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El Lamento De Las Flores

El Lamento De Las Flores

Status: En proceso
Genre:Romance / Reencarnación / Mundo de fantasía
Popularitas:963
Nilai: 5
nombre de autor: A.B.G.L

La joven princesa olvidada, la marginada, la horrible y desgraciada hija de un duque a buscado liberarse de una familia que no la aprecia, se a enamorado, pero se han burlado de ella, la han humillado y cuando creyo que los afectos de un hombre que jamas imagino que la amaria le hizo cambiar de parecer, este la traiciona de la peor manera, rota, rota del corazon y humillada huye a los campos, donde buscareinventar a la mujer en ella, pero su mente piensa en el hombre que ama y que creyo que la amaba, pero había cometido un error.

Había cometido el terrible, el único error en toda su vida, confiar en el...

Novela romántica.

Novela extensa.

NovelToon tiene autorización de A.B.G.L para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 22: El Frío que Nos Une

Despertó despacio, como quien regresa de un lugar donde el tiempo no existe, y la primera cosa que sintió fue la extraña, dulce certeza de que seguía respirando.

La habitación se le reveló poco a poco: muros de piedra gris, altos y sólidos, que no crujían ni se tambaleaban; la chimenea aún guardaba rescoldos que brillaban con un rojo apagado, como ojos que no se habían cerrado; y sobre la mesa, una taza vacía, un paño doblado, la huella silenciosa de que alguien había permanecido allí toda la noche. El recuerdo la golpeó suave, sin violencia esta vez: el sueño, el abismo, el grito ahogado, y luego él. Aleric. Viéndola desmoronarse. Sosteniéndola cuando ella misma no podía sostenerse. Aquella imagen —él, el Archiduque, el hombre de hierro y sombra, arrodillado en la penumbra limpiándole las lágrimas— le encendió el rostro con un calor que no tenía nada que ver con la fiebre. Se cubrió la cara con las manos, avergonzada hasta la raíz del cabello. Qué patética debió parecer: frágil, rota, deshecha en llanto ante los ojos de un hombre que esperaba —que merecía— una esposa digna, serena, fuerte. No la mujer que se aferra a la alfombra como si el mundo se le fuera a caer encima.

Se levantó sin hacer ruido, descalza, sintiendo la frialdad de las losas bajo los pies, y caminó hacia los ventanales. Alargó la mano y apartó las cortinas pesadas, de lana oscura, y la mañana entró de golpe: gris, límpida, deslumbrante a su manera. No había jardines verdes ni flores fragantes, no había el sol suave que acariciaba las tierras de donde venía. Aquí todo era blanco y gris: la nieve cubría el suelo hasta donde alcanzaba la vista, amontonada en los alféizares, colgando en flecos de hielo de las cornisas, el cielo un azul pálido y duro como el acero. Y sin embargo, cuando abrió la ventana, el aire entró cortante, helado, golpeándole el rostro con fuerza, y en lugar de apartarse, respiró hondo. Le quemó la garganta, le hizo arder los pulmones, y extrañamente, eso la hizo sentir viva. Viva y no fría. Viva y no muerta. El sol brillaba débil, lejano, un disco pálido que apenas daba calor, pero brillaba, y ella se quedó mirándolo, con el viento revuelto su cabello suelto, sintiendo que aquella vida, áspera y dura, era suya. Que nadie se la había dado y nadie se la podía quitar. Que por primera vez en mucho tiempo no era la hija olvidada, ni la prometida traicionada, ni la mujer que cayó bajo una espada. Era Harriette. Y estaba aquí.

—¿Creéis que he ordenado que os cuidaran para que os dejéis congelar como una manzana olvidada en el huerto?

La voz la tomó por sorpresa: grave, profunda, teñida de una irritación que no era enojo verdadero, sino algo más tenso, más profundo. Se giró de golpe, la mano al pecho, el corazón dándole un vuelco. Él estaba allí, en el umbral, alto, inmenso, llenando el marco de la puerta con su sola presencia. Su cabello blanco y plateado caía sobre su frente como nieve recién caída; sus ojos violeta la atravesaron de parte a parte, y no había ternura en su mirada, ni aprobación, sino una severidad que la hizo encogerse sin querer. En las manos llevaba un par de zapatos, de cuero suave y cálido, forrados por dentro con lana espesa.

