Camila era solo una joven de limpieza que cargaba con deudas, con una madre enferma y con la esperanza de sus hermanos menores sobre los hombros. Una noche, por una simple casualidad, se cruzó con el hombre que jamás debió mirar: Max Montenegro, el frío y poderoso director general de la empresa.
Un error cometido en la borrachera lo cambia todo. Max cree que un cheque cubre cualquier daño, pero semanas después descubre que la mujer a la que despreció lleva en su vientre a su hijo. Entre contratos firmados a la fuerza, una mansión llena de miradas de desprecio y una suegra que ya tiene elegida a la nuera perfecta, Camila tendrá que aprender a sobrevivir en un mundo que no es el suyo.
Mientras tanto, un rival encantador no deja de rondarla, la antigua prometida de Max regresa dispuesta a todo y el corazón de un hombre incapaz de pedir perdón empieza a latir donde nunca quiso.
Pero algunas heridas no se cierran con dinero, y algunos secretos pesan más que un apellido. Años después, el destino los obliga a cruzarse de nuevo, y esta vez hay un niño de ojos curiosos que tiene mucho que decir.
¿Puede un amor nacido del error ganarse una segunda oportunidad?
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Cap. 9 - Te llevo a la casa grande
Max oprimió el botón del teléfono de su escritorio y le habló a Gerardo.
—Prepara un acuerdo nuevo. Dale todo lo que pide. Quita todas las cláusulas que no le gusten. ¡Lo quiero aquí ya!
—Sí, señor, ahora mismo lo corrijo.
Max esperó cinco minutos hasta que Gerardo entró en el despacho con el acuerdo corregido. Lo firmó sin perder el tiempo.
—Haz que ella lo firme cuanto antes.
—Sí, señor. ¿Algo más?
—Empaca todas sus cosas. Que lo hagan tus muchachos. Tú la traes a verme. Los espero en la casa grande.
—¿O sea que tengo que llevar a la muchacha a la casa grande, señor? ¿A la casa grande? —insistió Gerardo, para asegurarse de que había oído bien.
—Sí, a la casa grande. ¿Hay algo que no haya quedado claro?
—Eh, pero… pero si va a la casa grande, se va a encontrar con la señora, señor…
—Precisamente para eso la llevo.
—Pero habíamos planeado que la señora no se enterara de nada hasta que naciera el bebé, señor. ¿Por qué cambió…?
—¡Porque ella cambió las cláusulas que yo puse! ¡Así que el plan también cambia!
—¿Y-y si la señora no la acepta, señor?
—Esa señora tendrá que aceptarla, quiera o no. Lleva a su nieto en el vientre.
—E-está bien, señor. Entonces haré que la muchacha firme el acuerdo y la llevaré a la casa grande.
—Sí. Y no te olvides de llevar sus cosas.
—Sí, señor.
Camila leyó las cláusulas con detenimiento. Le dio cierta satisfacción ver que habían quitado las que no le parecían. Firmó con cuidado y le devolvió el acuerdo al licenciado Aguirre.
—¿C-cuándo puedo salir del hospital, señor? Ya me siento bien…
—Espere aquí. Voy a hablar primero con el médico —respondió Gerardo, y salió enseguida.
En la habitación se quedaron solos el licenciado Aguirre y Camila.
—Bien, señorita Alcázar. Ya que terminamos con nuestro asunto, ¿qué le parece si nos damos la mano? Espero no tener que volver a verla por algo como esto.
El licenciado Aguirre le tendió la mano y, con timidez, Camila se la estrechó.
—Ojalá tenga una vida feliz, como la de cualquier muchacha de su edad. Cuídese mucho, señorita.
Lo dijo con tristeza, y luego salió de la habitación. Cada vez que veía a Camila, se le encogía el corazón. Pensaba en su propia hija. ¿Y si a su hija la violara alguien, la dejara embarazada y lo único que le ofrecieran fuera una compensación en dinero? ¿En lugar de casarse con ella y darle un lugar digno y claro? Ay… pobre muchacha, qué mala suerte la suya. Ojalá, cuando tenga a su bebé, encuentre su propia felicidad. Lo pidió de todo corazón.
Casi media hora después, Gerardo volvió a la habitación con varias enfermeras detrás.
—Señora Alcázar, ya puede irse a casa. Pero recuerde que tiene que cuidarse. Tiene pocas semanas de embarazo. Debe comer muchos alimentos nutritivos y no hacer esfuerzos. Para estar en los primeros meses, su cuerpo está bastante débil. Pídale a su esposo que esté más pendiente de su salud.
