Lady Evelyn Ashbourne murió a los setenta y seis años después de vivir una existencia marcada por las infidelidades de su esposo, la soledad y un amor que nunca recibió. Sin embargo, el destino le concedió una segunda oportunidad: despertó nuevamente a los dieciocho años, conservando todos los recuerdos de su vida anterior.
Esta vez, Evelyn no volverá a cometer los mismos errores. En lugar de elegir al encantador vizconde que destruyó su felicidad, aceptará casarse con Adrian de Blackthorne, el temido duque al que rechazó en su primera vida.
Frío, intimidante y despiadado con sus enemigos, Adrian esconde heridas y secretos que nadie se atreve a descubrir. Su matrimonio comenzará como un acuerdo entre dos familias, pero la convivencia despertará sentimientos que ninguno de los dos estaba preparado para enfrentar.
NovelToon tiene autorización de SugarBloom para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
La invitación de la Reina.
La carta permaneció sobre el escritorio durante toda la noche.
Adrian no permitió que nadie la tocara después de leerla por segunda vez. Había ordenado que cerraran las puertas de la residencia, que dos guardias vigilaran la entrada principal y que ningún mensajero abandonara la propiedad sin ser interrogado.
La noticia de que su padre había sido asesinado no solo había reabierto una herida que llevaba años intentando ignorar. También había convertido cada recuerdo de su infancia en una posible mentira.
Evelyn lo encontró al amanecer en la biblioteca.
No se había cambiado de ropa. Su abrigo descansaba sobre el respaldo de una silla y tenía una copa de licor intacta junto a los documentos que había extendido sobre el escritorio.
—No ha dormido —dijo ella desde la puerta.
Adrian no levantó la cabeza.
—Tampoco usted.
Evelyn entró y cerró suavemente.
—Yo al menos he tenido la decencia de intentarlo.
—Una virtud admirable.
—Y usted tiene una habilidad extraordinaria para convertir cualquier conversación en una discusión.
Él dejó la pluma sobre la mesa.
—No estoy de humor para discutir, Evelyn.
Ella se acercó sin perder la calma.
—Entonces no discutiremos.
Adrian alzó la mirada. Parecía cansado, pero no era el cansancio físico lo que más preocupaba a Evelyn. Había algo en sus ojos, una rigidez que no estaba allí la noche anterior.
Después de aquel beso, había imaginado que entre ellos se abriría una nueva puerta.
No esperaba que, al amanecer, volviera a encontrarlo levantando muros.
—¿Ha averiguado algo sobre la carta? —preguntó.
—El mensajero desapareció antes de que mis hombres pudieran interrogarlo. El sobre no lleva sello, y la persona que lo entregó conocía detalles que solo alguien cercano a mi familia podría conocer.
—¿Y la letra?
—No la reconozco.
Evelyn observó los documentos.
—¿Qué dice exactamente?
Adrian dudó.
—Que mi padre fue asesinado después de descubrir la verdad sobre la muerte de mi madre.
—¿Y quién lo escribió?
—No lo sabemos.
—¿Menciona a alguien más?
Él apretó la mandíbula.
—Sí.
Evelyn esperó.
—A mí.
Ella frunció el ceño.
—¿A usted?
Adrian tomó la carta y se la entregó.
Evelyn leyó el breve mensaje.
Al duque de Blackthorne:
Su padre no murió de una enfermedad del corazón. Fue asesinado porque descubrió lo que ocurrió la noche del 17 de octubre de 1816. Si desea conocer el nombre de quien lo traicionó, deje de buscar únicamente entre los muertos.
El asesino sigue vivo.
Y su hijo está más cerca de la verdad de lo que imagina.
Pero tenga cuidado, milord. La mujer que ha elegido para casarse podría ser la última pieza de un juego que comenzó mucho antes de su nacimiento.
Evelyn volvió a leer la última frase.
La mujer que ha elegido para casarse.
No decía que ella fuera culpable, pero tampoco era una advertencia inocente.
—¿Cree que alguien está intentando separarnos? —preguntó.
—Creo que alguien sabe que usted se ha convertido en una persona importante para mí.
Evelyn sintió un vuelco en el corazón.
Adrian pareció darse cuenta de lo que acababa de decir. Apartó la mirada y recogió unos papeles que no necesitaban ser recogidos.
—Eso la convierte en un posible objetivo —añadió—. No permitiré que le ocurra nada.
Evelyn apoyó las manos sobre el escritorio.
