Eleonor Ribas, una joven de 25 años, pasó la vida luchando por sobrevivir, marcada por un pasado de abandono y dolor. Cuando lo pierde todo de una sola vez, trabajo, hogar y estabilidad, el destino la conduce hasta Dante Bianchi, un mafioso temido, frío e implacable, diez años mayor que ella. Pero es en los hijos de él donde encuentra un nuevo propósito, especialmente en Matteo, un niño autista que solo logra calmarse con su presencia.
Al aceptar trabajar como niñera de los niños, Eleonor se adentra en un mundo peligroso de secretos, traiciones y conspiraciones. Mientras se gana el cariño de los pequeños y resquebraja las murallas de Dante, fuerzas ocultas conspiran desde las sombras. Cuando la verdad sobre su pasado salga a la luz, ¿podrá confiar en el hombre que juró no volver a apegarse? ¿O ya será demasiado tarde?
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Capítulo 24
El día había sido largo, pero finalmente Eleonor estaba terminando su rutina con los niños. Matteo y Beatrice dormían profundamente, y Charlotte estaba en el celular, pero prometió que dormiría pronto. Ahora, solo faltaba Damián.
Ella caminó hasta el cuarto de él, acomodándose la blusa. Con Damián, necesitaba tener paciencia. Él era cerrado, siempre a la defensiva, pero Eleonor quería, al menos, construir una base de respeto entre ellos.
Así que abrió la puerta...
¡PLASH!
Algo pesado y helado cayó sobre su cabeza.
Ella se congeló.
El líquido espeso escurrió por su rostro, goteando en su ropa y en el suelo. El olor fuerte denunció lo que era antes incluso de que ella mirara para las gotas azuladas en el suelo.
Tinta.
Una risa ahogada resonó por el cuarto.
Eleonor parpadeó, sintiendo el peso del líquido pegarse en sus cabellos.
—¿En serio? —murmuró, sin expresar rabia, apenas un cansancio profundo.
Damián estaba tirado en la cama, control de videojuego en las manos, mirando para la pantalla como si nada hubiese acontecido. Pero la sonrisita satisfecha en los labios de él decía todo.
—¿Qué pasó? ¿No percibiste la trampa? —Él la miró de reojo—. Si quieres quedarte aquí, mejor aprender a prestar atención.
Eleonor respiró hondo.
Su instinto decía para pelear, para decir lo infantil que eso era. Pero, al mismo tiempo, ella veía algo más allá de la provocación.
Damián la estaba probando.
¿Será que ella era una más que desistiría?
Sin decir nada, ella apenas limpió los ojos con la manga de la blusa.
—Buenas noches, Damián.
Ella viró la espalda y salió del cuarto, ignorando la mirada sorprendida de él.
—
En el baño, Eleonor miró su reflejo en el espejo.
El azul oscuro cubría su cabello, rostro y ropa. Soltó un suspiro pesado, agarrando una toalla para comenzar la limpieza.
Demoró casi una hora para lavar el cabello y cambiar de ropa. Pero su trabajo aún no había acabado.
Con una esponja y un paño, volvió para el cuarto de Damián y limpió cada gota de tinta en el suelo.
Ella podría contarle a Francisca o para el padre de él. Damián ciertamente recibiría un regaño y quedaría de castigo.
Pero no.
Si quería que él confiara en ella, necesitaba mostrar que no desistiría fácil.
—
Al día siguiente, al bajar para el café, encontró a Charlotte con los brazos cruzados en la cocina, golpeando el pie en el suelo con rabia.
—¡No creo que él te haya hecho eso!
Eleonor, que ya estaba preparando una taza de té, alzó la mirada sorprendida.
—¿Cómo lo sabes?
—Vi los potes de tinta en la basura del baño —Charlotte bufó, furiosa—. ¡Él es un idiota!
Antes de que Eleonor pudiera responder, Charlotte ya estaba subiendo las escaleras determinada.
—¡Charlotte! —Eleonor soltó la taza y corrió tras ella.
Al llegar al corredor, encontró a Charlotte ya dentro del cuarto del hermano.
—¿Cuál es tu problema, Damián? —ella gritó, haciendo al chico quitarse los audífonos y rodar los ojos.
—No empieces, Charlotte.
—¿Cómo pudiste tirar tinta a Eleonor? ¡Ella no te hizo nada!
Damián se encogió de hombros.
—Ella no debía ser tan idiota y caer en la trampa.
Charlotte cerró las manos en puño, lista para revidar, pero Eleonor entró en el cuarto y puso una mano en el hombro de la niña.
—Charlotte, no necesitas pelear con tu hermano por mí. Está todo bien.
Charlotte viró para ella, incrédula.
—¿¡Está todo bien!? ¡Perdiste una hora limpiando aquel desastre!
Eleonor sonrió, tranquila.
