Entre planes de venganza, celos asfixiantes y besos que saben a guerra, Valeria y su mejor amigo Julián han trazado una estrategia para conquistar a sus imposibles. Pero en este juego de poder, las máscaras caen y las fieras despiertan. Cuando el deseo se vuelve posesivo y los secretos se filtran en los pasillos, solo queda una pregunta: ¿Quién se rendirá primero ante el caos del corazón?"
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Las Cenizas del Invierno y el Retorno de los Exiliados
Doce meses pueden ser una eternidad cuando se viven entre muros de piedra y disciplina impuesta. Para Damián de la Torre, el año en la Academia Militar de Saint-Cyr no solo había endurecido su cuerpo, sino que había afilado su mente hasta convertirla en un arma de precisión. Ya no era el chico que buscaba el orden por simple estética; ahora entendía que el orden era el camuflaje perfecto para la insurgencia. Con el uniforme impecable y una mirada que intimidaba incluso a sus superiores, Damián se había convertido en el mejor cadete de su promoción, ganándose privilegios que su padre creía que eran signos de sumisión. Sin embargo, en el fondo de su casillero, oculto tras un doble fondo que él mismo había diseñado, descansaba una fotografía desgastada de Valeria y una bitácora de coordenadas. Damián no había "alquilado" sus sentimientos como predijo su padre; los había invertido en un plan de retorno que estaba a punto de ejecutarse.
En Suiza, el convento de Saint-Gall había intentado quebrar el espíritu de Valeria Ferrante con silencio y oración. Pero las tías de Valeria no contaban con que el caos, cuando se comprime, se vuelve explosivo. Durante un año, Valeria se convirtió en un fantasma de obediencia, aprendiendo francés e italiano, asistiendo a misa y bordando con una paciencia que asustaba a las monjas. Pero bajo sus faldas de lana, sus piernas conservaban la fuerza de quien sube montañas para mirar el horizonte, y en sus noches de insomnio, repetía el nombre de Damián como un mantra de guerra. Había cumplido dieciocho años en soledad, y con la mayoría de edad llegó el acceso a un fondo fiduciario que sus padres no podían bloquear por completo. La chica que saltó sobre la espalda de Damián en el pasillo del San Jorge ahora era una mujer con recursos y un hambre de venganza que el aire de los Alpes solo había logrado enfriar para hacerla más duradera.
Mientras tanto, en la serrería del norte, Julián Valdés era un hombre de manos callosas y espalda ancha. El trabajo duro no lo había vuelto amargado, sino resiliente. Había aprendido que la madera, al igual que las personas, tiene vetas que deben respetarse para no romperse. Julián ya no contaba chistes en la cena; ahorraba cada moneda que su tío le pagaba y estudiaba mecánica en las noches. Su único vínculo con el mundo de antes era el pequeño payaso de madera que Elena le había devuelto mentalmente en cada carta que nunca pudo enviar, pero que él sentía en su pecho. Julián sabía que Elena estaba bajo la vigilancia constante de Santiago, quien se había convertido en el "hijo adoptivo" de los padres de ella, pero también sabía que una fiera enjaulada solo espera a que el guardián se confíe para morder.
El reencuentro no fue una casualidad, sino un diseño. Una noche de marzo, con la nieve comenzando a derretirse en las cumbres, Valeria recibió un paquete anónimo en el convento. Dentro no había libros de rezos, sino un teléfono satelital y una nota con una sola palabra en caligrafía impecable: "Mañana". Al mismo tiempo, en la serrería, un coche negro de alta gama se detuvo frente a la cabaña de Julián. El hombre que bajó del vehículo no era otro que Damián, vistiendo un abrigo largo y con una cicatriz apenas visible en la ceja, fruto de un entrenamiento que lo había preparado para mucho más que desfiles militares.
—Ha pasado un año, Valdés —dijo Damián, su voz más profunda y cargada de una autoridad natural—. El exilio termina hoy. Tenemos un avión esperándonos en la frontera y una deuda que cobrar en el San Jorge.
Julián soltó el hacha, limpiándose el sudor de la frente con el antebrazo. Miró a Damián y no vio al rival de antes, sino al aliado que el destino le había impuesto.
—Elena está en la fiesta de compromiso que Santiago organizó para este fin de semana —respondió Julián, con una calma que daba miedo—. Si vamos a volver, Damián, vamos a quemarlo todo.
—Ese es exactamente el plan —replicó Damián con una sonrisa gélida—. Valeria ya está fuera del convento. Nos espera en la costa. Mañana, el Instituto San Jorge recordará por qué nunca debieron intentar separarnos.
El regreso de los exiliados no era un retorno a la inocencia, sino el inicio de una ofensiva. El año de castigo solo había servido para que los "consejos locos" se transformaran en estrategias de combate. Ya no eran peones movidos por sus padres; eran reyes y reinas regresando a un tablero que creía haberlos olvidado, listos para reclamar sus tronos con la fuerza de un deseo que el tiempo solo había logrado volver indestructible.