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Amor A Destiempo

Amor A Destiempo

Status: En proceso
Genre:Reencarnación / Época / Posesivo
Popularitas:2.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Ariane Blackrose

México, 1910.
Amalia De la Vega siempre creyó conocer el rumbo de su vida. Hija de una poderosa familia hacendada, creció entre privilegios, comodidades y un futuro que otros parecían haber decidido por ella.
Hasta que la Revolución llegó a su puerta.
Secuestrada para obligar a su padre a negociar, Amalia termina en manos de un grupo revolucionario liderado por un hombre al que todos llaman Sombra: frío, reservado y peligroso, con demasiados secretos detrás de sus ojos ámbar.
Ella debería odiarlo.
Él jamás debió acercarse demasiado.
Pero entre enfrentamientos, silencios y una atracción que ninguno estaba dispuesto a reconocer, algo comienza a cambiar.
Cuando Amalia finalmente recupera su libertad, descubre que otra prisión la espera: un matrimonio arreglado con Gustavo Conde, un hombre relacionado con un pasado que Sombra se niega a revelar.
Separados por dos mundos, mentiras y una guerra que amenaza con destruirlo todo, Amalia descubrirá que quizá nunca conoció realmente al hombre del

NovelToon tiene autorización de Ariane Blackrose para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 4 — Lo que una señorita no debía ver

La noche había caído sobre el campamento con una rapidez que Amalia todavía no terminaba de acostumbrarse a aceptar.

En la hacienda, las noches eran distintas.

Había lámparas encendidas en los corredores, criados caminando discretamente por la casa, puertas cerradas contra el frío y una habitación cómoda esperándola al final del día.

Allí sólo había fogatas.

Lonas.

Caballos.

Hombres armados.

Y una cantidad verdaderamente ofensiva de tierra.

Amalia estaba acostada sobre una manta dentro del pequeño refugio que Mariel había conseguido para ella, mirando el techo de lona con absoluto desagrado.

Había intentado dormir.

No podía.

Había intentado acomodarse.

Tampoco podía.

Finalmente se incorporó.

Tenía otra necesidad mucho más urgente.

Necesitaba ir al baño.

Suspiró.

—Maravilloso.

Se puso los zapatos y salió.

El campamento estaba mucho más tranquilo que durante el día. Algunas fogatas todavía ardían y dos hombres vigilaban cerca de los caballos. Amalia recordó aproximadamente dónde Mariel le había indicado que podía ir si necesitaba hacer sus necesidades durante la noche.

Comenzó a caminar.

Fue entonces cuando escuchó algo.

Se detuvo.

Un sonido ahogado llegó desde uno de los refugios.

Amalia frunció el ceño.

¿Alguien estaba herido?

Escuchó nuevamente.

Esta vez fue claramente una voz femenina.

Amalia abrió los ojos.

—¿Mariel?

Avanzó unos pasos.

El sonido provenía precisamente del espacio donde Rafael y Mariel dormían.

Otro gemido atravesó la lona.

-Ahh~

Amalia sintió preocupación.

Durante el día había visto hombres heridos. Quizá Mariel se había lastimado.

Se acercó.

—¿Mariel? —susurró.

Nadie respondió.

Otro sonido.

-Ahh~~

Amalia llegó hasta la entrada.

Debía marcharse.

Una parte sensata de su cerebro se lo dijo inmediatamente.

Desafortunadamente, aquella parte de su cerebro rara vez conseguía imponerse sobre su curiosidad.

Separó apenas la lona.

Sólo un poco.

Lo suficiente para mirar.

Y Amalia de la Vega dejó de respirar.

Rafael estaba con Mariel.

Muy cerca.

Demasiado cerca.

La posición de ambos y la intimidad evidente de la escena bastaron para que Amalia comprendiera inmediatamente que Mariel no estaba herida.

Todo lo contrario.

Rafael la tenía contra una mesa improvisada mientras la pareja se abandonaba a un momento que, sin ninguna duda, pertenecía exclusivamente a ellos.

Amalia debería haber cerrado la lona.

De inmediato.

