Tres amigos de la infancia. Un amor en secreto que finalmente se anima a nacer. Y un resentimiento silencioso dispuesto a destruirlo todo. Camila brilla con luz propia, Bruno es el chico de pocas palabras que daría la vida por ella, y Milena es la sombra que espera el momento exacto para actuar. Lo que empieza como un romance de escuela secundaria terminará atrapado en una red de manipulación, celos y una trampa mortal en lo profundo. Descubrí hasta dónde se puede llegar cuando la envidia se disfraza de amistad.
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capitulo 19: sombras en la cima
La mirada de Milena reflejada en el cristal del espejo ya no era la de una chica despechada, herida en su amor propio o desbordada por los celos adolescentes; era la mirada vacía, gélida y fija de alguien que había decidido dejar atrás, de manera consciente, cualquier rastro de humanidad. El violento ataque de ira de la noche anterior, lejos de desgastarla, le había dejado una claridad mental espantosa. Mientras limpiaba los vidrios rotos del portarretratos de la infancia con una calma que asustaba, entendió la verdad absoluta de su existencia: mientras Camila siguiera respirando, mientras esa sonrisa magnética anduviera suelta por las calles de Neuquén, Bruno nunca sería completamente suyo. La sombra de su rival siempre estaría interponiéndose entre los dos. Fue en esa vigilia silenciosa cuando las palabras "accidente", "caída" y "montaña" empezaron a dar vueltas en su mente oscura, sobrevolando sus pensamientos como buitres sedientos de sangre.
Milena conocía a Camila mejor que nadie. Habían compartido demasiados años como para no saber leer sus debilidades. Sabía perfectamente que, a pesar de la fachada de felicidad que intentaba mostrar, Camila guardaba en el fondo de su corazón una enorme pizca de culpa involuntaria por haber "arruinado" la armonía del trío original de amigos de la infancia al ponerse de novia con Bruno. Ese remordimiento oculto, esa necesidad de Camila de sanar los vínculos, era el punto débil exacto donde Milena planeaba clavar su primer puñal psicológico.
A la mañana siguiente, bajo un sol pálido que apenas calentaba el asfalto, Milena interceptó a Camila cerca de la plaza del barrio. No hubo gritos, ni reclamos, ni miradas de odio. Por el contrario, Milena se presentó con los ojos visiblemente hinchados, el pelo ligeramente descuidado y una voz apagada, monótona, actuando a la perfección el papel de una persona rota, que se había rendido ante la realidad y solo buscaba una redención pacífica antes de retirarse.
—Cami, por favor, escuchame un segundo... No dormí en absolutamente toda la noche —dijo Milena, bajando la vista al suelo y apretándose las manos con un temblor ensayado—. Los vi el otro día en la plaza. Vi cómo se besaban detrás del álamo. Ahí entendí, con un dolor que me parte el alma, que perdí definitivamente. Me duele el alma haberme portado como una loca desquiciada todos estos meses, pero mis celos tóxicos me cegaron. No quiero seguir haciéndoles daño, y menos que menos quiero perder la amistad de ustedes por mis propias inseguridades.
Camila, que estaba bajo estricto aviso por todo lo que ya había descubierto y hablado en secreto con Bruno, se mantuvo rígidamente cautelosa. No se tragó el discurso de inmediato, pero guardó silencio y se dispuso a escuchar con atención, analizando cada microexpresión en el rostro de su supuesta amiga.
—Antes de que ustedes hagan oficial el noviazgo frente a todo el colegio y yo me aleje por completo para dejarlos ser felices en paz, te pido un último favor, una despedida —continuó Milena, levantando los ojos con una lágrima perfecta y cristalina rodando por su mejilla en el momento exacto—. Hagamos esa excursión de trekking que planeamos hace años y que siempre pateamos para adelante. El ascenso al Pico del Diablo. Vos y yo solas, Cami, como cuando éramos chicas en la escuela y no había hombres de por medio que cambiaran las cosas. Un campamento de una sola noche arriba en la barda alta para cerrar las heridas del pasado, llorar lo que tengamos que llorar y volver a sentirnos hermanas antes de que cada una tome su camino. Bruno no tiene que venir, de hecho, no quiero que vaya. Es algo estrictamente nuestro.
Camila dudó. Un escalofrío helado le recorrió la nuca; una parte de su instinto más primitivo le advertía a gritos que algo en la puesta en escena de Milena no encajaba, que había demasiada teatralidad en esa rendición tan pacífica. Sin embargo, otra parte de ella, ligada a la nostalgia de los juegos de la infancia, quería desesperadamente creer que la amiga con la que se había criado estaba volviendo a la superficie. Además, una idea estratégica cruzó por su mente: «Si acepto ir, puedo mantenerla vigilada de cerca las veinticuatro horas y ver qué es lo que verdaderamente está tramando detrás de todo esto», pensó Camila para sus adentros, sin imaginar ni por un segundo que al dar el "sí" estaba firmando de puño y letra su propia sentencia de muerte en las alturas.