—Adrian, míreme.
Él obedeció después de un instante.
—No puede protegerme de todo.
—Puedo intentarlo.
—Y yo puedo decidir si quiero acompañarlo en esto.
—No es una discusión que esté dispuesto a tener.
—Qué conveniente. Cuando no tiene argumentos, simplemente decide que la conversación ha terminado.
Adrian la miró con incredulidad.
—¿Siempre tiene que llevarme la contraria?
—No. Solo cuando se empeña en tratarme como si fuera una pieza de porcelana.
—No quiero que termine herida por mi culpa.
La voz de Adrian perdió parte de su dureza.
Evelyn comprendió entonces que no estaba intentando dominarla. Tenía miedo.
Miedo de perder a otra persona.
Y ese miedo era mucho más difícil de combatir que su orgullo.
Ella rodeó el escritorio y se detuvo a su lado.
—No le pediré que deje de preocuparse por mí —dijo suavemente—. Pero tampoco le permitiré que utilice su preocupación como excusa para alejarme.
Adrian bajó los ojos hacia sus manos.
—No sabe lo que significa perder a alguien a quien ama.
Evelyn sintió que aquellas palabras le atravesaban el pecho.
Si él supiera.
Si pudiera contarle que había pasado toda una vida amando a un hombre que jamás la había elegido de verdad, que había muerto sola y que incluso después de la muerte había recibido una oportunidad para empezar de nuevo.
Pero su pasado era un secreto que todavía no podía compartir.
—Quizá no de la misma manera que usted —respondió—. Pero sé lo que significa pasar años lamentando cosas que ya no podemos cambiar.
Adrian la observó largamente.
Finalmente, extendió la mano.
Evelyn entrelazó sus dedos con los de él.
No hubo promesas ni grandes declaraciones. Solo aquel gesto sencillo, que pareció devolverle un poco de calma.
Hasta que alguien llamó a la puerta.
—Milord, ha llegado una invitación de palacio.
Adrian cerró los ojos un instante.
—Déjela sobre la mesa.
El criado entró con un sobre blanco adornado con el sello de la casa real.
Cuando Adrian lo abrió, su expresión se volvió todavía más sombría.
—¿Qué ocurre? —preguntó Evelyn.
Él le tendió la invitación.
En el interior, una elegante caligrafía anunciaba el baile de invierno de Su Majestad la reina. La presencia del duque de Blackthorne era requerida, junto con la de su prometida, Lady Evelyn Ashbourne.
El baile tendría lugar en tres días.
Evelyn levantó la mirada.
—Parece que conoceremos a la reina antes de lo previsto.
—No es la reina lo que me preocupa.
—¿Entonces qué?
Adrian señaló una línea al final de la invitación.
Se ruega a los invitados acudir acompañados de sus prometidos oficiales, a fin de presentar a la corte las futuras uniones entre las casas nobles.
Debajo aparecía una anotación escrita a mano.
La reina desea conocer personalmente a la futura duquesa de Blackthorne.
Evelyn sonrió levemente.
—¿Debería sentirme halagada?
—Debería estar preparada.
—¿Para qué?
Adrian sostuvo su mirada.
—Para que toda la corte intente averiguar por qué la he elegido a usted.
Evelyn dejó la invitación sobre la mesa.
—Entonces será mejor que les demos una buena historia que contar.
Por primera vez aquella mañana, Adrian pareció a punto de sonreír.
—Empiezo a sospechar que disfruta de los problemas.
—No. Disfruto de ver la cara de las personas cuando descubren que no pueden intimidarme.
—Eso, precisamente, es lo que me preocupa.
La noticia del baile real se extendió por la capital antes del mediodía.
En las residencias aristocráticas, las damas comenzaron a discutir el vestido que llevarían. Los caballeros intercambiaron apuestas sobre la duración del compromiso. Y en los salones de té, donde las palabras podían destruir una reputación con mayor facilidad que una acusación formal, el nombre de Evelyn Ashbourne se convirtió en el tema de conversación favorito.
La futura duquesa.
La joven que había rechazado a un vizconde para aceptar al hombre más temido de la nobleza.
La muchacha que, según algunos, había conseguido lo que ninguna otra mujer había logrado.
Captar el interés de Adrian de Blackthorne.
Pero no todos celebraban su compromiso.
En una residencia cercana al palacio, Lady Isabella Langford contemplaba su reflejo mientras una doncella ajustaba los botones de su vestido.
