No murió por falta de latidos, sino por ausencia de valentía para sostenerlos.
El primer amor...el primer amor de Arya Rosenfeld fue eso, un amor cobarde.
Entonces porque ese amor cobarde luego de arruinar un vínculo que para Arya era tan importante como su vida misma, se atrevía a decirle que todo lo había hecho por ella.
August von Hohenberg, el primer amor de Arya Rosenfeld, no solo era cobarde. Era egoísta, mentiroso y completamente despreciable. Por eso Arya solo podía desear la "muerte al primer amor", no a la persona, sino a sus sentimientos.
Acompaña a Arya a recorrer un sinuoso camino, ¿logrará imponerse ante las adversidades? ¿logrará matar a ese primer amor? ¿logrará volver a confiar, volver a amar?
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Capítulo 13
El regreso a la academia llegó envuelto en la emoción de los comienzos.
El carruaje se detuvo frente al portón principal, cuyas rejas negras se alzaban imponentes, tan familiares y, al mismo tiempo, tan distintas después de su ausencia. El edificio principal se erguía más allá, solemne y elegante, con sus muros de piedra gris iluminados por la luz de la mañana.
Arya descendió primero. Por un instante, se quedó inmóvil, había esperado este momento había imaginado cómo se sentiría regresar.
Pero la realidad era más intensa de lo que había previsto.
—Es aún más grande de lo que imaginaba —susurró Giselle a su lado.
Arya volvió el rostro hacia ella.
Su prima observaba todo con asombro genuino, sus ojos claros recorriendo cada rincón con fascinación.
Arya sonrió levemente.
—Lo parece al principio.
Tomó su equipaje.
—Ven. Te mostraré todo.
Giselle asintió de inmediato, incapaz de ocultar su entusiasmo.
Caminaron juntas a través del patio principal, donde otros estudiantes llegaban, algunos conversando animadamente, otros arrastrando baúles, otros simplemente observando con la misma mezcla de anticipación y nerviosismo que Giselle.
Arya le mostró los pasillos largos, las escaleras de piedra, el salón principal, el comedor, la biblioteca.
—Aquí es donde paso la mayor parte del tiempo —dijo al detenerse frente a las altas puertas de madera de la biblioteca.
Giselle la miró con una mezcla de admiración y ternura.
—Eso no me sorprende.
Continuaron caminando.
Arya hablaba con naturalidad, señalando lugares, explicando rutinas, recordando pequeñas cosas que ahora parecían insignificantes, pero que formaban parte de su vida allí.
Y entonces.
Lo vio.
Estaba al otro lado del pasillo.
De pie junto a una de las ventanas altas, la luz cayendo sobre él.
August.
El tiempo pareció detenerse.
Su corazón se tensó en su pecho de forma inesperada.
No había pensado en qué haría exactamente cuando lo viera.
Había imaginado el momento.
Pero no había previsto esto.
August también la vio.
Y en ese instante, su expresión cambió. Algo que pareció recorrerlo por completo.
Se quedó quieto.
Como si temiera que cualquier movimiento rompiera el momento.
Arya sintió, de pronto, una conciencia extraña de sí misma. De sus manos. De su respiración. De la forma en que su corazón latía demasiado rápido.
Caminaron el uno hacia el otro.
No sabían quién había comenzado primero.
—Arya —dijo él finalmente.
Su voz era la misma.
Y, sin embargo, no lo era.
Había algo más en ella ahora.
—August.
Su nombre salió de sus labios más suave de lo que había esperado.
Se miraron.
Demasiado tiempo.
Demasiado en silencio.
Como si ambos estuvieran viendo algo que antes no habían sabido reconocer.
—Regresaste —dijo él.
Era una afirmación sencilla pero sus ojos decían más.
Aria asintió.
—Sí.
Un silencio breve.
—Me alegra que estés bien.
Las palabras eran simples, pero sinceras.
Arya sintió un calor leve subir a su pecho.
—Yo también me alegra verte.
Giselle, que había permanecido ligeramente detrás, observaba todo con creciente curiosidad.
Había visto a Arya hablar con muchas personas de todas las edades, siempre tranquila, siempre segura.
Pero entonces… era distinta.
Arya pareció recordar su presencia.
—August, ella es mi prima, Giselle von Einsenwald, hermana menor de Ferdinand. Este año comenzará su primer año aquí.
August inclinó la cabeza con cortesía.
—Es un placer conocerte.
—El gusto es mío —respondió Giselle con la misma educación.
Pero no pudo evitar notar algo.
Él no dejaba de mirar a Arya. Como si su presencia lo atrajera de manera natural.
Giselle cubrió ligeramente su boca con los dedos, ocultando una sonrisa divertida.
