En un mundo donde la magia y la traición se entrelazan, Valeria, una joven moderna, encuentra su vida truncada tras un fatal accidente. Al despertar, descubre que ha reencarnado en el cuerpo de la villana de una novela que acababa de leer. Con el rostro de la malvada que muere trágicamente, Valeria decide cambiar su destino. En lugar de seguir el camino de la oscuridad, planea reconciliarse con su media hermana, deshacer su compromiso con el héroe y recuperar el ducado que le pertenece por derecho. Sin embargo, en su búsqueda de venganza y redención, se verá atrapada en un romance inesperado con el verdadero villano de la historia. Entre intrigas y magia, Valeria deberá enfrentarse a sus propios demonios mientras intenta forjar un nuevo futuro.
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Capítulo 23
El sol se alzaba perezosamente sobre Drakenburg, tiñendo las torres de piedra de un oro pálido y disipando las últimas sombras de la noche. Seraphina, sentada en el balcón de sus aposentos, observaba cómo la vida despertaba en el ducado. El carruaje que las había llevado al banquete de Ravenscroft hacía ya dos días se sentía como un recuerdo lejano, pero el eco de los ojos oscuros de Lysander, su voz profunda, seguía resonando en su mente. Era una melodía inquietante, una promesa de peligro y, extrañamente, de comprensión.
El encuentro con el Duque de las Sombras había sido un catalizador. Kaelen la había mirado con la molestia de quien ve a su posesión exhibir una grieta. Lysander, en cambio, la había mirado con la curiosidad de quien desentierra un tesoro oculto. Y esa diferencia, esa mirada de reconocimiento, había encendido en ella una chispa de una determinación feroz. No podía seguir siendo una pieza en el tablero de ajedrez de Kaelen o de su padre. Necesitaba su propio poder, su propia base inexpugnable.
La "atracción inexplicable" que había sentido hacia Lysander no era el romance melodramático que la Seraphina original habría esperado de Kaelen. Era algo más primitivo, más intelectual. Un reconocimiento de un espíritu astuto, de alguien que, como ella, operaba en las sombras de las apariencias. Era la fascinación por el estratega, por el jugador que veía más allá del tablero. Esta revelación, lejos de asustarla, la había impulsado. Si el "villano" del libro era el único que parecía entender la complejidad de su situación, quizás la verdad de este mundo era mucho más retorcida de lo que había imaginado.
—Mi señora, el desayuno está servido —la voz de Lily la sacó de sus cavilaciones. La doncella dejó una bandeja con té humeante, pan recién horneado y frutas frescas sobre una pequeña mesa. Su presencia, ahora que el miedo inicial de Lily se había disipado, era un bálsamo reconfortante.
—Gracias, Lily —tomó una taza de té, sintiendo el calor agradable en sus manos—. ¿Mi padre ha preguntado por mí?
Lily dudó un momento, su rostro reflejando una mezcla de aprensión y lealtad.
—El Duque Alaric ha enviado a uno de sus guardias para informaros que desea veros en su estudio esta tarde. Parece… disgustado.
Seraphina esbozó una sonrisa fina. El disgusto de su padre era la prueba de que sus acciones en el baile habían surtido efecto. Había sembrado la duda, el desconcierto.
—Natural. Mi comportamiento en Ravenscroft debió ser… una sorpresa para él. Prepárame un vestido sencillo para esa reunión, Lily. Algo que sugiera sobriedad y seriedad.
Su mente ya estaba en el próximo paso. La precariedad de su posición como "prometida" de Kaelen y como "hija" de Alaric era insostenible. Necesitaba una base de poder propia, una que no dependiera de matrimonios arreglados ni de la benevolencia de su padre. La idea del "ducado perdido", apenas mencionada en la novela como un vago rumor del pasado de Drakenburg, de repente cobró una importancia capital. ¿Qué era ese ducado? ¿Por qué se había perdido? Y, lo más importante, ¿podría ser la clave para su independencia?
Después del desayuno, y antes de su inevitable confrontación con su padre, Seraphina se dirigió a la biblioteca del castillo. Era un lugar vasto, laberíntico, con estanterías que se alzaban hasta el techo, repletas de volúmenes polvorientos. Los bibliotecarios, viejos y encorvados, siempre habían sido figuras sombrías que la Seraphina original ignoraba. Pero ahora, ella veía en ellos posibles fuentes de conocimiento.
—Buenos días, Lady Seraphina —dijo el anciano bibliotecario principal, Maester Gareth, un hombre de cabello ralo y ojos miopes que parecían ver más allá de las páginas—. ¿Buscáis algo en particular?
—Sí, Maester Gareth. Estoy interesada en la historia de Drakenburg. Específicamente, en cualquier registro antiguo que hable de un… ducado anterior, o quizás, de una línea de sucesión que precediera a la de mi padre.
Maester Gareth parpadeó, ajustando sus gafas en la nariz. Una expresión de sorpresa, teñida con algo de cautela, cruzó su rostro.
—Un… ducado anterior, mi señora. Es… una petición inusual. La Casa von Drakenburg ha gobernado estas tierras durante siglos.
—Los siglos son largos, Maester. Y a veces, las historias se tuercen con el tiempo —lo miró con una intensidad que hizo que el anciano se removiera incómodo—. Deseo ver todos los registros. Mapas antiguos, genealogías, actas de matrimonio, cualquier cosa que pueda arrojar luz sobre el pasado más profundo de nuestra Casa.
El bibliotecario suspiró, claramente reticente, pero la autoridad en la voz de Seraphina era innegable.
—Como deseéis, mi señora. Pero los registros más antiguos están… en la sección de archivos restringidos. El Duque Alaric tiene una política estricta sobre su acceso.
—Estoy al tanto de las políticas de mi padre, Maester. Pero como futura duquesa, considero que tengo el derecho y el deber de conocer la historia completa de mis dominios. Consideradlo una orden directa. Necesito ver esos archivos.