—¿Está segura de que desea asistir al baile, milady? —preguntó la joven—. Después de lo ocurrido en Blackthorne…
—Precisamente por lo ocurrido en Blackthorne, asistiré.
Isabella se puso de pie.
Sobre el tocador descansaban varios sobres, algunos abiertos y otros todavía sellados. Junto a ellos había un pequeño retrato de Eleanor de Blackthorne.
La madre de Adrian.
Isabella tomó el retrato y lo sostuvo entre los dedos.
—Creí que todo esto había terminado —murmuró.
—¿Milady?
—Nada. Puedes retirarte.
Cuando la doncella salió, Isabella abrió uno de los sobres.
Dentro había una nota escrita con una letra elegante y precisa.
La investigación ha avanzado. Si el duque encuentra los documentos originales, todo saldrá a la luz.
Isabella arrugó el papel.
—No mientras yo pueda impedirlo.
Sin embargo, antes de arrojarlo al fuego, sus ojos se detuvieron en una frase escrita al final.
La muchacha no es quien parece ser.
Isabella sintió un escalofrío.
Durante las últimas semanas había recibido varias advertencias anónimas. Al principio creyó que se trataba de intentos de chantaje relacionados con la muerte de Beatrice. Después comenzó a sospechar que alguien había estado observando a Evelyn mucho antes de su llegada a Blackthorne.
Y eso era lo que más le preocupaba.
Porque, si sus sospechas eran correctas, Evelyn Ashbourne no había aparecido en la vida de Adrian por casualidad.
Y alguien estaba dispuesto a destruir a cualquiera que se interpusiera en su camino.
Los preparativos para el baile comenzaron esa misma tarde.
Evelyn estaba acostumbrada a vestir con elegancia, pero nunca había tenido que prepararse para una presentación ante la reina. Su doncella había extendido sobre la cama tres vestidos cuidadosamente seleccionados: uno azul pálido, otro verde oscuro y uno de color marfil bordado con delicados hilos plateados.
—El marfil, sin duda —declaró Margaret mientras observaba las prendas—. Le dará un aspecto distinguido sin hacerla parecer demasiado seria.
Evelyn acarició la tela.
Era hermoso, pero también demasiado parecido al vestido que había llevado la última vez que había asistido a un gran baile en su vida anterior.
El recuerdo apareció sin previo aviso.
Un salón iluminado por candelabros. Su primer esposo inclinándose para besarle la mano. Las promesas pronunciadas en voz baja. La certeza, tan ingenua entonces, de que el matrimonio sería el comienzo de una vida feliz.
Recordó también el final.
Los años de indiferencia. Las habitaciones vacías. Las excusas. Las amantes de su marido, cuyos nombres terminaba conociendo toda la casa menos ella.
Evelyn apartó la mano del vestido.
—El azul —decidió.
Margaret la miró con sorpresa.
—¿El azul oscuro, milady?
—Sí.
No volvería a vestirse para complacer los recuerdos de una vida que ya había terminado.
Aquella noche no sería la joven que había aceptado ser ignorada. Tampoco intentaría convertirse en una mujer distinta para agradar a la corte.
Iría como Evelyn Ashbourne.
Y si Adrian de Blackthorne deseaba presentarla como su futura esposa, tendría que hacerlo con la mujer que ella había decidido ser.
Al día siguiente, Adrian regresó de una reunión con sus abogados y encontró a Evelyn en el salón, leyendo un libro junto a la ventana.
—Necesito hablar con usted.
Ella cerró el volumen.
—Eso suele significar que ha ocurrido algo desagradable.
—He recibido información sobre su familia.
Evelyn se incorporó lentamente.
—¿Mi familia?
—Más concretamente, sobre su abuelo.
Ella frunció el ceño.
Su abuelo había muerto cuando ella era pequeña. En su primera vida apenas conservaba recuerdos de él, y su familia rara vez hablaba de sus últimos años.
—¿Qué ocurre con él?
Adrian se sentó frente a ella.
—Mi padre y su abuelo se conocían.
Evelyn sintió que el aire abandonaba sus pulmones.
—¿Está seguro?
—He encontrado una carta entre los documentos de mi padre. Está fechada en 1816 y dirigida a un hombre llamado Thomas Ashbourne.
Thomas.
El nombre de su abuelo.
—¿Qué decía la carta?
—Todavía no he podido encontrar la respuesta. Solo tengo la primera página.
Adrian sacó un documento del bolsillo interior de su abrigo y se lo entregó.
