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El Cálido Abrazo Del Hielo

El Cálido Abrazo Del Hielo

Status: En proceso
Genre:Mundo de fantasía / Amor eterno
Popularitas:414
Nilai: 5
nombre de autor: Lelixi

Sinopsis
​Un reino a punto de cambiar. Un secreto congelado en el corazón. Y un amor que desafiará a dos coronas.
​A punto de ascender al trono de Arendor, la princesa Aria vive aterrorizada por dos grandes cargas: la abrumadora responsabilidad de gobernar a su pueblo tras la muerte de sus padres y un peligroso don milenario de magia de hielo que apenas puede controlar.
​Buscando una tregua antes del día de su coronación, Aria se aventura de incógnito por las calles de la ciudad. Pero lo que debía ser una simple escapada la conduce a un rincón olvidado de Arendor y a los ojos de Erik, un misterioso y atractivo joven del norte que parece entender su soledad como nadie. Entre tardes furtivas en un banco de madera, caricias robadas y un beso desesperado en la penumbra, una chispa imprevista amenaza con consumir sus miedos.
​Sin embargo, el destino guarda su propia revelación.

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CAPÍTULO 16: El Gran Acto de Renuncia y la Corona del Hermano

​El amanecer tiñó el cielo de Arendor con una tonalidad púrpura y carmesí. La luz de la mañana se filtraba por las altas vidrieras del Gran Salón de Audiencias, iluminando a una multitud multitudinaria. La corte entera, los lores de las provincias, la guardia real con sus armaduras de gala y las delegaciones diplomáticas de diez naciones abarrotaban las naves laterales.

​Aria permanecía sentada en el trono de piedra blanca, luciendo la corona de diamantes y una majestuosa túnica de terciopelo azul noche. Su postura era de una compostura real impecable, pero sus dedos apretaban con fuerza disimulada el apoyabrazos pulido. A su lado, Lyra permanecía de pie, vigilante y erguida.

​Las inmensas puertas dobles de roble se abrieron de par en par.

​El Rey Erik Voronov avanzó por la alfombra roja central. Caminaba con la gracia implacable de un conquistador, luciendo su uniforme militar de gala de Vaeloria. Detrás de él, el Príncipe Lian caminaba con el rostro pálido pero con la mirada brillante de una determinación inquebrantable.

​La multitud guardó un silencio sepulcral. Los ancianos senescales del norte sonreían con suficiencia desde la primera fila, convencidos de que el monarca avanzaba para presentar sus respetos finales y abordar el barco de regreso.

​Erik se detuvo exactamente al pie del estrado real. Miró a los ministros de Arendor, luego se giró hacia los senescales de su patria y finalmente fijó sus ojos en Aria.

​Lentamente, con una solemnidad que hizo detener el pulso de la sala, Erik llevó ambas manos a su cabeza, se quitó la corona de oro masivo de Vaeloria y la sostuvo en la palma de sus manos frente a su pecho.

​Un murmullo de conmoción absoluta recorrió la multitud como una ola de viento.

​—¡Majestad! ¿Qué locura hace? —gritó Lord Kaelen, dando un paso adelante con el rostro desencajado.

​—Hago lo que el honor y mi alma me exigen —respondió Erik. Su voz, grave y potente, resonó en las bóvedas de la catedral con una claridad cristalina—. Durante cinco años he servido a Vaeloria con lealtad absoluta. He sangrado en sus fronteras y he protegido a su gente. Pero un soberano no puede gobernar con justicia si su corazón y su vida pertenecen a otra tierra.

​El Canciller Vane de Arendor ahogó un jadeo de incredulidad.

​—Mi magia, mi destino y mi amor se quedan en Arendor —proclamó Erik, mirando fijamente a los ancianos de su consejo—. Por lo tanto, ante los cielos, ante mi pueblo y ante la historia, renuncio formalmente al trono de Vaeloria. Abdico de todas mis coronas, tierras y títulos soberanos.

​Las protestas estallaron instantáneamente. Los lores más conservadores y tradicionalistas de Vaeloria gritaron que era una deshonra a la sangre antigua, tildando la abdicación como una traición sin precedentes inducida por la magia del sur. Del mismo modo, varios ministros vetustos de Arendor mostraron su indignación, temiendo que la renuncia desatara un conflicto militar con Vaeloria por falta de un rey fuerte.

​Sin embargo, frente a las voces discordantes, un amplio sector joven de oficiales del ejército de Vaeloria y varios diplomáticos progresistas comenzaron a murmular con abierto respeto ante semejante sacrificio de amor.

​Erik no vaciló. Se giró hacia su hermano menor.

​Lian dio un paso al frente. Aunque el joven príncipe tenía lágrimas de emoción contenida en los ojos, su postura era erguida y su barbilla estaba levantada con la misma firmeza que la de su hermano.

​Erik se acercó a Lian y, ante la mirada atónita de la corte, le colocó suavemente la corona de oro de Vaeloria sobre la cabeza.

​—Lian, eres sabio, justo y posees la nobleza que nuestro pueblo necesita —dijo Erik en voz alta, para que todos lo escucharan—. Estás listo para ser el Rey de Vaeloria. Prometo acompañarte durante los próximos meses para guiarte en el proceso de transición, pero el trono es tuyo por derecho y capacidad.

​Lian miró a los senescales de las montañas, que permanecían petrificados de estupor, y habló con una voz firme que dejó en claro que no aceptaría réplicas:

​—Acepto la corona de mis ancestros. Y como primer decreto de mi reinado, declaro la alianza eterna entre Vaeloria y Arendor, reconociendo el sacrificio de mi hermano no como una traición, sino como el acto de amor más grande de la historia de nuestra dinastía.

​Acto seguido, Erik volvió a girarse hacia el estrado real. Subió lentamente las gradas de piedra, se detuvo frente a Aria y se hincó de rodillas sobre el mármol limpio.

​—Reina Aria... ya no soy un rey extranjero. Soy simplemente Erik. No te traigo ejércitos ni tierras; solo te pido tu mano en matrimonio, tu corazón y la oportunidad de servir a tu reino como tu consorte y tu protector eterno.

​Aria sintió que las lágrimas desbordaban sus ojos. Rompiendo cualquier protocolo de la corte, bajó corriendo las gradas y se arrojó a los brazos de Erik con tal fuerza que el joven la levantó del suelo, estrechándola contra su pecho.

​Se besaron allí mismo, en mitad del estrado, en un abrazo apasionado que desató un aplauso atronador liderado por una radiante Lyra y un emocionado Rey Lian, al cual terminaron uniéndose, uno a uno, los nobles de ambas naciones, vencidos ante la magnitud de semejante destino.

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