Isolde de Valenne nunca quiso una corona. Pero cuando una tragedia destruye a su familia, se convierte en la única heredera de un reino que se niega a ser gobernado por una mujer. Su única oportunidad de conservar el trono es casarse con Kael de Draven, un rey temido por sus enemigos, conocido por su carácter implacable y acostumbrado a que todos obedezcan sus órdenes. El matrimonio será un acuerdo político. Sin amor, sin promesas y sin expectativas. Ella no piensa someterse a un hombre que cree poder gobernarlo todo. Él no está dispuesto a permitir que su esposa desafíe su autoridad. Entre discusiones, miradas desafiantes y celos que ninguno querrá reconocer, ambos descubrirán que compartir una corona es mucho más sencillo que aprender a compartir el corazón. Pero mientras sus sentimientos amenazan con destruir las barreras que los separan, una conspiración comienza a revelar secretos capaces de enfrentar a sus reinos y convertir su matrimonio en el principio de una guerra. Porque Isolde puede aceptar una corona junto a su enemigo. Lo que jamás aceptará es convertirse en su posesión.
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Las condiciones de una reina
—Entonces, majestad, ¿preferiría continuar de pie o piensa sentarse para escuchar cómo será el matrimonio que tanto desea?
Kael observó a Isolde durante unos segundos.
La princesa estaba sentada al otro lado de una larga mesa de madera oscura. Llevaba un vestido verde esmeralda que resaltaba el color de sus ojos y el cabello castaño recogido parcialmente con pequeñas horquillas doradas.
Su espalda permanecía recta. Su expresión, tranquila.
Demasiado tranquila para una mujer que estaba a punto de casarse con el hombre cuyo reino había combatido contra el suyo durante años.
Kael tomó asiento.
—Creí que yo era quien debía establecer las condiciones.
—Y yo creí que los reyes tenían mejores modales cuando visitaban un reino ajeno.
El general Rowan, situado junto a la puerta, carraspeó para disimular una sonrisa.
Kael ni siquiera se molestó en mirarlo.
—¿Siempre habla tanto?
—Solamente cuando mi interlocutor parece necesitar ayuda para comprender una conversación.
Los ojos grises del rey se entrecerraron.
Isolde sonrió dulcemente.
Aquella sonrisa le resultó mucho más irritante que cualquier insulto.
—Muy bien, princesa. Escuchemos sus condiciones.
Isolde deslizó un documento sobre la mesa.
—Primero, Valenne conservará sus leyes, sus tribunales y sus autoridades. Mi pueblo no será gobernado por sus consejeros, y ningún funcionario de Draven podrá intervenir en nuestros asuntos internos sin mi autorización.
Kael leyó el primer párrafo.
—Aceptable.
Isolde parpadeó, sorprendida por la rapidez de su respuesta.
Había preparado argumentos para defender cada punto, anticipando que tendría que enfrentarse a una interminable discusión.
—Segundo, conservaré el control de las finanzas de Valenne. Los impuestos recaudados en mis tierras permanecerán bajo mi administración.
—Siempre que las cuentas puedan ser revisadas por ambas coronas.
—¿Desconfía de mí?
—Todavía no la conozco.
—Entonces estamos de acuerdo en algo. Yo tampoco confío en usted.
Kael levantó la mirada.
—Me alegra que podamos construir nuestro matrimonio sobre una sinceridad tan conmovedora.
—No se preocupe. No esperaba romanticismo.
—Excelente. Yo tampoco.
Por primera vez, algo parecido a la diversión apareció en los ojos de Isolde.
Desapareció casi de inmediato.
—Tercero, participaré en todas las decisiones militares que afecten a Valenne. No aceptaré que sus generales movilicen tropas por mis territorios sin consultarme.
—No permitirá que mis soldados defiendan sus fronteras si considera que no es conveniente.
—Permitiré que mis aliados me consulten antes de tomar decisiones sobre mi pueblo.
—Sus aliados —repitió Kael—. Qué palabra tan interesante para describir a su futuro esposo.
—¿Prefiere que lo llame invasor?
Rowan bajó la cabeza.
Esta vez, Kael lo vio sonreír.
—General, si encuentra algo especialmente divertido en esta conversación, puede esperar fuera.
—Por supuesto, majestad.
Rowan abandonó la sala, aunque no antes de dedicarle a Isolde una mirada de evidente simpatía.
