Para el mundo financiero, Damian Valmont es un magnate intocable que compra voluntades sin pronunciar una sola amenaza en voz alta. Para el bajo mundo europeo, es la cabeza de un consorcio letal donde nadie sobrevive a un error.
Valeria Taylor llegó a su empresa huyendo de un pasado idéntico en Estados Unidos, con una sola regla innegociable: no volver a arrodillarse ante ningún monstruo con traje.
Ella es la única que se niega a firmar sus órdenes ilegales. Él es incapaz de intimidarla. Entre balances manipulados, secretos de familia y una atracción corrosiva que ninguno de los dos puede frenar, el juego de poder se convierte en una guerra íntima donde rendirse no es una opción.
Y cuando la sangre y la verdad salgan a flote, la única salida será una fuga que Damian jamás perdonará.
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Capítulo 4: Territorio hostil
Los seis meses siguientes fueron, a todos los efectos prácticos, una guerra de trincheras vestida de alta costura corporativa.
En el rascacielos de Ginebra se aprendió rápido una regla no escrita: si Damian Valmont convocaba una junta de urgencia a las siete de la mañana, Valeria Taylor llegaba a las siete menos cinco con un café solo y tres objeciones presupuestarias listas para desmontar la mitad de sus órdenes. Si Damian desviaba una partida de fondos a cuentas suizas no declaradas, Valeria bloqueaba la transferencia por «inconsistencias técnicas» antes de que los banqueros de Zúrich terminaran de acomodarse la corbata.
Nadie entendía por qué no la despedía.
Los directores veteranos hacían apuestas silenciosas en las cafeterías de la Rue du Rhône sobre cuánto tardaría la señorita Taylor en aparecer en las noticias como víctima de un misterioso accidente de esquí en los Alpes. Pero la carta de despido nunca llegaba. Al contrario: Damian parecía haber encontrado en Valeria al único interlocutor de todo el continente que no le provocaba un aburrimiento letal. La arrastraba a auditorías en Marsella, a negociaciones tensas en Viena y a cenas con inversores de rostro pétreo donde ella se sentaba a su lado, hierática y brillante, desarmando fraudes financieros con una precisión que hacía temblar a hombres acostumbrados a sobornar gobiernos enteros.
Era un pulso constante. Una danza sobre el filo de una navaja donde el menor paso en falso significaba quemarse con el fuego que ambos fingían no ver.
—Si vuelves a tachar mis notas al margen con tinta roja, voy a confiscar todas las plumas de tu piso —dijo Damian una tarde de noviembre, entrando a la oficina de Valeria sin molestarse en golpear.
Valeria ni siquiera levantó la vista del teclado. Había llovido todo el día y los cristales del piso treinta y ocho reflejaban las luces ambarinas del tráfico de Ginebra, transformando el despacho en una burbuja suspendida sobre la niebla.
—Si usted dejara de autorizar compras de repuestos navales a empresas fantasmas registradas en Chipre, señor Valmont, yo no tendría motivos para dejar su presupuesto sangrando en rojo —replicó ella con voz pausada.
Damian avanzó con esa cadencia suya, silenciosa y deliberada, hasta detenerse al borde del escritorio. Llevaba un abrigo negro de lana que goteaba levemente por la lluvia exterior y un traje marengo de tres piezas que parecía haber sido esculpido sobre su cuerpo. Había una tensión contenida en sus hombros, esa electricidad oscura que siempre lo acompañaba y que Valeria había aprendido a leer con alarmante exactitud.
—Chipre tiene ventajas fiscales que optimizan el margen operativo en un catorce por ciento —dijo él, apoyando ambas palmas sobre la superficie de metal negro e inclinándose hacia ella.
El aroma a cedro, lluvia y ese rastro metálico inconfundible de su presencia envolvió el aire de inmediato. Valeria sintió el calor de su proximidad como un golpe físico en el pecho, pero mantuvo los dedos firmes sobre el teclado, obligando a sus pupilas a no desviarse hacia la curva de su cuello donde la camisa blanca asomaba bajo el nudo perfecto de la corbata.
—Chipre es un colador legal que la fiscalía europea tiene en la mira desde el mes pasado —dijo ella, levantando por fin la barbilla para encararlo—. Y no me pagan para optimizar márgenes a costa de pasar un fin de semana en un calabozo federal explicando por qué un carguero con bandera chipriota llevaba casquillos de bala mezclados con fertilizante.
