Bruno, un joven omega y estudiante apasionado por la historia china, siempre creyó que el pasado debía permanecer intacto… hasta que el pasado lo eligió a él.
Durante una excursión, descubre que el antiguo collar que ha llevado toda su vida perteneció al emperador Cheng, una joya entregada a su prometido como símbolo de un amor eterno. Un amor que, sin embargo, fue rechazado por orgullo, odio y la sombra de otro hombre.
Pero el destino le concede a Bruno una oportunidad que jamás imaginó.
Transportado a la era imperial, Bruno no solo conocerá al emperador que siempre admiró… sino que también tendrá la oportunidad de cambiar su historia, sanar sus heridas y reclamar el lugar que siempre le ha pertenecido.
Aunque el pasado guarda secretos, errores y decisiones que aún pueden destruirlo todo.
Esta vez, Bruno no huirá.
Esta vez, luchará por su emperador.
—¡Emperador, cásate conmigo!
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LA SANGRE QUE NO DEBÍA DERRAMARSE.
Luo se encontraba en total shock, jamás había acabado con la vida de alguien con sus propias manos.
Cuando Cheng entró a la habitación, las ropas de Luo ya habían comenzado a teñirse con el rojo de su sangre.
La adrenalina había impedido que Luo sintiera dolor alguno cuando fue movido por las manos del príncipe heredero. Su mirada estaba perdida, fija en el cuerpo sin vida del soldado que yacía en el suelo. Sus dedos aún temblaban, aferrados al cuchillo manchado de sangre.
—¡Luo!— llamó Cheng con urgencia mientras lo sujetaba por los hombros.
Pero el omega no reaccionó.
Al escuchar el grito de su hermano, la princesa salió de su escondite, junto con los betas que resguardaban su vida cerca del compartimiento.
—¡HERMANO!— gritó la princesa Lee.
Al entrar de nuevo a donde se encontraban bebiendo, se asombró por la forma en que Luo se encontraba. El suelo estaba manchado de sangre, el cadáver del traidor aún caliente, y el joven omega parecía una estatua rota sostenida por Cheng.
—Llévenla al palacio— ordenó Cheng a los betas con voz firme.
—Espera, hermano, mira— dijo Lee señalando la herida en el abdomen de Luo —Vayan por un médico.
La princesa les ordenó a los betas que aún permanecían consternados. Los tres hombres, que minutos antes habían estado cenando tranquilamente, reaccionaron finalmente y salieron corriendo.
—No podemos moverlo, si la herida llegase a ser profunda podríamos provocar su muerte— explicó la princesa con el ceño fruncido.
Luo no salió del shock, sentía su corazón agitado como si hubiera corrido por mucho tiempo. Su respiración era irregular, y el sudor frío recorría su frente.
—Luo… mírame— dijo Cheng inclinándose frente a él.
Pero los ojos del omega seguían perdidos.
—Él…— murmuró Luo con la voz quebrada —Yo… yo…
Su mirada cayó de nuevo sobre el cadáver.
—Yo lo maté…
Su mano comenzó a temblar con más fuerza.
Cheng le quitó el cuchillo con cuidado.
—Fue en defensa propia— respondió con firmeza.
Pero Luo no parecía escucharlo.
El médico y los betas no tardaron en llegar.
Sabiendo a lo que iba cuando los betas le comentaron que el hijo del primer ministro estaba herido, no tardó en sacar sus cosas.
Estaba a punto de hablarle cuando Luo sintió sus manos tocarlo; las apartó con violencia, pues para él todavía se encontraba luchando con el atacante de la princesa.
—¡Aléjate de mí!— dijo Luo al apartar las manos del médico.
—Joven Luo, soy el médico, tranquilícese— dijo el médico intentando retener al chico.
Por más que lo intentaba sujetar, Luo se negaba a ser tocado. Su respiración se volvió errática, y comenzó a forcejear con una fuerza que nadie esperaba de un omega herido.
—¡Suéltenme!— gritó.
Cheng tuvo que interferir golpeando un punto en su cuello, dejándolo inconsciente.
El cuerpo de Luo se relajó inmediatamente.
—Gracias, alteza— dijo el médico.
