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EL HIJO DEL PRESIDENTE

EL HIJO DEL PRESIDENTE

Status: En proceso
Genre:CEO / Amor prohibido / Amor-odio
Popularitas:8.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Yazz García

Todo el mundo conoce a Henrry Montenegro.
Heredero del conglomerado empresarial más poderoso del planeta. Soltero más codiciado del mundo. Escándalo favorito de la prensa. Dolor de cabeza permanente de su padre, Augusto Montenegro, el hombre que construyó un imperio valorado en miles de millones de dólares.
En el Holding Montenegro, el dinero y el estatus lo controlan todo... excepto a él. Henrry es guapo, irreverente y magnético; el hijo mayor del implacable magnate parece tener como única misión en la vida arrastrar el prestigioso apellido familiar por las portadas de los tabloides y sabotear la perfecta e intachable imagen corporativa de su dinastía. Para el mundo, Henrry es solo un fiestero inmaduro y cínico que se niega a crecer. Para su padre, es una constante decepción que debe ser alineada a la fuerza.

NovelToon tiene autorización de Yazz García para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 23

...HENRRY ...

—Henrry, cielo... muévete un poco a la izquierda. Me estás pisando el cabello.

La voz de Norma me trajo de vuelta a la realidad con la sutil delicadeza de un balde de agua fría.

Parpadeé, enfocando la vista en las molduras del techo de su exclusivo departamento en la zona alta. Estábamos recostados en su sillón de cuero italiano, a medio vestir, en una de esas situaciones menores que solían resolverme la noche después de un día de perros en el holding.

Normalmente, a estas alturas, yo ya estaría completamente desconectado del mundo.

Pero hoy no podía.

Maldita sea, Vega. Sal de mi cabeza de una vez.

Era ridículo.

Llevaba horas intentando sacarme a Aitana de la mente y simplemente no lo lograba. Me descubría a mí mismo repasando cada maldito segundo de nuestras peleas, la frialdad de sus ojos verdes y la crueldad insoportable con la que le encantaba desafiarme.

Me daba rabia, me quejaba mentalmente de sus métodos, de su arrogancia, de su bendito orgullo... pero el hecho seguía ahí: no dejaba de pensar en ella.

Estaba usando a Norma como un escudo humano contra el recuerdo de la tutora, y lo peor es que no estaba funcionando.

Norma se reclinó sobre mi pecho, trazando círculos distraídos en mi camisa desabotonada, ajena por completo al caos que yo traía por dentro.

—Sigo sin entender cómo permitiste que esa mujer se llevara a Mía a ese lugar —comentó Norma, soltando un suspiro de frustración—. Deberías llamar a tu madre, Henrry. Que tome el primer vuelo desde Europa y ponga todo en orden en la mansión. Ella tiene el poder y la autoridad para frenar las ridiculeces de tu papá y echar a esa aparecida a patadas.

Me tensé en el acto. La sola mención de mi madre hizo que la poca calidez que quedaba en el ambiente se extinguiera por completo.

—No —respondí, y mi voz sonó más cortante y fría de lo que pretendía—. Mi madre no va a pisar esa casa. Lo más probable es que esos dos viejos vuelvan a pelear y terminen destruyendo lo poco que queda de la familia. Además... no le perdonaré jamás lo que hizo hace años. Jamás.

Norma levantó la cabeza, mirándome con esa curiosidad cuando quería meterse en mis asuntos más privados. Acarició mi mejilla, pero yo no me moví.

—Aunque no sé qué sea lo que pasó exactamente, cielo... debes soltar el pasado y pedirle ayuda —suspiró ella, acomodándose el cabello desordenado—. Lo de Mía es grave. Esa perra de Aitana realmente no me da confianza. Se nota a leguas que tiene intenciones ocultas contigo o con el dinero de tu padre. No dejes que se quede con el control.

Me quedé mirando al vacío, procesando las palabras de Norma. "Esa perra". El insulto hacia Aitana me causó una punzada extraña de incomodidad en el estómago, algo casi parecido a la molestia.

Sabía que Vega era una entrometida, una orgullosa y una piedra en el zapato, pero si algo me había quedado claro, es que el dinero era lo último que le importaba. Tenía demasiada dignidad para su propio bien.

—No te preocupes por la profesora Vega, Norma —le dije, apartándola suavemente para ponerme de pie y empezar a abotonarme la camisa—. Yo mismo me estoy encargando de ella. No va a llegar muy lejos.

...…...

...MIA...

El domingo por la tarde, el encierro en esa maldita casa me estaba asfixiando. Aitana me había dado un respiro de dos horas antes de la siguiente tanda de lecturas, y aproveché que ella y su hermana estaban metidas en la cocina para salir al pequeño porche de cemento.

Me senté en el último escalón, abrazando mis rodillas. La sudadera de marca que traía puesta ya se sentía sucia, impregnada de ese olor a desinfectante de pino y a comida frita que flotaba en todo el sector.

Quise llorar de nuevo, pero la rabia no me dejaba.

—Si sigues apretando los dientes así, te los vas a romper —dijo una voz extraña a unos metros.

Levanté la cabeza de golpe, a la defensiva. Apoyado contra el poste de luz de la esquina, había un chico. No tendría más de diecisiete años. Vestía unos jeans desgastados, unos tenis viejos pero limpios y una camiseta negra algo holgada.

Tenía el cabello oscuro y revuelto, y unos ojos intensos que me miraban con curiosidad y gracia. No tenía la pinta de los niños ricos de St. Jude's con sus cortes perfectos y sus sonrisas de diseñador; este chico tenía una cicatriz pequeña cerca de la ceja y una postura desplicente, como si el mundo le importara un bledo.

