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9: el control prestado
La mañana siguiente amaneció tranquila en el apartamento 3801. La luz entraba suave por las persianas entreabiertas, pintando rayas doradas sobre la mesa del comedor. Sauching ya estaba levantado cuando Yougmin abrió los ojos. Llevaba pantalones de chándal gris oscuro y una camiseta blanca sin mangas que dejaba ver los brazos definidos y las líneas de tinta que asomaban por el cuello: un tatuaje discreto que Yougmin nunca había preguntado qué significaba.
Sauching preparaba café en la cocina abierta. No era un gesto romántico; simplemente no le gustaba que el servicio del hotel subiera tan temprano. Yougmin salió del dormitorio con el cabello revuelto, una camiseta oversized que le había robado del armario de Sauching y boxers negros. Se sentó a la mesa sin decir nada. Sauching puso una taza frente a él, negro, sin azúcar, como a él le gustaba.
Desayunaron en silencio al principio. Huevos revueltos, tostadas, fruta cortada en cubos perfectos. Sauching leía correos en el teléfono con una mano mientras comía con la otra. Yougmin lo observaba de reojo. Por fuera, parecían cualquier pareja joven compartiendo un desayuno perezoso de fin de semana: miradas ocasionales, roces casuales de dedos al pasar la mermelada, un pie que se rozaba bajo la mesa sin intención aparente.
Pero no lo eran.
No había besos de buenos días. No había “te quiero”. Solo comodidad practicada, rutina construida sobre deseo y acuerdos claros.
Sauching levantó la vista.
—¿Dormiste bien?
Yougmin asintió, tomando un sorbo de café.
—Como piedra.
Una media sonrisa en los labios de Sauching. Nada más.
Terminaron de comer. Sauching se levantó, se puso la camisa del traje que ya tenía preparada en el perchero y se anudó la corbata con movimientos precisos.
—Hoy tengo reuniones todo el día. Vuelvo tarde. —Hizo una pausa en la puerta—. Si sales, avísame. No por control. Por si algo pasa.
Yougmin lo miró desde la mesa.
—No voy a salir. Me quedo aquí.
Sauching asintió una vez y se fue.
El día transcurrió normal para él: llamadas internacionales, firmas de contratos multimillonarios, decisiones que movían millones en minutos. Su fortuna seguía creciendo, silenciosa pero implacable, como una máquina que nunca se detenía.
Para Yougmin, el día fue más lento. Leyó un libro que había encontrado en el estante (una novela negra japonesa que no entendía del todo pero que le gustaba el ritmo), vio una película en la sala, durmió una siesta en el sofá. Por la tarde se duchó, se puso ropa cómoda y esperó.
Las noches se habían vuelto más descaradas con el paso de los días.
Ya no había timidez en Yougmin. El pudor inicial se había quemado noche tras noche bajo las manos de Sauching. Ahora respondía con la misma intensidad: mordía cuando lo mordían, arañaba cuando lo apretaban, gemía sin taparse la boca. Y eso… eso volvía loco a Sauching.
Una de esas noches —no recordaba cuál, porque todas empezaban a fundirse en una sola larga entrega— Sauching llegó más temprano de lo habitual. Traía el traje desabrochado, la corbata en el bolsillo, el cabello ligeramente revuelto por el viento de la calle.
Se sentó en el sofá sin quitarse los zapatos.
—Ven aquí —dijo.
Yougmin se acercó. Llevaba solo una camiseta larga y bóxer, Sauching lo miró de arriba abajo, luego habló con voz baja y ronca.
—Esta noche quiero algo diferente.
Yougmin alzó una ceja.
—¿Qué?
—Quiero ver cómo me provocas tú. —Sauching se recostó contra el respaldo, brazos abiertos sobre el sofá—. Sedúceme. Haz que me vuelva loco sin que yo te toque primero. Muéstrame qué tan lejos puedes llegar.
Yougmin sintió un calor subirle por el cuello. Al principio se quedó quieto, inseguro. Nunca había tomado la iniciativa así. Siempre había sido Sauching quien marcaba el ritmo, quien decidía el cómo y el cuándo.
Pero la orden estaba dada.
Y él ya no era el chico que temblaba al quitarse la ropa.
Respiró hondo. Caminó despacio hacia Sauching, deteniéndose a un metro. Se quitó la camiseta con lentitud deliberada, dejando que la tela se deslizara por sus hombros, por su pecho, hasta caer al suelo. Se quedó solo con los boxers negros, la piel todavía húmeda de la ducha reciente.
