Una joven condenada como villana renace antes de su muerte y, al descubrir el legado oculto de las Espinas, deberá aliarse con el temido Duque Raven para enfrentar una antigua conspiración que amenaza al Imperio.
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Capítulo 23. La Espada de los Raven
Partieron al amanecer.
Blackstone quedó atrás envuelta en una neblina pálida, con sus torres oscuras elevándose contra el cielo gris como los dedos de una mano cerrada. Sobre la torre principal, el estandarte del cuervo ondeaba con fuerza, resistiendo al viento del norte.
Aria miró hacia atrás una última vez.
No sabía por qué aquella fortaleza le provocaba una sensación extraña.
No era hogar.
No para ella.
Y, sin embargo, algo en Blackstone parecía haberla reconocido.
Quizá porque allí había despertado el segundo fragmento.
Quizá porque allí Kael Raven había dejado de ser solo una leyenda temida por la corte.
O quizá porque, por primera vez desde su regreso al pasado, Aria había sentido que otro ser humano cargaba un dolor tan profundo como el suyo.
Kael cabalgaba a su lado.
La Espada del Juramento descansaba asegurada a su espalda, envuelta parcialmente en cuero oscuro. Aun cubierta, la reliquia emitía de vez en cuando un resplandor gris tenue, como si estuviera soñando con antiguas batallas.
Aldric iba unos pasos adelante, revisando el camino.
Liam cabalgaba detrás, envuelto en una capa demasiado grande para él y con una expresión de absoluto resentimiento hacia el clima.
—Quiero decir —murmuró— que no tengo nada contra el norte como concepto. Pero vivir aquí parece una decisión personal muy cuestionable.
Kael no giró la cabeza.
—Nadie te pidió vivir aquí.
—Eso ayuda un poco.
Aria ocultó una sonrisa.
—Pensé que te agradaría Blackstone.
—Me agradará más cuando la recuerde desde una chimenea lejana.
Aldric soltó una breve risa.
—Al menos sigues quejándote. Eso significa que estás bien.
—Esa es una forma muy cruel de medir mi salud.
El camino hacia el Lago Espejo era peligroso incluso sin la amenaza de la Orden.
Debían atravesar pasos montañosos, bosques nevados y antiguas rutas comerciales abandonadas tras décadas de derrumbes y ataques fronterizos. Kael conocía la región mejor que cualquiera, pero incluso él avanzaba con cautela.
Aquello inquietaba a Aria.
Kael Raven no parecía un hombre que temiera al terreno.
Si el Lago Espejo lo hacía ser prudente, entonces el lugar era peor de lo que imaginaba.
—¿Qué sabes realmente del lago? —preguntó ella cuando el camino se estrechó entre dos paredes de roca.
Kael mantuvo la vista al frente.
—Que quienes buscan respuestas allí suelen regresar con más preguntas.
—Eso no es exactamente información útil.
—Es la información más honesta que tengo.
Aldric habló desde adelante:
—El Lago Espejo aparece en algunas leyendas antiguas. No siempre con el mismo nombre.
—¿Y qué dicen esas leyendas? —preguntó Liam.
—Que sus aguas reflejan lo perdido.
Liam permaneció en silencio unos segundos.
—Eso suena triste.
Aria miró hacia el horizonte.
—O peligroso.
Kael asintió.
—Ambas cosas suelen parecerse.
El primer día de viaje transcurrió sin incidentes.
La Orden no apareció.
No encontraron rastros recientes.
No hubo emboscadas.
Y precisamente por eso todos permanecieron tensos.
Aria había aprendido que el silencio del enemigo rara vez significaba descanso.
Por la noche, acamparon en una hondonada protegida del viento. Kael eligió el lugar con rapidez y distribuyó las guardias sin necesidad de discusión.
Aldric tomó la primera.
Kael, la segunda.
Aria debía descansar.
No obedeció.
Cuando el campamento quedó en silencio y Liam se quedó dormido envuelto en su capa, ella se levantó y caminó hacia donde Kael vigilaba el borde de la hondonada.
El duque no se volvió.
—Deberías dormir.
—Usted también.
—Estoy de guardia.
—Yo también estoy de guardia.
—No te asigné una.
—Me la asigné sola.
Kael giró lentamente la cabeza.
—¿Siempre discutes las órdenes?
—Solo las malas.
—Eso explica muchas cosas.
Aria sonrió apenas.
El viento movió algunos mechones de su cabello sobre el rostro. Antes de que pudiera retirarlos, Kael extendió la mano y los apartó con un gesto breve.
Demasiado breve.
Demasiado cuidadoso.
Ambos se quedaron quietos.
El gesto no fue íntimo en apariencia.
Pero algo cambió en el aire.
Kael bajó la mano primero.
—El viento estorbaba.
—Claro.
—Era una explicación.
