Ella lo creó para ser el villano perfecto.
Oscuro, seductor… inolvidable.
Pero cuando comienza a soñarlo, él deja de seguir sus reglas.
Cada noche la atrae más, cada sueño se vuelve más real y cada palabra escrita parece darle poder. Lo que empezó como inspiración se transforma en obsesión cuando su personaje comienza a conocerla mejor que nadie… incluso mejor que ella misma.
Ahora debe elegir: terminar la historia y hacerlo desaparecer… o dejar que el villano que inventó la arrastre a un mundo del que quizá no pueda volver.
Porque algunos personajes no quieren un final feliz.
Quieren existir.
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Capítulo 24 — El apartamento cambia
El frío no estaba en todo el apartamento.
Valeria lo notó mientras volvía del baño con una taza de café recién hecho. Al cruzar el pasillo, el aire cambió. No gradualmente, como cuando te acercas a una ventana abierta. Fue un corte limpio: un paso más, y la temperatura cayó varios grados.
Se detuvo. Miró a su alrededor. No había ventanas abiertas. El termostato marcaba lo de siempre. Extendió la mano hacia atrás, hacia la zona donde acababa de estar — aire normal. La volvió a pasar hacia adelante — frío.
Como si el espacio estuviera dividido en parcelas que ya no se comunicaban.
Caminó despacio hacia el salón. Con cada paso, la temperatura volvía a la normalidad. Pero en el dormitorio, cuando entró, el frío estaba otra vez. Concentrado cerca de la puerta. En el marco exacto donde él aparecía en los sueños.
No era un frío de corriente. Era más seco. Más quieto. Como si el aire hubiera decidido detenerse ahí y no moverse.
Valeria se quedó un momento en el umbral, con la mano en la clavícula. La marca latía con más fuerza que en el resto del apartamento.
—¿Qué estás haciendo? —susurró.
Nadie respondió. Pero la marca no bajó de intensidad.
Fue al escritorio. Se sentó frente al ordenador. Intentó escribir.
Las palabras llegaban — desde aquel sueño, el manuscrito avanzaba sin pausa — pero su cabeza estaba en otro sitio. En la temperatura. En los puntos donde el aire no se comportaba igual.
Se levantó otra vez.
Recorrió el apartamento despacio, con la mano extendida, como si estuviera buscando algo invisible. La cocina: temperatura normal. El salón: normal, excepto un punto junto a la ventana donde el aire estaba más denso, más quieto. El dormitorio otra vez: el frío seguía en el marco de la puerta. Y luego, al pasar junto a la silla del escritorio, un calor seco y repentino que la hizo detenerse.
La marca pulsó con más fuerza.
Ahí. Dorian había estado sentado ahí en el último sueño.
La silla donde él dijo: me escribiste villano porque era la única forma segura de tenerme cerca.
Se quedó quieta, la mano en el respaldo. La madera estaba a temperatura ambiente, normal. Pero el aire a su alrededor no. Era como si el espacio hubiera memorizado algo.
Bajó la mano a la clavícula. La marca no ardía — no era alarma. Solo pulsaba con más intensidad. Reconocimiento.
Fue a la cocina a por otra taza de café. Y entonces lo oyó.
Un zumbido muy bajo. Casi inaudible. Más frecuencia que sonido. El tipo de vibración que se siente en el pecho antes de que los oídos la registren.
Se quedó inmóvil, conteniendo la respiración. Venía del salón. O del dormitorio. No podía localizarlo.
Subió al piso de arriba y llamó al vecino. Un hombre mayor que siempre tenía la tele puesta demasiado alta.
—Perdona, ¿has notado un ruido raro? Como un zumbido.
El vecino la miró con cara de no entender.
—¿Zumbido?
—Sí, muy bajo. Como una vibración.
Negó con la cabeza. No oía nada.
Valeria volvió a bajar. En el pasillo, el zumbido seguía ahí. Sutil. Constante. Como si el apartamento hubiera adquirido una frecuencia que solo ella podía percibir.
