los tres herederos: Alessandra la mayor (por un año) y los gemelos Enzo y Matteo (mejores por un año)
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I. La merda degli Eredi.
Alessandra Veraldi:
El olor a perfume barato y alcohol de mala calidad flotaba en el aire del gran salón como una bofetada a la historia de mi familia. Era temprano, el sol apenas empezaba a filtrarse por los ventanales de la mansión en Milán, y yo ya sentía que el café no sería suficiente para procesar la escena frente a mí.
Había tres mujeres dormidas en los sofás de terciopelo —que costaban más que la vida de cualquiera de ellas— y una cuarta intentando ponerse un tacón en la entrada de la cocina. Botellas vacías de cristal fino rodaban por el suelo de mármol. Todo era un caos absoluto, un desorden que me revolvía el estómago.
—Che cazzo hanno fatto questa volta? (¿Qué carajos han hecho esta vez?) —susurré para mí misma, ajustándome los lentes de armazón transparente.
Miré hacia la escalera principal. Allí, sentados como si estuvieran esperando el inicio de un desfile y no una ejecución, estaban Lorenzo, Enzo y Matteo. Lorenzo vestía un chándal blanco impecable, balanceando una cadena de oro entre sus dedos con esa sonrisa de quien no tiene una sola preocupación en el mundo. Mis hermanos, los gemelos, eran un caso aparte. Enzo tenía la camisa de seda desabrochada hasta el ombligo y una mancha de labial en el cuello; Matteo, con sus ojos grises fijos en mi mirada, mantenía una expresión neutra, pero sabía que por dentro se estaba riendo de mi frustración.
—Alessandra, sorella, no pongas esa cara —dijo Enzo con voz ronca, estirando las piernas—. Fue idea de Lorenzo. El idiota dijo que la mansión estaba muy "silenciosa".
—Vaffanculo, Enzo —soltó Lorenzo soltando una carcajada—. Tú fuiste el que llamó a la segunda ronda de chicas cuando yo ya quería irme a dormir.
Bajé la mirada hacia el escudo de armas de la nuca, sintiendo cómo la tensión me subía por la columna. Si mi padre bajaba en este momento, no solo ellos estarían en problemas; yo, como la mayor, cargaría con la culpa de no haber controlado a estos animales.
—Siete delle merde totali (Son una mierda total) —les solté, caminando hacia el centro del salón con paso firme. Mis botas resonaban contra el mármol como disparos—. Pulite tutto questo casino ora, o giuro che farò in modo che papà lo sappia prima di colazione (Limpien todo este desastre ahora, o juro que me aseguraré de que papá lo sepa antes del desayuno).
—Dai, Ale... (Vamos, Ale...) —intervino Matteo, levantándose con esa calma gélida que lo caracterizaba—. Sabes que el servicio lo limpiará en un momento. No hace falta que te pongas así.
Me acerqué a él hasta quedar a pocos centímetros. Matteo era mi sombra en muchos sentidos, pero a veces su pasividad me sacaba de quicio.
—El servicio no hablará si yo lo ordeno, pero las chicas sí —señalé a la mujer que seguía luchando con su zapato—. Si una de ellas sale de aquí y dice que estuvo de fiesta con los herederos Veraldi, la seguridad de esta casa queda en ridículo. Siete degli irresponsabili (Son unos irresponsables).
—Va' all'inferno, puttana! (Vete al infierno, perra) —masculló Enzo desde el escalón, aunque se puso de pie de inmediato al ver que yo no estaba bromeando—. Siempre tan mandona. Solo fue una noche de diversión.
—Es una noche de diversión que nos puede costar la cabeza —respondí en un tono neutro, frío—. Lorenzo, saca a tus invitadas por la puerta trasera. Ahora. Enzo, Matteo, quiero las botellas fuera y el salón oliendo a cera para muebles en diez minutos. Si Alessio baja y ve una sola pluma fuera de su lugar, yo misma me encargaré de que sus autos terminen en el fondo del lago.
Lorenzo se levantó, sacudiendo su chándal con elegancia urbana.
—Eres una aguafiestas, pero tienes razón. Vamos, gemelos, a trabajar.
Los vi moverse, renegando entre dientes en italiano, mientras yo me quedaba allí, de pie en medio del desorden. Ser la mayor en esta familia no era un privilegio, era un trabajo de tiempo completo. Observé a Matteo y Enzo trabajar juntos, moviéndose en sincronía como siempre hacían, y suspiré. Eran un desastre, una manada de lobos sin bozal, pero eran mis lobos. Y mientras yo estuviera al mando, nadie fuera de estas paredes sabría lo podrida que podía estar nuestra herencia.