Cuando la puerta se cerró, el silencio se volvió más denso.
Kael dejó el documento sobre la mesa.
—¿Ha terminado?
—Todavía no.
Isolde señaló el siguiente párrafo.
—Mi guardia personal permanecerá bajo mi mando. Ninguno de sus hombres podrá darles órdenes.
—Eso podría dificultar la seguridad del palacio.
—Entonces procure contratar hombres capaces de protegerlo sin intentar gobernar a quienes viven dentro.
Kael apoyó los antebrazos sobre la mesa.
—¿Sabe cuál es su problema, princesa?
—Sospecho que está a punto de explicármelo.
—Cree que cada concesión que hace la debilita.
Isolde dejó de sonreír.
—Y usted cree que cada decisión que toma por los demás demuestra su fortaleza.
Por primera vez desde que había entrado en aquella sala, Kael no respondió inmediatamente.
La princesa sostuvo su mirada.
—Mi padre me enseñó que un gobernante no puede proteger a su pueblo si permite que otros decidan por él. Mis hermanos murieron defendiendo estas tierras. No voy a entregar lo que queda de mi familia porque un rey considere que sabe lo que me conviene.
Su voz no se quebró, pero sus dedos se cerraron alrededor del colgante de plata que descansaba sobre su pecho.
Fue un gesto breve.
Casi imperceptible.
Kael lo notó.
También notó que, al mencionar a sus hermanos, la expresión de Isolde había cambiado. Por un instante, la mujer desafiante que tenía delante pareció mucho más joven.
Después, ella soltó el colgante y recuperó su compostura.
—Si pretende casarse conmigo, majestad, deberá comprender algo. Puede obtener mi alianza, mi lealtad política y mi cooperación. Pero no obtendrá mi obediencia ciega.
Kael la observó en silencio.
Había negociado con nobles arrogantes, generales ambiciosos y hombres convencidos de que podían engañarlo.
Isolde no se parecía a ninguno.
No intentaba impresionarlo. Tampoco parecía interesada en agradarle.
Quería proteger su reino.
Y estaba dispuesta a enfrentarse a él para conseguirlo.
—Aceptaré sus condiciones —dijo finalmente.
Isolde lo miró con desconfianza.
—¿Todas?
—Con una excepción.
Ahí estaba.
La primera trampa.
—Lo escucho.
—Si una amenaza afecta a ambos reinos, tendremos que tomar decisiones juntos. No permitiré que sus consejeros me oculten información por temor a contrariarla, del mismo modo que no aceptaré que usted me oculte información por orgullo.
Isolde consideró sus palabras.
No le gustaba que él pretendiera tener voz en sus asuntos. Sin embargo, tampoco podía negar que una alianza militar requería cierta cooperación.
—Las decisiones se discutirán entre ambos. Ninguno tendrá autoridad absoluta sobre el otro en asuntos que comprometan a los dos reinos.
Kael inclinó ligeramente la cabeza.
—De acuerdo.
—Y otra cosa.
El rey cerró los ojos un instante.
—¿Hay más?
—Sí. No compartiré sus aposentos.
Kael volvió a abrirlos.
La princesa tenía las mejillas ligeramente encendidas, pero no apartó la mirada.
—Habrá habitaciones separadas —continuó—. No espero afecto de usted y no pienso fingir que existe una relación que todavía no tenemos.
—No se preocupe, princesa. No tenía intención de suplicarle que compartiera mi cama.
—Qué alivio. Habría tenido que rechazarlo.
Kael soltó una risa breve, inesperada.
Isolde se quedó mirándolo.
No porque la risa fuera especialmente agradable, aunque lo era más de lo que habría querido admitir, sino porque transformaba su rostro severo. Durante un instante, el rey temido por medio continente pareció simplemente un hombre de treinta años al que algo le había resultado divertido.
La expresión desapareció enseguida.
—Habitaciones separadas —aceptó—. No habrá obligaciones personales que usted no esté dispuesta a aceptar.
La respuesta tomó a Isolde por sorpresa.
Había esperado arrogancia, quizá alguna observación desagradable sobre los deberes de una esposa.
No aquello.
—Bien —murmuró.
Kael se levantó y se acercó a la ventana. Desde allí se divisaban los jardines del palacio y, más allá, las torres de la ciudad.
