El mundo de Julián se desplomó el mismo día en que descubrió que la lealtad tiene un precio. Lo tenía todo: un imperio financiero en ascenso, la admiración de la alta sociedad y el amor de la mujer con la que planeaba pasar el resto de sus días. Pero la ambición ciega de su mejor amigo destruyó cada uno de sus logros en cuestión de meses. Traicionado, despojado de su fortuna y abandonado por su prometida.
Su final no tuvo ni un ápice de gloria. Murió solo, tirado en un callejón frío, ahogado con un mendrugo de pan duro mientras hurgaba entre los desperdicios para sobrevivir un día más. Pero la muerte no fue el final; fue la grieta que reescribió su destino.
Al abrir los ojos de golpe, el olor a basura y el dolor en la garganta desaparecieron. Frente a él, el reflejo del espejo de su antiguo pent-house le devolvió la mirada. Estaba tres años atrás, intacto. haría que cada traidor pagara el precio exacto de su ambición.
NovelToon tiene autorización de Isa Yguaro para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 8: Un Compromiso de Utilería
A las nueve de la mañana del día siguiente, la luz del sol atravesaba los ventanales de la suite principal del penthouse, iluminando la mesa de desayuno donde Isabella aguardaba. Lucía radiante, vistiendo un conjunto de seda color lavanda y hojeando una revista de modas de alta gama.
Julián hizo su aparición vistiendo un impecable traje azul marino confeccionado a medida.
Caminaba con la seguridad reestructurada de quien no solo tiene el control de sus finanzas, sino también el mapa completo del futuro.
—Buenos días, mi amor —saludó Isabella con una sonrisa deslumbrante, poniéndose de pie para recibirlo con un abrazo perfumado—. Te ves increíble. Aunque sigues teniendo esa mirada misteriosa desde ayer.
Julián le devolvió una sonrisa perfectamente pulida, permitiendo que ella lo besara en la mejilla sin retribuir el gesto con demasiada calidez.
—Simplemente estoy concentrado en los negocios, Isabella. Hay mucho en juego este trimestre —respondió él, tomando su lugar frente a la mesa y sirviéndose una taza de café negro.
—Justamente de eso quería hablarte —dijo ella, reclinándose en su silla y entrelazando sus dedos adornados con la sortija de compromiso que él le había entregado en la línea temporal original—.
Estuve pensando mucho en nuestra boda. Con todos los movimientos corporativos y la alianza entre nuestras familias, posponerla no me parece prudente. Creo que deberíamos adelantar la fecha para el próximo mes.
Julián sostuvo la taza de café a milímetros de sus labios. La miró a los ojos con detenimiento.
Sabía exactamente por qué Isabella estaba acelerando el reloj: en la vida pasada, fue precisamente en esa ventana de tiempo cuando su familia, en contubernio con Marcos, utilizó los preparativos del enlace para desviar fondos de la cuenta de fideicomiso bajo el pretexto de gastos de logística y representación.
—¿El próximo mes? —preguntó Julián en un tono sereno, casi divertido—. Eso es bastante pronto, Isabella. Una boda de nuestra categoría requiere meses de planeación.
—Mi madre ya contactó al mejor diseñador de la ciudad y el club de golf tiene disponible el primer fin de semana del mes que viene —argumentó ella con dulzura calculadora, estirando la mano para tocar la de él sobre el mantel—. Piénsalo, Julián.
Unir nuestros nombres ante la sociedad ahora enviará un mensaje de estabilidad formidable a los inversores internacionales. Marcos piensa exactamente lo mismo.
Julián soltó una risita baja, casi imperceptible, repleta de un sarcasmo soterrado. Le fascinaba lo bien coordinados que estaban sus dos traidores para acorralarlo.
—Si Marcos está de acuerdo, entonces no hay nada más que discutir —dijo Julián con ironía fina, dándole un sorbo a su café—. Adelantemos la fecha. Organizaremos la fiesta más ostentosa que esta ciudad haya visto jamás.
Los ojos de Isabella brillaron con un destello de triunfo absoluto.
—¡Sabía que entenderías, cariño! —exclamó ella, reclinándose para besarlo de nuevo—. Mañana mismo empezaré a revisar los contratos de los proveedores y las firmas de alquiler para que pongas tu autorización.
