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Bajo El Hechizo De La Sirena Bipolar

Bajo El Hechizo De La Sirena Bipolar

Status: En proceso
Genre:Fantasía épica / Amor-odio / Romance
Popularitas:1.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Ariane Salvatore Falcó

Sebastián lo tenía todo: un reino próspero, un cabello pelirrojo que era la envidia de la nobleza y una lengua tan afilada que podía humillar a un mago en tres segundos. Pero el exceso de sarcasmo tiene un precio. Tras insultar al hechicero equivocado, Sebastián despierta convertido en un cangrejo y es arrojado a las profundidades del océano.
Su suerte no mejora cuando es capturado por Rubí, la princesa del Reino Marino. Llamada así por sus hipnotizantes ojos rojos, Rubí es una sirena de una belleza letal y una personalidad... impredecible. Un momento es un ángel dulce que acaricia tus pinzas, y al siguiente está picando perejil mientras decide si te prefiere hervido o a la plancha.
Atrapado en una jaula de cristal y bajo la vigilancia de una "loca" con cambios de humor extremos, Sebastián deberá encontrar la forma de romper su hechizo antes de convertirse en el almuerzo real.

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capítulo 11

La noche en el palacio era un manto de terciopelo pesado, roto solo por el murmullo del viento contra las gárgolas de piedra y el lejano batir de las olas. Tras la cena cargada de amenazas con Baltazar, el silencio en la habitación de Rubí era tan denso que podía sentirse en la piel. Sebastián, dentro de su pecera sobre el pedestal, no dormía. Sus ojos pedunculados seguían el movimiento de la sirena, que caminaba de un lado a otro con una inquietud que rara vez mostraba.

Lo que ninguno de los dos sabía es que, desde el exterior, una figura encorvada y envuelta en una túnica que parecía tejida con fragmentos de sombra se aferraba a la cornisa del gran ventanal. Malaki, el anciano hechicero que había desencadenado la maldición, observaba a través del cristal. Sus ojos, nublados por milenios de conocimiento y una pizca de malicia pedagógica, se fijaron en la escena.

—Veamos si el caparazón ha ablandado ese corazón de granito —susurró el anciano, su voz perdiéndose en el viento.

Dentro, Rubí se detuvo frente a la pecera. Su rostro, iluminado por la luz de la luna, mostraba una mezcla de cansancio y una extraña ternura que intentaba ocultar con su habitual máscara de locura. Se acercó tanto al cristal que su aliento empañó la superficie.

—Sabes, Cangrejito... —murmuró Rubí, su voz baja y peligrosamente suave—. Baltazar no es alguien que se rinda. Mañana, cuando intente convertirte en su banquete, no sé si mis lágrimas de teatro serán suficientes para detenerlo. Eres un idiota arrogante, pero... eres mi idiota. Sería una lástima que alguien más te pusiera la sal y el limón.

Sebastián, movido por un impulso que su orgullo humano habría negado pero que su instinto de crustáceo no podía frenar, se acercó al cristal. Estaban tan cerca que solo unos milímetros de vidrio separaban sus destinos. Él, un príncipe atrapado en una armadura roja; ella, una depredadora con alma de tormenta.

—No necesito que me salves, sirena —respondió Sebastián, manteniendo esa calma dominante que tanto la irritaba—. Baltazar es solo una serpiente que se cree dragón. Pero admito... que si muero mañana, me molestaría que mi último recuerdo fuera el olor a pescado de tus amigos del abismo.

Fue en ese preciso instante de cercanía eléctrica cuando Malaki, desde el ventanal, decidió que el momento era propicio. Con un movimiento fluido de sus dedos sarmentosos, trazó un glifo de luz violeta en el aire.

—Un recordatorio de lo que perdiste, Príncipe —siseó el mago—. Y de lo que aún no mereces recuperar.

Una explosión de luz blanca y cálida inundó la habitación. El cristal de la pecera estalló en mil fragmentos brillantes que cayeron al suelo como diamantes. Rubí retrocedió, cubriéndose los ojos, pero sintió que algo pesado y cálido chocaba contra ella, derribándola sobre la alfombra de terciopelo.

Cuando la luz se disipó, el silencio fue absoluto. Rubí abrió los ojos y ahogó un grito de asombro. Sobre ella, sujetándola por los hombros con una fuerza que no era de pinzas, estaba un hombre. Un hombre de cabello rojo encendido como las brasas de un hogar, de hombros anchos y piel cálida. Sebastián. Su forma humana había regresado.

