Sebastián lo tenía todo: un reino próspero, un cabello pelirrojo que era la envidia de la nobleza y una lengua tan afilada que podía humillar a un mago en tres segundos. Pero el exceso de sarcasmo tiene un precio. Tras insultar al hechicero equivocado, Sebastián despierta convertido en un cangrejo y es arrojado a las profundidades del océano.
Su suerte no mejora cuando es capturado por Rubí, la princesa del Reino Marino. Llamada así por sus hipnotizantes ojos rojos, Rubí es una sirena de una belleza letal y una personalidad... impredecible. Un momento es un ángel dulce que acaricia tus pinzas, y al siguiente está picando perejil mientras decide si te prefiere hervido o a la plancha.
Atrapado en una jaula de cristal y bajo la vigilancia de una "loca" con cambios de humor extremos, Sebastián deberá encontrar la forma de romper su hechizo antes de convertirse en el almuerzo real.
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capítulo 3
La cocina de la Princesa Rubí parecía el escenario de una película de terror submarina, pero con una decoración de perlas preciosas. El vapor de la olla mágica ascendía en burbujas calientes y Sebastián, exhausto tras su intento fallido de excavar un túnel con una perla decorativa, se encontraba de nuevo suspendido en el aire. Rubí lo sostenía por una pata trasera con una delicadeza que daba miedo, mientras en la otra mano blandía un enorme cucharón de plata.
—¡Es el momento, mi pequeño bocadillo gruñón! —canturreó Rubí, con sus ojos rojos brillando con una alegría infantil que no encajaba con el hecho de que estaba a punto de hervir a un ser vivo—. He decidido que te llamaré "Cangrejo al Ajillo". Es un nombre con clase, ¿no crees? ¡AY, PERO QUÉ CARA PONES! ¡Si parece que te vas a desmayar! ¡Qué tierno!
—¡LOOOOOCAAAA! —intentó gritar Sebastián, pero de su boca solo salió un burbujeo frenético y un castañeo de pinzas que sonaba a pura desesperación. Agitaba sus diez patas como si estuviera bailando un zapateado esquizofrénico, tratando de zafarse del agarre de la sirena.
—¡Basta de juegos! —Rubí cambió su tono a uno autoritario y frío, acercándolo al borde de la olla—. El agua está en su punto y yo tengo un vacío en el estómago que solo tu caparazón puede llenar. ¡A la una, a las dos y a las…!
—¡RUBÍ!
Una voz como un trueno submarino sacudió las paredes de la cueva. La corriente generada por el grito casi apaga el fuego mágico. En la entrada de la cocina, imponente y con la barba plateada ondeando como algas antiguas, apareció el Rey Tritón IV. En su mano derecha sostenía el Gran Tridente de Coral, que emitía pulsos de luz dorada.
Rubí se congeló con Sebastián a milímetros de la superficie del agua hirviente.
—¡Papá! —exclamó ella, recuperando instantáneamente su voz más dulce y angelical, mientras escondía el cucharón tras su espalda—. ¡Qué sorpresa! Justo estaba... eh... dándole un baño caliente a mi nuevo amigo. Tiene mucho frío, pobre criatura.
El Rey miró la escena: la olla, los ingredientes picados, el cucharón escondido y, sobre todo, la cara de terror absoluto del cangrejo, que parecía estar pidiendo clemencia con cada una de sus articulaciones.
—Hija mía... —suspiró el Rey, frotándose las sienes—. Te he dicho mil veces que no puedes cocinar todo lo que encuentras que tenga "ojos interesantes". Mira a ese pobre animal. Está sufriendo un colapso nervioso.
Tritón se acercó y, con un movimiento solemne, golpeó la base de su tridente contra el suelo de piedra. Una onda de magia pura envolvió a Sebastián. El cangrejo sintió un hormigueo eléctrico recorrer su caparazón, como si miles de hormigas estuvieran bailando sobre él. De repente, su garganta se sintió clara, y el peso del agua ya no ahogaba sus palabras.
—¡...Y TE DIGO QUE TU MADRE DEBIÓ SER UNA MEDUSA PORQUE NO TIENES CEREBRO, MUJER DEMONIO! —terminó de gritar Sebastián, dándose cuenta un segundo después de que, por fin, se le entendía todo.
Rubí soltó un grito de sorpresa y dejó caer a Sebastián sobre la mesa de piedra. El príncipe-cangrejo no perdió ni un segundo. Se puso de pie sobre sus ocho patas caminadoras, apuntó con una pinza acusadora hacia la princesa y no se detuvo.