—A ti no te importa —le respondí, barriéndolo con mi mejor mirada de desprecio—. Déjame en paz.

El chico soltó una risa suave y caminó hacia mí, deteniéndose a una distancia prudente en la acera.

—Eres la niña rica que trajo Aitana, ¿no? Todo el barrio está hablando de la camionetota que te dejó aquí el viernes. Te ves... un poco fuera de lugar, princesa. Como si temieras que el aire de por aquí te fuera a contagiar algo.

—Es que este lugar es un asco —solté, sin filtros, necesitando desahogarme con alguien—. Me tienen secuestrada. Me quitaron mi teléfono, me obligan a lavar platos grasientos y a limpiar pisos. ¡Es inhumano! En mi casa yo tengo empleados para eso. Mi hermano y mi papá están locos por dejarme con esa mujer.

Esperaba que se burlara o que me insultara como hacía Aitana, pero el chico solo se me quedó mirando con seriedad. Se sentó en el borde de la acera, a unos pasos de mí, y tomó una piedra del suelo, juguetando con ella.

—Me llamo Camilo —dijo, ignorando mi berrinche—. Y créeme, lavar un par de platos no es el fin del mundo. Hay cosas peores. Mucho peores.

—¿Ah, sí? ¿Cómo qué? —pregunté con sarcasmo, cruzándome de brazos.

Camilo sonrió, pero fue una sonrisa amarga, carente de cualquier pizca de alegría. Miró hacia el fondo de la calle, donde unos callejones oscuros se perdían entre las casas a medio construir.

—Como no saber si vas a cenar hoy. O tener que dormir con un ojo abierto porque no sabes si los prestamistas van a venir a tumbar la puerta de tu casa a patadas para cobrar las deudas de tu viejo —habló con una voz plana, tan normalizada, que me dio un escalofrío—. Aitana es buena gente, aunque no lo creas. Ella ayudó a mi mamá cuando nos quisieron desalojar el año pasado. Si estás aquí, es porque algo hiciste... y créeme, este es el lugar más seguro en el que podrías estar.

Me quedé callada, mirándolo de reojo. Sus palabras me golpearon en el estómago. En mi burbuja, los problemas eran mantener el promedio, soportar las indirectas de Angélica o conseguir que Henrry me diera su tarjeta de crédito sin preguntar. Nunca, ni por un segundo, se me había cruzado por la mente que alguien de esa edad tuviera que preocuparse por la seguridad de su propia casa o por comida.

—Tú... ¿tú vives con tu mamá? —pregunté, bajando la voz, perdiendo un poco de mi arrogancia.

—Sí. Ella está enferma. Trabajo en el taller mecánico de la vuelta por las tardes para pagar las medicinas, y a veces... hago otros encargos princesa —Camilo dejó caer la piedra y me miró fijamente. Sus ojos reflejaban un cansancio tan profundo que me hizo sentir estúpida. Luego se puso de pie de un salto—. Aléjate de los problemas. Para ti esto es una anécdota, para nosotros es sobrevivir.

Un presentimiento terrible me recorrió la espina dorsal.

El sonido de la puerta principal abriéndose nos hizo dar un respingo a los dos. Aitana apareció en el umbral portando una bolsa de papel mediana.

Al ver a Camilo en la acera, su expresión seria se suavizó de inmediato con una calidez genuina.

—Ah, llegaste, Camilo. ¿Desde cuándo estás ahí? —le preguntó con una sonrisa amable, bajando los escalones—. Ya te paso lo que tu madre mandó a pedir y mi mamá, preparó esto especialmente para ustedes. Está recién hecho, así que llévalo rápido para que almuercen caliente.

Camilo cambió su postura rígida en un segundo, recibiendo el portacomidas con un respeto profundo que jamás le había visto mostrar a nadie de su edad.

—Gracias, señorita Aitana. De verdad doña Nidia se pasó, esto nos salva el día. Le da un abrazo de mi parte y le dice que Dios se lo pague —contestó en voz baja, dándome una última mirada antes de darse la vuelta y perderse a paso rápido por el callejón de la esquina.

Me quedé helada en el escalón, procesando el misterio de sus palabras y la naturalidad con la que Aitana se movía en un mundo que a mí me aterrorizaba.

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Ana Elena Jiménez
🤦🤦🤦🤦🤦
Ana Elena Jiménez
😬😬😬😬
Ana Elena Jiménez
😡😡😡😡😡😡
Ana Elena Jiménez
😡😡😡
Ana Elena Jiménez
🥺🥺🥺 está cerca de tí Aitana
Ana Elena Jiménez
que conflicto más grande 🤦
Ana Elena Jiménez
uufff bueno menos mal 🤭🤭🤭🤭
Ana Elena Jiménez
Dios mío todo esto se está saliendo de control 🤦
Ana Elena Jiménez
🤦🤦🤦
Ana Elena Jiménez
😬😬😬😬😬🥺🥺🥺
Ana Elena Jiménez
😱😱 ojalá se haya ido para dónde Aitana
Ana Elena Jiménez
😡😡😡😡😡😡
Ana Elena Jiménez
jajajaja jajajajajaja ahora sí se va a morir tú madre
Ana Elena Jiménez
jajajaja jajajajajaja 🤭🤭🤭
Ana Elena Jiménez
jajajaja jajajajajaja eres el colmo Henrry 🤭
Ana Elena Jiménez
😱😱🤭🤭
Ana Elena Jiménez
jajajaja jajajajajaja jajajaja
Ana Elena Jiménez
🤭🤭🤭🤭
Ana Elena Jiménez
jajajaja jajajajajaja jajajaja ahí si tienes toda la razón 🤭🤭
Ana Elena Jiménez
🤭🤭 jajaja jajajaja jajajajajaja
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