No lo hizo.

El rostro de Mariel era lo que la dejó inmóvil.

Nunca había visto aquella expresión en una mujer.

Había placer.

Confianza.

Una ausencia absoluta de vergüenza.

Rafael le murmuró algo que Amalia no consiguió entender.

Mariel soltó una risa entrecortada y le respondió algo todavía más bajo.

Amalia sintió que las mejillas comenzaban a arderle.

Aquello no se parecía en nada a lo que le habían explicado.

En realidad, casi nadie le había explicado nada.

Una señorita decente debía llegar pura al matrimonio.

Después tendría hijos.

Eso era prácticamente toda la información que había recibido.

Lo demás eran silencios.

Puertas cerradas.

Conversaciones que terminaban cuando ella entraba en una habitación.

Y advertencias sobre cosas que una mujer respetable no debía preguntar.

Pero Mariel…

Mariel no parecía estar soportando ninguna obligación matrimonial.

Parecía disfrutar de la intimidad con Rafael con la misma libertad con la que discutía con él durante el día.

Amalia tragó saliva.

Debería irse.

Ahora.

Definitivamente.

—Curiosa.

La voz masculina junto a su oído hizo que casi gritara.

Una mano enguantada cubrió inmediatamente su boca.

Amalia se quedó rígida.

Su corazón golpeó con tanta fuerza que estuvo segura de que Rafael y Mariel podrían escucharlo desde el otro lado de la lona.

—Silencio —susurró Sombra.

Amalia reconoció su voz.

Y su perfume tenue a cuero, humo y camino.

Sombra estaba detrás de ella.

Muy cerca.

Demasiado.

Amalia intentó apartarle la mano.

Él no la soltó inmediatamente.

—A menos que quiera explicarles por qué estaba espiándolos.

Los ojos de Amalia se abrieron todavía más.

Negó rápidamente con la cabeza.

—Eso pensé.

Sombra retiró lentamente la mano.

Amalia giró.

—¡Me asustó! —susurró furiosa.

—Lo noté.

—Pudo haberme matado del susto.

—Habría sido difícil explicárselo a su padre.

—¿Qué hace aquí?

Sombra levantó una ceja.

—Podría preguntarle lo mismo.

Amalia miró hacia la lona.

Después hacia él.

—Escuché a Mariel.

—Ajá.

—Pensé que estaba herida.

Sombra miró hacia el refugio.

Otro sonido femenino llegó desde dentro.

Después una risa masculina.

Sombra volvió los ojos hacia Amalia.

—Terriblemente herida.

Amalia se puso roja hasta las orejas.

—¡No sabía qué estaban haciendo!

—Ahora sí.

—Cállese.

La comisura de los labios de Sombra se levantó.

—Venga.

—¿Adónde?

—Lejos de aquí antes de que Rafael descubra que tiene público.

Aquello bastó.

Amalia caminó inmediatamente.

Sombra la siguió.

Sólo cuando estuvieron suficientemente lejos del refugio, ella respiró con normalidad.

—No vuelva a hablar de esto.

—No pensaba hacerlo.

—Ni con Rafael.

—Especialmente con Rafael.

Amalia lo miró desconfiada.

—Se está burlando de mí.

—Un poco.

—¡Sombra!

Él sonrió.

Era una sonrisa pequeña, pero auténtica.

Aquello la irritó todavía más porque transformaba completamente su rostro.

—No tiene gracia.

—Desde donde yo estaba, sí.

—Yo creí que Mariel necesitaba ayuda.

—Estoy bastante seguro de que Rafael ya se estaba ocupando de ella.

Amalia abrió la boca.

La cerró.

Volvió a abrirla.

—Es usted un descarado.

—Rafael es peor.

—Eso no lo justifica.

Continuaron caminando.

Amalia cruzó los brazos.

No conseguía quitarse de la cabeza lo que acababa de ver.

Sombra pareció notarlo.

—No haga tantas preguntas dentro de su cabeza.

Ella lo miró.

—¿Cómo sabe que estoy haciendo preguntas?

