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Objetivo: Inalcanzable

Objetivo: Inalcanzable

Status: Terminada
Genre:Amor-odio / Reencuentro / Completas
Popularitas:5.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Laura Perez

Para el círculo militar y la alta sociedad, ella es la intocable "princesa de cristal": la menor de cuatro hermanos que visten uniforme de élite, la niña consentida de un temido General de cuatro estrellas y la heredera natural del imperio de moda de su madre. Nadie imagina que, a puertas cerradas, sus hermanos la entrenaron sin piedad para que jamás fuera el eslabón débil de la dinastía.
El verdadero golpe no lo recibió en un campo de tiro, sino en una fiesta de graduación.Tras arreglarse para ser vista como la mujer que es, escucha al mejor amigo de su hermano —el chico del que estuvo enamorada en secreto durante años— burlarse de ella y despreciar sus sentimientos ante su círculo militar solo para inflar su ego y marcar territorio.
Ella se marcha con una sola promesa grabada a fuego: ser la mejor

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Capítulo 24: Fuego en la Marea

La noche cayó sobre la península de Baja California como un manto de terciopelo azul marino salpicado de estrellas brillantes.

El rugido de los motores de la Riva Aquarama resonaba con un pulso sordo y poderoso contra los acantilados mientras la embarcación cortaba las aguas negras del Pacífico hacia el extremo sur, rumbo al icónico Arco de Cabo San Lucas. La brisa marina, cargada de salitre y calor templado, despeinaba las melenas y agitaba las telas ligeras de lino y seda.

En el puesto de mando, la disciplina militar de las Fuerzas Especiales estaba sufriendo la peor emboscada de su historia.

—¡Que te quites del medio, Keller! —exclamó Chloe, con la gorra de los Yankees girada hacia atrás y las dos manos firmemente aferradas al timón de caoba—. Tu manual de navegación de los Rangers dice que hay que reducir la velocidad a diez nudos en bahía, pero este yate pide gas a gritos. ¡Deja que respiren los caballos de fuerza!

Liam estaba parado justo detrás de ella, tan pegado que su pecho rozaba la espalda descubierta del traje de baño de la chica con cada vaivén de las olas. El capitán de metro noventa tenía las manos apoyadas sobre las de Chloe en el volante, intentando inútilmente mantener el control del rumbo mientras el aroma a coco, bronceador y pura insolencia de la rubia le nublaba los sentidos con la fuerza de un gas neurotóxico.

—¡Chloe, si golpeas un banco de arena a cuarenta nudos vamos a salir volando hacia Mazatlán! —protestó Liam, con la voz ahogada y las venas de los brazos tensas como cuerdas—. ¡Y deja de moverte así, por el amor de Dios!

—¿Qué pasa, capitán? ¿Te pongo nervioso? —provocó ella, girando el rostro hacia arriba con una sonrisa deslumbrante y unos ojos verdes cargados de malicia pura—. Creí que los comandos de élite estaban entrenados para soportar situaciones de alta presión corporal.

Liam tragó saliva, apretando la mandíbula con tanta fuerza que los músculos de su cuello saltaron. Clavó sus ojos en la boca curvada de Chloe, sintiendo que sus tres medallas al valor militar no valían absolutamente nada frente a la forma en que ella se reía en su propia cara:

—Estás jugando con fuego, rubia —siseó Liam entre dientes, bajando las manos para ceñirlas con firmeza sobre los costados de la cintura de ella para fijar el timón—. Y los Rangers no tomamos prisioneros.

—A ver si es verdad que sabes disparar fuera del polígono, grandullón —susurró Chloe, echando la cabeza hacia atrás contra el hombro del soldado sin soltar el acelerador.

En la popa del barco, recostados sobre los cojines de cuero blanco bajo la luz de la luna, Julian y Valeria asistían al espectáculo con dos copas de champán en la mano.

—Tu amiga tiene una técnica de asalto psicológico devastadora —comentó Julian, saboreando el vino espumoso mientras sus ojos recorrían el perfil distinguido de Valeria—. Liam lleva diez minutos en estado de parálisis táctica. Es poético ver caer a un héroe condecorado ante un metro sesenta y cinco de pura provocación.

Valeria soltó una risa baja y melodiosa, girando su copa con elegancia:

—Chloe no toma prisioneros, Montgomery. Es un algoritmo implacable: detecta la vulnerabilidad en el sistema y sobrecarga los circuitos. Tu amigo militar nunca tuvo la menor oportunidad de defender su cortafuegos.

