Es una historia sobre la amistad, los sentimientos callados y el miedo a cambiar lo que ya se tiene por decir la verdad.
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Capitulo 17: Lo que habíamos planeado
La mañana después de nuestra segunda cita desperté con una sensación extraña.
No era felicidad exactamente.
Tampoco tranquilidad.
Era algo parecido a estar esperando que alguien me dijera que todo aquello había sido un sueño.
Tomé el teléfono.
Tenía un mensaje de Daniel.
Daniel: Buenos días.
Sonreí antes de contestar.
Yo: Buenos días.
Daniel: Tengo una pregunta.
Yo: Ya empezamos.
Daniel: ¿Te arrepientes?
Me quedé mirando la pantalla.
No necesitaba preguntar de qué hablaba.
Yo: No.
La respuesta llegó casi inmediatamente.
Daniel: Bien.
Yo: ¿Tú?
Tardó un poco.
Daniel: Tampoco.
Después apareció otro mensaje.
Daniel: Aunque tengo miedo.
Me senté en la cama.
Yo: ¿De qué?
Daniel: De que volvamos a ser nosotros.
Fruncí el ceño.
Yo: Pensé que eso era lo que querías.
Daniel: Lo es. Pero ahora sé que “nosotros” puede ser maravilloso y también puede ser peligroso si volvemos a hacer las mismas cosas.
Tenía razón.
Yo: Entonces no volvamos a hacerlas.
Daniel: Fácil de decir.
Yo: Difícil de hacer.
Daniel: Exacto.
Después me preguntó si podía verme ese día.
Acepté.
Nos encontramos en la universidad, pero algo había cambiado.
Ya no sentía que tuviera que esperar a que Daniel hiciera el primer movimiento.
Cuando lo vi acercarse, fui yo quien tomó su mano.
Él sonrió.
—Eso fue inesperado.
—¿Qué?
—Que me tomaras la mano.
—¿No te gusta?
—Me encanta.
—Entonces deja de quejarte.
—No me estoy quejando.
Caminamos juntos por el campus.
Algunas personas nos miraban.
Esta vez no sentí la necesidad de soltarlo.
Daniel tampoco.
Llegamos a la cafetería donde tantas veces habíamos hablado de otras personas mientras evitábamos hablar de nosotros.
Nos sentamos en la misma mesa de siempre.
—Es raro —dije.
—¿Qué?
—Sentarnos aquí después de todo.
—¿Te arrepientes?
—No.
—Entonces deja de preguntármelo.
—No puedo.
—¿Por qué?
—Porque necesito comprobar que no voy a despertar.
Daniel sonrió.
—Yo también.
Pedimos café y algo de comer.
Durante unos minutos hablamos de clases.
Después, Daniel sacó una pequeña libreta.
—¿Qué es eso?
—Algo que hice.
—¿Qué hiciste?
—Una lista.
Lo miré con desconfianza.
—No me gustan las listas.
—Esta no tiene diez cosas.
—Eso no me tranquiliza.
Daniel abrió la libreta.
En la primera página había escrito:
Cosas que quiero aprender contigo.
Debajo había varias frases.
Cómo discutir sin hacernos daño.
Cómo decir cuando necesito espacio sin que parezca rechazo.
Cómo confiar sin exigir certezas.
Cómo disfrutar lo que tenemos sin miedo a perderlo.
Cómo querernos sin volver a escondernos.
Lo leí lentamente.
—¿Cuándo hiciste esto?
—Anoche.
—¿Después de nuestra cita?
—Sí.
—¿No dormiste?
—Un poco.
—Daniel…
—No tienes que decir nada.
—No. Quiero decir algo.
Cerré la libreta.
—Me gusta.
Él sonrió.
—¿Sí?
—Sí.
—Pensé que dirías que era demasiado intenso.
—Lo es.
—Ah.
—Pero también es bonito.
Daniel soltó el aire que parecía haber estado reteniendo.
—Bien.
—Aunque falta una cosa.
—¿Cuál?
Tomé el bolígrafo y escribí debajo:
Aprender a decir “te necesito” sin sentir vergüenza.
Daniel leyó la frase.
No hizo ninguna broma.
—Eso me cuesta mucho.
—A mí también.
—Entonces la dejamos.
—Sí.
Cerró la libreta.
Por un momento, todo parecía perfecto.
Demasiado perfecto.
Y entonces apareció Andrés.
Lo vi antes de que Daniel lo notara.
Se acercó a nuestra mesa con una carpeta bajo el brazo.
—Hola.
Daniel se tensó.
—Hola.
Andrés me miró.
—¿Podemos hablar un momento?
Daniel permaneció callado.
Yo asentí.
—Claro.
Nos apartamos unos pasos.
—¿Qué pasa?
Andrés miró hacia Daniel.
—No sabía que ustedes…
—Estamos intentando algo.
—Ya veo.
Hubo un silencio incómodo.
—Quería disculparme —dijo.
—¿Por qué?
—Por algunas cosas que hice hace años.
Me quedé callada.
—Yo sabía que te gustaba Daniel —continuó—. Al menos lo sospechaba.
—¿Y?
—Y una vez le dije algo que no debí.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué le dijiste?
Andrés bajó la mirada.
—Que si no te decía lo que sentía, podía perderte.
