No murió por falta de latidos, sino por ausencia de valentía para sostenerlos.
El primer amor...el primer amor de Arya Rosenfeld fue eso, un amor cobarde.
Entonces porque ese amor cobarde luego de arruinar un vínculo que para Arya era tan importante como su vida misma, se atrevía a decirle que todo lo había hecho por ella.
August von Hohenberg, el primer amor de Arya Rosenfeld, no solo era cobarde. Era egoísta, mentiroso y completamente despreciable. Por eso Arya solo podía desear la "muerte al primer amor", no a la persona, sino a sus sentimientos.
Acompaña a Arya a recorrer un sinuoso camino, ¿logrará imponerse ante las adversidades? ¿logrará matar a ese primer amor? ¿logrará volver a confiar, volver a amar?
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Capitulo 24
El carruaje avanzó por el camino de grava con un ritmo constante y solemne.
August no miraba el paisaje.
Aún llevaba en la memoria la última imagen de Arya en la plaza, el viento moviendo apenas su cabello, la forma en que lo observó mientras él se alejaba, como si quisiera grabarlo en su memoria para resistir la siguiente ausencia.
Cuando las torres del Ducado von Hohenberg aparecieron en el horizonte, sintió cómo algo en su interior se cerraba.
El portón se abrió sin demora.
Allí no había emoción contenida ni pasos apresurados hacia él.
Solo orden.
Silencio.
Estructura.
Al entrar en la sala de recepción, la vio.
Ágata von Hohenberg estaba sentada con la espalda recta, sosteniendo una delicada taza de porcelana entre los dedos. La luz de la tarde perfilaba su figura con una elegancia casi escultórica. No levantó la voz al notar su presencia.
—August.
Él inclinó ligeramente la cabeza.
—Madre.
Antes de que pudiera añadir algo más, llegó la pregunta.
—¿Dónde has estado?
No hubo reproche en el tono. Tampoco preocupación.
August sintió cómo sus hombros se tensaban bajo la chaqueta. Sabía que aquella mujer era capaz de percibir vacilaciones mínimas.
—Acompañé a un amigo hasta su casa —respondió con naturalidad medida—. Su carruaje se descompuso.
Ella dio un pequeño sorbo a su té.
—Qué considerado eres.
August no podía saber sí estaba dando un comentario sin importancia o estaba hablando con ironía, su madre era indescifrable.
—Prepárate para la cena —continuó—. Tu padre y tu hermano estarán presentes. Hace tiempo que no cenamos los tres juntos.
—Sí, madre.
August se inclinó levemente y se retiró.
No respiró con normalidad hasta que cruzó la puerta de su habitación.
Se apoyó contra la madera un instante, cerrando los ojos.
Y entonces la imagen de Arya regresó con una claridad dolorosa.
Su sonrisa.
La manera en que había dicho que lo estaría esperando.
El brillo en sus ojos al verlo aparecer en la plaza.
Una culpa inesperada se instaló en su pecho.
No por haberla visto.
Sino por no haber dicho la verdad.
Por no haber tenido el valor de pronunciar su nombre frente a su madre.
Una noble.
Una plebeya.
Imaginó la reacción de Ágata, la mirada fría, el silencio aún más punzante, la palabra “inapropiado” dicha con suavidad letal.
Se estremeció.
¿Era cobardía?
Quizá.
Se apartó de la puerta y caminó hasta la ventana. El ducado era amplio, impecable, sólido. Un legado construido durante generaciones.
Él era el heredero.
Y lo sabía.
—No debo ser un cobarde —murmuró para sí.
Pero tampoco estaba listo.
No esa noche.
Los días siguientes confirmaron lo que ya intuía.
Su madre había organizado un itinerario meticuloso, reuniones con familias nobles, cenas con socios comerciales, encuentros formales donde su presencia no era opcional sino obligatoria.
—Es momento de que te acostumbres —le dijo su padre, Raymond von Hohenberg, una mañana ajustándose los guantes antes de salir—. Pronto estas decisiones recaerán sobre ti.
August asentía.
Escuchaba.
Respondía.
Sonreía cuando correspondía.
Pero cada compromiso añadía una capa más de distancia entre él y la promesa que había hecho en la plaza.
Volvería antes de regresar a la universidad.
Eso había dicho.
Los días se comprimieron entre saludos formales y conversaciones estratégicas. Y en algún punto, comenzó a temer que una visita inesperada a la academia despertara sospechas.
El miedo a ser descubierto se mezcló con el deber.
Y eligió quedarse.
Cuando escribió la carta explicando que no podría verla de nuevo antes de partir, sostuvo la pluma más tiempo del necesario.
“No he podido liberarme de ciertas obligaciones.”
No era mentira.
Pero tampoco era toda la verdad.
Arya recibió la carta una tarde nublada.
Sonrió antes de abrirla.
Y dejó de sonreír a la mitad.
Leyó cada línea con atención, como si buscara entre las palabras algo que no estuviera escrito.
Obligaciones.
Compromisos familiares.
Falta de tiempo.
El papel no tembló en sus manos.
Pero algo dentro de ella sí.
Se sentó en el borde de la cama, en silencio.
Había esperado esa última tarde.
Había contado los días.
Había imaginado el reencuentro.
Y ahora debía aceptar que no ocurriría.
No lloró.
Solo sintió una tristeza más profunda que la anterior.
Aun así, cuando respondió, su letra fue serena.
Le dijo que lo entendía.
Que sabía lo importantes que eran sus responsabilidades.
Que no debía preocuparse.
No quería ser una carga.
No quería que él sintiera que le reclamaba algo que, en teoría, no estaba en sus manos.
Doblando la carta, Arya apoyó la frente contra el papel un instante antes de sellarlo.