—La boda se celebrará dentro de tres semanas.
—¿Tan pronto?
—Cuanto antes formalicemos la alianza, antes dejarán nuestros enemigos de considerar que Valenne es un reino vulnerable.
Isolde se puso de pie.
—Mi familia acaba de morir. No voy a celebrar una boda como si nada hubiera ocurrido.
Kael se volvió hacia ella.
—No le estoy pidiendo que olvide a su familia.
—Me está pidiendo que me case con usted mientras todavía hay personas que no han terminado de llorarlos.
—Le estoy ofreciendo la posibilidad de conservar aquello por lo que ellos lucharon.
La dureza de sus palabras la golpeó con más fuerza de la que Isolde esperaba.
Por un momento, quiso abofetearlo.
En cambio, caminó hasta quedar frente a él.
—No vuelva a utilizar la muerte de mi familia para convencerme de nada.
Kael sostuvo su mirada.
—No volveré a hacerlo.
La respuesta fue tan inmediata que Isolde no encontró qué decir.
Él no se disculpó. No suavizó su expresión. Pero tampoco intentó justificar sus palabras.
Era algo.
No suficiente para ganarse su confianza, pero algo.
—Tres semanas —aceptó finalmente—. La boda será dentro de tres semanas, siempre que se respeten todas las condiciones que hemos acordado.
Kael extendió la mano.
—Entonces tenemos un trato, princesa.
Isolde miró su mano.
Después, se la estrechó.
La mano del rey era cálida y firme. La suya parecía pequeña entre sus dedos, pero no vaciló.
—Un trato, majestad.
Ninguno de los dos sonrió.
Ninguno imaginó que aquel sencillo apretón de manos terminaría siendo recordado como el comienzo de algo mucho más complicado que una alianza política.
Cuando Kael salió de la sala, encontró a Rowan esperándolo en el corredor.
—¿Y bien? —preguntó el general.
—La boda será dentro de tres semanas.
—Eso ya lo esperaba. Me refiero a la princesa.
Kael continuó caminando.
—¿Qué ocurre con ella?
—¿Es tan insoportable como parece?
—Más.
Rowan soltó una carcajada.
—Entonces quizá sea bueno para usted. Hace años que nadie se atreve a contradecirlo sin temer por su cabeza.
—No necesito que me contradigan. Necesito que sean competentes.
—Por supuesto, majestad.
Kael le lanzó una mirada de advertencia.
Rowan recuperó la seriedad, aunque la diversión no abandonó del todo sus ojos.
—¿Y qué piensa de ella?
El rey tardó unos segundos en responder.
Recordó la manera en que Isolde había defendido cada condición, la firmeza con la que había hablado de su familia y el instante en que sus dedos buscaron aquel colgante.
—Pienso que será difícil gobernar con ella.
—¿Y gobernar contra ella?
Kael se detuvo.
Miró hacia la puerta de la sala donde acababa de dejar a su futura esposa.
—Mucho más difícil.
...⸻...
Dentro de la sala, Isolde permaneció inmóvil durante varios minutos.
Solo cuando estuvo segura de que el rey se había marchado, permitió que sus hombros perdieran parte de la tensión.
Tomó el colgante entre los dedos.
La pequeña piedra verde descansaba sobre su palma, rodeada por una montura de plata que su padre le había regalado años atrás. Recordó a Adrian burlándose de ella por no quitárselo nunca y a Gabriel asegurando que, si algún día lo perdía, él recorrería el reino entero para recuperarlo.
Los recuerdos llegaron sin pedir permiso.
Isolde cerró la mano.
—Lo estoy intentando —susurró, sin saber si hablaba con su padre, con sus hermanos o consigo misma—. Estoy intentando proteger lo que nos queda.
Respiró profundamente y guardó el colgante bajo el vestido.
No podía permitirse llorar cada vez que recordaba que estaba sola.
Tenía un reino que gobernar, una boda que preparar y un enemigo al que acababa de convertir en su aliado.
Un enemigo que, además, sería su esposo.
—Tres semanas —murmuró con amargura.
Luego recogió los documentos y salió de la sala con la cabeza alta.
Si Kael de Draven esperaba encontrar una esposa dócil, tendría que aprender a vivir decepcionado.
Porque Isolde de Valenne podía compartir una corona con él.
Pero jamás le entregaría su voluntad.