El Caos del Capitán
En la Universidad de Saint Jude, las apariencias no solo engañan... te destruyen.
Ian Thorne es el dios de la duela. El capitán de baloncesto con la sonrisa perfecta, el carisma que ilumina auditorios y el rugido de una motocicleta negra que anuncia su llegada. Todos creen conocerlo. Pero cuando las luces se apagan y la multitud se dispersa, el "chico de oro" se desvanece. En su lugar queda un hombre de pocas palabras, mirada gélida y una lengua tan afilada como un bisturí. Ian tiene una regla de oro: nadie lo toca. Su espacio personal es una fortaleza blindada, y su curiosidad por la anatomía humana es puramente científica... hasta que ella aparece para alterar toda su estructura.
Sky es el incendio que nadie pidió, pero que todos se detienen a mirar. Loca, atrevida y absolutamente sinvergüenza, vive la vida sin filtros ni frenos. Está cansada de los chicos predecibles y de las promesas vacías. Ella busca un reto, algo que no pueda descifrar a simple vista.
NovelToon tiene autorización de Ariane Salvatore Falcó para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
capítulo 19: La ley de la gravedad y El despertar del lobo
La medianoche en la reserva de Monte Sombrío era un manto de terciopelo negro y sonidos inquietantes. Fuera, la lluvia había amainado hasta convertirse en un goteo rítmico sobre el techo de zinc, pero dentro de la Cabaña 4, el silencio era mucho más ruidoso. En la oscuridad, los sentidos de Sky se habían agudizado hasta el punto de poder distinguir el crujido de la madera de las literas con cada respiración. En la litera de arriba, el calor parecía disiparse hacia las vigas, mientras que abajo, el aura de Ian Thorne actuaba como un imán gravitatorio que ella ya no podía ignorar.
Con una lentitud calculada, Sky se deslizó fuera de su saco de dormir. Sus pies descalzos tocaron el suelo de madera fría, enviando un escalofrío por sus piernas que solo alimentó su determinación. La otra pareja de estudiantes roncaba suavemente al otro lado del cuarto, sumidos en el agotamiento del primer día, pero Sky sabía que el sueño de Ian nunca era tan profundo. Él siempre estaba alerta, siempre en guardia.
Se acercó a la litera inferior. La penumbra apenas le permitía ver el contorno de su cuerpo: hombros anchos que ocupaban casi todo el ancho del colchón estrecho, una mano caída hacia un lado y el pecho subiendo y bajando con una cadencia hipnótica. Sky no lo pensó dos veces. Apoyó una mano en el borde de la litera y, con la agilidad de una gata, se encaramó sobre él.
Ian estaba boca arriba, con la mandíbula relajada por primera vez en semanas. Sky se posicionó a horcajadas sobre su cintura, dejando que su peso se asentara gradualmente. Podía sentir la dureza de sus músculos bajo la manta fina y el calor volcánico que desprendía su piel. Se inclinó hacia adelante, dejando que las puntas de su cabello rozaran las mejillas de él, esperando el momento exacto en que el lobo despertara.
No tuvo que esperar mucho.
En un parpadeo, la respiración de Ian se cortó. Antes de que Sky pudiera siquiera susurrar su nombre, unas manos grandes y firmes como tenazas se cerraron alrededor de sus muslos. Los ojos de Ian se abrieron, dos orbes de obsidiana que reflejaban la escasa luz de la luna filtrándose por la ventana. No hubo sorpresa, solo un reconocimiento inmediato y un hambre feroz que había estado contenida bajo capas de disciplina.
—Sky... —su voz fue un gruñido bajo, una vibración que ella sintió en la base de su columna.
—Me dijiste que no había reglas de etiqueta aquí, capitán —susurró ella, bajando el rostro hasta que sus labios casi rozaron los de él—. Vine a comprobar si tus reflejos son tan rápidos en la oscuridad como en la duela.
