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El Último Partido De La Tierra

El Último Partido De La Tierra

Status: En proceso
Genre:Mundo de fantasía / Aventura / Héroes
Popularitas:54
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

Hace doscientos años, el Sistema Solar comenzó a desaparecer. Uno a uno, sus planetas fueron derrotados en el Torneo Galáctico de Federaciones, condenando a millones de habitantes a la esclavitud. Hoy, solo la Tierra sigue con vida.
Marcus Bandeira, entrenador de la Federación del Sistema Solar, recibe una misión imposible: reunir a los descendientes de Marte, Venus, Mercurio, Saturno, Urano y otros mundos desaparecidos para formar un equipo capaz de desafiar al invencible Rhusthym Kar, pentacampeón durante cincuenta años.
No juegan por un trofeo.
No juegan por la gloria.
Juegan para impedir que la Tierra desaparezca para siempre.
En un universo donde cada derrota borra miles de vidas y cada victoria compra un poco más de tiempo, once jugadores descubrirán que vencer al mejor equipo de la galaxia exige mucho más que talento.
Exige demostrar que incluso un planeta condenado todavía puede luchar por su último partido.

NovelToon tiene autorización de EspirituCreativo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El peso de la libertad

La nave de Omicron atravesó las nubes de ceniza de Vulcano antes de iniciar el descenso. Cuando las compuertas se abrieron, un calor abrasador les golpeó el rostro. Ninguno se movió de inmediato.

Maldek bajó la mirada hacia sus piernas. Las gruesas cadenas jovianas ya no estaban. Kendall flexionó los tobillos lentamente, como si aún esperara sentir el peso del hierro. Beckor dio un paso. Luego otro. Y un tercero. Se detuvo. Miró sus pies descalzos sobre la roca volcánica. Abrió y cerró los dedos con lentitud. Todavía no podía creerlo.

—Así... —murmuró en voz baja—. Así se siente la libertad.

Nadie respondió. Porque todos estaban haciendo lo mismo. No contemplaban Vulcano. Se contemplaban las manos. Las muñecas. Los tobillos. Por primera vez en décadas, no había grilletes. Ni llaves. Ni un guardia esperando para castigarlos por caminar demasiado rápido. Solo silencio. Solo libertad.

Cholo Solís los observó durante unos segundos. Su sonrisa habitual se desvaneció. No hizo ninguna broma. No era el momento. Marcus también guardó silencio. Entendía que ese instante no le pertenecía a él ni a Regal. Les pertenecía a ellos. A hombres que habían olvidado cuánto pesaba... la ausencia de cadenas.

Beckor respiró hondo. Luego alzó la mirada hacia el cielo rojizo de Vulcano.

—No importa si este lugar es un infierno —sonrió por primera vez—. Prefiero morir como un hombre libre... que vivir un día más como esclavo.

Marcus no dijo nada. Solo abrió el viejo cuaderno que Regal le había entregado. Miró los nombres escritos. Maldek. Kendall. Beckor. Y comprendió que ya no estaba formando un equipo de fútbol. Estaba reuniendo a hombres que acababan de redescubrir, una vez más, el significado de la palabra libertad.

Cerró el cuaderno con un chasquido seco. El sonido rompió la solemnidad, devolviéndolos al presente.

—Disfruten este momento —dijo Marcus, con voz suave pero firme—. Pero no se acostumbren a la calma. Porque el infierno apenas acaba de comenzar.

Los cinco jugadores lo miraron. La emoción en sus ojos no había desaparecido, pero ahora se mezclaba con una determinación guerrera.

—A partir de hoy comienza el entrenamiento de acondicionamiento físico —continuó Marcus, caminando entre ellos—. La gravedad de Vulcano es el doble de la terrestre. El aire quema los pulmones. Omega nos envió aquí para que muriéramos entrenando y no tuvieran que matarnos en la final. Pero no vamos a morir. Vamos a adaptarnos.

Marcus se detuvo frente a Maldek.

