Me enamoré de una Youtuber que quiere seguir en el anonimato.
NovelToon tiene autorización de Rei Galvez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
PAPAS A LA FRANCESA
El bar estaba tranquilo ese martes.
Había poca gente: algunas parejas tomando café y un par de personas leyendo en las mesas del fondo.
Carolina llegó primero, acompañada de Sofía. Se había puesto un vestido negro holgado que le llegaba a las rodillas, su cabello larguísimo suelto y algunos aretes pequeños. Se veía nerviosa; sus manos no dejaban de juguetear con el borde de su vestido. Sofía tenía su cabello suelto, un suéter de algodón debajo de un overall de mezclilla.
Se sentaron en la misma mesa donde todo había empezado semanas atrás.
Alejandro llegó pocos minutos después. Vestía una camisa azul oscura y jeans.
En cuanto vio a Carolina, su expresión se suavizó. Se acercó a la mesa con pasos tranquilos.
—Hola… —dijo con voz suave, mirando primero a Carolina y luego a Sofía.
—Hola —respondió Carolina casi en un susurro, sin poder sostenerle la mirada más de dos segundos.
Sofía señaló la silla frente a ellas.
—Siéntate, Alejandro.
Él obedeció. El ambiente estaba cargado de tensión, pero también de algo más suave: expectativa y miedo al mismo tiempo.
Sofía fue la primera en hablar, aunque su tono ya no era burlón como por teléfono:
—Carolina quería que estuviéramos las dos aquí. Yo vine para apoyarla… y para asegurarme de que esto se haga bien.
Carolina respiró hondo, miró sus manos sobre la mesa y luego levantó la vista hacia Alejandro. Sus ojos negros estaban brillantes, nerviosos.
—Alejandro… primero quiero pedirte perdón por cómo te traté ese día. No fue tu culpa. Tuve una pesadilla muy fuerte y… reaccioné mal. Te pedí que no me tocaras porque en ese momento no lo podía soportar. No era por ti.
Hizo una pausa, tragando saliva.
—Quiero contarte qué pasó… pero no todo hoy. Solo quiero que sepas que no estoy loca. Solo… cargo con cosas del pasado que a veces regresan.
Se quedó callada, esperando su reacción. Sus mejillas grandes estaban ligeramente sonrojadas y sus dedos temblaban un poco sobre la mesa.
Alejandro la miró con ternura, sin prisa, sin presión.
—Gracias por decírmelo —respondió con voz calmada—. No estoy enojado. Solo estaba preocupado por ti. Y si quieres contarme cuando estés lista… aquí estaré. No tengo prisa.
Sofía los observaba en silencio, con los brazos cruzados, pero su expresión se había suavizado un poco.
La tensión en la mesa era palpable, pero no incómoda. Los tres estaban buscando las palabras correctas cuando una mesera apareció de repente:
—¿Qué les traigo para tomar o comer? —preguntó con amabilidad.
Sin siquiera voltear a verla, tanto Alejandro como Carolina respondieron al mismo tiempo:
—Papas a la francesa.
En cuanto las palabras salieron de sus bocas, levantaron la mirada y se encontraron de frente. Ambos se quedaron callados un segundo, luego sonrieron apenados, con esa ternura tímida que surgía cuando estaban cerca. Carolina bajó la vista rápidamente, sonrojada.
Sofía soltó una risita y tomó el control:
—Traiga una orden grande de papas a la francesa, una jarra de limonada y tres vasos, por favor. —Luego añadió con una sonrisa pícara mirando a la mesera—: No los quiero borrachos hoy.
La mesera asintió con una sonrisa y se marchó.
Carolina bajó la mirada hacia la mesa, jugueteando con sus dedos. Su voz salió bajita, casi un susurro entrecortado:
—Sufrí varios ataques a mi persona cuando era joven… y desde entonces paso de estos episodios de ansiedad, pánico y pesadillas. —Hizo una pausa, visiblemente apenada, con una expresión muy triste en el rostro—. Han dejado de ser frecuentes y ahora solo pasan cuando estoy bajo mucha presión, con ciertas actitudes, movimientos bruscos o cuando algo me pasa sentimentalmente fuerte.
Torció la boca con tristeza y añadió en voz aún más baja:
—Supongo que esto… es algo sentimentalmente fuerte.
Los tres se quedaron en silencio. El aire se sentía pesado, pero honesto.
Alejandro fue quien lo rompió, hablando con voz calmada y sincera:
—Esta relación avanzó de forma muy rápida y aún tenemos mucho que contarnos el uno al otro, de nuestros pasados… —tragó saliva—. No estoy asustado por lo que pasó, aunque fue inesperado. No espero que seas perfecta. Solo quiero que sepamos llevar esto de la mejor manera posible y que encontremos algo que nos lleve a ser felices y a encontrar tranquilidad.
Carolina levantó la vista lentamente y lo miró con ojos brillantes. Había agradecimiento y algo más suave en su expresión.
Después de un breve silencio, Sofía intervino, cruzando los brazos sobre la mesa:
—Sigues a prueba —dijo en tono serio pero con un toque de humor—pero hasta ahora estás superando mis expectativas.
—Se inclinó un poco hacia él y añadió más bajito—: Demuéstrame que puedes hacer a Carolina feliz.
En ese momento llegaron las papas a la francesa y la jarra de limonada. La mesera dejó todo en la mesa y se retiró.
La conversación continuó con idas y venidas. Carolina pidió disculpas varias veces por cómo lo había tratado esa noche. Alejandro insistió en que no tenía nada que perdonar y que entendía que necesitaba tiempo. Sofía soltó un par de amenazas tiernas que terminaban en sonrisas.
Alejandro repetía con calma que haría lo mejor que pudiera, que no tenía prisa y que quería conocerla de verdad.
Poco a poco la charla se volvió más ligera. Hablaron de anécdotas tontas del trabajo, de los videos de Carolina, de lo difícil que era lidiar con clientes exigentes y de cosas del día a día.
Las risas empezaron a aparecer, tímidas al principio, más naturales después.
Después de poco más de una hora, los tres se levantaron. Afuera todavía había luz; apenas iban a ser las 9 de la noche.
Antes de despedirse, Alejandro miró a Carolina con suavidad, como para decir algo, pero se contuvo, ya habría tiempo después.
Se despidieron con un abrazo grupal un poco torpe. Sofía y Carolina se fueron caminando juntas hacia el departamento, y Alejandro tomó otra dirección hacia su auto.
Cada uno llegó a su hogar con el corazón más ligero. No todo estaba resuelto, pero había esperanza. Una esperanza frágil, cuidadosa, pero real.
En la puerta del edificio donde vivía Carolina, las dos amigas se despidieron efusivamente. Carolina abrazó a Sofía con fuerza, casi sin querer soltarla.
—Gracias… de verdad, gracias por todo —dijo Carolina con voz tierna y emocionada—. No sé qué haría sin ti.
Sofía le devolvió el abrazo con cariño y le acarició la espalda.
—No es nada, reina. Para eso estoy. Lo siento mucho, pero me tengo que ir ya. Si necesitas cualquier cosa, a cualquier hora, ahí estaré. ¿Me lo prometes?
Carolina asintió, todavía abrazada a ella.
—Te lo prometo.
Sofía le dio un último beso en la mejilla y salió casi corriendo hacia su auto. Subió rápidamente, encendió el motor y se fue a toda velocidad.