⚠️🔞El duque Marek Kizilbash gobierna un territorio sitiado por la peste y las bestias. Dispuesto a todo para salvar a su pueblo, compra en el mercado negro a Naim, un peligroso y orgulloso licántropo de pura sangre.
Lo que el duque ignora es que el contacto carnal despertará la magia ancestral del bosque, desatando un embarazo místico tan acelerado como violento. Atado a Marek por una marca de sangre inquebrantable, el cuerpo trigueño del indomable shou se transformará para gestar al heredero de una nueva era.
Con el consejo de nobles traidores conspirando en las sombras y la Iglesia del Sur avanzando con carros de fuego para destruir la "abominación", Marek y Naim transformarán la torre del castillo en un santuario sagrado. Una historia de dominación absoluta, erotismo salvaje, masacres en las colinas y un amor que se bautizará con la sangre de sus enemigos. Esta novela es sucia y grotesca. Están advertidos.🔞⚠️
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Pruebas de la gestación
La luz azul del amanecer invernal se coló por los altos ventanales de la torre. El fuego de la chimenea se había reducido a un montón de brasas rojizas, pero en el centro del suelo de piedra la temperatura seguía siendo alta. Marek Kizilbash se despertó con el rostro hundido en el cabello oscuro de Naim. El duque sintió de inmediato los espasmos perezosos que el interior del licántropo daba alrededor de su hombría. Marek aún no se había retirado; su miembro, que se había ablandado durante la madrugada, comenzó a hincharse y a ponerse rígido de nuevo por el puro contacto con las paredes calientes y húmedas del shou preñado.
Naim soltó un jadeo bajo entre sueños, arqueando levemente la cadera. El fluido del embarazo y los restos del semen espeso que Marek había depositado en su útero seguían goteando lentamente entre sus muslos trigueños, empapando las túnicas de terciopelo que formaban la base del nido.
Marek se incorporó despacio, apoyando sus manos grandes en las mantas revueltas. Observó el cuerpo desnudo de Naim a la luz del día. Las marcas de la posesividad del duque eran: moretones morados en las caderas, marcas de dientes en el cuello y salpicaduras de blancura seca en los pectorales. Pero lo más impactante era la firmeza de su vientre bajo. La redondez ya no se podía ocultar; el útero se había expandido tanto durante la noche que formaba una curva pronunciada, caliente al tacto y llena de una energía eléctrica que la runa de la mano de Marek reconocía de inmediato.
Las tripas de Naim volvieron a rugir con un sonido primitivo, despertándolo por completo. El licántropo abrió sus ojos gris tormenta, que rápidamente destellaron en un tono ámbar al sentir el miembro del duque latiendo y estirando su entrada anal.
—Marek… —susurró Naim, con la voz rota por el cansancio y el apetito—. El vacío… ha vuelto. El cachorro se ha bebido casi toda tu energía mientras dormías. Necesito… comer.
—No te muevas del nido —ordenó Marek con tono suave pero firme.
El duque se retiró del interior del shou con un sonido húmedo. Un hilo de semen mezclado con fluido transparente escurrió de inmediato por la entrada dilatada de Naim. Marek se puso unos pantalones limpios y caminó hacia la puerta. Al abrirla, se encontró con el capitán Gregor, quien ya subía con una bandeja enorme de metal tapada con paños limpios. El capitán sabía que el lobo preñado no esperaría.
—Aquí está, excelencia —dijo Gregor en voz baja, mirando de reojo el desorden de telas en el suelo—. Un ganso entero asado en manteca, hogazas de pan de centeno caliente y un balde de caldo de huesos gordo. El cocinero jefe está asustado; dice que ni tres soldados comen lo que este licántropo devora en una mañana.
—Mantén la boca cerrada y vigila las escaleras —respondió el duque, tomando la bandeja y cerrando el cerrojo de hierro.
