Una CEO implacable, fría y adicta al control que vive bajo la sombra de una traición pasada. Un técnico de mantenimiento alegre, gigante y de espíritu libre que contagia ritmo de salsa y sonrisas a cada paso. Cuando los mundos opue stos de Ariadna Riquelme y Jonathan Guedez chocan en los pasillos de un corporativo de lujo, el caos está garantizado. Entre hojas de cálculo imposibles, miradas que queman y un choque cultural inminente, Jonh pondrá de cabeza la perfecta y fría rutina de la jefa... demostrando que la armadura más dura a veces solo necesita un buen golpe de sabor y un corazón dispuesto a latir sin permiso.
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LA CUENTA REGRESIVA Y EL VALS DE LA SALSA
Faltaban apenas dos semanas para la boda del siglo, y el Corporativo Riquelme parecía un campo de operaciones de alta seguridad, aunque dirigido enteramente al servicio del amor y de los preparativos nupciales. Las reuniones de la junta directiva ya no giraban en torno a márgenes de beneficio o expansión internacional, sino a debates vitales sobre si los tequeños debían ser de queso duro o blando, o si la orquesta de salsa en vivo debía tocar el repertorio clásico de Héctor Lavoe o incluir también los éxitos urbanos más modernos para complacer a los invitados más jóvenes.
Ariadna, en su flamante rol de novia y futura madre, lucía una hermosura deslumbrante. El pequeño bulto en su vientre ya era innegable, un recordatorio constante de que su cuerpo y su vida se estaban expandiendo hacia universos hasta entonces desconocidos para ella. Ya no utilizaba sus trajes sastre de corte riguroso y colores fríos; ahora prefería vestidos vaporosos, de tonos pasteles y cortes imperiales que le daban una gracia etérea, casi celestial, sin perder un ápice de esa elegancia ejecutiva que la caracterizaba.
Jonh, por su parte, vivía en un estado de éxtasis permanente. Su cargo de Director de Bienestar y Felicidad Corporativa se había convertido en el motor emocional de la compañía. No había empleado que no lo saludara con una sonrisa o que no le preguntara por los avances del bebé. Él, con su característico delantal de cocina o su camisa de lino impecable, se paseaba por los pasillos repartiendo energía positiva, arepas miniatura para los antojos de Ariadna y una confianza ciega en que todo saldría perfecto.
Una tarde, a diez días de la ceremonia, el estrés y la emoción decidieron converger en el despacho presidencial del piso 50. Ariadna revisaba por enésima vez la lista de invitados cuando sintió una punzada de vértigo. La inmensidad de lo que estaba por ocurrir —casarse, formar una familia, fusionar para siempre su apellido y su alma con un hombre que había entrado a su vida rompiendo los esquemas— le hizo contener la respiración.
La puerta se abrió con suavidad y Jonh entró portando una bandeja de plata. En ella llevaba una infusión de manzanilla para ella y un café negro bien cargado para él. Al ver el rostro concentrado y ligeramente pálido de su prometida, dejó la bandeja a un lado con rapidez y se hincó frente a su silla, tomando sus manos frías entre las suyas.
—¿Qué pasa, mi reina? —preguntó él con esa voz grave y arrastrada que siempre lograba calmar las mareas de su mente—. ¿Salió mal algo con el pastel? ¿O es que el vestido te queda apretado? Si es lo del vestido, sabes que mandamos a hacer otro de emergencia, no hay problema.
Ariadna soltó una risa suave, sintiendo cómo el calor de las manos de Jonh le devolvía la estabilidad. Negó con la cabeza, mirando fijamente esos ojos claros que se habían convertido en su brújula.
—No es el vestido, Jonh. El vestido es perfecto —respondió ella, con la voz teñida de una dulce vulnerabilidad—. Es que… a veces me detengo a pensar en cómo éramos hace apenas unos meses. Yo era un bloque de hielo, una mujer que medía cada latido de su corazón con una hoja de cálculo. Y ahora míranos. Vamos a casarnos en diez días, y hay un bebé creciendo aquí dentro. A veces tengo miedo de no estar a la altura de toda esta felicidad. Tengo miedo de que esto sea un sueño del que vaya a despertar y volver a mi fría torre de marfil.
