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La Omega que Ellos Enterraron

La Omega que Ellos Enterraron

Status: En proceso
Genre:Venganza / Venganza de la protagonista / Familias enemistadas / Secretos de la alta sociedad
Popularitas:41.6k
Nilai: 5
nombre de autor: ReWorld

Valentina fue criada como hija de la casa Vargas, hasta que una copa rota, una mentira y el silencio de todos la condenaron a tres años de servidumbre en la manada Oscura.
Allí lavó ropa con las manos abiertas por el hielo, limpió establos, cargó leña, durmió sobre paja y aprendió que nadie iba a ir por ella. Cuando el plazo termina, Rodrigo Vargas, el Alfa que alguna vez significó hogar, aparece para llevarla de regreso.
Pero la Valentina que vuelve no busca abrazos, explicaciones ni perdón.
En la casa que la entregó, Isabela ocupa su lugar, Don Alejandro intenta arreglar su futuro como si fuera un problema familiar, Elena llora demasiado tarde y Rodrigo empieza a entender que la culpa no repara nada.
Solo Abuela Consuelo sigue llamándola "mi niña".
Cuando las cicatrices salen a la luz y las mentiras comienzan a romperse, Valentina decide algo simple: nunca más volverá a vivir como una Omega que otros pueden vender, esconder o nombrar a su antojo.
Y mientras la verdad de Isabela se pudre bajo perfumes falsos, un Beta llamado Diego aparece con una bondad tranquila que Valentina ya no creía posible.
Pero en un mundo de Alfas, manadas y destinos marcados por la luna, sobrevivir no será suficiente.
Valentina tendrá que elegir si quedarse entre las ruinas de la familia que la enterró... o caminar hacia una vida donde nadie vuelva a apagar su nombre.

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Capítulo 23

Capítulo 23

Isabela empezó a dar órdenes en la casa como si siempre hubiera sido suya.

No lo hizo de golpe. Isabela nunca rompía una puerta si podía abrirla con una sonrisa. Primero preguntó a la cocinera si no sería mejor servir menos sal en el caldo de Elena. Después sugirió cambiar los turnos de las criadas porque "la casa necesitaba orden tras el duelo". Luego corrigió a una Omega joven por dejar una bandeja en el sitio equivocado.

—No es regaño —dijo Isabela—. Es para que aprendas.

Valentina escuchó esa frase desde el corredor.

La Omega joven se llamaba Mar. Tenía tal vez dieciséis años, las manos limpias todavía, los ojos nerviosos. Sostenía una bandeja con tazas vacías.

—Sí, señorita Isabela.

—No me digas señorita con esa cara. Si estás molesta, dilo.

—No estoy molesta.

Isabela sonrió.

—Entonces sonríe.

Valentina se detuvo.

La escena era pequeña. Una bandeja, una orden, una sonrisa exigida. Nada que Don Alejandro considerara importante. Nada que Rodrigo notara si pasaba. Pero Valentina conocía ese principio. Antes del látigo venían esas cosas: corrige tu cara, baja la voz, agradece, sonríe.

Mar intentó sonreír.

Le salió mal.

Isabela suspiró.

—Ay, no. Así pareces castigada. Otra vez.

Valentina avanzó.

—La están esperando en la cocina.

Mar la miró como si le hubieran abierto una puerta.

Isabela giró.

—No sabía que ahora organizabas al servicio.

—No lo hago.

—Entonces no interrumpas.

Valentina sostuvo su mirada.

—La bandeja se enfría.

Era una excusa pobre. Suficiente.

Mar se fue casi corriendo.

Isabela esperó a que quedaran solas.

—Qué noble. Salvando criadas.

—No la conviertas en práctica.

—¿Perdón?

—Lo que haces. No lo conviertas en práctica.

Isabela inclinó la cabeza.

—¿Vas a acusarme también de eso? ¿De pedir orden en una casa que está deshecha?

Valentina pensó en contestar. Pensó en decirle que la había visto disfrutar el temblor de Mar. Que su dulzura tenía dientes. Que una persona no necesitaba gritar para humillar.

No lo dijo.

No todavía.

Isabela se acercó un paso.

—Ten cuidado con querer defender a todos. Después nadie te defiende a ti.

Valentina miró hacia la cocina por donde Mar había desaparecido.

—Eso ya lo sé.

Isabela sonrió, satisfecha de haber tocado algo.

—Entonces aprende.

Valentina no se movió hasta que Isabela se fue.

Esa noche, al pasar por la cocina, encontró una taza de caldo junto a la puerta. Mar estaba al fondo, lavando cucharas. No levantó la vista.

Valentina tomó la taza.

No dio las gracias.

Mar tampoco.

A veces, en una casa como esa, la gratitud también podía delatar.

Diego se iba al amanecer.

