un omega que es padre soltero, que se encuentra en una situación difícil ya que se quedo sin trabajo recientemente, se reencuentra con un excompañero de la escuela y le comenta que en la empresa que esta trabajando estan buscando personal que no descrimina a las personas por sus rasgos secundarios es ahi donde conocera a un alfa que le demuestrara lo que es el amor.
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Un amor que no puede seguir oculto
La semana transcurrió entre miradas cómplices y encuentros breves que sabían a gloria. Beom-seok se dio cuenta de que mantener el secreto no era una carga, sino una forma de consolidar lo que tenían: no dependía de la aprobación de nadie, solo de ellos dos, y eso hacía que cada instante compartido valiera el doble. Pero también notó que cada vez le costaba más contenerse, más cuando veía cómo Kang-min lo cuidaba incluso en los detalles más pequeños, esos que nadie más podía ver.
Una mañana, hubo una reunión importante con proveedores externos, gente que no conocía bien el funcionamiento del almacén ni a su equipo. El ambiente estaba tenso desde el principio: los plazos eran cortos, las exigencias altas, y varios de los hombres que venían a negociar tenían esa costumbre de dirigirse solo a quien veían como la "autoridad", ignorando por completo a los demás. Cuando llegó el momento de revisar los cupos de entrega y los costos adicionales, Beom-seok tomó la palabra para explicar los números y proponer una solución que beneficiaría a ambas partes sin afectar la calidad del trabajo.
Pero apenas empezó a hablar, uno de los proveedores lo interrumpió con un gesto impaciente, sin siquiera mirarlo a los ojos:
—Disculpa, pero ¿no deberíamos hablar esto directamente con el señor Kang-min? Seguro que tú no tienes la autoridad para decidir sobre estos asuntos. No pierdas el tiempo con explicaciones que no nos sirven.
Beom-seok sintió que la sangre le subía a la cabeza, pero antes de que pudiera responder, antes de que pudiera poner a ese hombre en su lugar como sabía hacer, la voz de Kang-min cortó el aire con una firmeza que hizo callar a todos de golpe. Se puso de pie despacio, miró al proveedor a los ojos y habló claramente, sin dejar lugar a dudas:
—Lo que dice Beom-seok es la prioridad aquí. Conoce los números, el almacén, nuestras necesidades y hasta los detalles más pequeños de cada operación mejor que nadie. Lleva tiempo demostrando su capacidad y su compromiso, y tiene toda mi confianza para tomar cualquier decisión que sea necesaria. Cualquier cosa que tengan que decir, se la dicen a él primero. Si no respetan su criterio, si no le hablan con el respeto que se merece, entonces no tenemos nada que hablar. Pueden irse si así lo prefieren.
El silencio que siguió fue absoluto. Los proveedores se miraron entre ellos, sorprendidos por la rotundidad del alfa, y entendieron de inmediato que se habían equivocado al juzgar. Asintieron disculpándose, y durante el resto de la reunión escucharon cada palabra de Beom-seok con total atención. Cuando terminaron y se retiraron, dejando todo acordado de la mejor manera, quedaron solos en la sala de juntas.
Beom-seok se acercó a la mesa, con una mezcla de orgullo y emoción en la mirada.
—No tenías que hacer eso —dijo suavemente—. Yo podía defender mi punto y hacerme respetar solo. No quería que pensaran que solo te defiendes porque… bueno, porque somos algo.
Kang-min dio la vuelta a la mesa hasta quedar frente a él, y le tomó las manos entre las suyas, apretándolas con cariño.
—Lo sé perfectamente —respondió con sinceridad—. Sé que no necesitas que nadie salga en tu defensa, que eres capaz de plantarle cara a cualquiera y ganar. Pero yo no lo hice para resolverlo por ti. Lo hice porque quiero que todos sepan tu valor. Quiero que nadie se atreva nunca más a verte como "solo un empleado", o como alguien que no tiene voz. Y aunque no lo digamos en voz alta todavía, quiero dejar claro que tú eres la persona más importante para mí, dentro y fuera de este lugar. No tienes que agradecérmelo. Es lo mínimo que mereces.
Beom-seok sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas, y se inclinó para besarlo, despacio, con todo el amor que le cabía en el pecho. Fue un beso corto, porque sabían que podían interrumpirlos en cualquier momento, pero fue suficiente para que ambos sintieran que su vínculo se hacía más fuerte cada día.
Esa tarde, el trabajo se complicó un poco más de lo esperado. Llegó un cargamento grande fuera de hora, y todos tuvieron que quedarse un tiempo extra para organizarlo. Beom-seok se movía de un lado a otro sin detenerse, levantando cajas, revisando listas, ayudando a los demás sin quejarse en ningún momento. Kang-min lo miraba de reojo, admirando esa energía incansable, esa forma de darlo todo sin pedir nada a cambio. Cuando terminaron, ya era de noche, y el cansancio se notaba en todos.
