… demasiado en orden.

—¿Quieres desayunar? —preguntó su madre.

Se giró por fin.

La miró.

Directo.

Y por un segundo—

algo no encajó.

No en su madre.

En la forma en que Estrella sostuvo la mirada.

Demasiado fija.

Demasiado… evaluando.

—No tengo hambre —respondió.

Automático.

Frío.

Su madre frunció ligeramente el ceño.

Casi imperceptible.

Pero suficiente.

—¿Estás bien?

Pregunta simple.

Peligrosa.

Estrella no respondió de inmediato.

No porque no supiera qué decir.

Porque estaba decidiendo… cómo decirlo.

—Sí.

Una pausa.

—Solo cansada.

La respuesta correcta.

La esperada.

La creíble.

El pulso en su pecho se intensificó apenas.

Aprobación otra vez.

—Deberías descansar —dijo su madre.

Pero no apartó la mirada.

Algo seguía ahí.

Pequeño.

Inquieto.

—Lo haré —respondió Estrella.

Pero no se movió.

Se quedó ahí.

Observando.

Midiendo.

Su madre lo notó.

Claro que lo notó.

—¿Qué pasa?

Otra vez.

Más directa ahora.

Estrella inclinó apenas la cabeza.

Como si analizara la pregunta.

Como si evaluara… si debía responder de verdad.

Error.

—Nada.

Demasiado rápido esta vez.

Demasiado limpio.

El silencio cayó.

Más incómodo.

—Estrella—

—Estoy bien.

La interrumpió.

Suave.

Pero firme.

Más firme de lo necesario.

Y eso—

eso sí fue visible.

Su madre no dijo nada.

Pero su expresión cambió apenas.

No preocupación.

No del todo.

Algo más cercano a… duda.

—Si necesitas hablar—

—No.

Corte directo.

Sin espacio.

Sin opción.

Silencio.

Más largo ahora.

Más pesado.

Estrella lo sintió.

Claro que lo sintió.

Pero no retrocedió.

No suavizó.

No corrigió.

Porque algo dentro de ella…

no quería hacerlo.

Quería cerrar.

Terminar.

Controlar.

—Tengo que salir —dijo.

No era verdad.

Pero sonó necesaria.

—¿A dónde?

—Escuela.

Otra mentira.

Otra vez… fácil.

El pulso respondió.

Más claro.

Más presente.

—Todavía es temprano —dijo su madre.

—Tengo cosas que hacer.

Sin explicación.

Sin detalle.

Sin apertura.

Eso fue lo que terminó de romper el momento.

Un pequeño gesto de su madre.

Nada grande.

Pero suficiente.

Se dio cuenta.

No sabía qué.

Pero algo no estaba bien.

—Está bien… —murmuró.

Pero no sonó convencida.

Estrella asintió.

Una vez.

Y se giró.

Sin esperar más.

Sin cerrar la conversación.

Sin mirar atrás.

Caminó hacia la salida.

Paso firme.

Decidido.

Demasiado decidido.

El pulso en su pecho se estabilizó.

Satisfecho.

“—Bien.”

La voz no fue fuerte.

No fue invasiva.

Peor.

Fue breve.

Precisa.

Como si no necesitara más.

Estrella no respondió.

No externamente.

Pero tampoco la rechazó.

Y eso—

eso fue lo que realmente importó.

Porque la puerta no se cerró solo detrás de ella.

Se cerró… en otra parte.

La escuela seguía igual.

Demasiado igual.

Ruido.

Voces.

Pasos que no importaban.

Todo normal.

Todo… distante.

Estrella caminó por el pasillo sin detenerse.

No buscaba a nadie.

No necesitaba hacerlo.

Eso—

eso era nuevo.

Antes siempre había algo.

Alguien.

Una razón para mirar.

Ahora no.

Ahora solo avanzaba.

Directo.

Como si ya supiera a dónde iba…

aunque no lo hubiera decidido.

—Estrella.

La voz la alcanzó desde un costado.

Familiar.

Cercana.

Lucía.

Se detuvo.

No por emoción.

Por reflejo.

Giró apenas.

—Hola.

Su tono fue correcto.

Normal.

Pero vacío.

Lucía frunció el ceño.

