Atenea Moretti siempre ha sido la joya más protegida de la familia Moretti. Su heterocromía la hace imposible de olvidar, y para su padre, uno de los hombres más poderosos de la mafia, ella es lo único que queda de la mujer que amó. Ocho años después de la muerte de su madre, una nueva familia entra en sus vidas. Una madrastra, dos hermanastros que cambiarán su mundo para siempre. Mientras Atenea intenta adaptarse a su nueva realidad, descubre que la muerte de su madre no fue un accidente. Entre secretos, traiciones y luchas de poder, deberá encontrar la verdad antes de que esta la destruya. Porque en la mafia, la sangre es poder. Y algunos secretos están dispuestos a matar para permanecer enterrados.
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La joya de la familia
—No.
La respuesta de Alessandro Moretti fue firme.
El hombre al otro lado de la mesa ni siquiera intentó ocultar su decepción.
—Don Moretti, mi hijo sería un excelente esposo para su hija.
—Sigue siendo no.
El silencio se volvió incómodo.
Atenea observaba la escena desde el segundo piso de la mansión, escondida tras la barandilla.
No era la primera vez.
Ni la décima.
Desde que cumplió dieciocho años, propuestas de matrimonio llegaban constantemente.
Hijos de políticos.
Empresarios.
Herederos de otras familias mafiosas.
Hombres poderosos que deseaban unir sus apellidos al de los Moretti.
Y todos recibían la misma respuesta.
No.
Su padre jamás aceptaba.
Nunca.
—Está sobreprotegiéndola —insistió el visitante.
Los ojos grises de Alessandro se volvieron peligrosos.
—Es mi hija.
La conversación terminó allí.
Como siempre.
Atenea soltó un suspiro.
Su padre era imposible.
A veces sentía que la trataba como si todavía tuviera doce años.
Como si siguiera siendo aquella niña que lloró durante semanas cuando enterraron a su madre.
La niña que él había abrazado mientras prometía que jamás permitiría que le pasara nada.
Y Alessandro Moretti cumplía sus promesas.
Siempre.
Incluso las que la volvían loca.
⸻
—Dos guardias para ir al jardín es ridículo.
—Órdenes de tu padre.
—Voy a alimentar a los peces.
—Órdenes de tu padre.
—Voy a caminar quince metros.
—Órdenes de tu padre.
Atenea cerró los ojos.
Respiró profundo.
Y contó hasta diez.
No funcionó.
—A veces pienso que estoy en prisión.
Los dos guardaespaldas fingieron no escucharla.
Porque todos sabían que Alessandro Moretti tenía una obsesión.
Su hija menor.
No por ser débil.
Todo lo contrario.
Atenea era inteligente.
Educada.
Observadora.
Y tenía el carácter suficiente para discutir con hombres que duplicaban su edad.
Pero también era la única hija que conservaba la sonrisa de su madre.
La única que había heredado aquellos ojos imposibles.
Uno azul cristalino.
El otro dorado como la miel.
Heterocromía.
Una rareza que llamaba la atención donde fuera.
Por eso prácticamente no salía sola.
Por eso siempre había seguridad.
Por eso cada movimiento suyo era vigilado.
Su padre no confiaba en nadie.
⸻
Esa noche la familia cenó junta.
Algo extraño.
Normalmente Alessandro estaba trabajando.
Bianca, su hermana mayor, llegó tarde como siempre.
Impecable.
Elegante.
Intimidante.
—¿Por qué nos reuniste? —preguntó Bianca.
Alessandro dejó los cubiertos.
Y entonces Atenea supo que algo ocurría.
Porque su padre parecía nervioso.
Algo extremadamente raro.
—Voy a casarme.
El silencio fue absoluto.
Atenea parpadeó.
Una vez.
Dos veces.
—¿Qué?
Bianca se quedó inmóvil.
—¿Perdón?
—Escucharon bien.
Ninguna de las dos habló durante varios segundos.
Porque aquello era imposible.
Su padre no había vuelto a mirar a otra mujer desde la muerte de su madre.
Ni una sola vez.
—¿Con quién? —preguntó Atenea finalmente.
Por primera vez en mucho tiempo, Alessandro sonrió.
Una sonrisa pequeña.
Casi tranquila.
—Su nombre es Elena Rossi.
Bianca frunció el ceño.
Atenea observó a su padre.
Y por primera vez en ocho años…
Parecía feliz.
Eso la sorprendió más que la noticia misma.
—Quiero que la conozcan.
—¿Tiene hijos? —preguntó Bianca directamente.
Alessandro asintió.
—Dos.
Bianca apoyó la espalda en la silla.
—Perfecto. Una nueva esposa y nuevos hermanos. ¿Algo más que debamos saber?
—Bianca.
—Solo pregunto.
Atenea permaneció en silencio.
No sabía qué pensar.
Parte de ella se sentía culpable.
Como si aceptar que su padre siguiera adelante significara olvidar a su madre.
Pero otra parte…
La parte que recordaba las noches en las que lo había escuchado llorar a escondidas…
Deseaba que fuera feliz.
Aunque le costara admitirlo.
—¿Cuándo la conoceremos? —preguntó.
Alessandro la miró.
Y su expresión se suavizó inmediatamente.
Como siempre ocurría cuando la veía.
—Este fin de semana.
Atenea asintió.
Sin saber que aquella reunión cambiaría el rumbo de toda su vida.
Porque Elena Rossi no llegaría sola.
Y uno de sus hijos estaba destinado a convertirse en el secreto más peligroso que Atenea Moretti tendría que guardar.