Morí deseando cambiar el destino de un personaje trágico… y desperté en su cuerpo.
Ahora soy Lysander Valemont, el omega caprichoso prometido con el temido Duque Kael Aetherion.
En la novela original, nuestro matrimonio era infeliz y yo terminaba muriendo después de dar a luz.
Pero esta vez no permitiré que la historia termine igual.
Aunque Kael me odie… aunque todos crean los rumores sobre mí…
Haré todo lo posible para cambiar nuestro destino.
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Capitulo 24
Durante los dos días siguientes, Lysander hizo algo que conocía demasiado bien.
Retrocedió.
No de forma evidente.
No lo bastante como para que cualquiera pudiera señalarlo.
No de un modo escandaloso.
Pero sí lo suficiente para que el cambio se sintiera.
Y, lo que era peor, para que Kael lo notara.
Lysander no volvió a mencionar lo ocurrido en el jardín del palacio.
No habló de Lady Seraphine.
No habló de celos.
No habló de la forma en que había terminado admitiendo algo que jamás había querido decir en voz alta.
No habló de nada.
Y precisamente por eso, el recuerdo se le había quedado atrapado en la mente con una claridad insoportable.
“No me gusta cuando otras personas actúan como si tuvieran derecho a acercarse demasiado a ti.”
Solo pensar en haber pronunciado esas palabras hacía que quisiera arrojarse por una ventana.
No muy alta, claro.
Lo suficiente para sobrevivir.
Pero sí como mínimo para perder la memoria.
Porque ¿en qué momento había dejado que aquello saliera de su boca?
¿En qué momento había bajado la guardia de forma tan ridícula?
¿Y en qué momento, exactamente, Kael se había vuelto alguien frente a quien ya no podía ocultarse del todo?
Eso era lo peor.
No haberlo dicho.
Sino el hecho de que Kael había entendido.
Lo había visto.
Lo había escuchado.
Y, peor aún…
no lo había rechazado.
No se había burlado.
No lo había corregido.
No lo había apartado con frialdad.
Había respondido con esa calma peligrosa suya, con esa forma de decir pocas palabras pero dejar demasiadas cosas suspendidas en el aire.
“Entonces tendré que ser más cuidadoso con lo que dejo que otros hagan.”
Lysander cerró los ojos un segundo mientras dejaba la pluma sobre el escritorio.
No.
Definitivamente no quería pensar en eso.
Ni en la forma en que aquella frase se le había quedado en el pecho como una promesa pequeña e insoportablemente cálida.
Ni en la forma en que había sentido, por primera vez, que Kael no solo lo escuchaba…
sino que empezaba a tomar en serio lo que él sentía.
Eso era demasiado.
Demasiado pronto.
Demasiado peligroso.
Demasiado fácil de arruinar.
Y si había aprendido algo desde que despertó en ese mundo, era que confiar demasiado rápido en la felicidad era una manera elegante de invitar al desastre.
Así que hizo lo único que sabía hacer cuando algo se acercaba demasiado a su corazón.
Puso distancia.
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El cambio comenzó con cosas pequeñas.
Pequeñas, pero lo bastante visibles.
Lysander dejó de esperarlo en el salón de té por las tardes.
Cuando coincidían en el desayuno, ya no lo provocaba con comentarios mordaces tan a menudo. Respondía con educación impecable, sonrisas suaves y una serenidad casi irritante.
Cuando Kael regresaba más tarde de alguna reunión o audiencia, Lysander ya no preguntaba con aparente desinterés por cómo había ido su día.
Y, sobre todo, dejó de buscarlo sin darse cuenta.
Porque hasta ese momento, aunque no hubiera querido admitirlo, había empezado a acostumbrarse a la presencia de Kael de formas demasiado íntimas y demasiado sutiles.
A encontrarlo con la mirada en una habitación llena de gente.
A reconocer el sonido de sus pasos antes de verlo.
A notar cuándo estaba cerca incluso sin girarse.
Y ahora estaba intentando deshacer, torpemente, esa costumbre.
Como si pudiera volver atrás.
Como si su corazón aceptara la mentira.
No lo hacía.
Solo lo hacía sentir miserable.
Y Kael, por supuesto, lo notó antes de que terminara el primer día.
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La tarde del segundo día, la residencia ducal se encontraba sumida en esa quietud elegante que solo aparecía cuando el sol empezaba a descender y los pasillos se teñían de un dorado suave y silencioso.