Marek regresó al nido y colocó la bandeja sobre las pieles de oso. Naim se incorporó con dificultad, llevándose una mano a la curva de su vientre. El apetito lo dominaba. Sin embargo, en lugar de dejar que el lobo comiera solo, Marek se sentó a su lado, desnudándose el torso para volver a pegarse a su piel caliente.
Marek tomó el ganso asado con sus manos limpias, desgarró una de las piernas de carne jugosa y sangrienta, y la acercó a los labios carnosos de Naim. El licántropo abrió la boca, mostrando sus colmillos afilados, y mordió la carne con una avidez salvaje. El jugo de la manteca y la grasa corrieron por su barbilla trigueña, bajando por su cuello hasta manchar sus pectorales marcados. Marek usó sus dedos grandes para limpiar el ganso de los labios de Naim y luego lamió sus propios dedos, disfrutando del sabor de la carne mezclado con el almizcle del lobo.
—Come despacio, Naim —dijo Marek, dándole un trozo de pan denso empapado en el caldo de huesos gordo—. Tienes que recuperar tus fuerzas. Esta tarde los nobles exigirán verte en el patio de armas. Quieren comprobar que sigues bajo mi control.
Naim masticó el pan con fuerza, tragando el tuétano de los huesos que Marek le iba rompiendo con las manos. Sus ojos ámbar brillaban con una fijeza animal.
—Esos humanos asquerosos huelen a miedo —siseó Naim, con la boca llena de carne—. Si me miran mal, les arrancaré los ojos. Mi cuerpo está pesado por el cachorro, Marek, pero mis garras siguen siendo igual de rápidas.
Marek le dio de beber la leche gorda directamente de la jarra de barro, sosteniéndole la cabeza con ternura posesiva. Ver a su shou preñado alimentándose de su mano, cubierto de las marcas de su sexo, despertaba en el duque un orgullo primitivo que ningún título de nobleza le había dado jamás. Aquella criatura salvaje era su posesión más valiosa, el nido era su santuario, y el hijo que crecía en su vientre era el futuro de su estirpe.
Cuando la bandeja quedó completamente vacía, Naim soltó un suspiro largo y se recostó contra el pecho musculoso de Marek. El calor de la comida estabilizó la magia del bosque en su interior. Marek pasó su mano vendada por la redondez del vientre de Naim, acariciando la piel estirada con movimientos circulares. El shou ronroneó, un sonido sordo que vibró en la caja torácica de ambos.
La cercanía y el olor a carne fresca volvieron a encender la tensión sexual en el nido. Naim se giró, arrodillándose sobre las mantas y frotando su trasero redondo, aún lubricado, contra los muslos desnudos del duque. Su hombría, rígida por la digestión, pulsaba en el aire.
—Marek… una vez más antes de salir —rogó Naim, jadeando contra su boca—. El nido necesita quedar sellado con tu olor para cuando yo no esté.
Marek no se lo hizo repetir. Tomó al licántropo por las caderas, elevándolo levemente, y se hundió de nuevo desde atrás con una estocada brutal y profunda que hizo que Naim soltara un grito de puro éxtasis carnal. Las embestidas fueron rápidas, ruidosas y destructivas sobre la pila de ropa real, manchando de blanco las sedas del duque por tercera vez en el día, antes de que el deber los obligara a vestirse para enfrentar el peligro del exterior.
El patio de armas del castillo de Alva estaba abarrotado de gente al mediodía. El frío del invierno congelaba el lodo del suelo, pero el ambiente estaba tenso y caliente por la expectación. Los soldados de la guardia formaban una línea con sus lanzas en alto, mientras que en el balcón del segundo piso, el barón Von Stern y los demás nobles del consejo observaban con ojos de buitre. Todos esperaban ver a la bestia que había salvado la muralla.
La pesada puerta de roble de la torre oeste se abrió. Marek Kizilbash salió primero, vistiendo su armadura de hierro negro completa y su capa azul de terciopelo. Su porte era aristocrático, severo e imponente. Detrás de él, caminando con paso lento pero firme, apareció Naim.
