Lady Eleanor lo dio todo por amor y recibió a cambio una taza de té envenenado, la humillación pública y una ejecución silenciosa ordenada por el hombre al que juró amar: el príncipe heredero y su propio prometido. Pero la muerte no fue el final, sino el despertar de una furia milenaria.
Reencarnada en su propio cuerpo justo antes del baile de compromiso que selló su perdición, Eleanor decide cambiar las reglas del juego. Ya no será la damisela sumisa; abrazará la oscuridad que corre por sus venas, desatando la magia arcana de las brujas de sangre y firmando un pacto prohibido con un dragón milenario que duerme bajo las catacumbas del imperio. Entre pasiones peligrosas, un dark romance tan adictivo como letal y una venganza meticulosamente planeada, Eleanor está lista para destruir a todos los que la traicionaron... comenzando por el hombre que creyó que podía romperla dos veces.
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Capítulo 13
Aleixandre dio un paso más, acortando el espacio entre nosotros hasta que sentí el vapor de su aliento cálido mezclándose con el mío en el aire congelado. Su mirada era penetrante, oscura, cargada de secretos antiguos que iban mucho más allá de las mezquinas disputas territoriales de la corte de Valenor.
—La iglesia del sol solo sabe quemar lo que no puede comprender, Eleanor —respondió, bajando la voz hasta convertirla en un murmullo íntimo y vibrante—. Creen que con borrar los nombres de los pergaminos pueden borrar la verdad del mundo. Pero la sangre no olvida. La sangre de dragón que corre por las venas de mi casa y la sangre de bruja que hierve en tu linaje nacieron del mismo pacto ancestral. Hace mil años, las reinas de las cenizas y los señores de las escamas gobernaban juntos este continente, antes de que los parásitos de la luz usaran la traición y el veneno para dividirnos.
Sentí un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura exterior.
—¿Por eso me ayudaste? —le pregunté, buscando la verdad en el fondo de sus ojos—. ¿No fue por lástima, ni por joder a Aedric frente a su padre? ¿Fue por una leyenda vieja de hace mil años?
Aleixandre extendió su mano enguantada y, con una lentitud deliberada que me dio todo el tiempo del mundo para apartarme si así lo deseaba, levantó un mechón rebelde de mi cabello negro que el viento había cruzado sobre mis labios, apartándolo con una delicadeza desconcertante para un hombre cuyas manos estaban acostumbradas a decapitar enemigos en el campo de batalla.
Sus dedos rozaron la piel de mi mejilla. El contraste entre la aspereza de su cuero y el calor abrasador de su contacto me dejó sin respiración.
—No siento lástima por nadie, Eleanor. La lástima es un insulto para los fuertes —dijo él, mirándome los labios antes de volver a clavar su vista en mis ojos—. Y arruinar la noche de ese principito mimado fue solo un pasatiempo agradable. Te ayudé porque vi en tus ojos lo mismo que veo en el espejo cada mañana: a alguien que ha estado en el infierno, que fue quemado hasta los huesos por los hipócritas, y que decidió arrastrarse de vuelta a la superficie no para pedir clemencia, sino para hacer arder el mundo entero.
Tragué saliva con dificultad. Su cercanía era sofocante, magnética y peligrosa. Podía sentir el peligro latente en cada fibra de su ser; aquel hombre no era un salvador piadoso, era un depredador voraz que devoraba imperios. Y sin embargo, a su lado, por primera vez en dos vidas, no me sentía como una víctima a la espera del golpe.
Me sentía como un monstruo que por fin había encontrado a su igual.
—Si crees que vine contigo para convertirme en una mascota en tu castillo del norte, te equivocas, Aleixandre —le advertí, sosteniéndole la mirada sin vacilar, a pesar de que el corazón me latía con una fuerza desbocada en el pecho—. No cambié una correa de oro por una cadena de hierro forjado. Quiero mi venganza. Quiero ver a Aedric perder la corona, quiero ver a Lyra mendigando clemencia en el lodo, y quiero que la casa Fiargod aprenda a arrodillarse ante la hija que despreciaron.
Una sonrisa oscura, seductora y absolutamente salvaje iluminó el rostro del archiduque.
—No busco una mascota, Eleanor —respondió, bajando la mano de mi mejilla para descansar sus dedos sobre el pomo de su espada—. Las mascotas se mueren con el primer frío del invierno norteño. Busco una compañera de guerra. Busco a la bruja que despierte al dragón milenario que duerme bajo las catacumbas de mi fortaleza. Si me das tu poder para romper los sellos ancestrales que la iglesia impuso a mi pueblo, yo te daré un ejército de cincuenta mil jinetes de hierro y las fauces de una bestia capaz de devorar ciudades enteras. Te daré la corona de cenizas que este imperio te negó.
El eco de sus palabras resonó en mi alma con la fuerza de un juramento sellado en piedra. Era un trato con el diablo; el tipo de pacto que los sacerdotes de la capital habrían calificado como la perdición eterna del alma.
Pero yo ya había perdido mi alma diez años atrás, en una copa de té envenenado servida por el amor de mi vida.
—Trato hecho, archiduque Bondhe —dije, extendiendo mi mano derecha desde el interior de la pesada capa de piel.
Aleixandre no tomó mi mano con timidez. Se quitó el guantelete de cuero con los dientes, arrojándolo sobre la nieve, y apretó su palma desnuda, caliente y callosa contra la mía.
En el punto de contacto entre nuestras carnes, una fina línea de fuego negro y escarcha plateada se dibujó sobre nuestras muñecas, sellando el pacto no con leyes humanas ni con bendiciones eclesiásticas, sino con la sangre ancestral de dos linajes que volvían a encontrarse tras siglos de silencio.
En ese mismo instante, una punzada de dolor agudo me atravesó el pecho. La magia contenida en mi cuerpo reclamó su tributo por el exceso de poder desatado en el palacio. Mis rodillas cedieron sin previo aviso, el mundo giró en una espiral de sombras y estuve a punto de estrellarme contra las rocas del desfiladero.
Pero antes de que tocara el suelo, los brazos de Aleixandre me atraparon en el aire.
Me alzó contra su pecho con una facilidad pasmosa, sosteniendo mi espalda con un brazo mientras el otro sujetaba mis piernas. Mi cabeza cayó contra el metal frío de su hombrera, y el olor de su piel me envolvió como un bálsamo en medio de la negrura que comenzaba a nublar mi vista.
—Descansa, Eleanor —escuché su voz susurrar en la penumbra, sonando extrañamente lejana y a la vez tan cercana que sentí la vibración de su pecho contra mis costillas—. Tu guerra apenas comienza, y necesitarás todas tus fuerzas para gobernar el invierno.
Cerré los ojos, dejándome caer en el abismo del sueño, sabiendo que mientras el imperio entero creía que la damisela de los Fiargod había sido destruida... en el norte, la villana acababa de encontrar su verdadero hogar.
Impresionante comienzo.
Arriba las villanas!