La caligrafía era antigua, pero legible.
Mi querido Thomas:
Después de lo sucedido, no puedo confiar en nadie de nuestra posición. La muerte de Eleanor no fue un accidente, y temo que mi propia vida corra peligro. Si algo me ocurre, protege los documentos que te entregué. No permitas que caigan en manos de los Langford.
Evelyn leyó las líneas dos veces.
Los Langford.
La familia de Isabella.
—¿Qué documentos le entregó su padre a mi abuelo?
—No lo sé.
—¿Y por qué mi abuelo nunca habló de ellos?
Adrian negó lentamente con la cabeza.
—Quizá intentó proteger a su familia.
Evelyn se quedó mirando la carta.
Había pasado toda una vida creyendo que conocía su propia historia. Sin embargo, en aquella segunda oportunidad, cada respuesta parecía abrir una pregunta todavía más inquietante.
—¿Cree que mi familia estuvo involucrada en la muerte de su madre?
—Creo que alguien de mi familia y alguien de la suya compartían un secreto. No sé si ese secreto fue la causa de las muertes o si ambos intentaban impedir algo peor.
Evelyn levantó la mirada.
—Entonces debemos encontrar los documentos.
—Sí.
—Y no pienso quedarme fuera de la investigación.
Adrian suspiró.
—Lo imaginaba.
—Me alegra que empiece a conocerme.
Él la contempló durante un momento y después se inclinó hacia delante.
—Hay otra cosa que debo decirle antes del baile.
La expresión de Evelyn se volvió seria.
—¿Qué ocurre?
Adrian pareció buscar las palabras adecuadas.
—Antes de que nuestras familias organizaran el compromiso, yo ya había oído hablar de usted.
Evelyn sintió un pequeño estremecimiento.
—¿De mí?
—Sí.
—¿Dónde?
—En una carta que mi madre escribió poco antes de morir.
El silencio se apoderó del salón.
Evelyn recordó la habitación cerrada, las cartas atadas con cinta azul y aquella frase del medallón: La verdad permanece, aunque el tiempo la sepulte.
—¿Qué decía la carta?
Adrian sostuvo su mirada.
—Mencionaba a una niña de la familia Ashbourne. Mi madre escribió que, algún día, esa niña podría ayudarme a descubrir la verdad.
Evelyn se quedó completamente inmóvil.
No podía ser.
Ella había nacido años después de la muerte de Eleanor.
No existía ninguna explicación razonable para que aquella mujer hubiera escrito sobre ella.
—¿Está seguro de que hablaba de mí? —preguntó con dificultad.
—La carta mencionaba el nombre de su familia y una frase que nunca he olvidado.
Adrian se levantó, caminó hasta la ventana y volvió a mirarla.
—Decía que una joven Ashbourne tendría que elegir entre repetir los errores de sus antepasados o romper el ciclo de una vez por todas.
Evelyn sintió que el corazón comenzaba a latirle con fuerza.
Aquellas palabras parecían demasiado cercanas a su propia experiencia.
Como si Eleanor hubiera sabido que, algún día, ella recibiría una segunda oportunidad.
Como si alguien hubiera previsto que volvería a vivir.
Pero eso era imposible.
¿Verdad?
—¿Por qué no me lo dijo antes? —preguntó.
—Porque no estaba seguro de que fuera usted. Y porque no quería que creyera que la había elegido por una profecía, por una carta o por una obligación que nunca pidió.
Adrian se acercó.
—La elegí porque, cuando la conocí, vi a una mujer que no intentaba agradarme. Una mujer que me contradijo, que me miró a los ojos y que no pareció sentir lástima por mí cuando le hablé de mi madre.
Su voz se suavizó.
—Y porque, desde que llegó a Blackthorne, he empezado a esperar cosas que llevaba años sin esperar de nadie.
Evelyn sintió un nudo en la garganta.
—¿Qué cosas?
Adrian la miró como si la respuesta fuera evidente, pero decirla en voz alta le resultara más difícil que enfrentarse a cualquier enemigo.
—Su compañía. Sus opiniones. Sus discusiones absurdas durante el desayuno.
Ella sonrió a pesar de la inquietud que todavía sentía.
—Mis discusiones no son absurdas.
—Por supuesto que no.
—Y espero que no esté insinuando que disfruta de ellas.
—Jamás me atrevería.
Evelyn bajó la mirada para ocultar su sonrisa.
Entonces Adrian tomó su mano.