Seguía creyendo en ellos.
Pero por primera vez, la distancia no era solo geográfica.
Era el peso de un mundo al que ella no pertenecía.
Y en el ducado, bajo techos altos y reglas antiguas, August también comenzaba a comprender que amar a Arya no solo implicaba extrañarla.
Implicaba, tarde o temprano, enfrentar aquello que más temía.
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Más de la mitad del último año se había desvanecido casi sin que Arya lo notara.
Esa tarde, el aire era tibio y el cielo estaba despejado. Bajo la sombra amplia de uno de los árboles del jardín, Arya estaba recostada sobre el césped, los brazos detrás de la cabeza. Giselle jugueteaba con una hoja caída, girándola entre los dedos. Annie, boca arriba, observaba las ramas que se mecían suavemente.
Hablaban de cosas pequeñas.
De un profesor demasiado estricto.
De un examen inesperado.
De un rumor absurdo que recorría los pasillos.
Hasta que Annie suspiró.
—He estado pensando en el próximo año.
El tono fue distinto. Más firme.
Arya giró apenas el rostro hacia ella.
—¿Ya decidiste?
Annie asintió, una sonrisa leve asomando en sus labios.
—Iré a la universidad de artes en la capital. Mis padres pueden costearlo… como vivimos allí, no tendré que pagar alojamiento.
Había emoción contenida en su voz. Una ilusión genuina.
Arya se incorporó sobre los codos.
—Eso es excelente, Annie —dijo con sinceridad—. Estoy muy feliz por ti.
Giselle levantó la hoja como si fuera un estandarte.
—Bueno, ya que estamos confesando futuros… —hizo una pausa dramática—. Aunque todavía me queda un año aquí, he estado pensando en estudiar historia.
Arya sonrió.
—Te pega —comentó—. Siempre te gusta descubrir el origen de todo.
—Exactamente —respondió Giselle, satisfecha.
Arya, casi sin pensar, añadió.
—Entonces tú y Annie estarían en el mismo campus que August.
La frase cayó con suavidad… pero el efecto fue inmediato.
El silencio se volvió denso.
Annie desvió la mirada hacia el cielo.
Giselle dejó de girar la hoja.
Las tres sabían.
Sabían lo mucho que Arya y August se extrañaban.
Sabían que las cartas seguían llegando.
Sabían también que no todo era tan sencillo como antes.
Annie fue quien rompió el silencio, girando el rostro hacia Arya con delicadeza.
—¿Y tú qué harás?
La pregunta era suave, pero cargada de algo más.
Preocupación.
Porque, entre las tres, Arya era la que tenía el camino mas incierto.
Arya se sentó por completo, cruzando las piernas. Sus dedos se entrelazaron sobre su falda.
—Como saben… quiero estudiar medicina.
No había duda en su voz. Solo determinación.
—Pero para mi familia es imposible costear esos gastos.
No lo dijo con amargura. Lo dijo como quien enuncia un hecho.
Giselle frunció ligeramente el ceño.
Annie guardó silencio.
—Por eso pienso aplicar a una beca —continuó Arya—. Sé que es difícil que alguien quiera patrocinar a una plebeya… y además mujer… en un área que todavía es tan cerrada para nosotras.
El viento movió apenas su cabello.
Sus ojos, sin embargo, estaban firmes.
—Pero precisamente por eso me esforzaré el doble. Quiero que, cuando revisen mi examen, no quede ninguna duda de que vale la pena confiar en mí.
Su voz no tembló.
Había miedo, sí.
Pero también convicción.
—Tengo la esperanza de que lo lograré.
Giselle dejó la hoja a un lado y se acercó para tomarle la mano.
—No solo esperanza —dijo con seguridad—. Estoy segura de que lo lograrás.
Annie asintió.
—Si alguien puede hacerlo, eres tú.
Arya sonrió.
No porque fuera fácil.
Sino porque no pensaba rendirse.
El tiempo siguió avanzando.
Las cartas de August continuaron llegando con regularidad. Hablaban de estudios exigentes, de profesores severos, de noches largas. A veces incluían pequeñas anécdotas que intentaban aliviar la distancia.
Arya le respondía con la misma constancia.
Esperaba que el tiempo corriera más rápido.
Y, como suele ocurrir cuando uno lo desea con fuerza, el final llegó casi de pronto.
El último día en la academia fue una mezcla extraña de alivio y vacío.
Alivio por haber terminado una etapa exigente.
Vacío por todo lo que quedaba atrás.
Las despedidas no fueron dramáticas, pero sí sinceras.
Annie la abrazó con fuerza.
—Nos veremos en la capital —dijo con optimismo.
Giselle, aunque intentó bromear, terminó con los ojos brillantes.
—No te olvides de nosotras cuando seas una médica famosa.
Leonardo prometió escribir.
Ferdinand habló con entusiasmo sobre economía, ya proyectando cifras y estrategias.
Cada uno tenía un destino definido.
Un camino claro.
Arya, en cambio, tenía una meta… pero no la certeza.
Si lograba la beca, estudiaría medicina.
Si no…
No quería terminar esa frase.
Incluso si la obtenía, no estaría en el mismo campus que Annie, Leonardo o Ferdinand.
Y tampoco en el mismo que August.
Pero al menos estarían en la misma ciudad.
Esa idea, pequeña pero luminosa, le dio algo a lo que aferrarse.
Cuando cruzó por última vez la puerta de la academia, sintió que dejaba atrás una versión de sí misma.
Arya respiró hondo.
No sabía con certeza cómo sería su futuro.
Pero sí sabía algo.
No permitiría que la falta de privilegios decidiera por ella.
Y, aunque el camino fuera más empinado que el de los demás, lo recorrería sin bajar la mirada.