—¿Todo bien?

Otra vez esa pregunta.

Otra vez… innecesaria.

—Sí.

Respuesta automática.

Sin esfuerzo.

Sin intención real.

Silencio.

Lucía no se movió.

La miró un segundo más de lo normal.

—No pareces.

Directo.

Sin rodeos.

Antes—

eso la habría hecho reaccionar.

Defenderse.

Explicar.

Ahora—

no.

—Estoy bien —repitió.

Más firme.

Más cerrada.

Lucía dudó.

Se notó.

—Ayer te fuiste raro —añadió.

El pulso en su pecho respondió.

Suave.

Como si se activara solo con la palabra ayer.

—Tenía cosas —dijo Estrella.

Corto.

Insuficiente.

Lucía entrecerró los ojos.

—¿Qué cosas?

Silencio.

Un segundo.

Dos.

La respuesta no llegó de inmediato.

No porque no existiera.

Porque estaba siendo… elegida.

“—No le debes nada.”

La voz.

Baja.

Clara.

Cercana.

Error.

Estrella la escuchó.

Y esta vez—

no la rechazó.

—Nada importante —respondió.

El tono cambió apenas.

Más frío.

Más cortante.

Lucía retrocedió medio paso.

No físico.

Emocional.

—Solo preguntaba —murmuró.

Ahí estaba.

Ese punto.

Ese momento donde antes…

habría suavizado.

Habría dicho algo más.

Pero no lo hizo.

Porque algo dentro de ella—

no quería hacerlo.

—Ya respondí.

Corte limpio.

Sin espacio.

Sin salida.

Silencio.

Más pesado ahora.

Más incómodo.

Lucía asintió despacio.

Pero su expresión cambió.

No entendía.

Pero lo sentía.

—Está bien…

No lo estaba.

Y ambas lo sabían.

Pero solo una…

decidió ignorarlo.

Estrella giró.

Sin despedirse.

Sin mirar atrás.

Siguió caminando.

Más rápido.

Más directo.

Más… segura.

El pulso respondió.

Más fuerte.

Más claro.

“—Así es más fácil.”

Su respiración se estabilizó.

Demasiado rápido.

—No —murmuró apenas.

Pero no se detuvo.

No corrigió.

No volvió.

Y eso—

eso fue lo que realmente cambió algo.

Porque no fue un accidente.

Fue una elección.

Aunque no quisiera admitirlo.

—Estrella.

Otra voz.

Distinta.

Masculina.

Se detuvo otra vez.

Más lento esta vez.

Giró.

Mateo.

Apoyado contra los casilleros.

Mirándola.

Directo.

Demasiado directo.

—¿Qué? —preguntó.

Más seco de lo necesario.

Mateo levantó una ceja.

—Nada.

Una pausa.

—Solo quería saber si estabas bien.

Otra vez.

Otra pregunta.

Otro error.

El pulso respondió.

Más intenso.

“—Dile que sí. Y sigue.”

Estrella lo miró.

Un segundo más de lo normal.

Evaluando.

Midiendo.

No a él.

La situación.

—Estoy bien.

Respuesta perfecta.

Vacía.

Mateo no se movió.

—No lo parece.

Directo.

Otra vez.

El aire se tensó apenas.

No externo.

Interno.

—No tienes que parecerlo —respondió.

La frase salió sola.

Demasiado limpia.

Demasiado… exacta.

Mateo parpadeó.

No esperaba eso.

—Solo preguntaba —repitió.

Misma frase.

Distinto peso.

Estrella inclinó apenas la cabeza.

—Y ya te respondí.

Silencio.

Pero no vacío.

Algo se rompió.

Pequeño.

Pero claro.

—Sí… —murmuró él.

Pero no sonó convencido.

Estrella no esperó más.

Giró otra vez.

Y siguió caminando.

Más firme.

Más decidida.

Más… distante.

El pasillo volvió a llenarse de ruido.

Pero no la tocó.

Nada lo hacía.

Porque ahora—

todo pasaba afuera.

Y lo importante…

estaba adentro.

El pulso se estabilizó.

Casi… satisfecho.

“—Aprendes rápido.”

No respondió.

No reaccionó.

Pero tampoco lo negó.