Julian se inclinó hacia ella, acortando la distancia hasta que sus hombros se rozaron. El perfume floral y amaderado de la chica lo envolvía con una suavidad envolvente que desarmaba sus mejores líneas diplomáticas:

—¿Y tú, Valeria? ¿Cuál es tu protocolo de defensa? He estado analizando tu arquitectura emocional durante las últimas dos horas y todavía no encuentro la puerta trasera.

Valeria levantó una ceja oscura, sosteniéndole la mirada con una serenidad aristocrática que brillaba bajo la luna:

—Esa es la ventaja de diseñar mis propios sistemas, Julian: yo no dejo puertas traseras para diplomáticos aburridos. Si quieres entrar en mi servidor... vas a tener que trabajar mucho más duro que citar a poetas franceses y descorchar botellas caras.

Julian sonrió con esa audacia descarada que volvía locas a las herederas de Washington, deslizando la mano libre sobre el respaldo del asiento, a escasos milímetros del hombro desnudo de ella:

—Me encantan los desafíos criptográficos de alta seguridad, señorita Ramos. Considere abierta la negociación de acceso.

En la proa del yate, aislados del ruido de la cabina y de la música suave que salía de los altavoces marinos, el mundo operaba en otra dimensión.

Sentados sobre la cubierta de madera de teca con las piernas colgando hacia el mar oscuro, Sienna y Dante contemplaban cómo la silueta colosal del Arco de Cabo San Lucas se recortaba contra el horizonte plateado.

La lancha fondeó en una cala protegida: una media luna de arena blanca cercada por muros de piedra volcánica donde el agua marina, mansa y cristalina, brillaba con un resplandor mágico. Alrededor del casco, millones de partículas de plancton bioluminiscente destellaban con una luz azul eléctrica cada vez que el agua chocaba contra el casco.

—Agua bioluminiscente —murmuró Sienna, rompiendo el silencio mientras el viento le alborotaba el cabello castaño sobre los hombros.

Dante no miraba el agua. Sus ojos grises, oscuros y encendidos por una devoción ardiente, estaban fijos en el perfil iluminado de la chica: en la curva de sus labios, en el brillo dorado de su piel bajo la luna y en la soltura libre con la que su cuerpo respiraba lejos de las armas.

—Que se queden con el champán y el barco —dijo Dante en un susurro grave, poniéndose de pie en la cubierta con un movimiento elástico y seguro.

Se quitó la camisa de lino blanco de un tirón seco, dejándola caer sobre la teca. Su torso ancho, bronceado y marcado por la musculatura tensa y las cicatrices del combate, brilló bajo la luz lunar como una armadura desnuda.

Extendió la mano hacia Sienna.

—Ven conmigo —le pidió él, y en su tono no había una orden ni una súplica; había una promesa de rendición total.

Sienna desanudó su pareo negro, dejándolo a un lado junto a sus gafas de sol. Se puso de pie frente a él en su bikini verde esmeralda, sintiendo el aire tibio de la noche acariciarle la piel. Colocó su mano pequeña y firme en la palma grande y áspera de Dante.

—¿A dónde, teniente?

—A donde no existan uniformes —respondió él con una sonrisa salvaje.

Dante la levantó de la cintura con una facilidad asombrosa y se lanzó al vacío con ella en brazos.

El impacto contra el agua tibia del Pacífico fue una explosión de destellos azules brillantes. Al sumergirse, el plancton se encendió alrededor de sus cuerpos como un enjambre de estrellas submarinas, delineando sus siluetas en un fuego frío y luminoso.

Emergieron a la superficie sacudiendo el agua, respirando el aire salado entre risas cómplices. Dante rodeó la cintura de Sienna con un brazo firme, sosteniéndola a flote mientras ella se apartaba los mechones mojados de la cara.

A cincuenta metros de la lancha, una pequeña playa de arena virgen descansaba al pie de los riscos, completamente inaccesible desde tierra firme y oculta de la vista del barco.

Nadaron juntos hacia la orilla.

Salieron del mar cubiertos por gotas de agua que aún parpadeaban con una tenue fosforescencia azul antes de extinguirse contra la arena blanca. El rumor de las risas de Liam, Chloe, Julian y Valeria en el yate llegaba apenas como un susurro lejano amortiguado por las olas.

Estaban solos en el fin del mundo.

Dante caminó tras ella hasta la sombra protectora de una roca gigante de granito que aún conservaba el calor del sol del mediodía.