—Y yo la estoy aceptando.
—No parece.
—Quizá no soy tan buena mintiendo como usted.
Por primera vez, Kael pareció a punto de sonreír.
No lo hizo.
Pero sus ojos grises perdieron un poco de frialdad.
Aria miró hacia el fuego apagado del campamento.
—¿Le molesta viajar con Aldric?
Kael guardó silencio.
La pregunta era directa.
Tal vez demasiado.
Pero Aria necesitaba saberlo.
Si las heridas entre ambos seguían abiertas, la Orden podría usarlas contra ellos.
—No es molestia —respondió finalmente.
—Entonces ¿qué es?
Kael observó la oscuridad entre los árboles.
—Es recordar.
Aria no lo interrumpió.
—Durante años pensé que todos los vínculos con mi padre habían muerto con él. Luego aparece Aldric, cargando verdades que yo debería haber sabido desde niño.
—Él también carga culpa.
—Lo sé.
—¿Eso cambia algo?
Kael tardó en responder.
—No lo suficiente.
La honestidad de aquella respuesta le dolió más de lo que esperaba.
Pero también la respetó.
—Tal vez no tiene que cambiar todo de inmediato.
Kael la miró.
—¿Siempre intentas reparar a las personas?
Aria bajó la vista.
—No.
Pensó en su primera vida.
En todas las veces que intentó agradar.
Callar.
Complacer.
Ser útil.
Pensó en cómo eso no la salvó.
—Antes intentaba que todos me quisieran.
Kael permaneció inmóvil.
Ella no sabía por qué siguió hablando.
Quizá porque el silencio del norte parecía guardar mejor los secretos que cualquier salón de la capital.
—Ahora intento decidir quién merece quedarse.
Kael la observó con una intensidad que la hizo sentirse demasiado expuesta.
—¿Y yo?
La pregunta fue baja.
Casi tranquila.
Pero Aria sintió que llevaba un peso enorme.
Lo miró.
El monstruo del Imperio.
El Duque de Hierro.
El niño que sobrevivió al fuego.
El hombre que sostenía una espada antigua y aún no sabía si debía odiar a los muertos o perdonarlos.
—Aún lo estoy decidiendo —respondió.
Kael sostuvo su mirada.
Luego asintió.
—Justo.
Aria sintió una pequeña calidez en el pecho.
Porque él no exigió más.
No la presionó.
No intentó convertir la respuesta en promesa.
Solo la aceptó.
Y, por alguna razón, eso hizo que quisiera darle una respuesta mejor algún día.
A la mañana siguiente, encontraron el primer rastro.
No en el suelo.
En un árbol.
Una marca tallada con cuchillo.
Una rosa incompleta.
Liam la descubrió mientras buscaba una ruta entre las raíces congeladas.
—Tenemos compañía.
Kael se acercó y examinó la marca.
—Exploradores.
Aldric observó los alrededores.
—No están cerca.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó Liam.
—Porque si estuvieran cerca, ya habríamos oído tus quejas repetidas por un espía.
—Eso fue innecesario.
Aria se acercó al árbol.
La marca era reciente.
La corteza aún estaba húmeda.
—Nos siguen.
Kael negó.
—Nos adelantan.
Aria lo miró.
—¿Crees que van hacia el lago?
—Sí.
—¿Entonces saben dónde está el tercer fragmento?
—No necesariamente. Pero saben que nosotros sí llegaremos a él.
Aldric terminó la frase:
—Otra vez quieren que abramos el camino.
Liam apoyó la frente contra el árbol.
—Odio ser útil para los enemigos.
Desde ese momento avanzaron con más precaución.
Kael eligió rutas menos directas.
Aldric borró huellas.
Liam marcó pequeños puntos de referencia que solo él parecía recordar.
Aria observó.
Aprendió.
Comparó cada movimiento con las lecciones de Aldric y con la disciplina de Kael.
Era extraño verlos trabajar juntos.
No hablaban demasiado.
No se miraban más de lo necesario.
Pero en situaciones de peligro se entendían con una facilidad casi dolorosa.
Aldric señalaba un risco.
Kael cambiaba la dirección del grupo.
Kael detenía el caballo.
Aldric ya tenía la espada preparada.
Eran dos hombres separados por una herida antigua, pero unidos por una formación común: proteger antes de hablar.
Aria pensó que quizá esa era la verdadera herencia de los Raven.
No la espada.
No la fortaleza.
El impulso de colocarse siempre entre el peligro y quienes estaban detrás.
Al tercer día, la nieve desapareció.
No de golpe, sino poco a poco.
El suelo blanco dio paso a tierra húmeda.
Los árboles se volvieron más altos.
La niebla comenzó a aparecer entre los troncos.
Una niebla baja.
Densa.
Persistente.
Kael detuvo el caballo.