Y eso—

eso fue el error real.

Porque por primera vez—

no solo lo estaba escuchando.

Lo estaba usando.

El timbre sonó.

Seco.

Cortante.

Demasiado fuerte.

Estrella no se detuvo.

No aceleró.

Simplemente cambió de dirección.

Como si ya supiera a dónde ir.

Aunque no lo hubiera decidido.

Eso—

eso era lo más extraño.

Entró al salón sin mirar a nadie.

Las conversaciones bajaron apenas.

No por respeto.

Por percepción.

Algo no encajaba.

Y todos… lo sentían.

—Llegas tarde —dijo el profesor.

Sin levantar mucho la voz.

Pero suficiente.

Estrella lo miró.

Un segundo.

Evaluando.

—No.

La respuesta salió limpia.

Sin duda.

Sin disculpa.

Error.

El silencio cambió.

Más pesado.

Más atento.

El profesor levantó la mirada.

—¿Perdón?

—No llegué tarde —repitió ella.

Mismo tono.

Misma calma.

Demasiada calma.

Algunos estudiantes intercambiaron miradas.

Esto no era normal.

—Estrella—

—Estoy aquí —lo interrumpió.

Suave.

Pero firme.

—Eso es lo que importa.

Silencio.

Un segundo.

Dos.

El aire se tensó.

No visible.

Pero claro.

El profesor se quedó quieto.

Midiendo.

—Toma asiento.

No discusión.

No ahora.

Pero no terminó ahí.

Estrella caminó hasta su lugar.

Paso firme.

Sin mirar a nadie.

Se sentó.

Despacio.

Controlado.

El pulso en su pecho respondió.

Más estable.

Más… presente.

“—Bien.”

No reaccionó.

Pero lo sintió.

Claro.

Como si fuera parte del proceso.

El profesor retomó la clase.

Pero el ambiente no volvió a la normalidad.

No completamente.

Había algo en el aire.

Algo que no se había ido.

—Abran el libro en la página 84 —indicó.

Papel moviéndose.

Sillas.

Ruido mínimo.

Estrella no abrió nada.

Se quedó quieta.

Mirando al frente.

Pero no enfocada.

El pulso cambió.

Más activo.

Más insistente.

—No ahora —murmuró apenas.

Demasiado bajo para que alguien más escuchara.

Pero no para eso.

“—Siempre es ahora.”

Su respiración se tensó.

—No.

Más firme.

Más consciente.

El lápiz en su mano se quebró.

Seco.

Repentino.

El sonido fue pequeño.

Pero en ese silencio…

demasiado claro.

Varias miradas se giraron.

El profesor también.

—¿Algún problema?

Error.

Demasiada atención.

Estrella apretó los dedos.

—No.

Pero su mano no soltó el lápiz roto.

Lo sostuvo.

Más fuerte de lo necesario.

La madera crujió.

Otro sonido.

Más evidente.

El aire cambió.

No todos lo sintieron.

Pero algunos sí.

Y el profesor…

lo notó.

—Estrella—

Se levantó.

No rápido.

Pero sí sin permiso.

Otro error.

—Necesito salir.

No era pregunta.

El profesor frunció el ceño.

—Siéntate.

Silencio.

Un segundo.

Dos.

El pulso en su pecho respondió.

Más fuerte.

Más presente.

“—No le pidas permiso.”

Error crítico.

Estrella lo escuchó.

Y esta vez—

no dudó.

—No.

La palabra cayó limpia.

Directa.

Irreversible.

El salón se congeló.

Nadie habló.

Nadie se movió.

—Disculpa —dijo el profesor, más serio ahora—. ¿Qué dijiste?

Demasiado tarde.

La línea ya estaba cruzada.

—Dije que necesito salir.

Sin suavizar.

Sin corregir.

Sin miedo.

El pulso vibró.

Satisfecho.

El aire alrededor de ella…

se tensó.

Más denso.

Más cargado.

Una libreta cayó sola de otro escritorio.

Sin razón.

El sonido rompió el momento.

Algunos se sobresaltaron.

—¿Qué fue eso? —murmuró alguien.

El profesor dio un paso adelante.

Más alerta ahora.

—Estrella, siéntate. Ahora.