—Porque tiene la misma cara que pone cada vez que quiere interrogar a alguien.

—Yo no pongo ninguna cara.

—Sí la pone.

—¿Qué cara?

Sombra la imitó exageradamente, frunciendo el ceño y levantando ligeramente la barbilla.

Amalia se quedó mirándolo.

—Yo no hago eso.

—Exactamente eso.

—¡Mentiroso!

Él soltó una risa baja.

Amalia volvió a mirarlo.

Era extraño escucharlo reír.

Durante el día parecía cargar constantemente una barrera invisible alrededor del cuerpo.

Ahora, bajo la oscuridad, parecía distinto.

Más joven.

—¿Ellos siempre son así? —preguntó finalmente.

Sombra entendió inmediatamente a quiénes se refería.

—¿Rafael y Mariel?

—Sí.

—Bastante.

Amalia bajó la mirada.

—Mariel no parece avergonzarse de nada.

—¿Debería?

La pregunta la desconcertó.

—No lo sé.

—Entonces ¿por qué lo dice?

Amalia pensó.

—Las mujeres que conozco no hablan de esas cosas.

—Mariel tampoco estaba hablando.

Amalia lo golpeó en el brazo.

—¡Sombra!

Él rio.

—Usted sabe perfectamente a qué me refiero.

—Sí.

La sonrisa desapareció gradualmente.

—Mariel no creció como usted.

—Eso ya lo sé.

—No hablo del dinero.

Amalia guardó silencio.

Sombra señaló una roca plana junto a una fogata casi extinguida.

Ella se sentó.

Él permaneció de pie.

—¿Entonces de qué habla?

—De las reglas.

Amalia frunció el ceño.

—Todos tenemos reglas.

—No las mismas.

Sombra se quitó el sombrero y pasó una mano por su cabello negro.

El pequeño arete negro en forma de cruz quedó completamente visible.

—A usted le enseñaron cómo debe sentarse, cómo vestirse, con quién hablar, qué preguntas puede hacer y cuáles debe guardarse.

Amalia lo miró.

—¿Y cómo sabe usted cómo me educaron?

—Porque se nota.

—¿Eso es un insulto?

—No.

—Con usted nunca se sabe.

Sombra volvió a ponerse el sombrero.

—Mariel aprendió otras cosas.

—¿Como cuáles?

—A trabajar. Defenderse. Elegir a quién quiere a su lado. Decirle a Rafael cuando está siendo un imbécil.

Amalia soltó una pequeña risa.

—Eso último lo hace bastante.

—Porque Rafael le da muchas oportunidades.

Amalia bajó la mirada hacia sus manos.

—Son extraños.

—Usted también les parece extraña.

—¿Yo?

—Muchísimo.

Amalia pareció ofendida.

—¿Por qué?

—Se quejó durante media hora porque su vestido era de algodón.

—¡Porque pica!

—Es algodón.

—Algodón malo.

Sombra negó con la cabeza.

Ella estuvo a punto de sonreír.

Entonces recordó algo.

—¿Usted estaba siguiéndome?

—Sí.

La respuesta fue tan directa que la sonrisa desapareció.

—¿Por qué?

—Porque es una prisionera que ya intentó escapar.

—Ah.

—Y porque caminaba sola de noche.

—Sé cuidarme.

—Ayer tenía una pistola apuntándole porque intentó huir sin saber siquiera hacia dónde estaba corriendo.

—Eso fue diferente.

—Naturalmente.

Amalia lo miró mal.

—Además, sólo iba al baño.

Sombra parpadeó.

Ella lo vio comprender.

—Ah.

Amalia cerró los ojos.

Había olvidado por completo la razón por la que había salido.

—No diga nada.

—No dije nada.

—Su cara lo dijo.

—¿Mi cara habla ahora?

—Muchísimo.

Sombra señaló hacia otro extremo del campamento.

—Es por allá.

Amalia se levantó rápidamente.

—Ya lo sabía.

—Iba en dirección contraria.

—Estaba explorando.

—Claro.

Comenzó a caminar.

Sombra la siguió.

Amalia se detuvo.