—Yo... —empezó ella, y la voz le salió más débil de lo que quería—. No sentía frío. El aire... es refrescante.

Aleric avanzó despacio, sin prisa, y cada paso suyo era firme, pesado, como si la tierra misma se ajustara a su paso. Se detuvo justo delante de ella, tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo, y la miró desde arriba, con esa altura que la hacía sentirse pequeña, frágil, casi insignificante.

—Refrescante —repitió él, y la palabra sonó seca, escéptica, casi cruel—. Esa es la palabra que usáis para describir el viento que puede dejaros sin respiración antes de que terminéis de contarlo. Sois imprudente. Y ahora, sentaos.

Ella dudó, dio un paso atrás, pero la ventana estaba a su espalda y no tenía dónde ir.

—Puedo calzarme yo sola —murmuró, estirando la mano para tomar los zapatos—. No hace falta que...

Él los apartó, con un movimiento suave pero firme, y ella se quedó con la mano en el aire. Antes de que pudiera protestar, él se arrodilló.

El mundo pareció detenerse.

Harriette contuvo el aliento. El gran Archiduque, el hombre ante el cual reyes bajaban la mirada, estaba arrodillado en el suelo frío a sus pies. Su mano, grande y caliente, la rodeó el tobillo, y ella sintió el contacto como una descarga eléctrica, quiso retirar la pierna, murmuró su nombre para que se levantara, pero él la sujetó con firmeza, no con dureza, pero con una autoridad que no admitía negativa. Alzó la vista hacia ella desde abajo, y sus ojos violeta eran oscuros, intensos, innegables.

—No os mováis —gruñó entre dientes, bajo y áspero, como si la orden fuera para sí mismo tanto como para ella—. Y comportaos.

Harriette se quedó inmóvil, con el corazón golpeándole contra las costillas, sin saber dónde mirar, sintiendo cómo sus manos, grandes y seguras, calzaban sus pies con una delicadeza que contradecía la rudeza de sus palabras. Lo hacía con cuidado, despacio, asegurándose de que quedaran bien, de que nada apretara, y cuando terminó, se puso de pie sin mirarla a los ojos, tomó un chal de lana pesada y cálida que estaba al borde de la cama y se lo puso sobre los hombros, envolviéndola, cerrándolo bien para que no entrara ni un soplo de aire. Luego se giró hacia la ventana y la cerró de un golpe suave, pero firme.

—El médico fue claro —dijo entonces, dándole la espalda un instante, y cuando se volvió, su rostro estaba serio, duro, sin concesiones—. Debéis mantener el cuerpo caliente. No podéis vivir aquí como si estuvierais en vuestras tierras de sol y rosas. El invierno aquí mata a los que lo subestiman. Y vos lo habéis hecho, una y otra vez.

—Me gusta —respondió ella, con más firmeza de la que sentía—. Me gusta el frío. Me hace sentir despierta. Me hace sentir que... que estoy empezando de nuevo. No es tan terrible como decís.

Él la miró, y una sombra de impaciencia cruzó su rostro.

—No es cuestión de gustos, Harriette —dijo, y usar su nombre, sin título, sin cortesía, hizo que ella se callara de golpe—. Es cuestión de supervivencia. Vuestro cuerpo no está acostumbrado. Sois demasiado delgada. No tenéis reservas. Si seguís así, la próxima vez no será solo un desmayo. Será la tumba.

Las palabras cayeron como piedras. Harriette sintió que se sonrojaba, la sangre subiéndole a las mejillas con fuerza.

—Estoy bien —replicó, cruzándose de brazos—. No soy débil. Y mi peso... es así como debo estar. En la capital se considera elegante...