Jonh la miró con una ternura infinita. Se levantó, la sacó de la silla con delicadeza y la sentó sobre sus propias piernas, rodeándola con sus brazos fuertes, esos mismos brazos que alguna vez solo habían reparado maquinaria, pero que ahora sostenían su mundo entero.
—Mi amor, mira a tus ojos —susurró él, apoyando su frente contra la de ella—. No estás soñando. Esto es más real que cualquier balance financiero de tu empresa. El Glaciar se derritió, sí, pero no para desaparecer. Se convirtió en agua, y el agua da vida. ¿Tienes miedo? Es normal. Pero recuerda quién eres. Eres la mujer que me enseñó a amar el orden, y yo soy el hombre que te enseñó a perder el control con ritmo. Juntos somos indestructibles. Y sobre todo… nos tenemos el uno al otro.
Ariadna lo besó con una profundidad que cortaba la respiración. Las dudas se evaporaron, disueltas en el calor de su piel y en la certeza absoluta de que su destino ya estaba escrito junto al de él.
Esa misma noche, la pareja decidió tener una "cita de ensayo" en el salón principal de la mansión de los Riquelme, que ya comenzaba a ser decorada con carpas blancas, miles de luces de hada y arreglos florales exuberantes traídos directamente desde las costas y los llanos venezolanos. La música era un requisito indispensable: querían practicar el que sería su primer baile como esposos.
No iba a ser un vals tradicional y aburrido. Eso habría sido una traición a su historia. Habían decidido un híbrido musical único: una introducción suave de bolero que transmutaría, sin previo aviso, en una salsa brava y contagiosa que pondría a prueba no solo los pasos de baile, sino la destreza de Ariadna con su incipiente pancita de embarazada.
—Bien, Jefa —dijo Jonh, adoptando una postura formal y extendiendo una mano hacia ella con una sonrisa traviesa—. Demuéstreme si las clases de salsa en La Candelaria dieron fruto, o si el embarazo le ha restado el tumbao.
Ariadna, vistiendo un holgado vestido de algodón blanco que flotaba a su alrededor y descalza para mayor comodidad, aceptó el reto con una chispa de picardía en los ojos.
—No subestimes al ex-glaciar, Músculo de Oro. Puedo llevar una criatura en el vientre, pero mis caderas siguen mandando.
Los acordes románticos de un bolero comenzaron a sonar en los altavoces portátiles que Donato había instalado. Jonh la atrajo hacia sí con una delicadeza extrema, cuidando cada movimiento, protegiendo su cuerpo con una devoción sagrada. Se movían despacio, sincronizados con los latidos del corazón del otro. Los ojos de Ariadna brillaban bajo la luz tenue de las bombillas del jardín.
De repente, el ritmo cambió de golpe. Los metales de la salsa estallaron con fuerza y alegría. La percusión marcó el paso inconfundible de la clave.
Jonh dio un giro rápido y preciso, y Ariadna, con una risa cristalina que llenó el espacio, le siguió el compás con una agilidad sorprendente. Sus caderas se movían con gracia, marcando el compás con una naturalidad que demostraba que el ritmo ya no era solo una música externa, sino una parte fundamental de su torrente sanguíneo. Giraron, se cruzaron, se acercaron en un juego de seducción y complicidad que desafiaba cualquier protocolo corporativo.
Cuando la canción llegó a su clímax, Jonh la sumergió en un dip perfecto, sosteniéndola con firmeza mientras ella arqueaba la espalda, riendo a carcajadas y aferrándose a sus hombros con una felicidad absoluta. Al enderezarla, quedaron frente a frente, sin aliento, con las mejillas sonrojadas y el corazón galopando.
—Aprobada con honores, Jefa —murmuró Jonh, besando la punta de su nariz con ternura—. La boda va a ser un escándalo. Nadie va a poder con nosotros.
—Nadie —afirmó Ariadna con una seguridad rotunda, apoyando su cabeza en el pecho de Jonh, sintiendo el ritmo constante de sus latidos—. Que se prepare Caracas, porque el amor llegó para quedarse.
La cuenta regresiva continuaba, y cada día que pasaba era un peldaño más hacia el altar, un paso más hacia la consolidación de una familia que había nacido del caos, de la comedia y de la más pura, sincera y arrolladora pasión.