—Quiero que seas obediente con el proceso. No intentes forzar lo que tu cuerpo aún no puede dar. Escucha a tus músculos. Regal y yo seguiremos buscando al resto del equipo en las zonas de esclavitud. Cuando regrese, quiero que ya sean una unidad. No cinco individuos. Un solo organismo.

Cholo asintió, secándose el sudor de la frente con el dorso de la mano.

—Entendido, jefe. Nos quedamos aquí, poniéndonos fuertes.

Beckor, sin embargo, dio un paso al frente. Su mirada estaba fija en el horizonte de roca fundida.

—Marcus —dijo, con su voz grave resonando en el aire denso—. Tenemos el muro. Tenemos el corazón. Pero nos falta velocidad.

Marcus frunció el ceño.

—¿Qué quieres decir?

—Si la memoria no me falla —continuó Beckor, mirando sus propios pies descalzos—, los mercurianos siempre han sido conocidos por ser ágiles, resistentes. Capaces de moverse en alta gravedad sin perder el equilibrio. No sería mala idea encontrar a alguien de ese tipo.

Beckor alzó la mirada y clavó los ojos en Marcus.

—Creo que los enviaron a todos a la zona de fábricas de ensamblaje orbital. En el cinturón de asteroides cerca de la Estación Kaelen-7. Trabajan en las líneas de montaje de naves. Movimientos repetitivos, pero requieren reflejos instantáneos y resistencia al calor. Es exactamente el tipo de entorno que forja la velocidad que necesitamos.

Regal, que había estado observando en silencio desde la rampa de la nave, asintió lentamente.

—Beckor tiene razón. Las fábricas de Kaelen-7 son ideales. Los mercurianos de allí han desarrollado una agilidad funcional. Saben moverse en espacios reducidos, bajo presión térmica. Son extremos naturales.

Marcus sacó el cuaderno y pasó las páginas hasta encontrar la sección de Mercurio. Leyó en silencio: *«Los mercurianos no corren; fluyen. Su velocidad no es lineal, es adaptativa».*

Cerró el cuaderno y miró a Beckor.

—Gracias. Esa información vale oro. Iré a Kaelen-7 después de dejarlos instalados aquí.

Marcus se dirigió al grupo completo una última vez.

—Entrenen duro. Entrenen con inteligencia. Cuando regrese con los demás, quiero que este infierno ya se sienta como su hogar.

Marcus y Regal se dirigieron hacia la nave de transporte. Antes de subir, Marcus se detuvo y miró hacia atrás. Los cinco jugadores ya estaban en movimiento: Maldek empujando un bloque de roca volcánica, Kendall interceptando piedras que Cholo le lanzaba, Beckor corriendo en zigzag entre pilares oxidados.

Ya no eran esclavos. Eran guerreros en entrenamiento.

—Kaelen-7 —dijo Regal mientras la nave despegaba, dejando atrás el estadio oxidado—. Preparémonos. Las fábricas no serán tan hospitalarias como Tártaro. Allí, la velocidad es mercancía. Y Omega protege su mercancía con celo.

Marcus apretó el cuaderno contra su pecho.

—Entonces iremos con cuidado. Pero iremos. Porque si Beckor tiene razón... nuestro motor está ahí. Y sin velocidad, nuestro muro será inútil.

La nave desapareció en la atmósfera rojiza, rumbo al cinturón de asteroides. Detrás de ellos, en Vulcano, cinco pares de pies descalzos golpeaban la tierra volcánica al ritmo de un corazón que la galaxia creía muerto.

Pero latía. Fuerte. Implacable. Libre.

Mientras la nave se desvanecía en la bruma carmesí, Marcus contempló por la ventanilla la silueta de Vulcano, que se encogía a lo lejos. La distorsión del calor aún ondeaba alrededor del estadio, pero bajo ella, cinco figuras se movían con un ritmo decidido contra el suelo cubierto de ceniza. Ya no los definía lo que les habían arrebatado, sino lo que estaban recuperando con cada paso sobre aquella tierra implacable. La libertad no era un regalo; era un músculo, y Vulcano era su forja. Regal lo observó en silencio, comprendiendo sin necesidad de palabras que aquel viaje ya los había transformado a todos.

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