Lysander estaba en la biblioteca.
Había escogido ese lugar deliberadamente.
Porque era amplio, tranquilo y, sobre todo, difícil de compartir sin una razón específica.
Sentado junto a una de las ventanas altas, sostenía un libro abierto entre las manos con la apariencia de alguien profundamente concentrado.
No estaba leyendo ni una sola palabra.
Había pasado los últimos diez minutos mirando la misma línea sin procesarla.
Pero al menos el libro le ofrecía una excusa excelente para no pensar.
O para fingir que no pensaba.
O para no mirar hacia la puerta cada vez que escuchaba pasos en el pasillo.
Ridículo.
Apenas terminó de insultarse mentalmente, la puerta de la biblioteca se abrió.
Y, como si el universo disfrutara particularmente de su humillación, fue Kael quien entró.
Lysander mantuvo la vista en el libro con una disciplina admirable.
—No sabía que este lugar también formaba parte de tu ruta habitual —murmuró sin levantar la cabeza.
Kael cerró la puerta detrás de sí con calma.
—No lo era.
Lysander apretó apenas los dedos sobre la cubierta.
Mala señal.
Muy mala señal.
Porque eso solo podía significar dos cosas.
O Kael había venido por él.
O el destino lo odiaba personalmente.
Y ninguna opción era tranquilizadora.
Kael avanzó entre los estantes con esa presencia silenciosa suya, hasta detenerse a pocos pasos del sillón donde Lysander estaba sentado.
—Pensé que quizá te encontraría aquí.
Lysander pasó la página del libro con absoluta falsedad.
—Qué afortunado.
Hubo una pausa.
—Lysander.
Su nombre, pronunciado con esa calma baja y directa, tuvo el mismo efecto traicionero de siempre sobre su pulso.
Pero no alzó la vista.
—¿Sí?
—¿He hecho algo?
El silencio que siguió fue tan limpio que por un instante hasta el sonido lejano del reloj del pasillo pareció más fuerte.
Lysander parpadeó una sola vez.
Despacio.
Y luego levantó la mirada.
Kael estaba de pie frente a él, con una expresión serena, pero demasiado fija como para fingir que aquello era una pregunta casual.
Lo estaba observando de verdad.
Esperando una respuesta real.
Y eso, por supuesto, lo puso inmediatamente a la defensiva.
—¿Perdón?
Kael sostuvo su mirada.
—Llevas dos días evitándome.
Lysander se quedó quieto.
Lo suficiente como para traicionarse.
Kael lo notó.
Lo supo de inmediato.
—No te estoy evitando —respondió al fin, con una calma elegante que habría resultado más convincente si su corazón no estuviera golpeándole las costillas como un criminal intentando escapar.
Kael no se movió.
—Claro.
Lysander entrecerró los ojos.
—¿Vas a hacer eso otra vez?
—¿Qué cosa?
—Mirarme como si ya supieras la respuesta y solo estuvieras esperando a que me humille solo.
Hubo una pequeña pausa.
Y entonces, para absoluta indignación de Lysander, la comisura de los labios de Kael se curvó apenas.
Solo un poco.
Lo suficiente para ser insoportablemente atractivo.
—No estaba pensando exactamente en “humillarte”.
Lysander cerró el libro con más fuerza de la necesaria.
—Qué alivio.
Kael dio un paso más cerca.
—Lysander.
Esta vez su voz fue más baja.
Más seria.
Y de pronto el aire en la biblioteca pareció volverse demasiado estrecho.
—Si dije o hice algo que te molestó, prefiero saberlo.
Lysander sostuvo el libro sobre su regazo como si de alguna manera pudiera usarlo como escudo.
No podía.
Porque el verdadero problema no era que Kael hubiera hecho algo malo.
El problema era justamente el contrario.
Que había sido demasiado considerado.
Demasiado atento.
Demasiado fácil de querer.
Y eso era infinitamente peor.
Apartó la vista hacia la ventana.
La luz del atardecer teñía los jardines exteriores de un dorado tibio, sereno, casi cruel en su belleza.
—No hiciste nada —dijo al final, en voz baja.
Kael guardó silencio.
Lysander sintió, sin necesidad de mirarlo, que seguía allí. Quieto. Esperando.
Maldición.
¿Por qué no podía simplemente aceptar la mentira y marcharse como una persona razonable?