El licántropo llevaba puesta una túnica de lana gris gruesa que Marek le había ordenado usar para disimular los cambios físicos. Sin embargo, el cuerpo de Naim ya no era el mismo que el del mercado negro. A pesar de la tela gruesa, la redondez de su vientre bajo se marcaba de forma inusual al caminar. Ya no tenía la figura esbelta y afilada de un guerrero soltero; su cadera lucía sutilmente más ancha y sus andares eran más pesados, protegiendo instintivamente su zona media con una de sus manos trigueñas.
Los murmullos estallaron entre los nobles en el balcón casi de inmediato.
—Mirad sus ojos —susurró el conde Malik, ajustándose los lentes de oro—. Ya no son grises. Son de un tono dorado oscuro. Eso no es normal en un prisionero herido.
El barón Von Stern apretó el pasamanos de piedra del balcón, clavando su mirada llena de malicia en el vientre de Naim. El informe del sirviente Silas antes de morir era real: el duque compartía la cama con el monstruo, y los cambios eran evidentes.
—El licántropo no camina como un prisionero —siseó el barón Von Stern en voz alta, asegurándose de que los soldados abajo lo escucharan—. Camina como una hembra preñada de los clanes del norte. Mirad cómo protege su vientre con la mano. ¡El duque nos ha mentido! No tiene a una herramienta de guerra bajo control; ¡tiene a una abominación gestando en su propio castillo!
Marek se detuvo en seco en el centro del patio de armas. Se dio la vuelta con calma, colocando su mano enguantada sobre el pomo de su espada de plata. Sus ojos oscuros destellaron con un aura asesina que hizo que los soldados más cercanos dieran un paso atrás.
—Barón Von Stern —la voz de Marek resonó en todo el patio como el golpe de un ariete—. El licántropo es propiedad del ducado de Alva por derecho de compra. Su anatomía y su magia responden a mis necesidades de frontera. Si tenéis alguna duda sobre su lealtad, os sugiero que bajéis aquí y comprobéis la fuerza de sus garras en vuestro propio cuello.
Naim dio un paso al frente, posicionándose justo al lado de Marek. El licántropo levantó la cabeza y miró hacia el balcón de los nobles. Sus ojos ámbar brillaron con una luz salvaje y sus colmillos rompieron sus encías en una mueca de puro desprecio. Dejó escapar un gruñido sordo, un rugido territorial que hizo que los caballos de los establos traseros comenzaran a relinchar de terror. A pesar de su estado de gestación, el shou seguía siendo el depredador más peligroso del bosque.
El barón Von Stern palideció ante la amenaza, pero no cedió en su intriga política. Sabía que tenía la carta más fuerte en su mano.
—Podéis amenazarnos con vuestra espada, duque Kizilbash —declaró el barón con una sonrisa fría y victoriosa—. Pero la Iglesia del Sur ya está cruzando los límites de la frontera del este. Traen tres carros de guerra y cincuenta caballeros de la fe sagrada armados con lanzas de plata pura. Cuando los inquisidores huelan el pecado que escondéis en esa torre, ni vuestras runas de sangre podrán salvaros de la hoguera. El ducado de Alva caerá por vuestra lujuria con la bestia.
Marek apretó los puños. Sabía que el tiempo se había agotado. Los nobles del consejo ya habían enviado las pruebas de la gestación a los obispos del sur, y el asedio contra el fruto de su vientre comenzaría antes de que terminara la semana.
El duque tomó a Naim del brazo con firmeza, dándole la espalda a los nobles del consejo, y lo guió de regreso hacia la seguridad de la torre de piedra. Las miradas del patio estaban llenas de sospecha y miedo, pero en los ojos oscuros de Marek solo había una promesa: mataría a cada soldado de la fe antes de dejar que alguien tocara el nido donde crecía el heredero del norte.