—¡Gracias, Majestad! ¡Mil gracias! —dijo Sebastián, dirigiéndose al Rey—. ¡Esta... esta "princesa" suya es una amenaza para la cadena alimenticia! ¡Me ha tenido secuestrado en una jaula de perlas, me ha cantado canciones sobre cómo masticar mis patas y casi me convierte en una sopa de tres estrellas! ¡Soy el Príncipe Sebastián de Helios! ¡Tengo una gata que vive mejor que ella y un castillo que no huele a pescado hervido! ¡Exijo asilo político y una toalla seca!
Rubí, al escuchar las quejas, se llevó las manos a las mejillas. Sus ojos rojos se inundaron de lágrimas en un abrir y cerrar de ojos. Su labio inferior tembló y soltó un sollozo que habría roto el corazón de un tiburón blanco.
—¡Buaaaaaaaa! ¡Papá, me está gritando! —chilló Rubí, hundiéndose en un drama profundo—. ¡Yo no sabía que hablaba! ¡Pensé que esos ruiditos eran porque estaba feliz de verme! ¡Solo quería algo delicioso para mi estómago! ¡Tengo mucha hambre y él se veía tan crujiente y lleno de proteínas! ¡Soy una víctima de mi propio apetito, buaaaaaa!
Sebastián se quedó de piedra (o de caparazón).
—¿Víctima? ¡Tú eres la que tenía el cucharón! ¡Casi me echas sal en los ojos!
—¡Es que la sal realza los sabores! —respondió Rubí entre hipos, pasando de la tristeza a la indignación defensiva en un nanosegundo—. ¡Deberías sentirte honrado de ser parte de mi dieta real! ¡Muchos pagarían por ser mi cena!
El Rey Tritón soltó un suspiro largo y cansado, el tipo de suspiro que solo un padre de una hija bipolar puede dar. Levantó el tridente para pedir silencio.
—Suficiente, los dos —ordenó el Rey. Miró a Sebastián con ojos cargados de sabiduría y una pizca de lástima—. Príncipe Sebastián, lamento el comportamiento de mi hija. Sus... "impulsos gastronómicos" suelen ser difíciles de controlar cuando algo le parece estéticamente apetecible. He recibido noticias de la superficie. Sabemos quién te hizo esto. El mago del Reino Vecino ha cruzado una línea que no permitiremos.
Sebastián bajó sus pinzas, un poco más calmado.
—¿Entonces puede regresarme a mi forma humana? Por favor, Majestad, extraño tener pulgares. Y rodillas. Sobre todo rodillas.
El Rey negó lentamente con la cabeza.
—La magia de transmutación oscura es compleja. Si te transformo ahora mismo bajo el agua, te ahogarías antes de poder nadar a la superficie. Además, el hechizo está anclado a tu orgullo; solo se romperá bajo condiciones específicas que involucran... —miró de reojo a su hija, que ahora estaba distraída intentando morder un collar de perlas— un cambio genuino en tu naturaleza.
Sebastián sintió que el mundo se le venía abajo.
—¿Cambio de naturaleza? ¡Soy perfecto! ¡Pregúntele a mi gata!
—Tu gata se está comiendo tu herencia, muchacho —dijo el Rey con una media sonrisa—. Por ahora, permanecerás en el palacio. Te pondré bajo mi protección personal. Pero debes ser paciente. El proceso para recuperar tu cuerpo llevará tiempo y diplomacia mágica.
Rubí, que había dejado de llorar tan rápido como empezó, se acercó a Sebastián con una sonrisa radiante y ojos brillantes.
—¡Qué bien! ¡Entonces te quedarás conmigo! —dijo, intentando acariciarle la cabeza. Sebastián retrocedió rápidamente—. ¡No te voy a comer, lo prometo! Al menos no mientras papá mire. Seremos mejores amigos. Te pondré un lacito rojo en la pinza para que combines con mis ojos.
—¡Ni se te ocurra acercarte con un lazo, loca de las profundidades! —advirtió Sebastián, aunque en el fondo sabía que, por ahora, su vida dependía de esa sirena impredecible y de la paciencia de un Rey que parecía estar más acostumbrado a los dramas de su hija que a las guerras submarinas.
El príncipe-cangrejo miró hacia arriba, hacia la lejana superficie donde el sol apenas llegaba, y pensó en Sombra. "Espero que no se haya terminado todo el salmón", pensó con nostalgia, mientras Rubí ya estaba planeando qué nombre artístico ponerle a su nuevo "mejor amigo no comestible".