Escuché el suave eco de unas risas bajando por la escalera de caracol, un sonido que en cualquier otra mañana me habría resultado reconfortante, pero que hoy cayó sobre mis hombros como una sentencia de muerte. El roce de las zapatillas de seda sobre el mármol anunció su llegada antes de que cruzaran el arco del salón.
Bianca y Valentina. Mis tías, las madres de Lorenzo, venían tomadas de la mano, compartiendo alguna confidencia matutina con esa complicidad que solo los años de amor y guerra otorgan. Se veían radiantes, hasta que sus ojos recorrieron el desastre.
El silencio que siguió fue absoluto. Fue como si alguien hubiera apretado el botón de pausa en una película de terror.
Enzo se quedó petrificado a mitad del salón, con tres botellas vacías de champaña apretadas contra el pecho y una expresión de pánico que rara vez se veía en su rostro de matón. Matteo, que estaba recogiendo los cojines del suelo, se quedó agachado, con una almohada de seda debajo del brazo y la otra suspendida en el aire. Lorenzo, el "cerebro" detrás de la operación, estaba congelado junto a la puerta trasera, sosteniendo el abrigo de piel de una de las mujeres que aún no terminaba de salir.
—*Siamo morti* (Estamos muertos) —susurró Enzo, apenas moviendo los labios.
—*Chiudete la bocca* (Cierren la boca) —les siseé desde mi posición, aunque yo misma sentí un escalofrío recorriendo mi nuca.
Bianca fue la primera en reaccionar. Su mirada, tan gélida como la de Matteo, escaneó cada rincón: las manchas de licor, el rastro de perfume barato y, finalmente, a los tres "herederos" que parecían estatuas de sal. Valentina, a su lado, soltó lentamente la mano de su esposa, cruzando los brazos sobre su pecho con una decepción que dolía más que cualquier grito de Alessio.
—*Che cos'è questo schifo, Alessandra?* (¿Qué es esta porquería, Alessandra?) —preguntó Bianca. Su voz no era alta, pero cortaba el aire como una cuchilla afilada.
Me ajusté los lentes, tratando de recuperar mi postura de General, aunque por dentro quería estrangular a Lorenzo con sus propias cadenas de oro.
—*Una mancanza di rispetto totale* (Una falta de respeto total) —respondí con tono neutro, sin intentar defenderlos—. Los encontré así hace cinco minutos. Ya se estaban encargando de borrar su rastro.
Valentina dio un paso al frente, fijando su vista en su hijo, Lorenzo, quien intentaba hacerse pequeño detrás del abrigo de la desconocida.
—*Lorenzo Veraldi, guarda tu madre quando ti parla* (Lorenzo Veraldi, mira a tu madre cuando te habla) —le ordenó Valentina con una calma aterradora—. ¿Es esto lo que aprendes en las calles? ¿Traer este desorden a la casa de tu familia?
Lorenzo tragó saliva, soltando el abrigo, que cayó al suelo con un ruido sordo.
—Mamá, yo... solo estábamos celebrando que...
—*Taci!* (¡Cállate!) —le cortó Bianca, haciendo que incluso los gemelos se sobresaltaran—. *Non voglio sentire le tue scuse patetiche* (No quiero escuchar tus excusas patéticas).
Me crucé de brazos, observando cómo mis hermanos y mi primo bajaban la cabeza, finalmente derrotados. Enzo apretó las botellas contra su cuerpo, evitando la mirada de Bianca, mientras Matteo soltaba las almohadas lentamente.
—*Fuori le ragazze, ora* (Fuera las chicas, ahora) —ordenó Bianca, señalando la salida con una autoridad que no admitía réplica—. *E voi tre... se vedo un solo granello di polvere quando torneremo tra mezz'ora, pregherete che sia stato vostro padre a trovarvi e no io* (Y ustedes tres... si veo un solo grano de polvo cuando regresemos en media hora, rogarán que haya sido su padre quien los encontrara y no yo).
Las dos mujeres pasaron por el lado de los chicos como un huracán de elegancia y furia contenida. Cuando el sonido de sus pasos se desvaneció hacia el comedor, el aire regresó a los pulmones de los tres idiotas.
Miré a Enzo, que seguía abrazando las botellas como si fueran su único consuelo.
—*Siete stati fortunati* (Tuvieron suerte) —les dije, dándoles la espalda para dirigirme a la cocina—. *Pulite tutto, stronzi* (Limpien todo, idiotas).
