⚠️➕21 no denunciar ⚠️, ZAIRO y RUBÍ, una pareja de sicarios independientes, que cobran millones por cada trabajo bien realizado...
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21: la entrega final
El vuelo de Shanghái a Tokio fue corto y sin contratiempos. Zairo y Rubí viajaron con sus nuevas identidades: él con la barba postiza y los tatuajes temporales que ya empezaban a borrarse, ella con su corte salvaje y fleco que le daba un aire fresco y despreocupado. La katana viajaba dentro de una maleta de mano reforzada, envuelta en tela suave y protegida por espuma. Ninguno de los dos habló mucho durante el trayecto; el peso de los últimos meses se sentía más ligero ahora que estaban tan cerca del final.
Aterrizaron en el Aeropuerto de Haneda al atardecer. El aire de Tokio era fresco y limpio comparado con la humedad de Shanghái. Un chofer enviado por yatsuki Hiroshi Tanaka los esperaba con un cartel discreto. Los llevó directamente a una mansión privada en las afueras de la ciudad, en una zona residencial rodeada de jardines zen y cerezos que empezaban a florecer. La casa era moderna pero respetuosa con la tradición japonesa: paredes de madera clara, tatamis y un jardín interior con un pequeño estanque.
Tanaka los recibió en persona en el vestíbulo. Vestía un traje oscuro impecable y una expresión serena.
—Señor Zairo, señora Rubí. Han cumplido con creces. Mi cliente los espera.
Los acompañó hasta una sala amplia donde un hombre de unos sesenta años, cabello gris perfectamente peinado y ojos penetrantes, los aguardaba sentado frente a una mesa baja. Era el multimillonario japonés, el verdadero dueño original de la katana. A su lado había dos asistentes y un experto en antigüedades que revisaría la pieza.
Zairo colocó la maleta sobre la mesa con cuidado y la abrió. La katana brilló bajo la luz suave de los faroles de papel. El multimillonario la tomó con reverencia, la sacó de la vaina y la examinó en silencio durante varios minutos. El experto asintió satisfecho después de una inspección detallada con lupa y luz ultravioleta.
—Está intacta —confirmó—. Excelente trabajo.
El multimillonario cerró la vaina y miró a la pareja con una leve inclinación de cabeza.
—Gracias. Esta katana no solo es un tesoro familiar. Representa algo más grande. He decidido desmontarla de forma controlada y subastar sus piezas en una serie de eventos privados. El filo se dividirá en fragmentos certificados, la empuñadura y los adornos de oro y jade se venderán por separado. Cada pieza llevará un certificado de autenticidad y una historia: que perteneció al primer emperador de China y que fue recuperada por personas que arriesgaron su vida. Los fondos completos irán a un fondo humanitario que he creado para ayudar a países con pocos recursos, especialmente en África. Ya tengo compradores confirmados: coleccionistas de Dubái, Hong Kong y Nueva York. La subasta inicial se realizará en tres semanas y esperamos recaudar más de novecientos millones de dólares adicionales.
Zairo y Rubí intercambiaron una mirada breve. La katana, que había costado sangre y casi sus vidas, se convertiría en piezas separadas para salvar vidas en otro continente. Era una ironía que ninguno esperaba, pero que les pareció justa.
Tanaka entregó un maletín negro a Zairo.
—Los ciento cincuenta millones acordados. Transferencia confirmada y limpia. El resto del pago se completará cuando las subastas terminen, pero el monto inicial ya está en su cuenta offshore.
Zairo abrió el maletín solo para verificar el dispositivo de confirmación digital. Todo estaba en orden.
—Gracias —dijo simplemente.
El multimillonario se inclinó de nuevo.
—Han hecho algo más que recuperar un objeto. Han permitido que esta pieza sirva para algo bueno. Si alguna vez necesitan ayuda en Japón, mi puerta estará abierta.
