Un hombre común de la Tierra muere atropellado y reencarna en la prehistoria, en el salvaje mundo de Pristokia. Pero no despierta indefenso: viene acompañado por el "Sistema del Árbol Sagrado Primordial", el cual fusiona en su cuerpo el poder divino absoluto de Kaguya, Hagoromo y Hamura Otsutsuki. Con el control total del espacio, el tiempo y la energía universal, su primera misión será detener el meteorito que amenaza con extinguir a los dinosaurios. En lugar de destruirlos, decidirá esparcir el chakra en el planeta y cultivar a las bestias prehistóricas como sus plantas de energía. Cada criatura que muera le devolverá un poder inimaginable. Su objetivo final: devorar la energía de estrellas y galaxias, fusionar el universo en un solo mega-mundo y fundar el clan Otsutsuki definitivo. ¡Nadie podrá detener al ancestro supremo!
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Capítulo 23: La Escala de los Seis Camino y los Cuerpos Celestiales
En el orden absoluto de Pristokia, el tamaño no era una ilusión ni una simple proyección de energía. El Dios Supremo, Charles, había decretado una ley física inquebrantable para el macrocosmos: el tamaño del cuerpo de un guerrero era el reflejo exacto de su Reino de cultivo. Un combatiente de nivel inferior poseía un cuerpo de tamaño humano ordinario, pero a medida que refinaba su chakra libre y ascendía en los rangos militares, su estructura biológica se expandía para albergar la densidad del universo. Llegar al Rango Kage ya significaba dominar una masa física imponente, pero superar ese límite y romper la barrera hacia el legendario Nivel de los Seis Caminos implicaba una metamorfosis total. Cruzar a ese reino significaba que tu carne, tus huesos y tus venas se estiraban por billones de kilómetros, transformándote en un titán de años luz de tamaño.
Ryū Uchiha contemplaba sus propias manos carmesíes, las cuales se extendían a lo largo de distancias que a un humano de la Tierra le tomaría eones recorrer en una nave espacial. Su cuerpo físico actual, transmutado por el despertar de su Mangekyō Sharingan Eterno y su comprensión de la Ley del Fuego Absoluto, era una masa de poder concentrado de escala galáctica.
Haber aplastado a Kevin y Arthur de un solo golpe con su puño de años luz no había sido una hazaña; había sido la simple consecuencia lógica de la física del plano. Los dos viajeros de la Tierra, a pesar de tener interfaces doradas y sistemas divinos en sus almas, seguían atrapados en cuerpos biológicos pequeños de rango inferior. Intentar pelear contra un cuerpo del Nivel Seis Caminos con formas humanas ordinarias era tan estúpido como pretender que una hormiga detuviera el avance de un sol en movimiento. Su destrucción era rentable y necesaria para limpiar el sector.
[¡ZUM!]
De repente, el vacío del espacio exterior recién regenerado volvió a contraerse. La energía primordial que el Megamundo había reciclado tras la explosión del capítulo anterior comenzó a agitarse, pero esta vez no era por el nacimiento de nuevas estrellas. Desde el extremo opuesto del Sector Estelar de Andrómeda, una presencia colosal comenzó a emerger de las sombras del Continente Central.
El espacio-tiempo crujió cuando un segundo cuerpo de proporciones astronómicas se hizo presente. No era una armadura de chakra ni un truco mental; era un guerrero real del Clan Senju que había sentido la onda de choque de Ryū y había decidido responder a la provocación marchando a través del vacío. Su nombre eraTokuma Senju, un monstruo que también había roto las cadenas del Rango Kage para consolidar su propio cuerpo en el Nivel de los Seis Caminos.
El cuerpo físico de Tokuma medía tres años luz de longitud, una masa colosal de músculos espirituales entrelazados con raíces de madera divina que absorbían la energía de los soles cercanos con solo rozarlos. Sus ojos brillaban con la frialdad de quien gobierna galaxias enteras con la fuerza de sus extremidades. Al dar un paso hacia adelante, las lunas que flotaban en la periferia salieron disparadas debido al desplazamiento de su masa física.
—¡Ryū! —la voz de Tokuma Senju viajó a través de billones de kilómetros, generando ondas de choque acústicas que hicieron vibrar la piel carmesí del Uchiha—. Veo que tu cuerpo finalmente ha alcanzado el tamaño adecuado para un guerrero de la Era Dorada. Reclamar este territorio astral para el Clan Uchiha es un acto de soberbia que solo tu puño puede justificar. ¡Pero el linaje Senju no va a ceder un solo año luz de esta Vía Láctea terrestre sin ver cuál de nuestros cuerpos es el más resistente!
Ryū Uchiha soltó una carcajada que evaporó un cinturón de asteroides cercano. Sus ojos Mangekyō Sharingan Eternos giraron con una locura de batalla renovada. No había espacio para el miedo en su chip estratégico; en Pristokia, encontrarse con un rival del mismo tamaño físico era el mayor honor y la mejor oportunidad para seguir evolucionando.
—¡Jajaja! ¡Tokuma! —respondió Ryū, tensando sus músculos de billones de kilómetros y levantando su espada carmesí, la cual cortaba las corrientes de chi del espacio—. Estaba esperando que un verdadero gigante apareciera en este basurero estelar. Tus tres años luz de cuerpo se ven apetecibles. En este macrocosmos, el que tiene el cuerpo más grande y el puño más pesado dicta las reglas. ¡Veamos si tu madera divina puede resistir el impacto de mi carne de fuego!
A billones de kilómetros de distancia, oculto en una pequeña grieta espacial de una isla galáctica que parecía un grano de arena comparada con los dos titanes, el viajero Ren observaba la escena con su interfaz dorada parpadeando al límite de su capacidad. Su "Sistema del Trono de las Flamas" procesaba los datos con terror. Ren comprendió finalmente la verdadera escala del mundo donde Charles lo había arrojado: si quería ser el protagonista de esta historia y dejar de esconderse en los rincones del mapa, no le bastaba con acumular chakra libre de forma inteligente. Tenía que forzar a su sistema a romper el Reino Kage, mutar su estructura biológica y hacer que su propio cuerpo creciera hasta medir años luz para poder mirar a los verdaderos señores de la guerra directamente a los ojos.
El espacio se tiñó de carmesí y verde esmeralda cuando los dos colosos del Nivel Seis Caminos acortaron la distancia de billones de kilómetros, listos para chocar sus propios cuerpos físicos en una colisión destructiva que redefiniría la geografía del macrocosmos.