Al salir, se aseguraron de ir los últimos. Caminaron hasta el coche en silencio, y cuando cerraron las puertas, Kang-min no arrancó de inmediato. Se giró hacia él y le pasó la mano por la mejilla, notando lo cansado que estaba.
—Te has esforzado demasiado hoy —le dijo bajito—. Mañana te toca descansar un poco más, ¿entendido? No quiero que te agotes.
—Estoy bien —respondió Beom-seok con una sonrisa—. Me siento bien cuando estoy contigo. Todo pesa menos.
El fin de semana llegó por fin, y decidieron pasarla entera juntos, sin prisas, sin planes complicados, solo ellos tres. Prepararon la compra juntos, y Seo-yun insistió en que ellos dos tenían que dejar que ella eligiera las verduras y las frutas, porque "sabía cuáles eran las más ricas". Al llegar al departamento, se pusieron los delantales y se pusieron a cocinar entre risas: Kang-min se le quemó un poco la cebolla, Beom-seok le puso harina en la nariz al alfa, y la niña se subió a una silla para mezclar la ensalada, muy seria con su tarea.
Mientras la comida se cocinaba, Kang-min se sentó en el suelo y Seo-yun se le trepó encima, pidiéndole que le contara una historia. Beom-seok se quedó apoyado en el marco de la puerta, mirándolos, y sintió que el corazón se le desbordaba. Nunca había imaginado que podría tener algo así: tranquilidad, amor, una familia que se sentía de verdad. Cuando terminaron de comer, lavaron los platos juntos, y luego se quedaron en la sala viendo una película que a la niña le gustaba mucho, con Seo-yun dormida entre los dos, y las manos de ellos entrelazadas sobre la manta.
El domingo por la tarde, cuando la niña volvió a dormir la siesta, salieron al pequeño balcón a tomar el aire. El sol se estaba ocultando, pintando el cielo de tonos naranjas, rosados y violetas, y el viento soplaba suavemente, trayendo el olor a lluvia lejana y flores de los jardines cercanos. Beom-seok se recostó contra el pecho de Kang-min, sintiendo cómo los brazos del alfa lo rodeaban con seguridad y calidez, como si quisiera protegerlo de todo lo malo del mundo.
—Creo que ya estoy listo —dijo de repente, rompiendo el silencio.
Kang-min le dio un beso suave en la sien y preguntó bajito:
—¿Listo para qué, mi vida?
—Para decirles a todos —respondió Beom-seok con firmeza—. Para que en el trabajo sepan que somos pareja. Para caminar contigo por la calle sin tener que soltarte la mano cuando pasa alguien conocido. Para que nadie piense que tenemos que escondernos. Ya no me da miedo lo que digan, ni lo que piensen. Lo que tenemos es demasiado bonito, demasiado fuerte, para guardárnoslo solo para nosotros. Quiero que todo el mundo sepa que te elijo a ti, cada día, sin dudarlo.
Kang-min se giró despacio entre sus brazos, lo tomó de la cara con ambas manos y lo miró a los ojos, con una emoción tan grande que casi no podía hablar.
—¿Estás completamente seguro? —preguntó, aunque ya veía la certeza en la mirada de Beom-seok—. No hay ninguna prisa. Podemos esperar más semanas, más meses si quieres. Solo quiero que hagas esto cuando tú quieras de verdad, sin presiones de ningún tipo.
—Estoy muy seguro —confirmó él, asintiendo con la cabeza—. He pasado mucho tiempo ocultando quién soy, defendiéndome de todo y de todos, pensando que tenía que estar solo para estar a salvo. Pero contigo entendí que no es así. Contigo puedo ser yo mismo, con mi fuerza y mis miedos, y aun así ser suficiente. Quiero que todos sepan que somos nosotros.
Kang-min lo besó entonces, un beso lleno de gratitud, de amor y de promesas, un beso que sellaba todo lo que habían construido.
—Entonces lo haremos —dijo cuando se separaron—. Mañana mismo, cuando lleguemos al almacén, lo diremos. Y estaré a tu lado en cada paso, siempre. Estoy tan orgulloso de ti… de nosotros.
Se quedaron ahí mucho tiempo más, abrazados, viendo cómo las primeras estrellas aparecían en el cielo, sabiendo que su pequeño secreto ya había cumplido su misión: había forjado un vínculo tan sólido, tan verdadero, que nada ni nadie podría romperlo jamás. Y al día siguiente, cuando cruzaron juntos las puertas del almacén, ya no sentían que estaban ocultando nada: solo estaban listos para mostrarle al mundo lo que ya era suyo.