TEMPORADA 3 Y FINAL DE LA NOVELA "LA VIDA CON HOMBRES BESTIAS ES MUY CANDENTE".
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CAPÍTULO 18
Sentí un vacío frío en el pecho.
—Sin embargo… —añadió— puedes recordar a mi tío a través de sus propios recuerdos.
—Pero… no serán tuyos.
—Serán desde su perspectiva.
Tragué saliva.
—¿Y dónde está él?
Mi voz salió más alta de lo que pretendía.
Seiren sonrió.
—Está más cerca de lo que crees.
—¿Dónde?
Negó suavemente.
—No puedo decírtelo.
Se inclinó ligeramente hacia mí.
—Pero no creas en todo lo que te diga cuando lo encuentres.
Su mirada se volvió seria.
—Se ha vuelto… más retorcido. No te contará las cosas como realmente fueron.
Sus labios se curvaron apenas.
—Así que exígele que te muestre sus memorias.
Después de eso…
cambió el tema como si nada.
Y, sorprendentemente…
hablar con ella fue fácil.
Natural.
Relajante.
Como si, por primera vez…
tuviera una amiga.
Aunque fuera mi sobrina.
La acompañé hasta la salida.
Cuando estaba por subir al carruaje… se detuvo.
—Oh, cierto… casi lo olvido.
Giró ligeramente el rostro hacia mí.
Y entonces dijo:
—Tía… cuida a tus otros maridos.
Sentí un escalofrío recorrerme el cuerpo.
—Podrían morir misteriosamente.
Mis ojos se abrieron de golpe.
Mi corazón… se encogió.
—¿Qué—?
Pero no terminé la pregunta.
Seiren ya había subido al carruaje.
—Nos vemos luego —dijo con una sonrisa ligera.
Y se marchó.
Dejándome sola…
con una advertencia que pesaba en mi corazón.
.
.
.
Intenté comunicarme a través del anillo de mi mano izquierda.
Primero con Aethon.
Luego con Vaelthorian.
Aethon… no respondió.
Ni una señal.
Ni un eco.
Nada.
Un vacío inquietante.
Fruncí ligeramente el ceño.
Entonces cambié de enlace.
Vaelthorian respondió casi de inmediato.
—¿Ahora decides llamarme? —su voz tenía un ligero reproche—. ¿Cuánto tiempo pensabas ignorarme?
Abrí los labios para responder, pero él continuó…
Y su tono cambió por completo.
Se suavizó.
—Aun así… me alegra escucharte.
Cerré los ojos por un instante.
Ese cambio… siempre me desconcertaba.
—Solo quería saber de ti —dije.
Hubo una breve pausa.
Luego…
—Estoy bien… y nuestros hijos también —dijo con una calma casi orgullosa—. Los estoy incubando ahora mismo.
Hizo una pequeña pausa antes de añadir:
—Se están desarrollando fuertes. Puedes estar tranquila.
Solté el aire lentamente.
Una parte de la tensión en mi pecho desapareció.
Pero no toda.
La conexión se desvaneció poco después.
Y el silencio regresó.
Volví a intentar contactar a Aethon.
Una vez.
Y otra.
Y otra más.
Nada.
Mi inquietud creció.
Así que intenté invocarlo directamente.
Canalicé mi energía espiritual.
Llamé su nombre.
Forcé el vínculo.
Pero la invocación… falló.
Y no solo eso.
El anillo tampoco respondió cuando intenté usarlo para teletransportarme de regreso al Imperio Élfico.
Fue entonces cuando el miedo comenzó a asentarse de verdad.
Algo… no estaba bien.
—Debo ir a verlo —murmuré.
Pero antes de dar un solo paso—
—No.
La voz de Cassian me detuvo.
Firme.
Inamovible.
Giré hacia él.
—Estás embarazada —continuó—. Y en tu estado, no irás a ninguna parte.
Apreté los puños.
—Cassian…
—No —repitió, más bajo, pero igual de firme—. Esta vez no cederé.