Damian la miró fijamente. Sus ojos ámbar brillaron en la penumbra con una chispa peligrosa, casi divertida.
—Te gusta llevarme la contraria, Valeria. Casi parece una fijación personal.
—Me gusta conservar mi libertad y mi récord limpio, señor Valmont. Llámelo instinto de conservación.
—Si tuvieras instinto de conservación, habrías renunciado la primera semana.
Él estiró la mano despacio. Por un instante, Valeria pensó que iba a tocarle el rostro, y su cuerpo entero se puso en guardia, preparado para rechazar el contacto o perderse en él. Sin embargo, los dedos largos de Damian solo se cerraron sobre la pluma carmesí que descansaba junto al teclado. La levantó, haciéndola girar con una destreza milimétrica entre los nudillos.
—Esta noche viajas conmigo a Zúrich —dijo él, con tono de orden inapelable.
Valeria arqueó una ceja, reclinándose en su sillón ergonómico con los brazos cruzados.
—La gala benéfica de la Fundación Helvetia no requiere la presencia de operaciones. Es un desfile de vanidades para multimillonarios aburridos y diplomáticos que fingen salvar al mundo mientras beben champán de cuatro mil francos. Envíe a su departamento de relaciones públicas.
—El departamento de relaciones públicas no sabe leer una cláusula trampa en un contrato de fletes en tres idiomas distintos —cortó Damian—. Markus Von Berg estará ahí. Pretende firmar la cesión de los astilleros del Báltico antes de que termine el año, y sus abogados son tan retorcidos como él. Necesito a alguien que no se distraiga con los diamantes de su esposa ni se deje intimidar por sus títulos nobiliarios.
—Contrate a un bufete corporativo.
—Ya tengo al mejor bufete de la ciudad en nómina —Damian apoyó la pluma en el escritorio con un golpe seco y la miró desde arriba con una intensidad que hizo que el aire se volviera denso como melaza—. Pero tú eres la única que detectó la doble contabilidad en Basilea en menos de una hora. Y eres la única a la que no puedo manipular con dinero.
Valeria lo miró con fijeza. Había algo más en su voz, una grieta microscópica en su fachada de arrogancia invulnerable que Damian no solía permitir que nadie viera. Por un segundo fugaz, la sombra bajo sus ojos delató agotamiento. Un cansancio antiguo, no de negocios, sino de alguien que vive en estado de alerta perpetua, vigilando las esquinas para no ser apuñalado por la espalda.
Valeria conocía esa mirada. La había visto en su propio padre durante los peores inviernos en Boston, cuando las familias rivales rompían los acuerdos y los puertos se teñían de sangre.
—No tengo ropa para una gala de la alta sociedad suiza, señor Valmont —dijo ella, buscando una excusa práctica para levantar un muro entre ambos.
Damian curvó los labios en esa media sonrisa letal que le revolvía el estómago de una forma que ella odiaba admitir.
—Kassian ya dejó un par de cajas en tu apartamento esta tarde. Salimos del helipuerto privado a las ocho en punto. No llegues tarde, Valeria. Odio esperar.
Se giró sin darle tiempo a responder y cruzó la puerta con la misma seguridad insultante con la que había entrado.
A las siete y cuarenta, el espejo del modesto apartamento de Valeria en Carouge le devolvió una imagen que apenas reconoció.
La caja enviada por Valmont no contenía un vestido ostentoso ni vulgar. Damian conocía el poder de la sobriedad tan bien como ella. El vestido era de satén de seda negro azabache, de líneas limpias, con mangas largas ajustadas, cuello alto por delante y una espalda completamente descubierta que caía en una curva líquida hasta la cintura. No había brillos ni adornos innecesarios; solo la caída perfecta de una tela que costaba más que tres meses de su sueldo anterior, amoldándose a sus curvas con una precisión casi obscena.
Valeria se recogió el cabello en un moño bajo desestructurado, dejando que un par de mechones oscuros cayeran junto a sus mejillas. No se puso joyas, excepto un reloj de pulsera de acero plano y unos pendientes diminutos.
Antes de tomar su bolso de mano, abrió el cajón oculto del fondo de su armario. Miró por un segundo la pequeña navaja táctica de titanio negro con mango de fibra de carbono que guardaba desde su huida de Boston. La deslizó con un movimiento mecánico en la liga oculta bajo la abertura lateral del vestido.