Orden.

Directa.

Firme.

Otro error.

“—No.”

La voz no fue sugerencia.

Fue empuje.

Y Estrella—

la siguió.

—No.

Otra vez.

Más clara.

Más fuerte.

El aire vibró.

Esta vez—

no sutil.

Las hojas de los cuadernos se movieron.

Leve.

Pero visible.

Real.

El salón se quedó en silencio total.

Ahora sí.

Miedo.

No todos.

Pero suficiente.

El profesor se detuvo.

Ya no era solo disciplina.

Era… otra cosa.

—Sal —dijo finalmente.

Cambio de decisión.

Instinto.

Mejor dejarla ir.

Error… o acierto.

Estrella no esperó más.

Giró.

Y caminó hacia la puerta.

Paso firme.

Sin mirar atrás.

Sin ver las miradas.

Sin escuchar los susurros que empezaban a formarse.

—¿Viste eso…?

—¿Qué fue…?

—No es normal…

La puerta se cerró detrás de ella.

Seca.

Definitiva.

El pasillo la recibió en silencio.

Pero no en calma.

Su respiración se desordenó.

Por fin.

El pulso en su pecho…

no bajó.

Al contrario.

Subió.

Más fuerte.

Más claro.

Más… vivo.

—…detente —murmuró.

Pero no se detuvo.

No del todo.

Porque algo dentro de ella—

no quería parar.

Quería más.

“—Eso fue solo el inicio.”

El mundo se inclinó apenas.

No físico.

Interno.

Estrella apoyó una mano en la pared.

Intentando estabilizarse.

Intentando… recuperar algo.

Pero no estaba claro qué.

—No voy a perder el control —susurró.

Silencio.

Un segundo.

Dos.

Y luego—

más bajo.

Más cerca.

Más peligroso.

“—Ya no es control… si lo eliges.”

El aire se volvió pesado.

Irreversible.

El pasillo no estaba vacío.

Solo… contenido.

Como si el ruido hubiera decidido mantenerse lejos.

Estrella no se movió de inmediato.

Su mano seguía apoyada en la pared.

Fría.

Firme.

Real.

Lo único que todavía se sentía completamente suyo.

Su respiración no volvía a la normalidad.

Pero tampoco se descontrolaba.

Ese punto intermedio—

otra vez.

El peor lugar posible.

—…esto no está pasando —murmuró.

Pero no sonó convencida.

El pulso en su pecho respondió.

Más claro.

Más… presente.

“—Claro que sí.”

Cerró los ojos un segundo.

Error.

Porque cuando los abrió—

ya no estaba sola.

Adrik.

De pie frente a ella.

Demasiado cerca.

Demasiado… real.

—Saliste antes —dijo él.

Su voz no fue dura.

Pero tampoco suave.

Medida.

Como si eligiera cada palabra… con cuidado.

Estrella lo miró.

Un segundo.

Dos.

Y esta vez—

no hubo alivio.

—Tarde —respondió.

Directo.

Sin rodeos.

El golpe fue limpio.

Adrik no reaccionó de inmediato.

Pero algo en su mirada…

cambió.

—No podía entrar antes.

Excusa.

Verdad a medias.

No importaba.

—Siempre tienes un “no podía” —añadió ella.

Más bajo.

Más frío.

El aire entre ellos se tensó.

Diferente a antes.

Más… personal.

—No sabes lo que estás manejando —dijo Adrik.

Más firme ahora.

—No —respondió ella—. Pero tú sí.

Silencio.

Una pausa.

Y luego—

—y aun así me dejaste.

Directo.

Irreversible.

Adrik apretó ligeramente la mandíbula.

Pequeño gesto.

Pero real.

—No fue así.

—Fue exactamente así.

El pulso respondió.

Más fuerte.

“—No confíes.”

Estrella no apartó la mirada.

No retrocedió.

No suavizó.

—¿Qué hizo? —preguntó.

Sin rodeos.

Sin desviar.

Adrik dudó.

Mínimo.

Pero suficiente.

—No fue él solo.

Error.

Demasiada información.

Estrella lo notó.

Claro que lo notó.

—¿Quién más?

Silencio.

Más largo ahora.

Más… calculado.