Lo recostaron en la cama. El médico les pidió salir un momento para poder ver qué tan profunda era la herida, y porque a la hora de suturar la herida pondría un incienso que funcionaba como anestésico.
Cheng salió de la habitación, pero permaneció cerca de la puerta.
Podía oír el leve tintinear de los instrumentos médicos y el sonido del incienso encendiéndose.
Dentro de la habitación, el médico examinaba la herida con cuidado.
Por alguna razón la herida no era muy larga; se le hizo extraño al médico, pues a pesar de la herida tan leve que había tenido Luo, había tenido una hemorragia como si se tratase de una herida profunda.
—Curioso… muy curioso…— murmuró.
La herida no era profunda siquiera, tal vez el joven se había logrado salvar por poco al momento del ataque.
Mientras suturaba su herida notó que cerca de la herida había una extraña marca de nacimiento, en forma de flor de loto.
El médico frunció el ceño.
Recordó entonces su juventud, cuando aún era un aprendiz, y su maestro le había mencionado acerca de que existía la posibilidad de encontrar un ser más puro que aquel que llevara la marca de loto.
En ese momento no entendió del todo lo que su maestro quiso decir, pero ahora, con la extraña marca frente a él, su mente comenzó a inquietarse.
—¿Podría ser…?— murmuró para sí mismo.
Sacudió la cabeza.
No era momento para teorías antiguas.
Terminó de suturar la herida, justo antes de que el efecto del incienso se acabara.
Salió afuera notificando al príncipe heredero que el joven omega ya tenía suturada la herida, también advirtiéndole que si llegase a lastimarse en algún momento debían actuar de inmediato.
—Esta vez logró salvarse por poco— dijo el doctor.
—No entiendo lo que intenta decirme— dijo el príncipe Cheng confundido.
Se había mantenido afuera de la mansión, con los brazos cruzados y queriendo o no su hermana la habían llevado de regreso al palacio.
—El joven Luo sufre de una enfermedad de la sangre; su sangre tarda mucho en coagular una herida simple. Aunque sea leve el golpe puede ponerse morada su piel, haciendo que le duela— explicó el médico —Tal vez en la mansión del primer ministro ya sepan de esta rara condición del joven Luo.
Cheng guardó silencio unos segundos.
Miró hacia la puerta de la habitación donde Luo descansaba.
—Entiendo.
Cheng despidió al médico pagándole por su silencio y por sus servicios.
—No olvide lo que le dije, alteza— añadió el médico antes de marcharse —El joven Luo debe evitar heridas… incluso pequeñas.
—Lo tendré en cuenta.
Al irse el médico, Cheng esperó a que saliera del lugar para poder entrar a ver a Luo.
Yacía el omega en la cama, aún inconsciente por el golpe que le había propinado.
Su rostro, normalmente tan vivo y expresivo, estaba pálido. La respiración era tranquila ahora, pero cada vendaje manchado de rojo hacía que Cheng frunciera el ceño.
Se sentó junto a la cama.
“Debí detenerte cuando me pediste participar", pensó el joven príncipe.
Recordó la sonrisa confiada de Luo cuando le explicó su plan.
Recordó el pequeño beso que el omega le había robado aquella noche.
Cheng llevó una mano a su propio pecho, incómodo con el recuerdo.
—Siempre haces lo que quieres…— murmuró mirando al joven dormido.
Sus dedos se movieron inconscientemente hasta apartar un mechón de cabello del rostro de Luo.
—Y aun así… terminaste herido por proteger a mi hermana.
Su expresión se volvió más seria.
—Eres un tonto, Luo.
Pero su voz había perdido dureza.
Se quedó con él, no sin antes notificar al primer ministro de lo ocurrido.
Los guardias llevaron el cuerpo del traidor fuera del restaurante, y el lugar fue limpiado antes de que el resto de la ciudad pudiera notar lo sucedido.
El primer día del festival había terminado.
Y por causa de los traidores, ahora el omega tenía una herida de la que pudo haber muerto.
Cheng observó el vendaje una vez más.
—No vuelvas a hacer algo así…— murmuró en voz baja.
Pero Luo no podía escucharlo.
Dormía profundamente, ajeno a la preocupación del príncipe heredero que, sin darse cuenta, no se había separado de su lado en toda la noche.