Cogió una hoja en blanco de la impresora. Un papel cualquiera, no el cuaderno de tapa negra, no el manuscrito.
Dibujó el plano del apartamento a mano alzada. Rectángulos que representaban las habitaciones, la cocina, el baño, el pasillo.
Luego se levantó y recorrió cada espacio con la mano en la clavícula, sintiendo dónde la marca pulsaba con más fuerza.
Marco de la puerta del dormitorio: un punto. Lo marcó.
Borde de la cama, el lado donde él se sentó en el segundo sueño: otro punto. Lo marcó.
La silla del escritorio: otro. Con un círculo más grande, porque ahí había sido más intenso.
Junto a la ventana del salón: un punto más, que no reconoció del todo pero que su cuerpo parecía recordar. El lugar donde él había estado en algún sueño que no podía ubicar con claridad.
Al lado del sofá: otro.
Volvió a la mesa. Miró los puntos que había dibujado.
Formaban un patrón. No aleatorio. No disperso por todo el apartamento. Concentrados en unos pocos lugares específicos.
No sabía lo que significaba. Pero algo en su interior le decía que no era casualidad.
Guardó el papel doblado entre las páginas de un libro. No lo tiró.
Más tarde, mientras preparaba café en la cocina, algo le vino a la cabeza.
La señora Gutiérrez. Su profesora de literatura. La que le prestó su primer libro de cuentos. La que dijo tú tienes algo, no lo pierdas.
Valeria recordaba las gafas de pasta. La voz de fumadora. La forma de moverse entre los pupitres. El primer libro que le prestó — una edición vieja de cuentos de Cortázar.
Pero el nombre.
Lo había dicho mil veces. Lo había escrito en libretas, en trabajos, en la dedicatoria de su primera novela.
Buscó en su cabeza. Gutiérrez. Era Gutiérrez. Lo sabía. Lo acababa de pensar.
Pero no llegaba.
No era que no lo encontrara. Era que no estaba. El espacio donde debería estar la palabra era un hueco limpio, como si alguien hubiera borrado una letra y dejado solo el papel en blanco.
Sabía que tuvo una profesora. Recordaba los detalles físicos con una claridad que dolía. Pero el nombre era un agujero.
Señora Gutiérrez — lo había pensado un segundo antes. Lo había pensado. Y ahora no estaba.
Se quedó quieta junto a la encimera, con la taza en la mano, el café enfriándose.
Ya sabía que ese hueco existía. Lo había notado antes, en algún momento que no podía precisar. Pero hasta ahora siempre había conservado el nombre concreto, el que podía decir en voz alta. Eso también se había ido.
No hizo una lista nueva. No buscó en Google. Solo se quedó ahí, con ese vacío, sintiendo cómo se expandía un poco más.
La marca pulsó. Lenta. No alarma. Reconocimiento.
El timbre del portal la sacó de ese silencio.
—¡Abre, que traigo vino y no tengo manos libres!
Mara.
Valeria abrió la puerta. Su amiga entró con una bolsa de una tienda de delicatessen y dos botellas de vino, el pelo más alborotado que de costumbre y una sonrisa que prometía cotilleo de calidad.
—Alessio me ha presentado a su hermana —dijo, dejando las cosas en la cocina—. Y no ha sido raro. Ha sido normal. Hemos hablado de cosas normales. Me ha preguntado por mi trabajo. No ha soltado ninguna indirecta sobre si voy a quedarme con su hermano. Nada. Normal. ¿Eso es bueno o malo?
—Bueno —dijo Valeria. El humor le salió más natural que en días—. Normal es bueno. Si te hubiera odiado, lo sabrías.
—¿Y si le caigo demasiado bien?
—Eso también.
Mara se dejó caer en el sofá, abrió la primera botella y sirvió dos copas sin preguntar.
—Oye —dijo mientras Valeria se sentaba a su lado—, ¿has fregado el suelo con algo raro? Hay un olor como a... no sé. Como a producto nuevo.
Valeria sintió un golpe frío en el pecho.
—No. No he fregado.