—No sé qué escribió mi madre ni por qué mencionó a su familia. Pero hay algo que quiero que comprenda.
Ella levantó los ojos.
—No voy a casarme con una carta, Evelyn. Voy a casarme con usted.
Por un instante, el mundo pareció detenerse.
Evelyn había pasado una vida entera esperando escuchar palabras que jamás llegaron.
Ahora, frente a un hombre que apenas comenzaba a conocerla, descubría que las promesas podían ser peligrosas precisamente porque una parte de ella todavía deseaba creer en ellas.
—Entonces tendrá que aprender a confiar en mí —susurró.
Adrian apretó suavemente sus dedos.
—Eso intento.
La noche del baile real llegó envuelta en una lluvia fina.
El palacio brillaba bajo cientos de lámparas. Los carruajes se alineaban frente a la escalinata, mientras los criados anunciaban los nombres de los invitados y los guardias reales vigilaban cada entrada.
Evelyn descendió del carruaje con el corazón latiéndole más rápido de lo que deseaba admitir.
Llevaba el vestido azul oscuro que había elegido, adornado con bordados plateados en las mangas y el escote. Su cabello estaba recogido en un peinado elegante, con algunos mechones enmarcando su rostro.
Adrian la esperaba junto a la puerta.
Cuando la vio, se quedó inmóvil.
Evelyn levantó una ceja.
—¿Hay algún problema, milord?
—No.
—Entonces, ¿por qué me mira de esa manera?
Él le ofreció el brazo.
—Estoy intentando recordar cómo se supone que debo comportarme.
Evelyn sonrió.
—Le recomiendo empezar por no insultar a nadie durante los primeros diez minutos.
—Haré un esfuerzo extraordinario.
Ella aceptó su brazo.
Mientras ascendían por la escalinata, los murmullos comenzaron a extenderse entre los invitados.
El duque había llegado acompañado de su prometida.
Y no parecía dispuesto a separarse de ella.
En el gran salón, las conversaciones disminuyeron cuando anunciaron sus nombres.
—Su Excelencia, el duque de Blackthorne, y Lady Evelyn Ashbourne.
Cientos de ojos se volvieron hacia ellos.
Evelyn mantuvo la cabeza erguida.
No permitiría que la intimidaran.
No después de haber sobrevivido a una vida entera de desprecio.
Adrian inclinó ligeramente la cabeza hacia ella.
—¿Está preparada?
Evelyn le dedicó una sonrisa serena.
—Siempre.
Y juntos entraron en el salón.
La reina los recibió poco después.
Era una mujer de cabello plateado, mirada aguda y una elegancia que no necesitaba adornos para imponerse. Estaba rodeada por varios miembros de la corte, pero cuando Adrian y Evelyn se acercaron, les concedió toda su atención.
—Duque de Blackthorne —saludó—. Hacía tiempo que no tenía el placer de verlo.
—Majestad.
Adrian hizo una reverencia y Evelyn imitó el gesto con precisión.
La reina examinó a la joven durante unos segundos.
—Así que usted es Lady Evelyn Ashbourne.
—Sí, Majestad. Es un honor conocerla.
—He oído hablar de usted.
Evelyn mantuvo la sonrisa.
—Espero que hayan sido cosas buenas.
La reina dejó escapar una pequeña risa.
—Eso depende de a quién se le pregunte.
Adrian intervino con calma.
—Lady Evelyn tiene la costumbre de despertar opiniones.
—Una habilidad útil en la corte —respondió la reina—, siempre que sepa distinguir entre una opinión y una amenaza.
Sus ojos se desplazaron hacia Adrian.
—Y usted, querido duque, tendrá que aprender que una esposa no es una propiedad que pueda guardar bajo llave.
Evelyn tuvo que hacer un esfuerzo para no sonreír.
Adrian inclinó la cabeza.
—Confío en que mi prometida no permita que lo olvide, Majestad.
La reina pareció complacida.
—Eso espero. La nobleza necesita menos matrimonios por conveniencia y más personas dispuestas a decirse la verdad.
Después de intercambiar algunas palabras sobre la familia Ashbourne y los preparativos de la boda, la reina pidió que Evelyn la acompañara a conocer a unas damas de la corte.
Adrian se vio obligado a permanecer con varios consejeros.
Antes de separarse, tomó la mano de Evelyn y la sostuvo un instante.
—No se aleje demasiado.
Ella lo miró con diversión.
—¿Eso es una orden?
—Una petición.