—Fue solo un balde de tinta. Ya vi peores.
Damián observaba la escena, esperando que Eleonor se enfureciera o que amenazara con contarle a alguien. Pero, en vez de eso, ella apenas se encogió de hombros y dijo:
—Buen intento, Damián. Pero vas a necesitar algo más creativo la próxima vez.
Damián la miró, sorprendido.
¿Ella no estaba enojada?
¿Ella no iba a correr para contarle a su padre o a la abuela?
Sin percibir, él frunció la frente, sintiendo una puntada de frustración.
Pero Eleonor apenas sonrió.
—Ahora, vamos a bajar. El café está listo.
Charlotte aún miraba irritada para el hermano, pero bufó y salió del cuarto.
Damián, no obstante, se quedó sentado, observando la puerta cerrada, intentando entender qué diablos había acontecido.
El carro de la familia había acabado de estacionar en la escuela y Eleonor, con la rutina ya adaptada, ayudaba a los cuatro a descender. Matteo estaba tranquilo, su mirada distante, pero Eleonor se aseguró de acercarse a él, intentando mantener la calma y la confianza que él parecía necesitar.
Ella se agachó al lado de él, sonriendo con suavidad.
—Vamos allá, Matteo. Vamos a jugar un poco hasta entrar en la escuela, ¿qué te parece?
Él no respondió inmediatamente, pero cuando ella extendió la mano, él la miró de reojo y, para sorpresa de ella, puso la mano en la de ella, tímido, pero aceptando el gesto.
Ellos caminaron juntos hasta la entrada, y, antes de que Eleonor pudiera decir algo más, la profesora se acercó y se ofreció para conducir a Matteo para dentro de la escuela. Eleonor asintió y asistió al chico ser guiado para el interior del edificio.
Era un alivio ver que él se llevaba bien con la profesora, y, por más que Matteo fuera callado y retraído, Eleonor sentía que estaba consiguiendo establecer una conexión, aunque pequeña.
—
Cuando ella se viró, yendo en dirección a los otros, sus ojos rápidamente encontraron a Damián.
Él estaba apoyado en la pared, el rostro cerrado y tenso. Eleonor notó algo que parecía incomodar al chico: un grupo de niños lo cercaba. Con la atención de Eleonor agudizada, ella vio que ellos estaban empujando a Damián contra la pared y, por la expresión de él, estaban pegando algo de su mochila.
La rabia comenzó a burbujear dentro de ella.
Sin hesitar, ella caminó hasta el grupo de chicos.
—¡Hey! —ella dijo, su voz firme.
Los niños, asustados con la llegada de ella, intentaron alejarse rápidamente, pero Eleonor no dejó.
—¡Salgan de aquí ahora! —Ella no necesitaba gritar, su presencia y el tono de autoridad bastaron para que los niños, sin pensar dos veces, dieran un paso para atrás.
Ellos sabían que si ella fuera a hablar con la dirección, las consecuencias serían graves. Con eso, rápidamente, ellos se dispersaron, huyendo para lejos.
Damián estaba parado, con la mano en el bolsillo, una expresión impasible en el rostro, pero Eleonor podía ver la rabia en las líneas de su cuerpo.
Ella se aproximó a él, sintiendo el peso del silencio.
—¿Estás bien? —preguntó ella, intentando suavizar el ambiente.
Damián miró para ella con una mirada vacía.
—No te metas más en eso. —La voz de él estaba fría, y la expresión en el rostro no dejó dudas: él estaba irritado—. No necesitas defenderme. Yo sé cuidarme.
Eleonor suspiró, un poco frustrada, pero intentando no mostrar.
—Damián, no es sobre defensa. No me gusta verte siendo tratado así. Nadie debe ser empujado o robado.
Damián viró hacia ella, la rabia aún evidente en su mirada.
—Te dije para no meterte. —Él dio un paso atrás, alejándose de ella—. No necesitas hacer eso.
Eleonor lo observó mientras él caminaba en dirección a la escuela, la sensación de que algo más estaba aconteciendo con Damián, pero sabía que él no la dejaría llegar hasta él.
Ella se quedó allí, mirándolo partir, intentando comprender lo que estaba por detrás de aquel comportamiento tan defensivo.
—
Cuando Eleonor entró nuevamente en el carro, sintió el peso del silencio entre ella y los niños. Matteo, como siempre, estaba callado, y Charlotte miraba para ella, pero sin decir una palabra.
El tránsito estaba calmo, y, por un momento, Eleonor pensó en cómo todo aún parecía tan incierto. Ella no sabía hasta dónde su relación con los niños llegaría, o qué más Damián tendría que esconder. Pero una cosa ella sabía: ella no iba a desistir de ellos.
Y, sea cual fuera el próximo obstáculo, ella lo enfrentaría.