—No estamos en la capital —la cortó él, tajante, sin levantar la voz, pero con una firmeza que no dejaba espacio—. Y no me importa lo que allí se considere. Aquí, la elegancia no te mantiene viva. La fuerza sí. El alimento sí. Y vos estáis demasiado flaca. Se os ven los huesos, Harriette. No es saludable. No es seguro. Y no lo permitiré.

Ella abrió la boca para responder, para decir que comía, que no necesitaba engordar, que no era su cuerpo lo que debía importarle, pero él la recorrió con la mirada, despacio, desde la cabeza a los pies, sin insolencia, sin curiosidad indebida, solo con una claridad que la desarmó. Vio lo que ella no quería ver: las muñecas finas, la clavícula marcada bajo la piel, la falda colgando levemente sobre caderas que no tenían la redondez de quien come bien. Y no dijo nada más, pero la mirada lo dijo todo.

—El médico ha recetado caldos, carnes, mantequilla, pan, miel —continuó él—. Comeréis todo lo que os sirvan. Tomaréis las infusiones puntualmente. Saldréis abrigada siempre, sin excepciones. He mandado llamar a la modista del castillo: hará ropa nueva, gruesa, cálida, digna de vos. Y no discutiréis esto. No hay alternativa.

—Pero... —empezó ella, indignada, dolida—. Mi figura...

—Vuestra salud —lo interrumpió él, y su voz bajó, se volvió más grave, más intensa—, es lo único que me importa. No quiero una esposa hermosa que se marchite antes de tiempo. Quiero que viváis. Que estéis fuerte. Que estéis aquí. ¿Es eso demasiado pedir?

Harriette lo miró, y las palabras se le murieron en la garganta. En sus ojos violeta no había crítica, ni burla, ni desdén. Había miedo. Miedo a perderla. Un miedo oscuro, silencioso, que él intentaba ocultar tras la firmeza de sus órdenes. Se quedó sin saber qué decir, con la indignación desvaneciéndose, dejando en su lugar algo más suave, más tibio, más confuso.

—Entendido —susurró finalmente, bajando la mirada—. Haré lo que decís.

—No lo hacéis por mí —respondió él, suavizando el tono, aunque sin aflojar la determinación—. Lo hacéis por vos. Por la vida que decís querer empezar. Cuidadla. Merece la pena.

Se giró entonces hacia la puerta, y ya en el umbral, se detuvo sin mirarla.

—Vendré a veros más tarde —dijo—. Comeremos juntos. Y no os atreváis a quitaros el chal mientras yo no esté aquí para verlo.

Salió entonces, y la puerta se cerró tras de sí, dejándola sola con el fuego, el frío tras los cristales, y el corazón latiéndole de un modo extraño, rápido y confundido. Se acercó de nuevo a la ventana, tocó el cristal con la yema de los dedos, y vio su propio reflejo: pálida, con el cabello revuelto, los ojos aún grandes y brillantes, y una expresión que no sabía nombrar. Testarudo, pensó, con una mezcla de enfado y algo que se parecía mucho a cariño. Era terriblemente, inflexiblemente testarudo. Y sin embargo, cuando nadie la había protegido jamás, él estaba allí, plantándose entre ella y el frío, entre ella y su propia imprudencia, como si su vida fuera algo que valiera la pena defender.

Se sentó frente al espejo, se ajustó el chal sobre los hombros, y sonrió levemente, para sí misma, para la mañana que entraba. Tal vez, pensó, mientras se calzaba los zapatos —suaves, cálidos, perfectos—, tal vez no era tan terrible que alguien quisiera cuidarla. Tal vez no tenía que hacerlo todo sola.

Fuera, el viento soplaba fuerte, pero dentro, el fuego ardía con más fuerza que antes. Y Harriette supo, con una certeza que le recorrió los huesos, que algo había cambiado entre ellos. Algo que no se podía deshacer.

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A.B.G.L
estoy trabajando en los próximos capitulo para una publicación sin demora, gracias por tu apoyo y espera ☺️
Ichuu
cómo siempre muy buenas tus novelas, actualiza más seguido! ♥️
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