La respuesta borró la sonrisa burlona de Evelyn.
—Entonces intentaré cumplirla.
La reina observó el intercambio con una expresión que parecía esconder una historia propia.
—Venga, querida —dijo, tomando suavemente a Evelyn del brazo—. Hay personas que llevan demasiado tiempo esperando conocerla.
Evelyn sintió una inquietud repentina.
—¿A mí, Majestad?
Pero la reina ya había comenzado a caminar.
Y cuando llegaron al otro extremo del salón, una anciana aristócrata se levantó lentamente de su asiento.
Tenía el cabello completamente blanco, un bastón de madera oscura y unos ojos extraordinariamente claros.
Al ver a Evelyn, dejó caer el abanico que sostenía entre los dedos.
—No puede ser… —susurró.
La reina se detuvo.
—Lady Beatrice, ¿se encuentra bien?
La anciana no pareció escucharla.
Seguía mirando a Evelyn.
—Es el mismo rostro —murmuró—. Los mismos ojos.
Evelyn sintió que la sangre se le helaba.
—¿Nos conocemos, milady?
La anciana dio un paso hacia ella.
—No puede recordarme. Usted era apenas una niña cuando…
Se interrumpió de golpe.
Evelyn sintió que el salón entero comenzaba a girar a su alrededor.
—¿Cuando qué?
Lady Beatrice miró a la reina y después volvió a fijar los ojos en Evelyn.
Su rostro había perdido todo el color.
—Cuando murió.
Evelyn dejó de respirar por un instante.
—¿Disculpe?
La anciana apretó el bastón con ambas manos.
—Perdóneme, querida. No debería haber dicho eso.
—¿Cómo sabe quién soy?
Lady Beatrice abrió la boca, pero antes de que pudiera responder, un hombre apareció detrás de ellas.
Era alto, vestía un elegante traje negro y llevaba una insignia de la casa real.
Evelyn lo reconoció inmediatamente.
No porque lo hubiera visto en aquella vida.
Sino porque había visto su rostro en un retrato antiguo que Adrian guardaba entre los documentos de su padre.
El hombre se inclinó ante la reina.
—Majestad, disculpe la interrupción. Necesito hablar con Lady Evelyn Ashbourne.
La reina frunció el ceño.
—¿Y cuál es el motivo de semejante urgencia?
El hombre volvió la mirada hacia Evelyn.
—Se trata de un documento que ha permanecido oculto durante muchos años.
Después añadió, en voz baja, unas palabras que solo ella alcanzó a escuchar.
—Su Excelencia, el duque, no debe saberlo todavía.
Evelyn sintió que el corazón le golpeaba el pecho.
—¿Quién es usted?
El hombre inclinó la cabeza.
—Lord Sebastian Whitmore, a su servicio.
Evelyn miró hacia el otro extremo del salón.
Adrian seguía rodeado por los consejeros, pero parecía haber advertido que algo ocurría. Sus ojos se encontraron a través de la multitud.
Él comenzó a avanzar hacia ella.
Y entonces Lord Whitmore le entregó un pequeño sobre.
En el frente estaba escrito su nombre.
Lady Evelyn Ashbourne.
Pero no era la caligrafía de ningún miembro de su familia.
Era la suya.
La misma letra que había utilizado durante toda su vida anterior.
Evelyn abrió el sobre con dedos temblorosos.
Dentro había una sola frase.
Si has vuelto, significa que todavía estás a tiempo de impedir que Adrian muera.
Evelyn levantó la mirada.
Al otro lado del salón, Adrian acababa de detenerse.
Y detrás de él, entre los invitados, Isabella Langford sonreía.
___________🌸
Que abra pasado???
Quede en suspenso.
😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳
Oooooooo por Diosssssssssssssssssss.
Esto está buenísimo cada capítulo es excelente.
En 1 momento si imagine que el otro Adrián era su hermano gemelo.
Me super encanta todos esos secretos que pico a poco van saliendo a la luz.
Oooooooo cielos.
En esa casa aparecen y desaparecen los muertos como si de vivos se tratara y en los momentos más oportunos.
😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳
Me encanta la Historia
👌👌👌👌👌👌👌👌👌👌👌👌👌
🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣
Me volví masoquista.
😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁
Oooooooo, vaya, hasta a mi me picó la super curiosidad por saber que ahy detrás se esa puerta.
👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀
😊😊😊😊😊😊😊😊😊😊😊😊
Me encanta Margaret,.
😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