Sebastián, aturdido por el cambio repentino, sintió el peso de sus propios músculos, el aire llenando sus pulmones reales, la sensibilidad de sus dedos. Miró a Rubí, que estaba debajo de él con los ojos desorbitados, y una ola de euforia pura lo recorrió.

—¡He vuelto! —exclamó él. Su voz ya no era un eco metálico, sino un barítono profundo y vibrante que llenó la estancia—. ¡Rubí, mírame! ¡Soy yo! ¡He recuperado mi cuerpo!

En un arrebato de emoción que rompió todas sus barreras de frialdad, Sebastián rodeó a Rubí con sus brazos, apretándola contra su pecho en un abrazo desesperado y posesivo. Enterró su rostro en el cabello azabache de la sirena, aspirando el aroma a mar y peligro. Rubí, paralizada por la sorpresa, sintió el calor de su piel y el latido frenético de su corazón humano. Por un segundo, el mundo se detuvo. El príncipe y la sirena, piel contra piel, en una tregua física que ninguno esperaba.

Pero Sebastián era Sebastián. Y el veneno del ego no se cura con un abrazo.

Apenas pasaron treinta segundos cuando Sebastián se separó un poco, sujetando el rostro de Rubí entre sus manos humanas. Su mirada ya no era de alivio, sino de triunfo absoluto y una arrogancia renovada.

—¿Viste eso, sirena? —dijo él, con una sonrisa de superioridad que hizo que Rubí frunciera el ceño—. Te lo dije. Soy demasiado perfecto para que una maldición me retenga. No fue tu cuidado, ni fue el tiempo; fue mi propia voluntad la que rompió el hechizo. Ahora, prepárate, porque en cuanto encuentre a ese mago, lo colgaré de las almenas por haberme hecho perder el tiempo en una pecera. Y en cuanto a Baltazar... le arrancaré las escamas una a una antes de que pueda pedir clemencia. Soy el Príncipe Sebastián de Helios, y el mundo volverá a arrodillarse ante mí. ¡Nadie puede detenerme!

Desde el ventanal, Malaki soltó una carcajada amarga.

—Tan rápido como el calor vuelve a tu sangre, vuelve la ponzoña a tu lengua —murmuró el anciano—. No has aprendido nada, niño orgulloso.

El mago cerró el puño.

El cambio fue tan violento como un latigazo. Sebastián, que estaba en medio de una frase sobre cómo castigaría a sus enemigos, sintió que sus huesos se encogían con una agonía punzante. Sus manos desaparecieron, sus piernas se fusionaron, y su piel se endureció hasta convertirse en una costra de quitina roja.

—¡No! ¡Espera! —intentó gritar, pero su voz se convirtió de nuevo en un burbujeo agudo y metálico.

En menos de un minuto, el hombre magnífico había desaparecido. Sobre la alfombra, en medio de los restos de agua y cristal, solo quedaba un pequeño cangrejo rojo que agitaba sus pinzas con una rabia impotente.

Rubí se incorporó lentamente, limpiándose una lágrima de asombro que se había secado antes de caer. Miró al crustáceo que ahora la observaba desde el suelo, pareciendo más pequeño y ridículo que nunca.

—Vaya... —dijo Rubí, su voz recuperando ese tono de maldad juguetona, aunque algo en su mirada se sentía herido—. Eso fue... breve. Casi tan breve como tu humildad, Cangrejito.

Sebastián golpeó el suelo con su pinza derecha, hirviendo de humillación. Había sentido la libertad, había sentido el calor de Rubí, y lo había perdido todo por no poder cerrar la boca.

—¡Maldito viejo! —chirrió Sebastián—. ¡Vuelve aquí y dame mis manos! ¡Te ordeno que regreses!

Pero Malaki ya se había desvanecido en la noche, dejando solo el eco de su advertencia. Rubí suspiró, agarró a Sebastián por el caparazón y lo levantó hasta la altura de sus ojos.

—Parece que mañana volverás a ser el plato principal, Sebastián —dijo ella, con una sonrisa triste—. Y después de ese discurso de grandeza... creo que Baltazar va a disfrutar mucho más de masticar tu arrogancia.

Sebastián no respondió. Por primera vez en su vida, el silencio no era una estrategia dominante, sino el peso de una derrota que le recordaba que, bajo la luna de Helios, él seguía siendo solo un bocado exquisito para aquellos que tenían el poder de devorarlo.