—Estamos cerca.
Liam miró alrededor.
—¿Del lago?
—De sus tierras.
—¿El lago tiene tierras?
—El lago tiene demasiadas cosas.
—Eso no responde nada.
—Exacto.
Aria desmontó.
El aire era diferente.
No frío.
No cálido.
Quieto.
Como si el bosque hubiese dejado de respirar.
El fragmento bajo su capa comenzó a vibrar.
El segundo respondió desde la bolsa donde lo guardaba.
Y la Espada del Juramento emitió un resplandor gris a la espalda de Kael.
Los tres objetos estaban despertando.
Aldric se acercó.
—¿Qué sientes?
Aria cerró los ojos.
No era una visión.
Aún no.
Era más bien una dirección.
Un tirón suave.
Hacia adelante.
Hacia la niebla.
—Está allí.
Kael miró el camino cubierto por bruma.
—Entonces entramos juntos.
Liam levantó la mano.
—Solo quiero recordar que en todas las historias que conozco, entrar en una niebla misteriosa siempre termina mal.
Aldric le dio un pequeño empujón hacia adelante.
—Entonces procura observar mejor que los personajes de esas historias.
—Eso no fue tranquilizador.
La niebla los envolvió en cuanto cruzaron la línea de árboles.
El mundo exterior desapareció.
Los sonidos se volvieron distantes.
Los cascos de los caballos parecían hundirse en un suelo que amortiguaba cada paso.
Aria miró hacia atrás.
Blackstone ya no existía.
El norte tampoco.
Solo quedaba la niebla.
Y una sensación inquietante de estar siendo observados por algo mucho más antiguo que la Orden.
Entonces Liam se detuvo.
—Um…
Kael giró.
—¿Qué pasa?
El muchacho señalaba hacia un costado.
Entre la niebla, apenas visible, se alzaba una silueta.
Una torre.
Derruida.
Cubierta de enredaderas oscuras.
Aria sintió que el corazón le latía con fuerza.
—La ciudad muerta.
Aldric observó la estructura.
—Las ruinas de Aster.
Kael se tensó.
—Ese lugar no debería estar aquí.
Aria lo miró.
—¿Qué quiere decir?
El duque mantuvo la vista fija en la torre.
—Las ruinas de Aster están al otro lado del lago.
Liam tragó saliva.
—Entonces, ¿qué estamos viendo?
Nadie respondió.
La niebla se movió.
La torre desapareció.
Y en su lugar apareció un camino de piedra blanca que no había estado allí un segundo ante.
El fragmento brilló bajo la capa de Aria.
Una voz suave, casi un susurro, resonó en su mente:
Busca el reflejo. No el camino.
Aria abrió lentamente los ojos.
—No debemos seguir el camino.
Kael la miró.
—¿Qué viste?
—No lo vi.
Ella observó la niebla.
—Lo escuché.
Aldric se puso serio.
—¿Qué dijo?
Aria respiró hondo.
—Que busquemos el reflejo.
Durante un instante nadie habló.
Luego la niebla frente a ellos comenzó a abrirse.
Y el Lago Espejo apareció.
El agua estaba completamente inmóvil.
Tan perfecta que reflejaba el cielo gris, los árboles oscuros y las ruinas invisibles como si existiera otro mundo bajo la superficie.
Aria sintió un escalofrío.
No por miedo.
Por certeza.
El tercer fragmento estaba allí.
Pero no en el lago.
En lo que el lago recordaba.
Kael avanzó hasta quedar a su lado.
—Parece que las leyendas no exageraban.
Aria observó el reflejo del agua.
En la superficie, detrás de ellos, vio una ciudad que no existía en la orilla.
Torres intactas.
Calles antiguas.
Una plaza cubierta de luz.
Y en el centro, el símbolo de la estrella dentro del círculo.
La tercera casa.
La verdad.
—No —murmuró Aria.
—¿Qué ocurre? —preguntó Kael.
Ella miró el reflejo, incapaz de apartarse.
—Creo que las leyendas se quedaron cortas.
Y entonces, desde el otro lado de la niebla, una campana antigua comenzó a sonar bajo el agua.
Una vez.
Dos.
Tres.
El Lago Espejo había despertado.
Más bien parece apodo como: Roberto Gómez Bolaños "Chespirito",
Javier López "Chabelo", Yolanda Montes "Tongolele", Roberto Cobos "Calambres", Germán Valdés "Tin Tan", Gaspar Henaine "Capulina", Manuel "Loco" Valdez, Jorge "Burro" Vanrranqui, etc.🤷♀️🙎♀️
Si apenas estás viviendo la segunda "según".🤨 "🤷♀️"
A no ser que ya tuvieras vivido otra antes de la de la higuera. Y entonces está sería la tercera y ya tendría sentido la frase de " sus dos vidas". 🧐