Un viejo hábito de supervivencia. En el mundo de Damian Valmont, las sonrisas en copas de cristal solían ser tan letales como las balas en un callejón oscuro.
El helicóptero cruzó el cielo nocturno sobre los Alpes en dirección a Zúrich en un silencio cargado de pólvora.
Dentro de la cabina privada, el murmullo amortiguado de las hélices era el único sonido de fondo. Damian estaba sentado frente a ella. Llevaba un esmoquin negro impecable, la camisa de pechera blanca inmaculada y el nudo de la pajarita perfectamente alineado. Al verla subir a la aeronave, sus ojos ámbar se habían dilatado un milímetro apenas perceptible, recorriendo la piel desnuda de su espalda cuando ella tomó asiento con una naturalidad fría que lo desafiaba a hacer un comentario.
No dijo nada. Durante los cuarenta minutos de vuelo, solo intercambiaron un par de notas técnicas sobre los astilleros de Von Berg. Pero cada vez que el helicóptero se ladeaba y las rodillas de ambos se rozaban de forma inevitable, el contacto enviaba una descarga eléctrica que hacía crujir el espacio entre sus asientos.
El Gran Hotel Dolder, en las colinas que dominaban la ciudad de Zúrich, brillaba como una corona de oro sobre la nieve recién caída. Decenas de limusinas blindadas y deportivos de lujo se alineaban ante la escalinata de mármol. Hombres con condecoraciones diplomáticas y mujeres cubiertas de pieles y zafiros ascendían bajo la lluvia fina protegidos por paraguas de seda.
Al bajar del vehículo que los trasladó desde el helipuerto, Damian le ofreció el brazo.
Valeria se detuvo un instante en el primer escalón. Lo miró con una ceja ligeramente arqueada.
—¿Esto es parte del protocolo corporativo o una demostración de territorio? —preguntó ella en un susurro mordaz.
—Es ambas cosas, señorita Taylor —respondió él, con una voz profunda que rozó su coronilla mientras la tomaba suavemente de la muñeca para acomodar la mano de ella en la curva de su antebrazo cubierto por el paño del esmoquin—. Y si pretende sobrevivir a los tiburones de esta sala sin que sospechen por qué no sonríe en las fotos, le sugiero que finja que no me odia durante las próximas tres horas.
—Yo no finjo, Valmont —dijo ella, clavándole los dedos en el brazo con una firmeza que no tenía nada de sumisa—. Pero puedo actuar como si fuera civilizada si eso evita que firme una concesión suicida con los alemanes.
Damian soltó una risa baja, gutural, y por una fracción de segundo la apretó apenas un milímetro más contra su costado mientras cruzaban las puertas doradas del salón principal.
El aire dentro olía a flores caras, perfumes importados y una calma falsa y artificial. Cientos de miradas se giraron de inmediato hacia ellos en cuanto el maestro de ceremonias anunció la entrada del propietario de Valmont Global. La gente murmuraba con respeto reverencial, abriendo paso como el mar ante una roca impenetrable.
Pero Valeria no estaba mirando los candelabros de cristal de Bohemia ni las bandejas de plata que circulaban entre la multitud.
Sus ojos, entrenados desde la adolescencia para escanear esquinas y evaluar amenazas invisibles, notaron de inmediato las anomalías. Cuatro hombres con pinganillos en las esquinas del salón que no miraban a los invitados, sino que vigilaban las salidas de emergencia con los brazos caídos en un ángulo tenso. Un camarero al fondo de la barra que servía copas con las manos demasiado rígidas para alguien del servicio habitual. Y una sombra al otro lado de la terraza acristalada que observaba a Damian con una fijeza que no tenía nada que ver con los negocios legales.
Valeria apretó levemente el brazo de Damian.
—Valmont —susurró ella, sin alterar la sonrisa educada que mostraba hacia un embajador que los saludaba con una inclinación de cabeza.
—¿Qué pasa? —preguntó él, manteniendo la vista al frente mientras devolvía el saludo diplomático.
—Sus hombres de seguridad son unos incompetentes —dijo ella con voz helada—. O quien organizó la lista de invitados acaba de cometer un error que nos va a costar caro antes de la medianoche.