A los 16 años, con 100,000 personas mirándome, sé que aquella niña de 9 años que quería ser youtuber no estaba loca, solo estaba adelantada . Y la persona que menos esperaba cambio mi destino
NovelToon tiene autorización de Litaa.Randxm_Girl para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Intento salir de la rutina
Parpadeé.
Y la chica desapareció.
La silla en la pantalla volvió a estar vacía, el pasillo oscuro se cerró como si nunca hubiera existido, y el juego se minimizó solo, dejando el escritorio limpio y ordenado. Como si nada hubiera pasado. Como si mi mente hubiera fabricado toda esa escena en un arrebato de cansancio y paranoia.
Pero el frío en mi piel era real. El escalofrío recorrió mi columna vertebral como un dedo de hielo, dejando un rastro de piel de gallina a su paso. Respiré hondo, varias veces, hasta que el oxígeno logró calmar el tamborileo salvaje de mi corazón.
Miré el reloj en la esquina inferior de la pantalla: 6:45 AM.
"Hoy tengo que salir de la rutina", me dije en voz alta, como si pronunciarlo pudiera convertirlo en un hechizo protector. "No puedo seguir así."
Me levanté de la silla con un movimiento brusco, alejándome de la computadora como si fuera un animal que pudiera morder. Mis dedos temblaban mientras buscaba mi teléfono entre las sábanas revueltas. Encontré el contacto de Sofía y presioné llamar.
—¿Val? —su voz sonó somnolienta pero con ese calor característico que siempre lograba desarmarme—. ¿Todo bien? Son las...
—Sé qué hora es —la interrumpí, forzando una ligereza que no sentía—. ¿Quieres ir a un café? Hay uno nuevo cerca de mi casa, acaban de abrir. Huelo a encierro, Sof. Necesito salir.
Hubo un silencio breve, seguido de un suspiro que sonó a sonrisa.
—Claro, tonta. ¿A qué hora?
—¿En veinte minutos? —propuse, sintiendo que la ansiedad comenzaba a ceder solo por haber tomado una decisión.
—Allá estaré.
Me vestí rápido, sin pensar demasiado. Jeans, una blusa holgada de colores claros, unas zapatillas cómodas. Me recogí el pelo en una coleta desordenada y me miré al espejo. Las ojeras seguían ahí, pero el brillo en mis ojos era un poco menos apagado que el de la mañana anterior. Me eché un poco de crema en la cara, como si pudiera maquillar el cansancio, y agarré mi bolso y mi teléfono.
Al salir, me aseguré de cerrar la puerta bien. Tiré del pomo tres veces para confirmar que estaba completamente cerrada. Algo en mi interior se retorcía al pensar en dejar la casa sola, con esa computadora encendida, con ese juego esperando. Pero respiré hondo y bajé las escaleras.
Sofía ya estaba abajo, apoyada contra la pared del edificio con su café termo en la mano y su sonrisa eterna. Llevaba un vestido floreado y unos tenis blancos, como si hubiera salido de una revista de moda casual. Siempre lograba ese equilibrio perfecto entre despreocupada y arreglada.
—¡Val! —gritó cuando me vio, abriendo los brazos—. Hace siglos que no te veo. ¿Estás bien? Te ves...
—Agotada —completé, dejándome caer en su abrazo. Su perfume a vainilla y su calor me envolvieron como un abrigo.
—No iba a decir eso —rió, separándose para mirarme mejor—. Iba a decir diferente. Pero bueno, agotada también, no voy a mentir.
Solté una risa que salió más auténtica de lo que esperaba.
—Lo siento si nos distanciamos mucho —dije, caminando a su lado mientras ella me tomaba del brazo—. Esta semana ha sido... rara. No he podido salir.
—Tranquila —respondió Sofía, apretándome el brazo con cariño—. Soy tu mejor amiga, entiendo. No tienes que pedirme disculpas. Además, tienes cara de necesitar un buen desayuno y un chisme jugoso.
Caminamos hacia el café, un lugar pequeño con una fachada de madera pintada de verde y un letrero que decía "Café del Bosque". Olía a pan recién horneado y a granos de café recién molidos. La decoración era acogedora: mesas de madera, plantas colgantes, y una pared llena de libros viejos que parecían esperar ser leídos. Todo el ambiente respiraba calma.