La reunión terminó con un té matcha servido en silencio. Cuando salieron de la mansión, el cielo de Tokio ya estaba completamente oscuro y las luces de la ciudad brillaban como estrellas caídas.
Decidieron quedarse dos semanas más en Japón. No querían correr. Reservaron una casa tradicional en Kioto, con tatamis, futones y un pequeño jardín privado. Los días siguientes fueron de una calma que ninguno de los dos había sentido en años.
Por las mañanas caminaban por los templos de Kioto: Fushimi Inari con sus miles de torii rojos, el Kinkaku-ji brillando bajo el sol, el bosque de bambú de Arashiyama donde el viento hacía susurrar las cañas. Rubí, parecía una turista joven y curiosa; Zairo, caminaba a su lado como un hombre que por fin podía bajar la guardia.
Por las tardes probaban comida callejera: takoyaki caliente, ramen en pequeños locales y mochi recién hecho. Una noche fueron a un onsen privado en las montañas cercanas. El agua caliente relajó los músculos de Rubí y Se quedaron allí hasta que la piel se les arrugó, hablando en voz baja de planes vagos: una casa en la costa de México, quizás en Puerto Escondido, o un pequeño viñedo en algún lugar de Chile. Hijos.
Zairo revisaba su teléfono una vez al día para confirmar que el dinero ya estaba en la cuenta. Ciento cincuenta millones. Suficiente para empezar de cero varias veces. La noticia de la subasta de la katana empezó a filtrarse en círculos privados: “Piezas de la legendaria espada del primer emperador de China”. Los primeros lotes ya habían sido anunciados y los precios iniciales superaban los cincuenta millones por fragmento. El fondo humanitario ya había transferido los primeros diez millones a proyectos en Kenia y Etiopía: pozos de agua, escuelas y clínicas móviles. La katana, rota en pedazos, salvaría miles de vidas.
Una tarde, mientras paseaban por el río Kamo en Kioto, Rubí tomó la mano de Zairo y se detuvo.
—¿Lo sientes? —preguntó—. Ya no hay contratos. Ya no hay perseguidos.
Zairo la miró y sonrió por primera vez en mucho tiempo sin esa sombra de tensión en los ojos.
—Lo siento. Y me gusta.
Se quedaron dos semanas completas en Japón. Visitaron Nara y sus ciervos sagrados, comieron sushi fresco en pequeños restaurantes sin nombre y durmieron abrazados cada noche. El último día, antes de tomar el vuelo de regreso a México, Zairo guardó la confirmación de la transferencia final en su teléfono y borró todos los contactos antiguos.
—Se acabó —dijo en voz baja mientras cerraba la maleta.
Rubí, asintió.
—Se acabó.
El avión despegó de Tokio al atardecer. Abajo, la ciudad se convertía en un mar de luces. Arriba, el cielo se abría limpio y amplio. Por primera vez en años, ninguno de los dos miraba hacia atrás con miedo. Solo hacia adelante, hacia la vida tranquila que se habían ganado con sangre, sudor y una promesa hecha en una casa abandonada en Colombia.
La katana ya no existía como una sola pieza, pero había cumplido su último propósito. Y ellos, por fin, podían empezar a vivir.
me gusta la forma que describe cada personaje, la forma qué hace, qué el lector se imaginé esas escenas dónde él personaje vive ese momento de placer,angustia, desesperación y miedo todo eso me gusta sentir en las historias y si una historia no me atrapa con el título o la sinopsis, no la leo no es que sea exigente, pero creó que como lector quiero disfrutar de esa adrenalina o sentimiento que como escritores quieren transmitir le felicito por otra, historia y espero que puedan llegar a mas lectoras 👏👏💐💐
pero me quedo una duda 🤔🤔 que pasó con la traidora de Mariana, no me diga que piensa hacer una 2da historia 🤣🤣🤣 no creó pero si quiero saber si Mariana se fue a dormir con los peces 🤣🤣