Se acercó más. Se arrodilló entre las piernas abiertas de Sauching, pero no lo tocó. Solo se inclinó hacia adelante, lo suficiente para que su aliento rozara el cuello del hombre. Pasó la lengua apenas por la clavícula, un roce ligero, casi inexistente. Sauching no se movió, pero su respiración cambió. Se hizo más pesada.
Yougmin levantó la mirada. Los ojos de Sauching estaban oscuros, fijos en él.
Bajó las manos despacio por el pecho de Sauching, desabrochando los botones de la camisa uno a uno sin prisa. Cuando llegó al último, abrió la tela y recorrió con los dedos los músculos tensos del abdomen, las líneas definidas que bajaban hacia la cintura del pantalón. No lo tocó ahí todavía. Solo rozó, provocó, dejó que el deseo se acumulara.
Se inclinó y besó el hueco entre las costillas. Luego más abajo. Un beso. Otro. Otro. Cada vez más cerca del borde del pantalón. Sauching soltó un gruñido bajo, las manos apretadas en el sofá.
Yougmin sonrió contra su piel. Se puso de pie, se puso de pie y se sentó a horcajadas sobre él, pero sin bajar del todo. Solo rozando. Movió las caderas en círculos lentos, deliberados, dejando que Sauching sintiera el calor a través de la tela. El roce era tortura. Sauching cerró los ojos un segundo, la mandíbula tensa.
—Joder… —murmuró.
Yougmin se inclinó hacia su oído.
—¿Quieres más?
Sauching abrió los ojos. La voz salió ronca.
—Haz lo que quieras. Esta noche mandas tú.
Yougmin sintió un escalofrío de poder. Se levantó solo lo suficiente para quitarse los boxers. Volvió a sentarse, esta vez sin barreras. Tomó la mano de Sauching y la guió hasta su propia cadera, pero no dejó que lo apretara. Solo que sintiera.
Luego se inclinó hacia adelante y lo besó. No fue dulce. Fue hambriento. Lenguas que se buscaban, dientes que rozaban, respiraciones compartidas. Mientras lo besaba, bajó una mano y desabrochó el pantalón de Sauching. Lo liberó con cuidado, lo acarició despacio, arriba y abajo, apretando justo donde sabía que lo volvía loco.
Sauching gruñó contra su boca.
Yougmin se levantó un poco más, se posicionó y bajó despacio. Centímetro a centímetro. Sintiendo cada parte de él entrar, llenándolo por completo. Cuando estuvo completamente sentado, se quedó quieto un segundo, ajustándose, respirando.
Luego empezó a moverse.
Lento al principio. Arriba y abajo, círculos con las caderas, apretando cuando subía, soltando cuando bajaba. Sauching lo miraba fijo, las manos ahora en sus muslos, pero sin guiar. Solo sujetando. Dejando que él marcara el ritmo.
Yougmin aceleró. Se inclinó hacia atrás, apoyando las manos en las rodillas de Sauching para tener mejor ángulo. El movimiento se volvió más profundo, más rápido. El placer lo recorría en oleadas calientes, subiendo por la columna, concentrándose en el punto exacto donde se unían. Gemía sin vergüenza, la cabeza echada hacia atrás, el cabello pegado a la frente por el sudor.
Sauching no aguantó mucho más. Sus manos subieron a las caderas de Yougmin, ayudando solo un poco, empujando hacia arriba cuando él bajaba. El ritmo se volvió frenético. Piel contra piel, respiraciones entrecortadas, gemidos que se mezclaban en el aire.
Yougmin llegó primero. Se tensó entero, un grito roto salió de su garganta mientras se derramaba entre los dos, temblando. Sauching lo siguió segundos después, gruñendo bajo, derramándose dentro de él con una última embestida profunda que los dejó a ambos sin aliento.
Se quedaron así. Yougmin encima, pecho contra pecho, respiraciones agitadas sincronizándose poco a poco. Sauching le pasó una mano por la espalda, un roce lento, casi distraído.
No hubo palabras de amor. No hubo promesas. No hubo ternura posterior.
Solo satisfacción cruda. Deseo saciado. Cuerpos que se habían usado mutuamente hasta el límite.
Yougmin se apartó despacio, se tendió a su lado en el sofá. Sauching lo miró un segundo, luego cerró los ojos.
—Buen trabajo —murmuró.
Yougmin sonrió, exhausto.
—Gracias.
La noche terminó así: dos cuerpos sudorosos, satisfechos, sin ilusiones románticas.
Solo deseo. Puro. Honesto. Suficiente.