Ian no respondió con palabras. Con un movimiento explosivo y fluido, giró el cuerpo. En un segundo, la posición se invirtió. Sky soltó un jadeo ahogado cuando su espalda golpeó el colchón y el peso sólido de Ian se cernió sobre ella, atrapándola entre sus brazos. El espacio en la litera era ridículamente pequeño; estaban pegados de pies a cabeza, y la respiración de Ian, ahora agitada, golpeaba contra el cuello de Sky, erizándole la piel.
Él la miró fijamente, con el cabello alborotado y una expresión de posesión que nunca se había permitido mostrar en público. Una de sus manos subió desde su cintura, recorriendo el costado de su cuerpo con una lentitud tortuosa que hacía que Sky temblara. Los dedos de Ian, largos y expertos en la anatomía que tanto estudiaban, se deslizaron hacia el borde inferior de la blusa de ella.
—Te advertí que no cruzaras la línea —dijo él, su voz cargada de una ronquera peligrosa—. Ahora que estás aquí abajo, en mi territorio, no esperes que juegue limpio.
Sky echó la cabeza hacia atrás, exponiendo su cuello, entregándose al caos que ella misma había provocado.
—No quiero que juegues limpio, Ian. Quiero que dejes de fingir.
La mano de Ian comenzó a deslizarse bajo la tela de la blusa, el contacto de su piel caliente contra el abdomen de Sky provocó que ella arqueara la espalda, buscando más. Su palma subía con una determinación que prometía borrar cualquier rastro de duda. Estaba a punto de tocar el centro de su deseo, sus dedos rozaban ya la piel más sensible, y la tensión en la cabaña era tan alta que parecía que la madera iba a estallar en llamas.
¡BANG! ¡BANG! ¡BANG!
Tres golpes violentos y metálicos contra la puerta de la cabaña rompieron el hechizo como un mazo de cristal.
—¡Arriba, equipo cuatro! —La voz del profesor Garrick, amplificada por la acústica del bosque, retumbó con una autoridad militar—. ¡El frente de lluvia ha vuelto y es el momento perfecto para el patrullaje de estrés térmico! ¡Tienen cinco minutos para estar fuera con el equipo de recolección!
Ian se quedó congelado sobre Sky. Su frente se apoyó contra la de ella por un segundo eterno, un suspiro de frustración pura escapando de sus labios. La mano que estaba bajo su blusa se cerró en un puño antes de retirarse lentamente, dejando un rastro de frío donde antes hubo fuego.
—Maldita sea... —susurró Ian, cerrando los ojos con fuerza mientras intentaba recuperar el control de su propia anatomía.
Sky se quedó mirando al techo de la litera superior, con el corazón martilleando contra sus costillas y la sensación de la piel de él todavía grabada en su cuerpo. Estaba sin aliento, frustrada y, sin embargo, extrañamente triunfante. Había visto al hombre detrás del capitán, y ese hombre era mucho más peligroso de lo que jamás imaginó.
—Parece que la ciencia tiene un sentido del humor pésimo —logró decir Sky, con la voz todavía temblorosa.
Ian se levantó de la cama con un movimiento brusco, dándole la espalda para ocultar la evidencia física de su deseo. Se pasó una mano por el rostro y empezó a buscar sus botas en la oscuridad, su silueta recortada contra la tenue luz de la linterna de Garrick que ya se filtraba por las rendijas de la puerta.
—Vístete, Sky —dijo él, recuperando su tono de mando, aunque su voz todavía tenía ese filo áspero—. Tenemos un patrullaje bajo la lluvia. Y más te vale mantener la distancia en el bosque, porque si nos quedamos solos en la oscuridad otra vez, ni Garrick ni nadie va a poder salvarte de lo que acaba de empezar.
Sky se incorporó lentamente, sintiendo el frío de la noche entrar en sus pulmones. El Proyecto Verde se había vuelto oficial: estaban a punto de salir a la selva bajo una tormenta, cansados, excitados y vinculados por un secreto que quemaba más que cualquier ejercicio físico. El lobo finalmente había despertado, y Sky sabía que, en la oscuridad del bosque, el patrullaje iba a ser la menor de sus preocupaciones.