Renata Solis tenía la vida que siempre soñó: un matrimonio estable de veinticinco años con Fernando Lavallée, un próspero ejecutivo, y dos hijos a los que adoraba. Ella era la esposa abnegada que cuidaba del hogar mientras su marido aseguraba el futuro familiar. Sin embargo, una llamada a la una de la madrugada destruye su mundo para siempre.
Tras correr al hospital, Renata no solo recibe la devastadora noticia de que Fernando ha muerto en un accidente de tránsito, sino que descubre que no iba solo: la mujer que viajaba a su lado en el copiloto tampoco sobrevivió. El día del entierro, la verdad sale a la luz de la forma más cruel cuando una compañera de trabajo le confiesa la pesadilla: Fernando llevaba más de tres años manteniéndole una doble vida a su amante, con quien además tenía una hija de año y medio.
Por si la traición no fuera suficiente, Renata descubre que su esposo hipotecó la casa familiar y entregó todo a su amante.
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Capítulo 13: Ya No Es Igual
Cuando Ricardo volvió a subir al automóvil y acomodó su saco, Lisset no tardó ni dos segundos en mirarlo con los ojos entrecerrados y una sonrisa maliciosa.
—¿Quién era esa mujer, papá?
—Es mi asistente... ¿Por qué? —respondió Ricardo, fingiendo desinterés mientras miraba por la ventana.
—Porque te pusiste nervioso cuando la viste —soltó la joven, señalándolo con el dedo.
—Lisset, ¿vas a empezar? —suspiró él con tono de advertencia.
—Ay, papá... aunque se nota que no es de nuestra misma clase social, por lo menos no tiene 25 años —bromeó Lisset, soltando una risita.
Ricardo no pudo evitar sonreír en silencio ante el comentario de su hija, guardando el secreto del vuelco que le había dado el corazón.
Mientras tanto, Renata llegó al pequeño apartamento cargando sus bolsas de compras. Comenzó a sacar las cosas sobre la mesa de la cocina, pero su mente seguía atrapada en el breve encuentro con su jefe. Recordaba la amabilidad en sus ojos, la caballerosidad al bajarse del auto y la calidez de su voz.
De repente, Renata sacudió la cabeza, reaccionando de golpe.
—Pero ¿qué estás haciendo, Renata? —se dijo a sí misma en voz alta, llevándose las manos a las mejillas calenturientas—. No puedes estar pensando en tu jefe... Mateo te está contagiando su locura.
Apretó los labios, prometiéndose mantener la cabeza fría y concentrarse únicamente en sus responsabilidades.
El fin de semana pasó entre la tranquilidad de su hogar y el descanso que tanto necesitaba. El lunes por la mañana llegó rápido. Renata madrugó, se arregló con impecable elegancia y llegó muy temprano a la compañía. Al notar que Ricardo aún no había llegado, se puso manos a la obra: acomodó con esmero el escritorio principal, colocó en el centro la agenda con las reuniones del día y corrió a la pequeña cocina para preparar el té. Tenía claro que Ricardo no tomaba café ni nada con cafeína, así que quería tener la taza humeante lista para cuando él cruzara la puerta.
Sin embargo, lo que Renata no imaginaba era lo que estaba sucediendo en ese preciso instante a las afueras de la mansión Del Solar.
Cuando Ricardo salía de su casa para subir al auto ejecutivo, Cony lo sorprendió apareciendo de la nada, bloqueándole el paso con el rostro tenso.
—Te di unos días para que recapacitaras y me llamaras, pero ni siquiera existes —reclamó la modelo con indignación contenida.
—Yo te dije que la decisión era tuya, Cony —respondió Ricardo con total frialdad, ajustándose el abrigo—. Para mí, nuestra relación ya terminó.
—¡No! No, Ricardo, no digas eso —pidió ella, cambiando de actitud e intentando tomarlo del brazo—. Está bien... me enojé y sí, tienes razón, me porté un poco grosera. Pero yo te amo, tú lo sabes. No quiero que terminemos, por favor.
—Cony, entiéndelo: yo ya soy un hombre maduro —respondió Ricardo, liberándose con firmeza de su agarre—. No me gustan tus berrinches ni tus jueguitos de niña. Así que si no cambias radicalmente esa actitud, esto se acabó aquí. Tú sabes muy bien cómo soy.
—Por favor, Ricardo, te lo suplico —rogó ella con la voz quebrada, juntando las manos—. Mira que me estoy humillando ante ti... Dame otra oportunidad, no te vas a arrepentir.
Ricardo guardó silencio unos segundos, mirando la desesperación en el rostro de la joven. Suspiró con pesadez, sintiendo más cansancio que compasión.
—Está bien. Te voy a dar otra oportunidad, pero no quiero volver a ver un solo berrinche ni que seas grosera con las demás personas. Y ahora me tengo que ir, ya es tardísimo para ir a la oficina.
—¡Gracias, mi amor! —exclamó Cony, cambiando el rostro al instante—. Dime que esta noche vas a ir al apartamento, por favor...
—Sí, está bien. Espérame esta noche.
Al escuchar su respuesta, Cony lo tomó del cuello y le dio un beso apasionado en los labios. Sin embargo, mientras ella lo besaba, Ricardo sintió algo completamente diferente: una frialdad ajena, una falta de emoción que lo dejó helado por dentro. Ya no había química, ni deseo, ni esa chispa que alguna vez lo distrajo. La imagen que acudió involuntariamente a su mente en ese instante fue la sonrisa serena y sincera de Renata.
Se despidió de Cony con un gesto distante, subió al automóvil y le pidió a su chofer que acelerara hacia la torre corporativa.
Minutos después, las puertas del ascensor ejecutivo se abrieron en el piso presidencial. Ricardo caminó a pasos rápidos por el pasillo, acomodándose el saco del traje.
Al entrar a su despacho, lo primero que vio fue a Renata. Llevaba una postura impecable, organizando con delicadeza la agenda y colocando una taza de té humeante justo a un lado de su escritorio.
—Buenos días, señor Del Solar —saludó Renata con una sonrisa cálida y una leve inclinación de cabeza—. Le preparé su té, está recién hecho.
Al verla y escuchar su voz pausada, la tensión con la que Ricardo había llegado desde su casa pareció disiparse de golpe.
—Buenos días, Renata... Muchas gracias —respondió él, acercándose al escritorio y mirándola fijamente a los ojos—. No sabe lo bien que me sienta ver alguien tan profesional y sereno a esta hora de la mañana.
Definitivamente no se que haría con Sergio porque es un rebelde sin causa que provoca sacarlo de la casa y dejarlo pasar carencias en la calle para que aprenda a ser más humilde, valorar a su madre y hermano que están haciendo lo imposible para que el pueda seguir estudiando mal agradecido.