Valentina Morales está acostumbrada a que la gente juzgue su cuerpo antes de conocer su corazón.
Después de perder su empleo y descubrir que su hermano tiene una enorme deuda con un hombre peligroso, Valentina acepta trabajar para el único hombre capaz de ayudarlos: Damián Ferrer, el mafioso más poderoso y temido de la ciudad.
Damián está acostumbrado a conseguir todo lo que quiere. Las mujeres se acercan a él por su dinero, su poder y su apellido.
Pero Valentina es diferente.
Ella no se deja intimidar.
No intenta conquistarlo.
No acepta sus órdenes sin discutir.
Y, sobre todo, no permite que nadie vuelva a hacerla sentir menos por tener curvas.
Lo que comienza como una relación basada en una deuda terminará convirtiéndose en una historia de amor, celos, traiciones y secretos.
Damián juró que jamás se enamoraría.
Valentina juró que jamás permitiría que un hombre controlara su vida.
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celos
Valentina no podía apartar la mirada de Damián.
Por primera vez desde que lo había conocido, el hombre que siempre parecía tener el control estaba mostrando algo diferente.
Miedo.
Isabella sonreía frente a ellos, disfrutando de la tensión.
—¿Qué pasó aquella noche? —preguntó Valentina.
Damián respondió inmediatamente:
—No tienes que escucharla.
—Sí tengo.
—Valentina...
—Quiero la verdad.
Isabella cruzó los brazos.
—Entonces tendrás que preguntarle a él.
Valentina miró a Damián.
—Habla.
Él permaneció callado.
—Damián.
—No puedo.
Valentina sintió una punzada de decepción.
—Entonces ella tenía razón.
—¿Sobre qué?
—Sobre que me ocultas cosas.
Damián se acercó.
—Te estoy ocultando cosas para protegerte.
—¡Siempre dices lo mismo!
Valentina retrocedió.
—Estoy cansada de que todos decidan qué puedo saber.
Isabella aprovechó el momento.
—Ven conmigo, Valentina. Yo te contaré todo.
Damián se interpuso.
—No.
—¿Por qué? —preguntó Isabella—. ¿Tienes miedo de que descubra quién eres realmente?
Damián la miró con furia.
—Sal de mi casa.
—No hasta que ella sepa la verdad.
Valentina miró a ambos.
—Quiero estar sola.
Se marchó.
Valentina llegó a su habitación y cerró la puerta.
Se sentó en la cama.
Su cabeza estaba llena de preguntas.
Su padre.
La familia Ferrer.
La muerte.
Los secretos.
Y Damián.
Sobre todo Damián.
No entendía por qué le dolía tanto que él no confiara en ella.
Después de todo, apenas llevaba unos días conociéndolo.
Pero algo había cambiado.
Ya no lo veía únicamente como el hombre al que le debía seis meses de su vida.
Había comenzado a conocer al hombre detrás de la máscara.
Y eso era peligroso.
Esa tarde, Valentina decidió salir al jardín.
Necesitaba respirar.
Se sentó bajo un árbol y cerró los ojos.
—¿Puedo acompañarte?
Abrió los ojos.
Era un hombre joven.
Lo había visto varias veces en la mansión.
—¿Quién eres?
—Daniel. Trabajo para Damián.
—Ah.
Daniel sonrió.
—Siempre estás sola.
—Me gusta estar sola.
—No pareces cómoda aquí.
—No lo estoy.
Él se sentó a cierta distancia.
—No te preocupes. Con el tiempo te acostumbrarás.
Valentina soltó una pequeña risa.
—Eso me dicen todos.
Daniel la observó.
—¿Quieres que te enseñe el jardín?
—Está bien.
Caminaron entre los árboles.
Daniel le mostró un pequeño lago y una zona donde Damián solía entrenar.
Valentina comenzó a sentirse más tranquila.
No se dio cuenta de que alguien los observaba desde una ventana.
Damián.
Su expresión se endureció cuando vio a Daniel acercarse demasiado a Valentina.
—¿Quién es él? —preguntó.
Uno de sus hombres miró por la ventana.
—Daniel.
—¿Qué hace con ella?
—No lo sé.
Damián siguió observando.
Daniel hizo reír a Valentina.
Y aquello le molestó más de lo que quería admitir.
—Dile que venga.
—¿Ahora?
—Ahora.
—¿Te estás divirtiendo?
Valentina se giró.
Damián estaba detrás de ella.
—Sí.
—Veo.
Daniel se puso serio.
—Señor Ferrer.
—Puedes retirarte.
Daniel asintió.
—Sí, señor.