—Está bien, Milena. Vamos este fin de semana —aceptó Camila, forzando una sonrisa conciliadora.
Milena se abalanzó sobre ella y la abrazó con una fuerza inusual, casi asfixiante, clavándole los dedos en la espalda.
—Gracias, de verdad gracias, Cami. Significa el mundo para mí. Dejá todo en mis manos, yo misma me voy a encargar de preparar todo el equipo técnico de escalada, las cuerdas y la carpa para las dos. Confiá en mí como siempre.
Mientras Milena se alejaba por la avenida con una sonrisa interna y macabra que por momentos le deformaba las facciones de la cara, Camila dio media vuelta y se fue directo al encuentro clandestino que había pactado con Bruno. Caminó apurando el paso hasta llegar a un viejo galpón abandonado de chapas oxidadas a las afueras del barrio, el único lugar seguro y apartado donde los dos podían ser ellos mismos, amarse y hablar sin temor a que los ojos de Milena o de algún vecino los juzgara o los viera.
Bruno la recibió en la penumbra del lugar, tomándola por la cintura y dándole un beso largo, cargado de una ternura tan profunda que a Camila se le olvidaron por unos segundos todos los miedos y las tensiones del día. Sin embargo, al separarse, el chico notó la rigidez en su cuerpo.
—¿Qué te pasa, Cami? Estás temblando de frío —le dijo él, preocupado, mientras le acariciaba suavemente las mejillas con las manos.
—Me crucé a Milena en la plaza... Quiere que vayamos de excursión al Pico del Diablo este sábado. Las dos solas en la montaña. Dice que es una especie de ritual para "despedir" nuestra amistad de chicas y aceptar que ahora estoy con vos —explicó Camila, su voz delatando la contradicción interna que sentía.
Bruno se puso serio de inmediato, la línea de su mandíbula se endureció por completo y sus ojos verdes se oscurecieron bajo la luz que se colaba por las chapas.
—No me gusta absolutamente nada esto, Cami. Te lo digo en serio. Milena está completamente desquiciada, la conocemos de toda la vida y yo sé que no es de las que se rinden tan fácil ni de las que aceptan perder sin prender fuego todo a su alrededor. Es una trampa.
—Lo sé, Brunito, yo tampoco soy tonta —trató de convencerse Camila, tomándolo de las manos para calmarlo—. Pero si me niego a ir después de que ella se mostró tan vulnerable, va a sospechar de inmediato que ya sabemos toda la verdad sobre sus mentiras y que estamos jugando con ella. Además, el Pico del Diablo es una zona que conocemos de memoria desde que somos chicos, fuimos mil veces con la escuela. ¿Qué puede pasar de peligroso en un sendero que ya dominamos? Prefiero ir, sacarme este peso de encima de una vez por todas, darle el cierre que pide y después poder vivir nuestro amor en paz, sin fantasmas.
Esa misma noche, mientras Bruno y Camila disfrutaban de una cena clandestina dentro del galpón, compartiendo risas, comida y planeando un futuro libre de intrigas adolescentes, la realidad en la casa de Milena era radicalmente siniestra.
Milena se encontraba encerrada bajo llave en el sótano de su casa, iluminada apenas por la bombilla amarillenta y parpadeante que colgaba del techo. Sobre una mesa de trabajo rústica, revisaba minuciosamente el equipo de montaña: las cuerdas de nylon trenzado, los arneses de seguridad y los mosquetones de aluminio. Con una lima de metal pequeña y afilada entre sus dedos, comenzó a desgastar sutilmente, milímetro a milímetro, uno de los anclajes principales del arnés que le iba a entregar a Camila al día siguiente, reduciendo su resistencia a menos de la mitad.
—Un mal paso en el filo de la roca, Cami... un solo tirón fuerte en lo alto de la pared —susurrabá Milena en la penumbra del sótano, con los ojos inyectados en sangre y una fijeza psicópata—. Un solo error en las alturas, y Bruno va a necesitar urgentemente un hombro tierno donde llorar su viudez. Y ahí voy a estar yo para consolarlo. Para siempre.
El plan estaba perfectamente en marcha. Las sombras de la montaña las esperaban el fin de semana, y solo una de las dos amigas tenía verdaderas intenciones de bajar con vida de esa cumbre.