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EL SILENCIO DE LOS CORDEROS DE CEMENTO

EL SILENCIO DE LOS CORDEROS DE CEMENTO

Status: Terminada
Genre:Mafia / Completas
Popularitas:198
Nilai: 5
nombre de autor: MISTER (X)

Brooklyn, 1986. Dante Rizzuto tiene doce años cuando presencia el funeral de su padre, Enzo, un capo de la mafia asesinado en un callejón. Su tío Salvatore, el nuevo jefe de la familia, lo cría bajo el código de la Cosa Nostra: el respeto se gana con poder, el poder se mantiene con miedo. Bajo la tutela de su tío, Dante se convierte en "Il Fantasma", un asesino frío y calculador que se mueve entre las sombras del bajo mundo de Nueva York.

Pero el pasado nunca muere del todo. Cuando Dante conoce a Elisa, una fotógrafa de arte que ve más allá de su fachada de hombre de negocios, comienza a cuestionar todo lo que ha aprendido. El amor se convierte en su primer acto de rebeldía, y la traición de su tío desencadena una guerra que lo enfrentará a su propia sangre.

En una carrera contrarreloj entre la venganza y la redención, Dante deberá infiltrarse en la fortaleza de su tío durante la Noche de las Máscaras, una velada veneciana donde los capos de las cinco familias celebran una tregua fic

NovelToon tiene autorización de MISTER (X) para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

EL SUSURRO DEL VIENTO

Capítulo 18

Los días en Amalfi transcurrían tranquilos, pero Dante sabía que la paz era frágil. Una tarde, mientras caminaba por el acantilado con Elisa, el viento trajo consigo un susurro que le heló la sangre. Era una voz que conocía bien, una voz del pasado.

"¿Dante?" preguntó Elisa, notando su expresión.

"Pensé que había oído algo," dijo él, sacudiendo la cabeza. "Probablemente es el viento."

Pero no era el viento. Era la voz de su padre, Enzo, que parecía hablarle desde la muerte. "Dante, hijo mío, has hecho lo correcto. Pero la guerra nunca termina. Siempre hay una nueva batalla."

Dante se detuvo y cerró los ojos. "Padre, ¿qué quieres que haga?"

"Protege a los tuyos," susurró la voz. "Esa es tu única misión."

Esa noche, Dante decidió que era hora de escribir una carta a Marco Jr., explicándole todo lo que había aprendido. Quería que la nueva generación entendiera que el poder no era solo violencia, sino también sabiduría y compasión.

Cuando terminó la carta, se la entregó a Elisa. "Si algo me pasa, asegúrate de que esto llegue a Marco."

Ella lo miró con preocupación. "¿Qué quieres decir con 'si algo te pasa'?"

Dante la abrazó. "Nada, amor. Solo quiero estar preparado."

Los días siguientes, Dante se dedicó a terminar sus memorias. Quería que el libro estuviera completo antes de cualquier eventualidad. Escribió sobre su infancia, sobre su padre, sobre su tío, sobre la guerra, sobre Elisa. Quería que el mundo conociera la verdad, que supiera que detrás del Fantasma había un hombre que había luchado por encontrar la paz.

A medida que escribía, Dante sentía que las palabras lo sanaban. Cada recuerdo, cada confesión, era un paso más hacia la reconciliación con su pasado. Y cuando finalmente cerró el cuaderno, supo que había encontrado lo que tanto había buscado: la paz interior.

Esa noche, mientras veía el atardecer con Elisa, Dante sintió que su vida había llegado a un punto de equilibrio. Ya no era el hombre que había sido, ni el hombre que podría haber sido. Era simplemente el hombre que era, y eso era suficiente.

A la mañana siguiente, Amalfi despertó bañada en luz pálida. Dante se quedó un rato más en la cama, escuchando cómo el mar marcaba su respiración rítmica contra los riscos. La voz de Enzo seguía ahí, como una hebra de humo que no terminaba de disiparse; a veces clara y urgente, otras apenas un murmullo. No sabía si había sido un truco del viento, un remanente de culpa o algo más oscuro. Lo que sí sabía era que, desde esa tarde en el acantilado, cada decisión parecía llevar impresa aquella consigna: protege a los tuyos.