—Eso no parece terrible.
—Le dije que quizá tú estabas interesada en mí.
Lo miré fijamente.
—¿Qué?
—No porque fuera verdad. Porque estaba celoso.
No supe qué responder.
—¿Daniel lo sabía?
—No. Y luego todo se complicó.
La información parecía pequeña, pero de pronto una pieza encajó.
—¿Fuiste tú quien le dijo que yo podía estar interesada en ti?
Andrés asintió.
—Sí.
—Eso explica muchas cosas.
—Lo siento.
—¿Por qué me lo dices ahora?
—Porque vi que están juntos. Y pensé que, si realmente vas a darle otra oportunidad, al menos deberías saberlo todo.
Regresé a la mesa.
Daniel me miró.
—¿Qué pasó?
—Andrés me contó algo.
—¿Qué?
Se lo expliqué.
Daniel permaneció en silencio.
—Yo nunca supe eso —dijo finalmente.
—Lo sé.
—Entonces aquella noche…
—Quizá él fue parte del motivo por el que tú pensaste que yo estaba interesada en alguien más.
Daniel cerró los ojos.
—Dios.
—No es culpa tuya.
—No. Pero tampoco puedo creer que hayamos perdido tanto tiempo por cosas así.
Tomé su mano.
—No perdimos todo ese tiempo por Andrés.
—¿No?
—No. También fue culpa nuestra. Él pudo haber mentido, pero nosotros decidimos creer en cosas que nunca comprobamos.
Daniel asintió lentamente.
—Tienes razón.
Andrés se despidió poco después.
Daniel y yo nos quedamos sentados en silencio.
—¿Estás enojada? —preguntó.
—Un poco.
—¿Con él?
—Con todos.
—¿Conmigo?
Lo miré.
—También conmigo.
Daniel tomó mi mano.
—Entonces estamos empatados.
Me reí.
—No funciona así.
—Déjame intentarlo.
—¿Qué?
—Convertir esto en algo útil.
—¿Cómo?
—Aprendiendo.
Sacó la libreta.
Escribió debajo del punto seis:
Preguntar antes de asumir.
—Ese es el más importante —dije.
—Sí.
—Porque si hubiéramos preguntado hace años…
—Quizá todo habría sido diferente.
—Quizá.
Daniel cerró la libreta.
—Pero no podemos volver.
—No.
—Entonces tenemos que hacer algo con lo que sí tenemos.
—¿Qué tenemos?
Me miró.
—Una oportunidad.
La palabra volvió a aparecer.
Una oportunidad.
No una garantía.
No una promesa de que jamás volveríamos a equivocarnos.
Solo una posibilidad.
Salimos de la cafetería y caminamos hasta el viejo corredor de la universidad donde nos habíamos besado por primera vez.
El lugar estaba vacío.
Daniel se apoyó contra la pared.
—¿Sabes qué pensé después de aquel beso?
—¿Qué?
—Que iba a recordarlo toda la vida.
—Yo también.
—Pero no pensé que algún día íbamos a estar aquí otra vez.
—Yo tampoco.
Daniel extendió la mano.
—Ven.
Me acerqué.
—¿Qué?
—Quiero hacer algo diferente.
—¿Qué?
—No besarte.
Levanté una ceja.
—¿No?
—No.
—¿Por qué?
—Porque durante mucho tiempo pensé que un beso podía solucionar lo que no sabíamos decir.
—¿Y ahora?
—Ahora quiero decirlo primero.
Lo miré.
—¿Qué?
Daniel respiró profundamente.
—Te quiero. Y quiero estar contigo. Pero no quiero que eso vuelva a convertirse en un secreto, una suposición o una excusa para no hablar.
Sentí un nudo en la garganta.
—Yo también te quiero.
—Lo sé.
—No, no lo sabes.
Daniel sonrió.
—Entonces dímelo.
—Te quiero. Y quiero intentarlo contigo.
Esta vez sí me besó.
Pero el beso fue diferente.
No era una respuesta a una pregunta.
Era una elección.
Cuando nos separamos, Daniel apoyó la frente contra la mía.
—¿Sabes qué me da más miedo ahora?
—¿Qué?
—Que esto funcione.
—¿Eso te da miedo?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque entonces voy a tener algo que perder.
Lo abracé.
—Ya lo tenías.
—¿Qué?
—A mí.
Daniel cerró los ojos.
—Entonces voy a aprender a cuidarlo.
Nos quedamos abrazados en aquel corredor durante unos minutos.
Después salimos juntos.
No sabíamos cuánto duraría nuestra relación.
No sabíamos qué problemas vendrían.
No sabíamos si algún día volveríamos a tener miedo.
Pero había algo que sí sabíamos.
Ya no queríamos escondernos detrás de lo que no sabíamos.
Y quizá ese era el verdadero comienzo.
No el primer beso.
No la primera confesión.
Sino el día en que decidimos dejar de construir nuestra historia sobre suposiciones.
Esta vez, si algo dolía, hablaríamos.
Si algo daba miedo, lo diríamos.
Y si algún día dejábamos de elegirnos, al menos tendríamos el valor de admitirlo.
Porque después de tantos años queriéndonos en silencio, habíamos descubierto que el amor no necesitaba ser perfecto.
Solo necesitaba ser verdadero.