Adrik miró alrededor.

Instinto.

Como si evaluara algo más allá de ellos dos.

Como si midiera… quién podía estar escuchando.

—No aquí.

Respuesta evasiva.

Pero no vacía.

Eso fue lo peor.

—No —respondió Estrella—. Aquí.

El pulso vibró.

Aprobación inmediata.

Adrik dio un paso más cerca.

—No entiendes lo que eso activó.

—Entonces explícame.

Silencio.

Otra vez.

Otra decisión.

Y esta vez—

no fue tan firme.

—No puedo.

Ahí estaba.

Otra vez.

La misma línea.

El mismo límite.

El mismo error.

Algo dentro de Estrella…

se terminó de cerrar.

—Claro que puedes —dijo.

Más bajo.

Más peligroso.

—No quieres.

El golpe fue directo.

Adrik la sostuvo la mirada.

Pero esta vez—

no había seguridad completa.

Algo más.

Más… inestable.

—No es solo eso.

Primera grieta.

Pequeña.

Pero real.

Estrella lo notó.

—¿Entonces qué es?

Silencio.

Y por primera vez—

Adrik no respondió de inmediato…

porque no tenía una respuesta que pudiera decir.

—Hay cosas que ya están en movimiento —murmuró.

Más bajo.

Más serio.

—Y si te las digo—

Se detuvo.

No por efecto.

Por verdad.

—…puedo empeorarlo.

El pulso reaccionó.

Fuerte.

“—Mentira.”

Estrella no parpadeó.

—O puedes perder control de algo que no entiendes —añadió él.

Más firme.

Más cercano.

—¿Como tú? —lo cortó ella.

Silencio.

Golpe limpio.

Adrik no respondió.

No de inmediato.

Y eso—

eso lo dijo todo.

El aire se tensó otro nivel.

—No soy el único que está jugando esto —añadió él finalmente.

Error… o advertencia.

Estrella inclinó apenas la cabeza.

—Ya lo sé.

Una pausa.

Y luego—

—lo sentí.

El pulso respondió.

Más profundo.

Más… presente.

Adrik dio otro paso.

Más cerca.

Demasiado cerca.

—Entonces escúchame bien.

Su tono cambió.

Más bajo.

Más… serio de lo que había sido hasta ahora.

—No confíes en lo que escuches.

Error.

Grave.

El pulso reaccionó.

Inmediato.

Fuerte.

“—Empieza por él.”

Estrella sintió el choque.

Interno.

Directo.

No dolor.

Pero sí… división.

—¿Y en ti sí? —preguntó.

Más bajo.

Más directo.

Adrik no respondió de inmediato.

Pero no apartó la mirada.

—En mí…

Una pausa.

Y luego—

—depende de cuándo llegues.

El golpe fue distinto.

No defensa.

No excusa.

Verdad.

Incompleta.

Pero verdad.

El aire cambió.

Algo en Estrella… reaccionó.

No como antes.

Más… consciente.

—Llegué —dijo ella.

Bajo.

Firme.

—Y no estabas.

Silencio.

Irreversible.

Adrik cerró los ojos un segundo.

Breve.

Pero suficiente.

Error.

Porque cuando los abrió—

ya no estaba completamente en control.

—No todo depende de mí —murmuró.

Más bajo.

Más… real.

—Claro que no —respondió ella.

Una pausa.

Y luego—

—porque tampoco estás solo.

El golpe cayó.

Preciso.

Adrik se tensó.

Instantáneo.

Demasiado rápido para ocultarlo.

Ahí.

La grieta.

Más clara ahora.

—¿Quién es? —preguntó Estrella.

Silencio.

Y esta vez—

no fue evasivo.

Fue… protegido.

—Alguien que no va a dejar que esto termine como antes.

La frase cayó distinta.

Más pesada.

Más… cargada de historia.

El pulso reaccionó.

Más lento.

Más… atento.

—¿Antes? —susurró ella.

Pero Adrik ya no

1
Maria De Jesus Tirado Rodriguez
quedó inconclusa tan interesante que estaba 😭
CristyGry: también te invito a leer el libro 0.5 que es como la historia de los papás de estrella y de cómo Federico se hizo malo
total 1 replies
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