Valentina lo supo por una criada, no por él. La muchacha lo dijo mientras doblaba paños en la cocina:

—El enviado de la manada del Roble sale mañana. Parece que Don Alejandro ya firmó todo.

Valentina siguió cortando pan para Elena.

—¿Mañana?

—Antes de que caliente el sol.

La criada no notó nada raro en su voz. Mejor.

Valentina pasó el resto del día con una incomodidad silenciosa en el pecho. No era sorpresa. Diego había dicho que su tarea terminaba. La gente se iba cuando terminaban sus tareas. Eso era normal.

Lo que no era normal era que la casa pareciera más fría por adelantado.

Lo encontró al atardecer junto al cantero de Consuelo.

Diego estaba arrodillado en la tierra, con las manos llenas de barro. A su lado había una planta pequeña envuelta en tela húmeda.

Valentina se detuvo.

—¿Qué hace?

Él levantó la vista.

—Intento no matar una planta antes de entregarla.

—Eso no responde.

Diego se puso de pie. Tenía barro en una mejilla.

—Es jazmín.

Valentina miró la planta.

Era pequeña, de tallos delgados, con hojas verdes que parecían demasiado vivas para ese jardín.

—No es temporada.

—Por eso me costó conseguirla.

—¿Para qué?

Diego tomó la planta con cuidado.

—Dijiste que a Consuelo le gustaban las flores con olor limpio. Y que este cantero no estaba muerto.

Valentina recordó haber dicho ambas cosas, en días distintos, sin pensar que alguien las guardaría.

—El jazmín necesita sol.

—Lo tendrá por la mañana.

—Y cuidado.

—Eso también.

La respuesta quedó en el aire.

Valentina miró la tierra. Diego había limpiado raíces podridas, removido el suelo, preparado un hueco. No era un regalo de mano a mano para que ella lo admirara. Era algo hecho antes de llamar la atención.

—Se va mañana —dijo.

Diego asintió.

—Sí.

—¿Iba a decírmelo?

—Sí.

—¿Cuándo?

—Ahora, si no hubiera empezado por la planta.

Valentina no supo si enojarse.

Diego le ofreció la planta.

—Puedes no aceptarla.

Ella la tomó.

Las raíces estaban envueltas en tela húmeda. La tierra le manchó los dedos.

—No tengo dónde ponerla si me voy.

—Entonces llévala.

—No es tan fácil.

—No dije que lo fuera.

Valentina se agachó y colocó el jazmín en el hueco. Diego no la ayudó hasta que ella le indicó con una mirada dónde sostener el tallo. Cubrieron las raíces juntos.

Cuando terminaron, la planta parecía pequeña en medio del cantero.

Demasiado pequeña para importar.

Importaba igual.

—Diego.

Él levantó la cabeza.

Valentina quiso decir gracias. No salió. Quiso decir que nadie le había traído algo vivo en mucho tiempo. Tampoco salió.

—La próxima vez —dijo al fin— no traiga plantas fuera de temporada.

Diego sonrió.

—La próxima vez más picante y plantas de temporada.

Valentina bajó la vista.

—Buen viaje.

La sonrisa de Diego se suavizó.

—Todavía no me fui.

No.

Todavía no.

1
Liliana Filipuzzi
quiero hacer ese viaje... o tal vez lo estoy haciendo sin darme cuenta....
Erika Oviedo Macedo
excelente
celestina kramer
muy buena la historia autora
Liliana Filipuzzi
Al principio no se entiende mucho, de hecho el origen de la prota no se entiende, salvo entre líneas y aún así es bastante escueta.
Pero me fascina la narrativa... Dura, blanco o negro, no hay floritorios en los romances., que casi no hay o no se perciben... cómo ese que "día a día crece" y no descubris si es un romance normal o personas que coinciden en tiempo y espacio.
Es rara y está muy buena
Beatriz Hernàndez
es que pais se desarrolla ésta historia
Beatriz Hernàndez
es que pais se desarrolla ésta historia
Liliana Filipuzzi
está muy buena, pero es lenta
Beatriz Hernàndez
y lo extremo del.clima
Beatriz Hernàndez
excelente historia, dónde es? en Escocia?... lo digo por las características del terreno
Sidoneth Yepez
espectacular el capítulo!!!!! me encanta la novela... diferente a todas que he leído sobre hombres lobos🥰👏👏
Sidoneth Yepez
Me gusta la historia. Diferente y entretenida desde el principio
Maria Diosdado Velázquez
NO HACE FALTA RECORDAR, SI USTED NO QUIERE TERMINAR DE PUBLICAR, NO PUBLICA Y YA SOLO LE RESTA PUNTOS
Sidoneth Yepez
Me encanta 🥰🥰🥰🥰
irma lorena ruelas cueva
🥰🥰🥰🥰🥰
irma lorena ruelas cueva
🥰🥰🥰🥰🥰🥰😂
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