Quería discutir.
Quería insistir.
Quería ir…
Pero…
Mi mano se posó lentamente sobre mi vientre.
El bebé…
Mis hijos.
Ellos eran primero.
Siempre.
Cerré los ojos.
Respiré hondo.
Y me obligué a detenerme.
Aún podía sentirlos.
A mis pequeños…
Los capullos.
Su presencia era estable.
Vivos.
A salvo.
Y si ellos estaban bien…
entonces Aethon también debía estarlo.
¿Verdad…?
.
.
.
Pocos días después, Cassian recibió la orden de ir a defender la frontera.
Las bestias demoníacas habían comenzado a atacar… y la situación parecía empeorar.
Cassian no quería ir.
Podía verlo en su mirada.
En la forma en que permanecía a mi lado más tiempo del necesario.
En cómo evitaba siquiera mencionar su partida.
—No te preocupes —le dije con suavidad—. Estaré bien.
Pero eso no fue suficiente para él.
Nunca lo era.
—Júramelo —dijo finalmente, con voz baja, pero firme—. No saldrás del Imperio Vampírico.
Sostuvo mi mirada.
Serio.
Intenso.
—Y te mantendrás en contacto conmigo a través del anillo.
Por un instante dudé.
No porque quisiera desobedecer…
sino porque algo dentro de mí no estaba en calma.
Pero aun así…
asentí.
—Lo juro.
Pareció relajarse apenas.
Solo un poco.
Al día siguiente, partió.
El castillo se sintió más vacío desde el momento en que dio la orden de salida.
Nos despedimos en silencio.
Sin testigos.
Sin formalidades.
Solo él y yo.
Me rodeó con sus brazos…
y me atrajo hacia su pecho con fuerza.
Como si no quisiera soltarme.
Correspondí el abrazo.
Aferrándome también.
Luego se separó lo suficiente para mirarme.
Y sin decir nada más…
me besó.
Un beso suave… pero cargado de todo lo que no dijo.
Cuando se apartó…
ya era demasiado tarde para pedirle que se quedara.
Y demasiado pronto… para dejar de preocuparme.
.
.
.
Con el paso de los días…
Seiren Scarlet se convirtió en mi mejor amiga.
Pasábamos mucho tiempo juntas.
Conversando.
Riéndonos.
Compartiendo silencios que, curiosamente… no resultaban incómodos.
Fue gracias a esas conversaciones que comencé a conocerla de verdad.
Y lo que descubrí… fue inesperado.
Seiren, en algún momento, también había sido humana.
Había reencarnado en este mundo… en una era completamente distinta.
Un tiempo en el que no existían imperios como los actuales.
Ni vampiros.
Ni razas civilizadas como ahora.
Solo hombres bestia… y dioses bestia.
Un mundo mucho más salvaje.
Más primitivo.
Más cruel.
Con el paso del tiempo…
ella cambió.
Creció.
Se volvió más fuerte.
Hasta que, eventualmente… ascendió.
Se convirtió en una diosa.
Pero eso no fue todo.
Cuando llegó el cambio.
Seiren formó un vínculo con su octavo esposo…
un vampiro.
Y fue a través de ese vínculo que su propia existencia cambió.
Su naturaleza se transformó.
Y se convirtió en lo que es ahora.
Un vampiro.
Uno que, en realidad… nunca lo fue desde el inicio.
Por eso nadie lo sabía.
Por eso nadie lo sospechaba.
Porque, a los ojos del mundo…
ella siempre había sido así.
Guardé silencio unos segundos después de escucharla.
Porque, en el fondo…
no pude evitar notar la similitud.
—Es curioso… —murmuré.
Seiren ladeó ligeramente la cabeza.
—¿Qué cosa?
La miré directamente.
—Tú y yo… hicimos lo mismo.
Una leve sonrisa apareció en mis labios.
—Formamos un vínculo… antes de hacer pública nuestra relación.
Sus ojos brillaron con un destello de diversión.
Como si ya hubiera pensado lo mismo.