—No puede acompañarme.

—No pensaba hacerlo hasta el final.

—Más le vale.

Sombra señaló un árbol.

—Me quedaré ahí.

—Más lejos.

Él señaló otro.

—Ahí.

—Más.

—Amalia.

—Sombra.

Se miraron.

Finalmente él suspiró.

—Bien.

Retrocedió.

Amalia continuó andando.

Después de unos pasos se volvió.

Sombra seguía allí.

—¡No mire!

Él se dio la vuelta exageradamente.

—No estoy mirando.

—Y no se voltee.

—No pensaba hacerlo.

—Ni se le ocurra.

—Vaya de una vez.

Amalia desapareció detrás de los arbustos.

Sombra negó con la cabeza.

Unos minutos después ella regresó.

Él seguía esperándola.

Caminaron hacia el centro del campamento.

Esta vez el silencio no resultó incómodo.

Amalia pensaba en Rafael.

En Mariel.

En la manera natural en que se trataban.

Después, inevitablemente, pensó en el hombre que caminaba a su lado.

Sombra llevaba las manos cerca del cinturón, la mirada atenta al campamento.

—¿Usted tiene esposa?

Él se detuvo.

Amalia también.

—¿Qué?

Ella se arrepintió inmediatamente.

—Nada.

—Preguntó si tengo esposa.

—Ya sé lo que pregunté.

—¿Por qué?

—Curiosidad.

—Esa curiosidad suya va a meterla en problemas.

—Ya estoy secuestrada. No veo cuánto peor puede ponerse.

Sombra la observó.

—No.

—¿No qué?

—No tengo esposa.

Amalia asintió.

—Ah.

Continuaron andando.

Pasaron cinco segundos.

—¿Prometida?

Sombra giró lentamente la cabeza.

Amalia miró hacia adelante fingiendo inocencia.

—Buenas noches, señorita De la Vega.

—¡No respondió!

—Exactamente.

Él se alejó.

Amalia lo observó desaparecer entre las sombras del campamento.

—Insoportable —murmuró.

Desde la oscuridad llegó su voz:

—La escuché.

Amalia abrió los ojos.

—¡Pues era la intención!

Una risa baja respondió desde algún lugar.

Amalia regresó a su refugio.

Se acostó.

Cerró los ojos.

Y descubrió, para su desgracia, que aquella noche había aprendido demasiadas cosas.

Sobre Rafael.

Sobre Mariel.

Sobre las diferencias entre el mundo donde había crecido y aquel al que había sido arrastrada.

Y también había descubierto algo acerca de Sombra.

Podía bromear.

Podía reír.

Y no tenía esposa.

Amalia abrió los ojos.

—Eso último no me importa.

Se acomodó sobre la manta.

Pasaron unos segundos.

—En absoluto.

Cerró nuevamente los ojos.

Y se obligó a dormir.

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Carolina A²V
sino lo haces a tiempo te la robas 🤭🤭🤭
Carolina A²V
casi te gana el subconsciente 😊🤭
Carolina A²V
no rubia 🤭
Carolina A²V
otra vez podría ☝🏼
Carolina A²V
se ha dicho suponen
Carolina A²V
Lo sabemos 🫤
Carolina A²V
que fastidio con ese hombre 🫤😒
Carolina A²V
exacto 🤭🤭🤭
Carolina A²V
déjalo así por ahora 🤔
Carolina A²V
no alcanza la vida 🤔
Carolina A²V
se ven lindos
Carolina A²V
no te lo dirá pero sabes que si lo es 🤔😊🤭
Carolina A²V
mentiroso 😊
Carolina A²V
La estabas espiando 😊🤭
Carolina A²V
ayyy Joel por favor a quien quieres engañar 🤔🤨
Carolina A²V
pero ese idiota te gusta 😊🤭🤭
Carolina A²V
te tardaste 😁😂🤣
Carolina A²V
que paso Sombra se te pegaron los zapatos 😂🤣🤣
Carolina A²V
estás celoso 😊😁
Carolina A²V
apareció Sombra 😊😁
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