— Lo sé. Mi prima es hermosa.— pensó divertida.
Observó la escena con silencioso entretenimiento.
Conversaron unos momentos más.
Palabras sencillas.
Preguntas comunes.
Pero todo estaba cargado de algo nuevo.
Finalmente, se despidieron.
Y Arya continuó guiando a Giselle hacia las residencias.
La habitación de Arya estaba exactamente como la recordaba.
Dejó su equipaje junto a la cama.
Giselle entró detrás de ella, observando todo con interés.
—Es muy bonito.
Arya comenzó a desempacar.
—Lo es.
Giselle recorrió el espacio lentamente, tocando los bordes del escritorio, observando los libros cuidadosamente apilados.
Y entonces, no pudo contenerse más.
—¿Quién era?
Arya se detuvo.
—¿Quién?
Giselle la miró directamente.
—El joven.
Arya sintió un leve calor subir a sus mejillas.
—Es… un amigo.
La respuesta salió demasiado rápido.
Demasiado cuidadosa.
Giselle no dijo nada de inmediato.
Solo caminó hacia el escritorio.
Fue entonces cuando lo vio.
El libro.
De cubierta elegante. Refinada. Evidentemente costosa.
Lo tomó con cuidado.
—Es hermoso.
Lo abrió.
En la primera página, había una dedicatoria escrita con tinta oscura y firme.
"De August para Arya."
Giselle sonrió de inmediato.
Cerró el libro con suavidad.
Volvió el rostro hacia su prima.
—Parece un libro costoso.
Arya dudó apenas un instante.
—Lo es.
Una pausa.
—Fue un regalo.
Giselle sostuvo su mirada por un segundo más.
Su sonrisa no desapareció.
Pero no hizo más preguntas.
Simplemente devolvió el libro a su lugar.
Y continuó observando la habitación.
Mientras tanto, Arya no podía dejar de pensar en el momento en el pasillo.
En la forma en que él la había mirado.
En la forma en que su nombre había sonado en su voz.
Y así la primera noche paso rápidamente.
La primera clase del año siempre tenía una cualidad distinta.
No era el contenido. Ni el aula. Ni siquiera los profesores.
Era la sensación de reencuentro. La conciencia silenciosa de todo lo que había cambiado en ausencia de los demás.
Arya lo sintió en el instante mismo en que cruzó el umbral del aula.
El espacio era más amplio que el que habían utilizado el año anterior, con ventanales altos que dejaban entrar la luz fría de la mañana. El murmullo de voces llenaba el aire, interrumpido por risas aisladas y el roce de libros al colocarse sobre los pupitres.
Se sentó junto a Annie, como siempre.
Ese pequeño acto de continuidad le dio una momentánea sensación de estabilidad.
Pero entonces lo vio.
No lo buscaba.
No conscientemente.
Y sin embargo, sus ojos lo encontraron.
Edward.
Estaba sentado tres filas hacia la derecha, ligeramente inclinado hacia atrás en su asiento, como si el espacio le perteneciera de forma natural. Había algo distinto en él. Algo más definido.
Había crecido.
Su figura era más alta, sus hombros más anchos, su presencia más firme. Su rostro había perdido los últimos rastros de adolescencia, adoptando líneas más claras, más adultas.
Más lejanas.
Arya lo observó solo un instante.
O eso intentó decirse.
Su mirada descendió, casi sin permiso, hacia su brazo derecho.
Cubierto.
Protegido bajo la manga impecable del uniforme.
No había forma de ver la cicatriz.
Pero él lo movía con normalidad. Sin rigidez. Sin señales visibles de dolor.
Aparentemente, estaba bien.
Pero Arya sabía mejor que nadie que la apariencia podía ser engañosa.
Lo había visto fingir antes.
Había visto el esfuerzo invisible bajo su quietud.
Debería comprobarlo por mí misma.
El pensamiento surgió sin invitación.
Y con él, la inmediata frustración consigo misma.
No era su responsabilidad.
Ya no.
—Arya.
La voz de Annie la sacó abruptamente de sus pensamientos.
Giró el rostro hacia ella, parpadeando una vez, como si regresara desde un lugar lejano.
—¿Qué estabas mirando?
Arya sintió el leve calor de la exposición subir por su cuello.
—Nada en particular.
Para desviar la atención, preguntó.
—¿Qué clase tenemos ahora?
Annie alzó una ceja, divertida.
—Eso debería preguntártelo yo a ti.
Sonrió, apoyando el mentón sobre su mano.
—Siempre eres tú la que sabe esas cosas.
La observó un instante más.
—Tu cabeza está en otra parte hoy.