—Por supuesto —asintió Julián, esbozando una sonrisa helada—. Mándame todos los papeles.
Prometo revisar cada cláusula con la atención que se merece.
Tres horas más tarde, Julián se encontraba en el despacho de la firma de abogados más influyente de la ciudad. Al otro lado del escritorio de caoba, el licenciado Guillermo Prado, un hombre maduro y de cejas pobladas que había sido el abogado de confianza del padre de Julián, leía con lupa los borradores de los contratos prenupciales y las cláusulas del fideicomiso.
—Julián... esto es brillante, pero extremadamente arriesgado —comentó el abogado, bajándose las gafas de lectura—. Al aceptar la aceleración del compromiso, le estás dando a la familia Loredan y a Marcos un acceso aparente a la garantía de la empresa, pero el apéndice de responsabilidad individual que anexaste ayer invalida cualquier firma de Isabella o de su padre si no cuenta con tu token biométrico personal.
—Exacto, Guillermo —respondió Julián, reclinándose en el sillón de piel con los brazos cruzados—. Dejaré que gasten dinero, que firmen apartados y que se sientan los futuros dueños de mi patrimonio. Quiero que se confíen al máximo.
Mientras más alto vuelen creyendo que me tienen acorralado, más dura será la caída cuando rompa el compromiso en público.
El licenciado Prado lo observó con una mezcla de respeto y preocupación.
—He trabajado para tu familia durante treinta años, Julián, y jamás te había visto actuar con esta frialdad estratégica. Es como si hubieras vivido esta traición antes de que ocurra.
—Digamos que tuve un sueño muy revelador, Guillermo —dijo Julián, poniéndose de pie y abotonándose el saco—. Un sueño donde aprendí que la lealtad de utilería se paga con la misma moneda.
Al salir de la oficina legal, pasadas las cuatro de la tarde, Julián caminó hacia su automóvil. Su chófer le abrió la puerta, pero Julián lo detuvo con un gesto de la mano.
—Tómate la tarde libre, Roberto. Yo conduciré.
—¿A dónde se dirige, señor Rossi? —preguntó el empleado.
—Tengo un compromiso financiero inaplazable —respondió él con una ligera sonrisa.
A las cinco y media, el sedán negro de Julián se estacionaba a una cuadra de la transitada avenida del centro histórico. Se quitó la corbata, la guardó en la guantera y caminó hacia la lona azul de "La Sazón de Jimena".
Aun no comenzaba la hora pico de la cena, por lo que el puesto estaba tranquilo. Jimena se encontraba limpiando con esmero la superficie de acero inoxidable, tarareando una canción popular con su voz alegre y dulce.
Al escuchar los pasos de Julián sobre el asfalto, alzó la vista. Una chispa involuntaria de alegría iluminó sus ojos oscuros, aunque inmediatamente frunció el ceño para mantener su fachada impenetrable.
—Miren quién llegó... El novio del año —bromeó Jimena, apoyando los puños en la cintura mientras lo miraba de arriba abajo—. Veo que hoy sí trajiste el disfraz de millonario completo. ¿A qué debemos el honor, Don Julián?
—A que prometí volver —respondió él, tomando asiento en la banqueta azul con la naturalidad de quien llega a su lugar favorito en el mundo—. Y a que necesito un remedio urgente para el dolor de cabeza que me provocan las bodas.
Jimena soltó una carcajada fresca, tomando un trapo limpio y sirviéndole un vaso con agua fresca de horchata sin que él se lo pidiera.
—¿Bodas? No me digas que el trajeado está a punto de dejar la soltería.
—Algo así —dijo Julián, tomando el vaso de agua y sintiendo cómo el ambiente ligero de Jimena disipaba al instante toda la tensión y la falsedad del mundo corporativo—. Aunque presiento que esa fiesta no va a terminar con el típico "felices para siempre".
Jimena lo miró con curiosidad, notando la ironía melancólica detrás de sus palabras. Le sirvió un plato con un taco de guisado caliente y se lo puso enfrente.
—En este puesto no juzgamos las tragedias de la alta sociedad, trajeado —dijo ella con una sonrisa suave y reconfortante—. Pero lo que sí garantizo es que un buen taco cura cualquier mal de amores... o de compromisos.
Julián sonrió ampliamente, dio el primer bocado y sintió, por primera vez en el día, que estaba exactamente en el lugar correcto.