La enfermera le lanzó una mirada de reproche a Gerardo, que estaba de pie a poca distancia.
—¡Ejem! Yo no soy su esposo, enfermera.
—Ah, pensé que usted era el marido. Entonces, por favor, dígale al esposo de la señora Alcázar que cuide más la salud de su mujer.
—Ni loco me atrevería, enfermera.
—¿Cómo dice, señor?
—No… nada, nada. ¿Ya me la puedo llevar, enfermera? —Gerardo trató de cambiar de tema.
—Sí, señor. Recoja los medicamentos en nuestra farmacia y termine los trámites administrativos, por favor.
Gerardo acompañó a Camila hasta el auto que esperaba frente al hospital. Luego volvió adentro para liquidar la cuenta y recoger las vitaminas que ella debía tomar.
Al poco rato regresó con una bolsa enorme de vitaminas y medicinas para Camila.
—Estas son las vitaminas que tiene que tomar. Debe cuidarse mucho. ¿Recuerda lo que dice el acuerdo? Si al bebé le pasa algo por negligencia suya, nuestro director tiene derecho a demandarla.
Gerardo le entregó las vitaminas, y ella las recibió a regañadientes.
—¿A dónde vamos, señor? —preguntó el chofer.
—A la casa grande. El señor Montenegro ya nos está esperando allá.
—Sí, señor.
—¿L-la casa grande? ¿N-no me iba a llevar a mi casa? —preguntó Camila, desconcertada.
—El señor Montenegro quiere verla. Al fin y al cabo, a partir de ahora usted es responsabilidad suya hasta que nazca el bebé.
—P-pero y-yo no quiero verlo…
—Tiene que obedecer al director. Recuerde que firmó el acuerdo, así que tiene que cumplirlo. No hay ninguna cláusula que diga que la parte I y la parte II no pueden verse.
—P-pero u-usted me lo prometió. Y-yo no quiero vivir con él…
—No va a vivir con él. Solo quiere verla. No tenga tanto miedo; no le va a hacer nada. ¡Ahora sí está en sus cinco sentidos! —replicó Gerardo, algo cortante.
Empezaba a perder la paciencia con lo paranoica que se ponía la muchacha con su director.
Camila se quedó callada. Empezaba a sentir que ese asistente de verdad no la quería. Pero es que le tenía pánico a Max. ¿Era tan exagerado no querer verlo? Con solo pensar en encontrarse con él, le temblaban las manos y las rodillas.
No hablaron en todo el trayecto. Camila trató de distraerse mirando por la ventana. Después de atravesar calles muy transitadas, entraron por fin a un fraccionamiento exclusivo. Se quedó boquiabierta al ver las casas lujosas alineadas a ambos lados de la calle. Era la primera vez que veía casas así en persona; hasta entonces, solo las había visto en la televisión.
Bueno, tratándose de un director, era lógico que viviera en un lugar así. Pero ¿por qué tenía que verlo en su casa? ¿Por qué no en otro sitio, en un restaurante, por ejemplo? No me estará engañando, ¿verdad? No voy a terminar viviendo bajo el mismo techo que él, ¿o sí? Solo de pensarlo, se inquietaba.
Empezó a removerse en el asiento. Mil ideas le daban vueltas en la cabeza. Gente tan lista y tan estudiada no me engañaría, ¿verdad? Estaba tan absorta en sus pensamientos que no se dio cuenta de que el auto se había detenido frente a una casa lujosa. La contempló maravillada.
—Bájese, por favor, señorita. El director la espera adentro.
La voz de Gerardo la sacó de su ensimismamiento. Vacilante, Camila bajó del auto.
Gerardo le indicó que lo siguiera, y ella lo hizo con timidez. Mientras caminaba detrás de él, no dejaba de mirar a todos lados, admirando el lujo de aquella casa. ¿Qué se sentiría vivir en una casa tan bonita? Debía de ser maravilloso. Ella con gusto trabajaría de sirvienta en un lugar así. Al fin y al cabo, lo que hacía en la oficina no era muy distinto del trabajo de una empleada doméstica… Sus pensamientos empezaban a divagar.
Se detuvo en seco al ver a aquel hombre aterrador parado en la puerta. Al parecer, llevaba un buen rato esperándolos. El cuerpo le volvió a temblar y se le cerró la garganta. Se quedó inmóvil, petrificada.