Segundo libro de la Dinastía Lobo.
⚠️ CONTENIDO (+18)⚠️
Phillips Lobo es el Sottocapo de la mafia italiana, él lleva el dolor de haber perdido a su gran amor después de que diera a luz a su primer hijo, se siente herido y jura no volverse a enamorar jamás.
Fátima Martini, es una chica a la cual le mataron al novio y fue vendida por su propio hermano a un proxeneta, es rescatada por el mafioso líder de la mafia italiana quién es el marido de su mejor amiga y el primo de Phillips,y en su afán de querer olvidar todo el daño que le han causado decide convertiste en la niñera del hijo del sottocapo, ella se siente herida, quiere olvidar su pasado y todo el dolor que lleva en el alma.
¿Podrá Fátima olvidar y sanar todo su dolor?
¿En verdad Phillips no volverá a enamorarse más?
¡Ven y acompáñame en esta nueva aventura y averigüemos juntos que pasará entre el Sottocapo y la Niñera!
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Dolorosos recuerdos.
Fátima Martini (La niñera)
...
Estoy en la habitación contigua a la de Efraín (el hijo del sottocapo). Ya se durmió y yo vuelvo a quedar en aquel vacío que no logro llenar, con aquel dolor que no logro olvidar. Ni las muchas terapias ni las distintas charlas quitan de mí esta pena que consume mi interior. Los únicos momentos en los que encuentro un poco de paz y alegría son los que comparto con Efraín y mi mejor amiga, pero ella está ocupada con su esposo, con su universidad, su cargo y sus estudios de idiomas. Frente a los demás finjo estar bien, finjo ser feliz y fuerte, pero en mi soledad me desplomo. No sé si algún día supere lo que me hizo «mi hermano»: mató a mi primer amor y me vendió como a cualquier mercancía, sin importarle el daño que me hicieran aquellos bastardos, los castigos que sufrí por no ser virgen, porque le había entregado mi amor y mi pureza a Jhonny, mi novio.
No sé si algún día podré superar las asquerosidades que me hicieron en aquel prostíbulo, esas que me persiguen cada que intento dormir; son como fantasmas que me acechan en la oscuridad.
Gruesas lágrimas salen de mis ojos cada que pienso, y siento asco de mí misma como mujer. Cada vez que me ducho trato de restregar mi cuerpo lo más fuerte que puedo para ver si quito toda aquella suciedad de mi cuerpo, y aunque se vaya esa, queda entonces la suciedad en mi corazón, en mis ojos y en mi mente.
Respiro profundo en la soledad de mi alcoba. Una voz en mi oído izquierdo me dice: "Hazlo, ¿para qué seguir viviendo con tanto dolor y asco?", pero otra voz en mi oído derecho me dice: "No lo hagas, tú eres fuerte y valiente y saldrás de esta, tienes muchas cosas por vivir aún". Pero la voz de mi oído izquierdo es más insistente. Cierro los ojos con fuerza, recordando mi niñez, el abandono de mis padres, el hambre que aguanté hasta que nos encontramos con doña Berenice; para entonces soportar sus malos tratos por darnos un techo y comida para vivir. Recuerdo cuando conocí a Angélica, mi mejor amiga; una alegría se instaló en mi corazón cuando la vi, aunque ella estaba muy triste. De ella sobresalía una especie de luz de esperanza. Yo quisiera sentir o tener un poco de esa luz, pero no la hallo.
Aprieto fuerte la soga que tengo en mi mano, respiro hondo y me subo sobre el mueble que está cerca de la ventana. Miro hacia el cielo a través de esta y le pido perdón a Dios por lo que haré, pero en realidad siento que ya no puedo más. Amarro la soga a uno de los delgados barrotes de la ventana y me aseguro de que quede bien amarrada. No sé cuántas veces pido perdón. Me acomodo y meto mi cabeza en el hueco de la soga. Estoy lista para saltar al vacío y acabar con mi tormento cuando, de pronto, escucho el sonido del monitor, el cual me indica que Efraín se ha despertado otra vez.
El llanto de aquel bebé es como un rayo de luz y esperanza para mí, así que me quito la soga del cuello y me desplomo sobre el sofá a llorar.
¿Estuve a punto de quitarme la vida?
¿Quiero morir?
¿En verdad no hay solución para mi problema?
¿Podrá alguien o algo curar mis heridas?
El fuerte llanto del pequeño y adorable bebé me saca de mis pensamientos. Me levanto rápido, limpio mi cara y salgo disparada hacia la habitación contigua, encontrándome con una hermosa imagen: <
•••
Phillips Lobo (El sottocapo de la mafia italiana)
...
En la soledad de mi habitación contemplo las fotografías de mi difunta esposa mientras me tomo una botella de licor. Me arde el pecho cada que evoco los recuerdos de los momentos que juntos compartimos: cada palabra, cada beso, cada mirada, el día de nuestra boda, el día que me dio la noticia de que seríamos padres.
Gruesas lágrimas salen de mis ojos al darme cuenta de que ella ya no está, que no la volveré a ver más. No podré besarla, tocarla, hacerle el amor. Ella no podrá criar a nuestro pequeño, no lo verá crecer, él no le dirá mamá y yo no volveré a amar a nadie más como la amo a ella.
Aspiro el aroma de su ropa y siento un dolor tan grande que deseo irme con ella también. Delante de todos finjo que soy fuerte, que no me duele, pero en la soledad de la noche llegan los dolorosos recuerdos que me sumen en una melancolía desesperante al darme cuenta de que no tengo a mi esposa conmigo.
Me termino de beber el resto de licor que había en la botella y siento como si mi mente se nublara. Paso mis manos por mi cara para despejar mi vista y, de la nada, tengo mi Beretta en la mano izquierda. Miro la foto de mi amada Lara y luego el arma, que llevo hasta mi sien, dispuesto a pegarme un tiro para acabar con este dolor. Estoy a nada de jalar el gatillo cuando el llanto de mi hijo se escucha a través de la pantalla que tengo a varios metros cerca de mí. Está llorando y está solo.
¿Qué iba a hacer?
¿En verdad sería capaz de dejar a mi bebé sin su madre y su padre también?
¿Tan cobarde soy?
¿Habrá alguien o algo que cure mi dolor?
El llanto de mi hijo me saca de mis pensamientos y es como una luz para mi vida. Arrojo el arma lejos de mí, limpio mi cara y, al darme cuenta de que la niñera no llega, salgo rápido a ver a mi pequeño Efraín. Lo levanto en mis brazos cuando llego a él y beso su cabecita incontables veces.
—Perdóname, hijo, por lo que estuve a punto de hacer —le hablo bajito y siento vergüenza al recordar lo que estuve a punto de hacer.
La puerta de la habitación de mi hijo vuelve a abrirse y alguien se queda de pie en el umbral: la niñera.
—Creo que será mejor que duerma en la misma habitación de mi hijo, no quiero que esté solo mientras duerme —le digo a la mujer sin mirarla.
—Como usted mande, señor —me responde en voz baja, y noto que estuvo llorando también. Su voz me lo demuestra, pero cuando me doy la vuelta para encararla lo confirmo: tiene los ojos rojos, húmedos e hinchados.