Cuando la mafia y el amor se cruzan...
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Te prohíbo sentir
La noche ardía en la chimenea, aunque afuera llovía a cántaros. El tic-tac del viejo reloj del estudio de Vittorio marcaba la tensión entre ambos hombres.
Luca esperaba en silencio, las manos cruzadas detrás de la espalda, los ojos fijos en las llamas. Su postura recta no disimulaba la tormenta interna.
Vittorio lo observaba desde el sillón de cuero oscuro, los dedos entrelazados, los codos sobre las rodillas.
—¿Querés explicarme por qué pasás más tiempo con ella del que te ordené? La pregunta fue seca. Casi un escupitajo.
—Estoy cumpliendo órdenes —respondió Luca—. Entrenamiento. Vigilancia. Protección.
—No te pedí que la mires así.
Luca giró apenas el rostro, sus ojos apenas entrecerrados.
—¿Así cómo?
—Como si la desearas.
El silencio se volvió denso, casi irrespirable.
Vittorio se incorporó lentamente, como si cada vértebra cargara siglos de rencor.
—No soy ciego, Luca. Los ví en el invernadero. Ella estaba encima tuyo. Y vos no hiciste el mínimo esfuerzo por apartarla. Su voz era baja. Pero cada palabra pesaba una tonelada.
—Vos, que no dejás que nadie te toque.
Luca tragó saliva. No por miedo, sino por la marea que crecía dentro.
—No le haría daño.
—¡No es tuya! —rugió Vittorio, levantándose de golpe—. ¡No sos nadie para mirarla como lo hacés! Luca apretó los puños, pero no alzó la voz.
—Y sin embargo... no puedo evitarlo. Eso fue peor que una traición.
Vittorio dio dos pasos, lento, como un cazador que se acerca a la presa.
—Te salvé de una muerte segura. Te hice hombre. Te di un nombre, un techo, un lugar entre lobos. Y ahora te olvidás quién manda.
—Jamás me olvidaría —dijo Luca—. Pero no me pidas que no sienta. Porque no puedo. Vittorio lo miró largo rato. La tormenta detrás de sus ojos era vieja… vieja como la culpa.
—Estás fuera —dijo al fin, con una calma escalofriante—. Desde ahora, otro se hará cargo de ella.
—¿Eso la va a proteger? —preguntó Luca, mordiéndose cada palabra.
—Va a protegerte a vos. De mí.
El nuevo guardia llegó al día siguiente.
Se llamaba Neri. Era alto, inexpresivo, con el rostro de quien nunca conoció la ternura. Isabella lo notó desde el primer paso fuera de su cuarto.
No hablaba. No respondía. Se movía como una sombra que no dejaba rastro… pero sí presencia. Después de tres semanas con él, la casa volvió a sentirse como una celda.
No más risas. No más defensa personal. No más entrenamientos entre susurros, rozes y miradas peligrosas. Solo distancia. Solo rutina. Solo vacío.
Y Luca… desaparecido. Hasta que Isabella se hartó.
El despacho de Vittorio olía a madera antigua y rabia contenida. Él estaba detrás del escritorio, firmando papeles como si el mundo no temblara afuera.
—¿Qué hiciste con él? —disparó ella sin preámbulos. Vittorio alzó la vista como si un insecto hubiera hablado.
—No es de tu incumbencia.
—¡Claro que lo es! —avanzó ella, la voz quebrada—. Era mi instructor. Mi… ¿protector? Vittorio dejó caer la pluma con un chasquido metálico.
—No vuelvas a usar ese tono conmigo.
—¿Lo echaste? ¿Lo castigaste por algo que no hizo?
—No tengo que darte explicaciones.
—¡Entonces las saco sola! —gritó ella—. ¡Porque si él no vuelve a verme… yo me voy! Vittorio la fulminó con la mirada.
—¡Ni se te ocurra!
—¡Y si lo hago, no vas a volver a verme jamás! ¡No soy tu prisionera! ¡Soy tu hija! ¡¿O solo te acordás de eso cuando necesitás que me quede?!
El golpe no fue físico. Pero el eco de esas palabras sacudió los cimientos. Isabella salió dando un portazo que tembló hasta en el alma de la casa.
A la mañana siguiente…
El sol apenas tocaba los vitrales cuando Isabella abrió la puerta de su habitación.
Los ojos hinchados delataban la noche en vela. Esperaba ver a Neri, ese muro sin alma. Pero no.
Era él. Luca.
De pie, con una bandeja en la mano, apoyado contra el marco con esa media sonrisa torcida.
—Buenos días —dijo, con voz baja.
Isabella se quedó quieta. Como si el tiempo se hubiera detenido. Y luego, sin pensar, lo abrazó. Fuerte.
Luca la sostuvo. Solo un segundo. Luego la separó con suavidad.
—Me extrañaste —susurró.
—¡Cállate! —dijo ella, limpiándose las lágrimas—. ¿Qué pasó? ¿Por qué…?
—Tu padre recapacitó.
—¿De verdad?
—No. Lo amenazaste con irte. Y te creyó.
—¿Y vos?
—Yo nunca me fui del todo.
Ella lo miró como quien encuentra el aire después de ahogarse.
—¿Y ahora?
—Ahora seguimos entrenando —dijo, dejando la bandeja—. Pero necesito que estés concentrada.
—¿Por qué?
Luca se acercó. Su mirada era fuego.
—Porque si me volvés a tirar al suelo… esta vez no me voy a contener. Isabella alzó la barbilla, desafiante.
—¿Y qué vas a hacer? Luca no respondió. Solo la miró.
Como si su vida dependiera de no tocarla.
Como si besarla fuera un crimen que ya estaba cometiendo con la mirada. Y ella… no quiso mirar a otro lado.