Arya abrió la boca para responder, pero en ese momento la puerta del aula se abrió y el profesor entró, acompañado del inmediato silencio de los estudiantes.
El alivio fue tan claro que casi resultó vergonzoso.
Durante el resto de la clase, Arya no volvió a mirar hacia la derecha.
Pero era consciente de él.
De la distancia que existía entre ambos.
Como si todo lo que había ocurrido el año anterior hubiera sido un sueño compartido que ninguno estaba dispuesto a reconocer despierto.
El recreo llegó como una liberación.
El aire exterior estaba fresco, cargado con el aroma tenue de los jardines que rodeaban el patio central.
Arya y Ferdinand encontraron rápidamente a Giselle entre los estudiantes de primer año.
Ella estaba de pie junto a una fuente, escuchando atentamente a otra joven que hablaba con entusiasmo.
Cuando los vio, su rostro se iluminó.
—¡Arya, Fer!
Su alegría era tan abierta, tan sincera, que Arya no pudo evitar sonreír también.
—¿Cómo te fue?
—Bien… creo —respondió Giselle, aunque su expresión revelaba la incertidumbre natural de quien aún no encontraba su lugar.
Ferdinand intervino con orgullo exagerado.
—Por supuesto que le fue bien. Eres mí hermana.
Giselle rodó los ojos.
—Eso no significa nada.
—Significa todo.
Arya observó el intercambio con afecto silencioso.
Era bueno verla allí.
Después de unos minutos, Ferdinand se excusó, reclamado por un grupo de conocidos al otro lado del patio.
Giselle y Arya continuaron hablando, sus voces mezclándose con el murmullo general.
Hasta que una voz distinta atravesó el aire.
Una voz que Arya reconoció antes incluso de procesar las palabras.
—¡Oh, aquí estás!
Su cuerpo se tensó de inmediato.
Un escalofrío leve recorrió su espalda.
—¿Vas a esconderte de mí también este año?
Eliot von Greiffen se acercaba con esa misma expresión animada, esa familiar falta de seriedad que siempre parecía ignorar deliberadamente su incomodidad.
Arya cerró los ojos un instante, como si eso pudiera darle paciencia.
Había esperado, ingenuamente, que ese juego terminara con el año anterior.
—¿Vas a darme una oportunidad este año? —preguntó él, inclinándose ligeramente hacia ella, con una sonrisa traviesa.
Entonces notó a Giselle.
La observó con curiosidad abierta.
—Tú… te pareces a Ferdinand.
Giselle parpadeó, sorprendida.
Arya suspiró.
—Vas a seguir con ese juego sin sentido?
Su tono no era hostil.
Era cansado.
—Compórtate frente a alumnos de primer año. Ella es Giselle von Einsenwald. Hermana de Ferdinand.
—Oh.
Eliot pareció genuinamente interesado ahora.
—Eliot von Greiffen.
—Hola… —respondió Giselle, aún confundida.
Pero Eliot ya había vuelto su atención a Arya.
—Entonces… ¿mi oportunidad?
Antes de que ella pudiera responder, otra voz intervino.
Una voz distinta.
Más baja.
Más controlada.
—Arya.
Su nombre en esa voz hizo que su corazón se apretara sin previo aviso.
Giró.
August estaba allí.
Su postura era relajada, pero sus ojos estaban enfocados con precisión.
En ella.
—Te estaba buscando —dijo con naturalidad—. Quería consultarte algo sobre algo de medicina legal...
Sus ojos se deslizaron brevemente hacia Eliot.
Luego hacia Giselle.
Como si acabara de notar su presencia.
—Oh. Parece que estás ocupada.
No lo parecía.
Pero Eliot abrió la boca, listo para reclamar ese territorio invisible—
—No está ocupada.
La voz de Giselle fue sorprendentemente firme.
Todos la miraron.
Ella sonrió con inocencia aparente.
—En realidad, ya nos íbamos.
Antes de que Eliot pudiera protestar, Giselle lo tomó del brazo.
—Ven. Ferdinand te está buscando.
—¿Qué? No, yo—
Pero ella ya lo arrastraba consigo.
Arya los observó alejarse, completamente desconcertada.
No sabía si sentirse agradecida o avergonzada.
Cuando volvió la vista hacia August, lo encontró observando la escena con una satisfacción apenas perceptible.
No dijo nada al respecto.
Simplemente volvió su atención a ella.
—¿Podrías ayudarme?
Era una pregunta simple.
Pero la forma en que la miraba no lo era.
Aria sintió el calor subir a sus mejillas antes de poder controlarlo.
Odiaba esa falta de traición de su propio cuerpo.
—Por supuesto.
August asintió.
Y comenzaron a caminar.
Uno junto al otro.