Cuando se marchó, Valentina miró a Damián.
—¿Por qué lo echaste?
—Porque necesito hablar contigo.
—Podías haberlo dicho sin ser grosero.
—No me gusta que estés sola con él.
Valentina levantó una ceja.
—¿Por qué?
Damián guardó silencio.
—¿Estás celoso?
—No.
—Entonces, ¿qué pasa?
—No confío en él.
Valentina sonrió.
—¿Y tú quieres que yo confíe en ti?
Damián la miró fijamente.
—Es diferente.
—¿Por qué?
—Porque yo sé cómo funcionan estas cosas.
—¿Qué cosas?
Damián dio un paso hacia ella.
—Los hombres.
Valentina cruzó los brazos.
—Daniel solo estaba hablando conmigo.
—Lo sé.
—Entonces no entiendo el problema.
—El problema es que te estaba mirando.
Valentina soltó una carcajada.
—¿Y eso te molesta?
Damián no respondió.
Ella se acercó un poco.
—Dime la verdad.
—¿Qué verdad?
—Estás celoso.
Damián sostuvo su mirada.
—Tal vez.
Valentina dejó de sonreír.
Aquella palabra la sorprendió.
—¿Tal vez?
—No me gusta que otro hombre te haga sonreír.
Valentina sintió que el corazón le latía más rápido.
—No tienes derecho a decirme eso.
—Lo sé.
—Entonces...
—Pero no puedo evitarlo.
El silencio entre ellos fue intenso.
Damián levantó una mano y apartó suavemente un mechón del cabello de Valentina.
—No sé qué me está pasando contigo.
Ella no respondió.
Durante unos segundos estuvieron demasiado cerca.
Hasta que Damián se apartó.
—Debo irme.
Valentina lo observó alejarse.
No entendía qué estaba ocurriendo.
Pero una cosa estaba clara.
Damián Ferrer estaba empezando a sentir algo por ella.
Y eso podía ser mucho más peligroso que cualquier amenaza.
Esa noche, Valentina estaba cenando cuando escuchó que alguien entraba al comedor.
Era Daniel.
—¿Puedo sentarme?
—Claro.
Daniel se sentó frente a ella.
—Quería disculparme por lo de esta tarde.
—No hiciste nada.
—Damián estaba molesto.
Valentina sonrió.
—Sí. Ya lo noté.
Daniel bajó la voz.
—Nunca lo había visto así.
—¿Así cómo?
—Celoso.
Valentina sintió calor en las mejillas.
—No creo que esté celoso.
Daniel sonrió.
—Créeme. Lo estaba.
En ese instante, una voz fría apareció detrás de ellos.
—¿Qué es tan gracioso?
Valentina se giró.
Damián.
Daniel se levantó.
—Señor.
Damián lo ignoró.
Sus ojos estaban sobre Valentina.
—¿Puedo hablar contigo?
Valentina suspiró.
—Sí.
Daniel se marchó.
Damián tomó asiento.
—¿Qué quería?
—Hablar.
—¿Sobre qué?
—Sobre ti.
Damián frunció el ceño.
—¿Qué dijo?
—Que estabas celoso.
Damián permaneció callado.
Valentina sonrió.
—¿Lo estabas?
—Sí.
La respuesta volvió a sorprenderla.
—¿Por qué?
Damián apoyó los brazos sobre la mesa.
—Porque me importas.
Valentina sintió que el corazón se le detenía.
—Damián...
—Pero no quiero que confundas las cosas.
—No las estoy confundiendo.
—Esto empezó con un contrato.
—Lo sé.
—Y debería terminar con él.
Valentina bajó la mirada.
—¿Eso quieres?
Damián permaneció en silencio.
No podía decir que sí.
Porque la verdad era otra.
Ya no quería verla marcharse.
Más tarde, Valentina regresó a su habitación.
Estaba a punto de acostarse cuando escuchó un ruido.
Se acercó a la ventana.
Había un automóvil estacionado frente a la mansión.
Alguien salió.
Un hombre.
Valentina entrecerró los ojos.
Entonces recibió un mensaje.
“Mañana a medianoche. Ven sola al viejo almacén.”
Valentina sintió un escalofrío.
Llegó otro mensaje.
“Si quieres saber la verdad sobre tu padre, tendrás que venir.”
Miró hacia la puerta.
Después volvió a mirar el teléfono.
No sabía quién estaba detrás de los mensajes.
Pero acababa de descubrir algo.
La verdad sobre su padre estaba mucho más cerca de lo que imaginaba.
Y alguien estaba dispuesto a ponerla en peligro para que la descubriera.