Al cruzar el arco que dividía el salón de la cocina, mi paciencia, que ya pendía de un hilo, se rompió en mil pedazos. El espectáculo era dantesco: restos de pizza fría pegados a las encimeras de granito, bandejas de plata volcadas con salsas escurriendo por los cajones y lo que parecía ser un intento fallido de cocinar pasta esparcido por todo el suelo. Mi santuario de orden, el lugar donde tomaba mi café en paz, parecía una zona de guerra.
Sentí una presión caliente subir por mi cuello. Mis pulmones se llenaron de aire y, antes de que pudiera contenerme, solté un grito que no sonó humano; fue un rugido profundo, vibrante, como el de una leona a la que le han invadido el territorio.
—*¡BASTA DI QUESTA MERDA!* (¡Basta de esta mierda!) —bramé, haciendo que los cristales de las alacenas vibraran.
Agarré lo primero que mis manos encontraron junto a la despensa: un palo de escoba de madera maciza. Salí de la cocina como un torbellino de furia negra, con los ojos echando chispas y el palo en alto. Los tres idiotas, que apenas estaban empezando a recoger el salón, se quedaron pálidos al verme salir así.
—*¡VENITE QUI, MALEDETTI!* (¡Vengan aquí, malditos!) —grité, lanzándome tras ellos—. *¡VI AMMAZZO! ¡GIURO SU DIO QUE OGGI MORITE!* (¡Los mato! ¡Juro por Dios que hoy mueren!)
El primero en reaccionar fue Lorenzo, que soltó un alarido digno de una película de terror y saltó sobre el sofá para esquivar mi primer golpe.
—¡Alessandra, por favor! ¡Fue un accidente, el hambre nos ganó! —chilló Lorenzo, corriendo en círculos alrededor de la mesa principal—. ¡Piedad, *sorella*, piedad!
—*¡PIETÀ UN CORNO!* (¡Piedad un carajo!) —le solté, lanzando un palazo que por poco le da en las piernas—. *¡SIETE DEI PORCI!* (¡Son unos cerdos!)
Enzo y Matteo se dividieron, tratando de flanquearme, pero yo estaba fuera de mí. Me giré hacia Enzo, quien intentaba cubrirse la cara con una de las botellas vacías.
—¡Para, loca! ¡No me des en la cara, que tengo una cita mañana! —gritó Enzo, retrocediendo hacia la escalera mientras el palo de escoba golpeaba el aire a centímetros de su brazo.
—*¡CITA MIS PELOTAS, ENZO!* —le rugí en español, alternando idiomas por la pura rabia—. *¡TI FARÒ UN ALTRO BUCO IN TESTA!* (¡Te haré otro agujero en la cabeza!)
Matteo, que siempre intentaba ser el más digno, terminó gateando debajo de la mesa de centro para evitar un escobazo que iba directo a su espalda.
—¡Ale, cálmate! ¡El estrés te va a arrugar la piel! —intentó bromear Matteo, aunque su voz temblaba—. ¡Lo limpiaremos todo, lo juro por la tía Bianca!
—*¡PULITE ORA O VI ROMPO LE OSSA!* (¡Limpien ahora o les rompo los huesos!) —seguí gritando mientras los perseguía por todo el salón—. *¡MALEDETTI STRONZI, FIGLI DI...!* (¡Malditos idiotas, hijos de...!)
Correteamos por el salón durante tres minutos que parecieron horas. Ellos gritaban, saltaban sobre los muebles y pedían clemencia como si los estuviera persiguiendo un escuadrón de ejecución, mientras yo, con el pelo desordenado y los lentes caídos sobre la nariz, no dejaba de lanzar golpes al aire y proferir insultos en el italiano más sucio que conocía.
Finalmente, los tres terminaron acorralados contra la pared del fondo, jadeando y cubriéndose la cabeza con los brazos. Me detuve frente a ellos, respirando con dificultad, golpeando el palo de madera contra la palma de mi mano.
—*In cucina. Ora.* (A la cocina. Ahora.) —dije con una voz tan baja y peligrosa que los hizo saltar—. *Si quiero ver una sola migaja en ese suelo cuando regrese, el palo no será lo único que les rompa.*
Los tres salieron disparados hacia la cocina sin decir una sola palabra, tropezando entre ellos en su afán por escapar de mi furia. Me quedé sola en el salón, ajustándome los lentes y tratando de recuperar el aliento. Definitivamente, ser la hermana mayor era agotador.