Elisa lo encontró en la cocina, con el cuaderno cerrado sobre la mesa y dos tazas de café humeante. No preguntó por la voz. Ella había aprendido, con los años, que ciertas heridas no se curaban con explicaciones; se curaban con presencia.

—¿Lo tienes aquí? —dijo, señalando el cuaderno.

Asintió. Alargó la mano y tomó la carta que había escrito para Marco Jr., la única copia que existía por si las cosas se torcían. Elisa la cubrió con sus dedos, como si pudiera sentir a través del papel el peso de aquello que contenía.

—La llevaré yo —dijo, con la misma firmeza con la que cuidaba las plantas en su jardín—. Conozco a la gente de Nocera. Puedo encontrar a alguien que no pregunte demasiado.

Dante quiso protestar y a la vez estuvo agradecido por la certeza en su voz. Hablar de volver a los sitios del pasado lo llenaba de una mezcla de repulsión y necesidad. Había motivos para no querer reabrir viejas heridas, y motivos para creer que algunas heridas, si se miraban con honestidad, podían dejar de doler.

Pasaron los días. Amalfi siguió con su ritmo tranquilo: los pescadores remendando redes, los niños corriendo detrás de las gaviotas, las vecinas intercambiando recetas en la plaza. Dante continuó escribiendo, puliendo frases, arrancando hojas cuando el recuerdo le parecía insuficiente. Cada párrafo era una confesión, pero también un mapa: indicaciones para que quien leyera supiera no tanto qué hacer, sino qué no repetir.

Una tarde, mientras inclinaban las cabezas sobre un plato de espaguetis al limón en el balcón, Elisa vio la figura acercarse por el sendero que serpenteaba desde el pueblo. Al principio pensó que sería algún turista con mapa, pero cuando el joven llegó a la terraza y levantó la vista, Dante sintió como si el propio pasado le cruzara el pecho.

Marco Jr. era más alto de lo que Dante recordaba en las fotografías y llevaba el peso de una vida ajena a la suya: los hombros tensos, el gesto cortado, la mirada que buscaba leer en el rostro de Dante un viejo rencor aún vivo. No había agresividad en su entrada, solo una determinación que podía transformarse en muchas cosas.

—Dante —dijo, sin posarse todavía en la puerta. Su voz fue un descubrimiento—. Me dijeron que vivías aquí.

Dante se levantó, le ofreció un asiento sin saber bien si tenía derecho a aquella cortesía. Elisa se quedó en pie junto a la mesa, los brazos cruzados, guardiana de esa calma frágil.

—Hola, Marco —contestó Dante—. Me alegra verte.

La sorpresa de la frase fue tangible. Marco Jr. dejó escapar una risa corta, sin humor.

—Me alegra a medias —dijo—. Vine porque tenía preguntas. Porque alguien me dijo que tú habías... cambiado las cosas.

Hubo silencio. Dante recordó la voz de Enzo una vez más: protege a los tuyos. ¿Significaba eso protegerlos del peligro o protegerlos del espejo? ¿Hasta qué punto el deber de un hombre incluyó permitir que el siguiente aprendiera a vivir distinto?

—Siéntate —dijo—. Te debo respuestas.

Marco Jr. dejó la mochila en el suelo y se sentó como quien se prepara para una tormenta. Sus preguntas fueron directas, a veces bruscas: por qué su padre hizo lo que hizo, qué había pasado la noche en que las cosas se rompieron, dónde encajaba la culpa. Dante no tenía todas las respuestas. Intentó dar las que podían explicarse sin buscar excusas, sin edulcorar la historia. Habló de su propio miedo, de las decisiones tomadas en la guerra, de la confusión que vuelve locos a los hombres cuando el poder aparece sin mapas morales. Habló de Salvatore, del perdón que había encontrado en una tumba y en una carta.

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