—Entonces explícame por qué de pronto me hablas como si fuera un invitado en mi propia casa.
Lysander volvió la cabeza hacia él de golpe.
Kael seguía inmóvil, pero ahora había algo distinto en sus ojos.
Algo mucho más difícil de esquivar.
No era molestia.
No era dureza.
Era algo más simple y, precisamente por eso, mucho más peligroso.
Dolor.
Muy leve.
Muy controlado.
Pero real.
Y esa simple evidencia hizo que el pecho de Lysander se apretara con una culpa instantánea.
Porque Kael tenía razón.
No había sido grosero.
No había sido cruel.
Pero sí se había vuelto… distante.
Demasiado correcto.
Demasiado medido.
Como si hubiera levantado entre ellos una pared tan pulida que nadie más podría verla, pero Kael sí podía sentirla.
Lysander bajó la vista.
—No era mi intención.
—Entonces ¿cuál era?
La pregunta fue suave.
Sin reproche.
Y eso la hizo todavía peor.
Porque no tenía una respuesta que no sonara ridícula.
No podía decirle: “Porque me asusta que empieces a importarme demasiado.”
No podía decirle: “Porque si sigues mirándome así, voy a terminar creyendo en algo que podría romperme.”
No podía decirle: “Porque no sé qué hacer con todo esto que siento cuando estás cerca.”
Así que optó por lo único que le quedaba.
Una verdad incompleta.
—Solo… necesitaba un poco de espacio.
Kael lo observó en silencio.
Luego preguntó, con una calma tan precisa que casi dolió:
—¿Espacio de mí?
Lysander sintió que esa pregunta lo alcanzaba directamente en el centro del pecho.
No respondió de inmediato.
No podía.
Porque la respuesta verdadera era demasiado humillante.
Y demasiado honesta.
Sí.
No porque quisiera alejarse de él.
Sino porque cada vez que estaba cerca, sentía que se acercaba peligrosamente a un lugar del que ya no sabría salir.
Kael dio otro paso.
Esta vez lo bastante cerca como para obligarlo a alzar la mirada.
—Lysander.
Su nombre volvió a sonar bajo.
Casi íntimo.
Casi injusto.
—Si esto tiene que ver con lo que dijiste en el jardín…
Lysander se tensó por completo.
—No sigas.
Kael se quedó quieto.
—¿Por qué?
Lysander apretó la mandíbula.
Porque si Kael seguía hablando de eso, iba a romperse algo dentro de él.
Porque si Kael lo obligaba a mirar de frente lo que había dicho, ya no podría fingir que no significaba nada.
Porque si seguían por ese camino…
iba a terminar admitiendo demasiado.
—Porque no quiero hablar de eso —dijo, esta vez más bajo.
Kael lo observó durante un largo segundo.
Y luego, con una serenidad que no parecía compatible con la tensión que había entre ambos, preguntó:
—¿Te arrepientes?
Lysander sintió que el aire abandonaba sus pulmones.
No esperaba esa pregunta.
No así.
No tan directa.
No tan cerca.
—¿De qué?
—De haberlo dicho.
Silencio.
Lysander se quedó inmóvil.
El libro descansaba olvidado sobre sus piernas.
La luz del atardecer caía entre ambos como una línea dorada y silenciosa.
Y Kael seguía allí.
Esperando.
No con frialdad.
No con superioridad.
Solo esperando.
Como si esa respuesta importara de verdad.
Como si él importara de verdad.
Lysander tragó saliva.
Podía mentir.
Podía hacerlo.
Decir que sí.
Decir que había sido un impulso absurdo.
Decir que no significaba nada.
Decir que había hablado sin pensar.
Sería más fácil.
Más seguro.
Más sensato.
Pero la mentira se quedó atrapada en su garganta.
Porque, por mucho que quisiera protegerse…
había una verdad que ya no podía seguir negando.
No se arrepentía.
Lo avergonzaba.
Lo desordenaba.
Lo aterraba.
Pero no se arrepentía.
Bajó la vista apenas y respondió, casi en un susurro:
—No.
Kael no dijo nada.
Pero algo cambió en el aire.
Algo pequeño.
Algo irreversible.
Lysander alzó la mirada lentamente.
Y por un segundo, solo por un segundo, creyó ver en los ojos de Kael algo tan cálido y tan peligrosamente cercano a la satisfacción contenida que tuvo que contener el impulso absurdo de apartarse.