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🔮✮⃝𝙰𝚕𝚒 𝙳' 𝚂𝚎𝚋𝚒𝚜᭄・🔮
atrévete!! y veras como te va knfeliz /Determined/ te vuelvo a arañar!! no por nada somos animales cazadores desgraciado!!!
🔮✮⃝𝙰𝚕𝚒 𝙳' 𝚂𝚎𝚋𝚒𝚜᭄・🔮
esooo!!! 😭 pinche viejo feo!!! /Smug/ solo yo puedo amenazar la vida de mi dueño infeliz!!!
🔮✮⃝𝙰𝚕𝚒 𝙳' 𝚂𝚎𝚋𝚒𝚜᭄・🔮
siento la frustración de sombra!! /Speechless/
🔮✮⃝𝙰𝚕𝚒 𝙳' 𝚂𝚎𝚋𝚒𝚜᭄・🔮
ya veras tu dominación desgraciado!!! 🙊🤣
🔮✮⃝𝙰𝚕𝚒 𝙳' 𝚂𝚎𝚋𝚒𝚜᭄・🔮
soberano mis polainas desgraciado!!! me dejaste con ese pulpo degenerado!!! 😭
🔮✮⃝𝙰𝚕𝚒 𝙳' 𝚂𝚎𝚋𝚒𝚜᭄・🔮
por fin justicia!!!! 😭 por fin le clave los dientes ese infeliz abandonador de gatas!!!
🔮✮⃝𝙰𝚕𝚒 𝙳' 𝚂𝚎𝚋𝚒𝚜᭄・🔮
el unico que se acuerda de mi!!!! /Smug/ después que todoooossss me dejaron con ese pulpo lujuriento!!! 😭
🔮✮⃝𝙰𝚕𝚒 𝙳' 𝚂𝚎𝚋𝚒𝚜᭄・🔮
hijo de tu!!! /Smug/ me estas dejando que me manosee un pulpo!!! soy un gato por el amor de dios!!! 😭 que mezcla mas extraña 🤣 pero te comere en venganza sebastian!!! te hare pagar por esta maniseada innecesaria!! 😭
🔮✮⃝𝙰𝚕𝚒 𝙳' 𝚂𝚎𝚋𝚒𝚜᭄・🔮
ala madre 😶 eso es acoso!!! me manosean 🤣
🔮✮⃝𝙰𝚕𝚒 𝙳' 𝚂𝚎𝚋𝚒𝚜᭄・🔮
ay 🥺 estoy tan orgullosa de mi misma 🤧
🔮✮⃝𝙰𝚕𝚒 𝙳' 𝚂𝚎𝚋𝚒𝚜᭄・🔮
velda que soy linda? 🥺 ese cangrejo feo que no se deja comer!!! que agradezca que lo quiero de cena!!
🔮✮⃝𝙰𝚕𝚒 𝙳' 𝚂𝚎𝚋𝚒𝚜᭄・🔮
atrévete warro!! y veras como te va!! /Smug/ no sabrás ni quien te atropeyo infeliz!!
🔮✮⃝𝙰𝚕𝚒 𝙳' 𝚂𝚎𝚋𝚒𝚜᭄・🔮
esoooo!! cometelo él lo pidió 🤣/Determined/
🔮✮⃝𝙰𝚕𝚒 𝙳' 𝚂𝚎𝚋𝚒𝚜᭄・🔮
esooo tu unica dueña soy yo!! /Proud/ okno!!! como se te ocurre dejar que maltraten mi pelaje!!!
🔮✮⃝𝙰𝚕𝚒 𝙳' 𝚂𝚎𝚋𝚒𝚜᭄・🔮
no seas chidmoso!!! /Smug/ dejenme comer en paz
scarlet
pobre cangrejo 🤣🤣🤣🤣
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esooo!! prefiere ser comido por mi!! 🤣
🔮✮⃝𝙰𝚕𝚒 𝙳' 𝚂𝚎𝚋𝚒𝚜᭄・🔮
hasta que lo reconoces!!! me amas demasiado cangrejo 🤣🤣
🔮✮⃝𝙰𝚕𝚒 𝙳' 𝚂𝚎𝚋𝚒𝚜᭄・🔮
espero que mientras me llevaban haya arañado las paredes!! 🤣
🔮✮⃝𝙰𝚕𝚒 𝙳' 𝚂𝚎𝚋𝚒𝚜᭄・🔮
te voy a comer sebastian /Curse//Curse/ no huyas!!! 🤣
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