—Pues igual es de la calle —Mara ya había pasado página, sirviéndose más vino—. Están poniendo un quiosco nuevo abajo, igual traen cosas con olor raro.
El momento pasó. Mara no volvió a mencionarlo. Para ella no había sido nada.
Valeria apretó la copa. La marca latía con más fuerza, pero no dijo nada.
Mara hablaba de Alessio, de la hermana, de lo bien que le sentaba tener algo serio después de tanto tiempo. Valeria la escuchaba, asentía, reía en los momentos adecuados. Pero algo en ella se había tensado.
En algún momento, cuando Mara se detuvo para beber otro sorbo, Valeria preguntó:
—¿No notas nada raro en el apartamento? ¿Temperatura? ¿Ruidos?
Mara la miró un momento. Luego recorrió con la mirada el salón, el pasillo, la ventana. Negó con la cabeza.
—No. Todo normal. ¿Por qué?
—Nada. A veces tengo la impresión de que algo… no sé.
Mara la observó un segundo de más. El mismo segundo de más que otras veces, cuando Valeria decía algo que no encajaba. Pero esta vez no preguntó. No insistió. Solo se encogió de hombros y volvió a su vino.
—Igual es el cambio de tiempo. Abril es raro. El frío que se va y vuelve. Yo ando igual, no sé dónde tengo la cabeza.
Valeria asintió. Bebió. El vino estaba bueno.
Pero sabía que no era eso.
Mara se quedó un rato más. Hablaron de Alessio, de la galería, de una exposición que iban a ver el fin de semana. Cuando se fue, en la puerta, la abrazó más fuerte de lo habitual.
—Cuídate, Val. Estás rara.
—Es el libro.
—Siempre es el libro.
Sonrió y se fue.
Valeria cerró la puerta. Se apoyó contra ella. La marca latía tranquila. El olor de Dorian estaba ahí, constante. Mara no lo había notado. Para ella, el comentario sobre el olor había sido un detalle sin importancia, algo de la calle, algo del quiosco nuevo.
Para ella, el apartamento no tenía zonas de temperatura diferente. No había zumbido. No había puntos donde la marca pulsaba con más fuerza.
La realidad de Mara y la suya ya no eran exactamente la misma.
Fue a la mesilla. Cogió el cuaderno de tapa negra.
Necesitaba escribir lo del mapa. O el olvido de la señora Gutiérrez. O las dos cosas. Algo para anclarlo, para que no se desvaneciera como todo lo demás.
Abrió el cuaderno por la página donde había anotado lo de los treinta segundos.
Y entonces lo vio.
En la página siguiente, la que debería estar en blanco, había una frase.
Escrita con su letra. Con su bolígrafo. Con su caligrafía de cuando escribía rápido, con las letras un poco inclinadas hacia la derecha y las eles con ese lazo característico.
No recordaba haberla escrito.
No recordaba haber abierto el cuaderno desde aquella noche — la de los treinta segundos, la que había dejado anotada en la página anterior.
Pero la frase estaba ahí.
Cuando no estás, este lugar te echa de menos.
La leyó una vez. Dos. Tres.
Su letra. Cada letra era suya. Las erres, las eles, la forma de hacer la ese al final de las palabras. No podía negarlo.
Pero no la recordaba.
No sabía cuándo la había escrito. No sabía si había sido ella.
La marca pulsó. Una vez. Lenta.
Valeria se quedó mirando la página.
El cuaderno abierto sobre las rodillas. La frase con su letra. La certeza de que algo — ella, sin ella, no sabía — había estado escribiendo en su cuaderno mientras ella no miraba.
Si esto lo escribí sin saberlo — pensó, y la idea no terminó de formarse — ¿qué más habré escrito?
No cerró el cuaderno.
Se quedó ahí, en el borde de la cama, mirando la frase, sintiendo la marca latir tranquila, el olor de Dorian llenando la habitación, la noche cayendo fuera sin que ella lo notara.
El apartamento estaba en silencio ahora.
Pero no era el silencio de antes.
Era el silencio de un espacio que había dejado de ser solo suyo.