No porque se sintiera amenazado.
Sino porque si seguía mirándolo así, iba a terminar cediendo demasiado.
Kael exhaló despacio.
—Entonces no te alejes de mí por eso.
El corazón de Lysander se desordenó por completo.
No fue una orden.
No fue una exigencia.
Ni siquiera una petición formulada con dramatismo.
Fue peor.
Fue una frase simple.
Baja.
Sincera.
Y precisamente por eso, devastadora.
Lysander apretó los dedos sobre la tapa del libro.
—No es tan sencillo.
Kael inclinó apenas la cabeza.
—¿Por qué?
Lysander soltó una risa breve, sin humor.
—Porque tú haces preguntas muy peligrosas.
Y, para su absoluto horror, Kael sonrió apenas.
De esa forma mínima, casi invisible, que últimamente parecía reservada exclusivamente para él.
—No es una respuesta.
—Es la única que vas a obtener hoy.
Kael lo sostuvo con la mirada un segundo más.
Luego bajó la vista hacia el libro cerrado entre sus manos.
—Ni siquiera estabas leyendo.
Lysander parpadeó.
—Eso no viene al caso.
Kael extendió una mano.
Y antes de que pudiera anticiparlo del todo, sus dedos rozaron suavemente el borde de la cubierta… y luego, con la misma naturalidad insoportable de quien ya ha empezado a invadir espacios demasiado íntimos sin pedir permiso, tocaron brevemente los dedos de Lysander.
Solo un roce.
Pequeño.
Leve.
Pero suficiente para que el pulso se le disparara.
Lysander alzó la vista de golpe.
Kael lo estaba mirando.
No apartó la mano enseguida.
Y en ese instante, en medio de la luz dorada, del silencio de la biblioteca y de todo lo que ninguno de los dos estaba diciendo…
algo se tensó entre ellos con una claridad casi imposible de ignorar.
—No te estoy pidiendo una respuesta ahora —dijo Kael, en voz baja.
Sus dedos se apartaron lentamente.
Demasiado lentamente.
—Pero no vuelvas a tratarme como si yo fuera alguien que debe mantenerse lejos de ti.
Lysander se quedó inmóvil.
El corazón golpeándole con tanta fuerza que casi resultaba humillante.
Porque esa frase…
esa simple frase…
había tocado algo demasiado profundo dentro de él.
Y, por primera vez en mucho tiempo, no supo cómo protegerse.
Kael dio un paso atrás entonces.
Lo suficiente para devolverle un poco de aire al ambiente.
Pero no lo suficiente para borrar lo que acababa de pasar.
—Esta noche cenaré en casa —dijo con la misma calma de siempre, como si no acabara de dejarle el alma temblando—. Me gustaría que estuvieras allí.
Lysander tardó dos segundos demasiado largos en reaccionar.
—Yo… siempre ceno aquí.
Kael sostuvo su mirada.
Y entonces, con una sutileza casi cruel, respondió:
—No me refería a la residencia.
Silencio.
Lysander sintió que el calor le subía al rostro de una manera completamente indigna.
Kael inclinó apenas la cabeza, como si acabara de ganar algo pequeño y profundamente satisfactorio, antes de girarse hacia la puerta.
—Te veré más tarde, esposo.
Y luego se fue.
Así.
Sin más.
Sin darle tiempo a recuperarse.
Sin ofrecerle la mínima misericordia.
Lysander se quedó sentado en el sillón de la biblioteca durante varios segundos, inmóvil, con el libro todavía cerrado sobre las piernas y el corazón completamente fuera de control.
El silencio volvió a llenar la habitación.
Pero ya no era el mismo.
Ahora estaba lleno de ecos.
De palabras que se habían quedado suspendidas.
De roces demasiado breves.
De miradas demasiado largas.
Y de una verdad que, por mucho que intentara esconderla, ya no dejaba de crecer dentro de él.
Había intentado tomar distancia.
Había intentado protegerse.
Había intentado convencerse de que aún estaba a tiempo de poner límites.
Pero el problema era que, mientras más se alejaba…
más parecía doler.
Y quizá esa era la respuesta más peligrosa de todas.
Porque significaba que el lugar al que más quería huir…
era exactamente el mismo al que más deseaba volver.
Y ese lugar, cada vez con menos dudas, tenía nombre.
Kael.