Pedimos una mesa para dos cerca de la ventana y, mientras esperábamos nuestros pedidos —un capuchino para mí, un té de frutas para ella, y una tabla de panes con mermeladas—, Sofía me miró con esa expresión seria que solo ella sabía poner cuando sabía que algo no andaba bien.
—Vamos —dijo, inclinándose hacia adelante y apoyando los codos sobre la mesa—. Cuéntame qué te pasa. Y no me digas que es nada, porque te conozco desde la secundaria, Val. Tienes la cara de quien ha visto un fantasma.
Solté un suspiro largo y comencé a hablar.
Le conté todo. El comentario anónimo en el chat. El juego extraño que prometí jugar. La transmisión. Los comentarios del chat diciendo que alguien estaba detrás de mí. La figura en la computadora. Los golpecitos en la pared vacía. La chica del cartel de desaparecida que ahora aparecía en el juego. La silueta detrás de mí en el reflejo. Todo.
Sofía no me interrumpió ni una sola vez. Solo asentía, con los dedos entrelazados sobre la mesa y la mirada fija en la mía. Cuando terminé, se quedó en silencio unos segundos, procesando.
—Vale —dijo finalmente, soltando el aire lentamente—. Vale, eso es... mucho. ¿Estás bien? ¿Física y mentalmente? Porque Val, lo que me cuentas es para ir a un psicólogo o a un exorcista, no sé cuál primero.
Reí, pero era una risa nerviosa, casi histérica.
—No sé qué es peor —confesé—. Que sea real o que sea mi imaginación. Porque si es real, tengo un problema. Y si es mi imaginación... también.
—Mira —dijo Sofía, inclinándose hacia adelante y tomándome las manos—. Recuerda que siempre estoy aquí. Pase lo que pase, sea lo que sea, no estás sola, ¿me oyes? Si pasa algo raro, me llamas. Si quieres quedarte en mi casa unos días, me llamas. Si necesitas que vaya a tu casa y queme esa computadora con un bate, me llamas. Pero no te quedes encerrada en tu cabeza, Valeria, que ahí es donde más miedo dan los monstruos.
Sus manos estaban calientes, y las mías frías. Pero el contacto me ancló, me recordó que existía un mundo afuera, un mundo donde la gente tomaba café y reía y no miraba sombras en las pantallas.
—Gracias —susurré—. De verdad.
—Para eso están las amigas —dijo, soltándome una mano para tomar su taza de té—. Ahora, vamos a comer esto que me muero de hambre. Y después, ¿te parece si vamos a dar un paseo por el parque? Hace un día precioso y necesitas sol, vitamina D, y alejarte de las pantallas.
Asentí, y por primera vez en días, sentí que una sonrisa genuina se formaba en mi rostro.
El desayuno fue cálido, lleno de risas y de historias que Sofía había acumulado durante la semana. Me contó de su nuevo trabajo, de sus intentos fallidos por aprender a hacer pan, de un chico que le había gustado y que resultó ser un desastre. Yo reí, comenté, y por momentos, logré olvidar el juego, la computadora, la chica desaparecida. Por momentos, todo era normal.
Cuando salimos del café, el sol calentaba el aire y la brisa movía las hojas de los árboles. Caminamos hacia el parque, compramos un helado, nos sentamos en un banco a ver pasar a la gente. Sofía hablaba y yo escuchaba, dejando que sus palabras llenaran el espacio que el miedo había ocupado.
Pero en algún momento, mientras ella reía contándome una anécdota, mi mirada se desvió hacia el otro lado del parque. Había un árbol, grande y viejo, con un cartel pegado en su tronco.
No pude ver bien el cartel desde donde estaba, pero mi corazón dio un vuelco cuando reconocí el color, el borde desgastado.
El mismo tipo de cartel. El de la chica desaparecida.
—¿Val? —la voz de Sofía me trajo de vuelta—. ¿Estás bien? Te has quedado blanca.
Parpadeé varias veces y forcé una sonrisa.
—Sí, sí —mentí—. Solo pensaba... en lo que me contaste. Lo del chico, qué ridículo.
Sofía rió y siguió hablando. Yo asentí, reí cuando tenía que reír, pero mi mirada volvió al cartel una última vez.
Y entonces vi algo que me heló la sangre.
La foto de la chica desaparecida. La misma morena, el mismo pelo largo, los mismos ojos tristes.
Pero esta vez, en la foto, la chica sonreía.
Y su sonrisa era exactamente igual a la que yo había ensayado frente al espejo esa mañana.