Sienna se detuvo y se giró despacio. Tenía la respiración entrecortada por el nado; el agua marina le resbalaba por las clavículas, bajando por el escote del traje de baño y marcando cada línea de su figura atlética. Sus ojos castaños ardían con una intensidad que desafiaba a la noche entera.

Dante acortó la distancia con dos zancadas silenciosas.

No esperó. Tomó su rostro entre sus dos manos grandes y tibias, acunando su mandíbula con una delicadeza desgarradora que contrastaba brutalmente con la violencia de sus entrenamientos. Sus dedos acariciaron las mejillas de ella, temblando apenas por la necesidad salvaje de tenerla cerca:

—Mírame, Sienna —susurró Dante, inclinándose hasta que sus frentes se unieron, compartiendo el mismo aire húmedo—. No soy el héroe de tu historia. Nunca lo fui. Fui el imbécil que necesitó que le arrancaran el mundo de cuajo para entender que no hay medalla, ni honor, ni rango en este ejército que valga un solo segundo de tu mirada.

Sienna sintió que el pecho se le oprimía en una mezcla dolorosa y hermosa de emociones. Levantó las manos y las apoyó sobre el torso desnudo de Dante, sintiendo la piel firme, las marcas de sutura recientes en su hombro derecho y el latido desbocado de su corazón retumbándole en las palmas:

—Casi te mueres en esa bodega, Dante —susurró ella, con la voz quebrándose levemente por el recuerdo de la granada—. Casi te pierdo antes de que pudiera decirte...

—No me vas a perder —la cortó él con una ferocidad limpia, sellando la promesa con su mirada clavada en la de ella—. No me voy a morir mientras tú me necesites de pie. Puedes ponerme a prueba todos los días de mi vida. Puedes hacerme sangrar en la jaula de combate, puedes mandarme a la peor trinchera de la tierra... pero no me pidas que te deje ir, Sienna. Porque desde que te vi subir a esa colina en la nieve... me di cuenta de que mi único destino en este mundo era arrodillarme frente a ti.

Sienna no pudo resistir más.

La última barrera de hielo, la muralla de orgullo que la había sostenido a través del infierno de Black Site Four, se derrumbó por completo sobre la arena tibia de Cabo.

Enroscó sus brazos alrededor del cuello de Dante con una fuerza desesperada, tirando de él hacia abajo mientras sus labios colisionaban contra los del soldado con un fuego hambriento, desatado y absoluto.

Dante soltó un gruñido ronco y la atrapó de la cintura, levantándola del suelo para pegarla completamente contra su pecho caliente. La respaldó suavemente contra la superficie lisa de la roca de granito, devorando su boca con una pasión devoradora que sabía a sal, a peligro y a una rendición que ninguno de los dos había conocido jamás.

Sienna entreabrió los labios bajo los de él, gimiendo contra su boca mientras los dedos de Dante se hundían en su cabello húmedo, acariciándole la nuca, los hombros y bajando por su espalda con una posesión febril que le prendía fuego a cada terminación nerviosa. Ya no había comandantes ni subordinados; solo dos guerreros heridos curándose las cicatrices con el roce ardiente de su piel.

Dante bajó los besos por su mandíbula, trazando una línea de fuego sobre su cuello sensible hasta detenerse en la clavícula, donde sus labios rozaron la pequeña marca blanca de metralla:

—Eres mía, Sienna —murmuró Dante contra su piel, con la voz rota por una devoción que rozaba la locura—. Mía en la trinchera y mía en esta playa.

Sienna arqueó la espalda contra la piedra, enredando sus piernas alrededor de las caderas del soldado, clavando las uñas en sus hombros anchos mientras la brisa de la noche envolvía sus cuerpos entrelazados:

—Demuéstralo, Dante —susurró ella con el aliento entrecortado, mirándolo desde la penumbra con unos ojos oscurecidos por el deseo puro—. Demuéstrame que puedes sostener el fuego sin quemarte.

Dante levantó la mirada hacia ella con una sonrisa oscura, hermosa y salvaje que iluminó la noche del Pacífico:

—Voy a arder contigo, princesa. Hasta que no quede nada más que cenizas.

Y sobre la arena plateada de la cala olvidada, mientras a lo lejos las risas de sus amigos se desvanecían bajo el manto de las estrellas y el mar bioluminiscente encendía las olas con destellos azules, la intocable y su soldado sellaron un pacto que ninguna guerra, ningún general y ninguna ley militar tendría el poder de romper jamás.

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